Málakor 4 CAPÍTULO 13
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CAPÍTULO 13

Del vínculo

Apenas toqué en la puerta de la habitación de Leyla, con los nudillos, ella me dio paso, aun cuando no le dije quién era.

Tuve que acostumbrarme a la débil luz del interior, velada por unos visillos blancos a través de los que se veía el verde de la foresta.

Una vela iluminaba el espacio más cercano a la cama sobre la que Leyla estaba tendida.

Fuera de las sábanas, con una pierna cruzada sobre la otra a la altura de los tobillos y un libro en las manos.

—¿Cómo sabías que era yo? —pregunté, tras cerrar la puerta.

—Tus pasos resuenan de un modo concreto.

Me acerqué despacio, cual gato cauteloso.

—¿Qué lees?

—Un compendio sobre sustratos minerales en los túneles. —Lo levantó un poco para que lo viera. Tenía las tapas azules y unas letras doradas—. Lo escribió Bérenon, en un sitio llamado Montes de Luna, y se lo envió a Kebarenis. Ella y él… hicieron buenas migas.

Eso sonaba a eufemismo para hablar de que se enamoraron, pero no quise entrar en el tema.

—El padre de los dragones se enteró y lo echó de aquí —continuó ella—. Le prohibió volver a pisar esta ciudad. Como Kebarenis no puede salir, se escriben cartas de vez en cuando. Él está en alguna parte de Ítaro, Málakor —suspiró ilusionada.

—Me alegro por ti, Leyla, por él. Por lo bonito que será que volváis a veros algún día.

—Lo haremos. Aunque hace mucho que la dragona no tiene noticias de él, no está preocupada, dice que es normal. Bérenon reunió un grupo de exploradores y está partiendo cráneos de esqueletos malvados en tanto que busca a Azskar. —Palmeó las sábanas, a su lado—. ¿Quieres sentarte?

Me acomodé al filo de la cama.

—En cuanto lleguemos a Ítaro…

Cortó sus palabras, porque le cogí la mano de golpe, apartándosela del libro.

El ejemplar vaciló en la otra y cayó sobre sus piernas, abierto de par en par.

De reojo, vi que en la página había unos dibujos de tierra negra con minerales rojos.

Rojo sobre negro. Tragué saliva y llevé la mano libre al bolsillo, donde guardaba solamente el mechón de Anamkha.

Eso me hizo sentir mejor. Sin embargo, recordé la Luna de Sangre, y que no le había dicho nada a Leyla, y se me puso de nuevo mal cuerpo.

Tomé la decisión de hablarle de ambas cosas.

—¿Qué pasa? —preguntó, tomándome la mano también—. Si es por la discusión de ayer…

—No es por eso. Hay dos cosas que tengo que decirte, aún a riesgo de que te enfades.

Aspiró aire profundamente y me dio pie a hablar, con un gesto.

—La primera de todas, es que creo que no deberías ir a Ítaro.

Deberías quedarte aquí, con los dragones, hasta que tu alma sane y encuentres la fuerza para no seguir culpándote, para olvidarlo de una vez, porque yo no sé qué más hacer.

A veces pienso que quedándome a tu lado solucionaré el vacío de tu interior, arreglaré lo que él rompió, pero no consigo nada.

—No me dejarás aquí mientras tú vas a Ítaro, ¡así que no digas eso! —respondió, como esperaba, enfadada—. Iré y lo encontraré. Necesito encontrarlo.

—No me escuchas, de verdad que no.

—Sí te escucho, pero no estoy de acuerdo con lo que dices. —Aspiró el aire con esfuerzo, como si un nudo se le hubiera atascado en la garganta.

—Flechas, por favor, las dragonas te ayudarán a sanar y serás de utilidad en Irasis.

—¿Más que en Ítaro?

—No sé si más que en Ítaro, pero en la Ciudad Maldita, al parecer, se defienden con balistas, podrías ayudar a los dragones a practicar para que las esquiven.

Tienes una puntería asombrosa. Podrías incluso convocar a compañeros de Knegara para que acudiesen a ayudarte también, si es que al señor de los dragones le parece bien.

—No puedo quedarme aquí, tengo que buscar a Azskar para…

—¿Buscarme? Estoy aquí, Leyla, ya me has encontrado.

Cuando escuché la voz de Azskar, el corazón me martilleó en las sienes. Leyla llevó los ojos al fondo de la habitación. Giré la cabeza y luego el cuerpo, de golpe.

Allí estaba él. Con sus ropajes negros. Con su sed de sangre.

La exploradora y yo nos pusimos en pie, en guardia. Desenvainé la espada y me preparé para lo peor.

—¡Vete de aquí! —gritó Leyla—. ¡Fuera!

Ella tomó su arco, bajo la cama, puso una flecha en él y la disparó; sin embargo, lo atravesó y dio contra la pared tras él.

Azani había dicho que tardaría en volver; quizá se refirió solo a de la misma manera que se había presentado la otra vez.

No como cuando lo vi en Knegara, aunque Leyla no pudiera verlo entonces.

—Vuestras armas son inútiles contra mí —dijo, con burlona expresión, antes de clavar sus ojos de halcón en los míos—. Hola, hermano.

Escupí al suelo.

—Siento la bilis en la garganta cuando me llamas así. No soy tu hermano. No te has ganado ese derecho. Ahora, lárgate. No conseguirás nada.

—¿Nada? Voy a matarte, Málakor.

Qué ganas de darle un puñetazo en la boca para que dejase de decir gilipolleces, pero el mejor puñetazo iba a dárselo cuando viera que, en posesión de la piedra, nada podía hacernos de momento.

—Ya no puedes hacerle daño a Málakor, Lúdric, porque he elegido mi sacrificio. Todo lo que le hagas, me lo harás a mí. Tengo un vínculo con él.

—Así que un vínculo para salvar a Málakor y morir tú, Aderwyn.

—Chasqueó la lengua varias veces—. Siempre has sido muy astuta, menos en lo esencial.

Te engañé como a un inocente corderito. Mi dulce e inocente corderito.

¿Seguro que no quieres venir conmigo? —Extendió una mano hacia ella, con la palma hacia arriba—.

Te moldearé hasta que seas mi reina. Una oscura y temible, como esas partes de tu alma que intentas ocultar, digna de mí.

Leyla dio un paso hacia él, lo que me hizo mirarla confuso. Sin embargo, pronto la vi apretar los dientes y negar con la cabeza. Él continuó con su empeño de desestabilizarla:

—Vamos, amor mío. A pesar de todo, te amé. Te amo. Nadie te amará como yo. Ni siquiera mi hermano.

—¡Tú no sabes amar! —dijo ella, al borde de las lágrimas.

Azskar avanzó un poco más, bajó la mano y la llevó hacia la empuñadura de su daga, una idéntica a la que dejó para el chiquillo antes de obligarlo a herirme. Me coloqué entre ambos, espada en alto.

—Te mataré si la tocas, Azskar. Te arrancaré las malditas entrañas.

Él soltó una hiriente carcajada. El corredor se llenó de pasos; la tierra retembló. Los dragones bramaron enfurecidos. Debían de haber presentido la oscura presencia del intruso. Eso dibujó un gesto de apremio en el rostro de mi hermano.

—Es una pena, Leyla, tenía grandes planes para ti, pero si has elegido morir por él, morirás por él.

—Su tono y su expresión fueron pura malicia—.

Te desangrarás, como aquel día en Ardacia, solo que ahora la maga no podrá salvarte.

Nadie lo hará. Quien muere por la magia de sangre, muere para siempre salvo que poderes más oscuros intercedan. Por mí intercederán, pero no por ti.

No dijo más, solo sonrió y se clavó aquel puñal en el vientre. Sentí un fuego abrasador en la pernera del pantalón, donde llevaba la Luna de Sangre. Me tragué el dolor, porque no quería que él lo notase. Azskar, al ver que nada sucedía, me miró con los ojos muy abiertos.

Alastus y su hermana simpática entraron en la estancia, y ese zafio huyó, como la rata que era, desvaneciéndose.

Grité de dolor y me saqué la piedra del bolsillo.

Al hacerlo, me quemé la mano. La runa ardía, literalmente, con llamas altas, rojas y negras.

La tiré al suelo, donde siguió ardiendo ante los ojos de todos.

—Magia de sangre. —Yerzaenis, aterrada, miró a Alastus, a su lado—. Más vale que padre no se entere de esto.

Medora pasó corriendo entre ellos y me cogió la mano. En la palma tenía marcada la silueta de la piedra y ya habían salido unas feas ampollas.

—Te curaré —dijo la maga.

La dragona corrió hacia ella.

—Nada de usar tu magia aquí. Los dragones se perturbarían, más aún, y tendríamos problemas. Yo lo haré. Alastus, sal a hablar con nuestros hermanos, por favor. Si no les damos explicaciones, entrarán. Invéntate algo, lo que sea. Di que la maga hizo algo sin querer.

—Me odiarán —murmuró Medora.

—Más vale que se enfaden un poco contigo, a que sepan de verdad lo que ha pasado. —Yerzaenis farfulló luego en voz baja—: No me explico cómo ha llegado hasta aquí. No me lo explico. Tendremos que reforzar las medidas de seguridad.

—Lo haremos —dijo Alastus—. Aparte de eso, ¿estáis bien?

Asentí, pero la angustia se apoderó de mí cuando pensé en Xelirian.

—¿Y el niño? ¿Dónde está?

—Hefaestus y tus amigos están con él, no te preocupes. No les pasará nada. Además, la energía de ese intruso… —Alastus olió el aire— ya no está aquí. Pero vigilaremos.

Miré a Leyla. Ella aún tenía la mirada puesta en el hueco que Azskar había dejado. Necesitaba abrazarla, decirle que todo estaba bien. Que su magia no nos había dañado.

—Cúrame, por favor —le pedí a la dragona—, y luego dejadnos a solas.

Ella puso la palma de su mano sobre la mía.

Su energía me cosquilleó la piel, más pura y densa que cualquier otra que me hubiera rozado, a excepción de la de Azani.

En un parpadeo, la marca desapareció, igual que el dolor.

Aquel caudal mágico impresionó tanto a Medora que se quedó pasmada mirándola.

Le di las gracias a la dragona, ella respondió con una de sus sonrisas.

Luego se aproximó a Leyla, para ver si necesitaba ayuda, pero ella negó con la cabeza.

—Dejadnos solos —dijo entonces—. A Málakor y a mí. Tenemos cosas de las que hablar.

Ellos lo hicieron al punto. Antes de irse, Medora palmeó mi hombro para darme ánimos y la dragona miró la Luna de Sangre de reojo del mismo modo que yo miraría al peor de mis enemigos.

Sabía que luego tendría que darle explicaciones sobre ella.

Como se había apagado, volví a cogerla. Por más problemática que fuese, nos había librado del intento de Azskar.

Le quedaban dos más. Solo dos. Al tercero, si no había deshecho el vínculo, sería definitivo.