Málakor 4 CAPÍTULO 12
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CAPÍTULO 12

De bibliotecarios y daños colaterales

Encontré a todos en el comedor, salvo a Leyla.

Estaban bastante animados, poniéndose hasta las botas de un montón de cosas que me entraron por los ojos y que provocaron que mi estómago rugiera con más fuerza.

Se hizo un silencio cuando entré, pero pronto me saludaron contentos.

Panceta corrió hacia mí, haciéndome fiestas.

—¿Te has meado en una columna? —dije acuclillándome ante él, tras revolverle el pelo.

—Sí, alguien tiene que proteger este sitio de los gatos.

—En Irasis solo hay dragones, Panceta, relájate un poco.

Me dio un lametón en la cara, soltó un ladrido y se alejó a comer de su cuenco.

—Ya me he lavado, Chucho —me quejé, mientras me pasaba la manga por el rostro.

Gris y Xely se rieron. Estaban juntos, a la mesa, como de costumbre.

—Tío, Yerzaenis me ha dejado uno de sus libros —me dijo el chiquillo cuando ocupé un asiento—.

He estado con ella y con su hermana Kebarenis en la biblioteca, ¡y con Hach!

Ha sido algo asombroso. ¿Sabes cuántos libros tienen los dragones?

Infinitos, infinitos. ¡Tenemos que leerlo juntos. Es de un dragón devorador de magos.

Medora casi se atragantó. Alastus, el único de los dragones que estaba allí, sentado a su lado, se echó a reír mientras le daba golpecitos en la espalda.

—¿Un dragón devorando magos? El tipo de literatura que me gusta —dije.

—Lo leeremos, ¿verdad? —me preguntó el niño.

—Sí, lo leeremos.

Xel asintió, con gesto de felicidad, y se puso a hablar con Gris. No sé qué le dijo, porque ocupé mi asiento y presté atención a Airyne.

—¿Has dormido bien, mataelfos? ¿Estás más tranquila?

—Sí. Me han despertado un par de veces los dragones, pero hacía años que no dormía en una cama como esa. Dos metros de ancho. Hasta me he sentido sola —dijo antes de hincarle el diente a un bollo con una pinta estupenda.

Cogí uno de la bandeja, lo engullí y le dije:

—Siempre puedes invitar a algún dragón.

—Los tíos con escamas no son mi tipo —rio.

—Pues al príncipe ya le habrán salido unas cuantas. —Dejé caer un trozo del bollo en el contenido de un vaso; a juzgar por el color, era chocolate—. Seguro que él se hundió más rápido.

Soltó una carcajada y me dio un codazo.

—¿Dónde está Leyla? —pregunté.

—En la cama. No se encontraba bien. Le dolía la cabeza.

Chasqueé la lengua.

—Iré a verla, pero primero voy a desayunar. Si no zampo algo, mi estómago se zampará a sí mismo.

—Málakor —Hach, con su voz cantarina, reclamó toda mi atención.

Lo recordé bailando con Azani y me envolvió la nostalgia.

—¿Por qué pones esa cara?

—Por nada. —Tragué chocolate con bollo como un pavo.

Él se encogió de hombros antes de decir:

—He recibido respuesta de Valpuga. —La que fue su secretaria y que había tomado su puesto.

—¿Tan rápido?

—Me tiene en su bandeja de asuntos de máxima prioridad, y yo le enseñé todo lo que sabe sobre el oficio de secretaría, es la mejor entre las mejores, la…

—Vale, vale. Ve al grano —pedí.

El bardo se aclaró la garganta.

—Palas está de acuerdo con mis propuestas. ¿No es maravilloso? Un pequeño paso para las naciones implicadas pero un gran paso para la humanidad. Pronto tenderemos puentes que nos unirán para siempre. Seremos adalides de la concordia y el progreso.

—Yo no cantaría victoria tan pronto, Hach, ni escribiría tantos cuentos de hadas en tu cabeza. Puede que en Aberrak nos hayan recibido bien, pero no sabemos aún cómo nos recibirán más allá de estos túneles.

—Os enfrentaréis a algún rechazo; sin embargo, también a mucha aceptación —anotó Alastus—. La amenaza de la Ciudad Maldita se extiende, y cuando la gente sepa que tenéis el propósito de ayudar…

—Yo tengo el propósito de matar a Azskar. —Sentí un escalofrío al mencionar su nombre, tan hondo que hasta miré tras mi espalda, porque fue como si tuviera sus ojos puestos allí—. Lo demás son daños colaterales.

—Favores colaterales, dirás —corrigió Hach.

—Lo que sea. Bardo, como imagino que te pasarás el día entre libros, recuerda eso del mar de páginas, a ver si encuentras algo que pueda ayudarme.

—Y lo hará, aunque no obtendrás respuestas a todas tus preguntas —intervino Alastus.

—¿Sabes siquiera a qué me refiero?

—Azani me lo ha dicho. —Esgrimió una sonrisa y miró al bardo—. Eso no quiere decir que no puedas estar cuanto quieras en la biblioteca, desde luego.

—Música para mis oídos —dijo Hach—. ¿Has oído Xel?, iremos a buscar más libros.

El chiquillo sonrió hasta con los ojos.

—Espero que Kebarenis nos cuente más historias de los Néachan.

—Ese nombre me suena, ¿no son los que llevaron el cuadro de Ardacia a tierras enanas? —Miré a Alastus.

Él asintió, al tiempo en que Hach decía:

—Los mismos. —Bebió un delicado sorbo de su té, servido en fina taza de porcelana.

—¿Y quiénes son? Su nombre suena como chafar un nabo.

—Porque lo pronuncias mal: es Ne-a-jan. La «ch» suena como una jota en esa lengua cuando va entre vocales.

—Y si suena como una jota, ¿por qué no escribieron una jota? Son ganas de complicarse la vida. —Me zampé otro bollo—. Bueno, ¿quiénes son?

—Custodios del Común —indicó Hach, con la mirada llena de entusiasmo, porque iba a hablarme de cosas de cantamañanas que tanto le gustaban—.

Un grupo de mortales a los que los dioses dieron el cometido de preservar la lengua que hablamos, en todos los continentes, pues era su propósito que algún día volviéramos a tener contacto.

Aunque hay muchos dialectos, acentos y lenguas propias, el Común, como lo llaman en algunas partes, se habla en muchas zonas, ya sea en ámbitos cultos, académicos o a pie de calle.

Ellos se han encargado de que no se pierda.

Comprendí por qué en lugares tan lejanos se hablaba mi lengua; por qué Anamkha la hablaba también. No era solo nuestra, era de muchas más partes. Puse la mirada en el dragón.

—¿Y eres uno de ellos?

—No, pero sí mi hermana Kebarenis.

—La dragona simpática me ha dicho que tu hermana iba mucho por la superficie, que ayudaba a las personas.

Que puede ayudar a los humanos con lo profundo de sus emociones.

Le he dicho que necesito que ayude a Leyla, que la convenza de que debe quedarse aquí un tiempo, así que tratará de hacerlo. ¿Crees que tu padre lo consentirá?

El dragón me miró pensativo. Aquel día llevaba el largo cabello peinado hacia atrás. Las sienes despejadas le daban un aspecto más maduro.

—Quizá quiera a cambio algo de ella.

—¿Qué podría tener Leyla que interesase a tu padre? —preguntó Medora.

—Un arco y una gran puntería. Podríamos practicar con ella para aprender a esquivar mejor las balistas de la Ciudad Maldita. Por si algún día tenemos que hacerles una visita.

—No creo que a la exploradora le importe —dije—. Pocas cosas le gustan más que disparar.

—¿Acaso le has preguntado si acepta quedarse? —sopesó Airyne—. Quizá deberías intentar convencerla tú antes de que lo haga la dragona. Al fin y al cabo, eres su amigo.

Su amigo.

Suspiré.

—No, lo haré ahora mismo.

Di el último trago al chocolate, me limpié con la manga y, sin dar opción a que el bardo me regañase, dejé el comedor.