Málakor 4 CAPÍTULO 11
12%

CAPÍTULO 11

De dragones gato

Noté la claridad del sol en los párpados.

Los separé, confuso por momentos, sin recordar dónde estaba, pero pronto lo hice.

Irasis, la ciudad de los dragones. Tenía hambre.

¿O solo era por aquella presión que sentía en la barriga?

Pegué la barbilla al pecho y vi a un ¿gato hecho de hojas?

Al menos ronroneaba como uno, hecho un ovillo sobre mi barriga.

Suspiró satisfecho y sus hojas subieron y bajaron.

No supe qué decir, ni siquiera qué era lo que tenía encima, hasta que me fijé mejor en él.

No era un gato, era un dragoncito hecho de hojas.

Hojas de todos los colores, ramas, pequeños brotes.

Quería moverme, pero a la vez no quería molestarlo.

¿Y si esa cosa diminuta resultaba ser letal y me freía si lo despertaba?

—Los dragones arbóreos no fríen a nadie. Emiten gas neurotóxico por los ollares.

Levanté la mirada y vi el rostro de la dragona simpática que, de pie junto a mi cabeza, me miraba. Llevaba dos largas trenzas que caían hasta casi rozarme la punta de la nariz.

—Tus músculos se paralizarían poco a poco. No podrías respirar y morirías.

—Qué buenas noticias. ¿Puedes quitármelo de encima?

—No, a Stholeris no le gusta que lo molesten mientras duerme.

Cuando encuentra un sitio que le parece cómodo, se queda ahí durante horas.

Una vez se me durmieron las piernas por no despertarlo.

Me pasé con un molesto hormigueo durante todo el día.

Tu barriga ha debido de parecerle bastante cómoda, porque lleva durmiendo encima de ti toda la noche.

—¿De verdad tendré que estar aquí hasta que el gato de hojas se despierte? Tengo compromisos con la naturaleza que debo cumplir.

—Sí, sin más remedio. —Se sentó a mi lado. Cruzó las piernas y apoyó los codos en los muslos—. La vejiga humana tiene una gran capacidad de aguante.

—Y se queja cuando lo haces.

—Aguántate. No vayas orinándote por ahí como tu dichoso perro.

—Este Panceta, ¿otra vez se ha vuelto a mear por ahí?

—En una de las columnas del palacio. Dice que es por si aparecen gatos.

—No sé qué gatos iban a aparecer en un sitio lleno de dragones. —Suspiré—. Aunque este parezca un michino.

La dragona rio. El pequeño gato de hojas ronroneó feliz con más fuerza.

—Creo que le gusta el ruido que hace tu estómago. Le recordará a los rugidos de su madre.

No supe qué pensar de eso.

—¿Por qué has dormido aquí? —preguntó—. Hay camas en el palacio.

—Vine a dar un paseo y me quedé aquí dormido.

—Con la chica pelirroja. —Puso los brazos en jarra—. Tienes problemas con una y te pasas la noche con otra. No quiero regañarte, pero eso no está bien. No se puede andar con dos mujeres a la vez.

—No ando con dos mujeres a la vez. Anamkha es una amiga, y necesitaba pensar sobre lo sucedido con Leyla.

—Leyla… —Esquivó mi mirada y la clavó en la lejanía. Noté que el aire cambiaba, un dragón debía de estar aproximándose—. Voy a decirte una cosa. Ayer os escuché.

—Ah, que eres una dragona cotilla.

Me miró ofendida.

—Los dragones tenemos el oído muy fino y los humanos gritáis demasiado a veces.

Un dragón enorme pasó sobre nuestras cabezas a una velocidad impactante.

—Mi tío Berkadlaos. Tiene un humor terrible por las mañanas —dijo la dragona, medio riéndose—.

¿Qué estaba contándote?, ah, sí: os escuché.

Creo que ella seguirá diciéndote esas cosas hasta que no remiende las heridas que causaron su sufrimiento.

Porque es su sufrimiento hablando por ella, sus malos recuerdos.

Ha de curarse antes de poder amar de nuevo.

No estoy diciendo que ella no te ame, es solo que no podrá amarte por completo jamás si primero no encuentra la forma de amarse a sí misma.

—No es a mí a quién ama, pero ese es otro asunto. Precisamente quería hablar contigo sobre ella. Anamkha me ha dicho que las criaturas dracónicas entendéis las emociones de los humanos.

Nunca pensé que tendría una conversación seria con una dragona mientras otro de su especie dormía sobre mi vientre, pero así era mi vida. Una locura.

—Una vez conectamos con ellas, sí. Aunque la mejor haciendo eso es mi hermana Kebarenis.

No la has conocido aún. Lee la mente y las emociones de los demás, hasta podría manipularlas.

Pero es tan buena que jamás ha hecho nada parecido.

Antes pasaba mucho tiempo en las ciudades humanas, cumpliendo con un gran cometido.

De paso, buscaba a gente desolada, solo para sentarse a escucharlos y tratar de ayudarlos; pero alguien supo que era un dragón y la hirió.

Perdió un ala, y nuestro padre no la deja salir más de aquí.

—Lo siento.

—Gracias. —Sus labios se estiraron en una sonrisa que me dejó ver una hilera de dientes algo amontonados—.

Aunque no te preocupes, mi hermana ha encontrado otras maneras de emplear su tiempo.

Es la bibliotecaria de Irasis. Tu amigo Háchpirey está desde bien temprano con ella, en la biblioteca, igual que Xelirian.

—No me genera sorpresa alguna, la verdad, que esos dos estén con la cabeza metida en los libros. —Un pensamiento me asaltó—. ¿Me habré cruzado alguna vez más en mi vida con un dragón sin saberlo?

—Seguramente, igual que tampoco supiste que Alastus era uno de nosotros.

—¿Y crees que podría ayudar a Leyla? —le pregunté tras asentir.

—Podría llegar al fondo de sus emociones. Una vez llegase ahí, yo podría ayudarla a sanar. Mi don es el de la curación, en todas sus facetas.

Los ojos se me iluminaron ante la idea de ver a Leyla mejorar.

—Necesito que la ayudes, dragona.

—No me importaría, pero su dolor es muy profundo, así que haría falta tiempo. Tendría que quedarse en Irasis.

—No quiero separarme de ella, sería como abandonarla.

—¿Llamarías abandonar a dejar a alguien que está sediento junto a una fuente de agua, para volver a buscarlo cuando haya bebido? Es una idea estupenda.

—No, ¡y qué sed tengo…! —Miré hacia abajo. El dragón estaba tan a gusto como antes. Suspirando, recosté la cabeza en la hierba—. Tú la ves estupenda, y yo imposible. Olvídalo, ni Leyla querrá quedarse ni tu padre lo permitirá. No a todos los dragones les gusta que andemos por aquí.

—Se enfadará cuando se lo proponga, sí. Ha consentido que paséis por aquí porque mi hermano y Azani lo han convencido.

Le dijo a Alastus que su amor por vosotros le traería problemas, y a la diosa que se fuera a plantar flores, aunque luego hizo lo que pedían.

Aprecia mucho a Azani, pero no deja de ser el rey de los dragones. Con lo que eso implica.

—¿Ser altanero como los reyes humanos?

—En proporciones dracónicas —rio—, pero lo convenceré, ya lo verás. No subestimes mi poder de persuasión, humano.

—No, aunque será más fácil convencer a tu padre el dragón entre dragones que a Leyla, ya te lo digo. Te arriesgas a sufrir la ira de su arco.

—Amenazarme sería letal para ella. Está iracunda, pero no es tonta. Si se queda, te prometo que la cuidaré como si fuera mi hermana. Además, aquí se sentirá como en casa, con todos estos bosques.

Pensé en Knegara, en todo lo que Leyla había dejado para venir con nosotros, y mi felicidad se derrumbó.

—Se fue de su hogar, medio en ruinas, dejando a una madre encinta. Ahora la dejaremos atrás, no es justo. ¿Y si me quedase con ella?

—Eso sí que no. No puedes quedarte. Tienes algo importante con lo que cumplir más allá de los túneles.

—¿Y ella? ¿Acaso no es importante también?

—No del mismo modo que tú —musitó, con la mirada perdida entre las briznas de hierba—.

Leyla tendrá ocasión de hacer frente al objetivo por el cual dejó todo eso, pero ha de estar en condiciones de afrontarlo.

No se quedará aquí para siempre. Vamos —me dio unas palmaditas en el hombro—, anímate.

Cuando volváis a veros, las cosas estarán mejor.

Suaves como mantequilla derretida. ¿Te gusta la mantequilla derretida?

—Se relamió—. Pocas cosas humanas me gustan más.

Mi estómago rugió con fuerza. El gato hecho de hojas se movió un poco y su cola me aplastó la parte de la vejiga.

—Por los dioses.

—Anda, te ayudaré. A Stholeris le gusta el olor de la miel. Traeré unos dulces y se despertará.

Se puso en pie y se marchó. Aguardé pacientemente que regresase, intentando ignorar el murmullo del agua que me rodeaba para no liberar lo que cargaba mi vejiga, mientras el dragón seguía durmiendo feliz, ronroneando a cada tanto.

Me llegó al poco un denso olor a miel y nueces.

Entonces, la criatura abrió un ojo. Luego otro.

Eran del verde claro de las hojas cuando les da el sol.

Olió el aire. Sus ollares hechos de ramas se movieron arriba y abajo.

Se incorporó, quedándose sentado sobre las patas traseras, nudosas cual árbol viejo, y siguió oliendo el aire mientras extendía las pequeñas aunque frondosas alas.

Su peso concentrado en aquella parte me hizo apretar los dientes.

—¡Stholeris! —dijo la dragona con voz cantarina—. ¡Mira lo que tengo! ¡Pastel de nueces!

El dragón agitó las alas, pero, en contra de echar a volar, dio un salto y pasó corriendo a mi lado. Me puse en pie, corrí hasta el primer árbol que tenía cerca y vacié la vejiga.

—¡Málakor, esos árboles son sagrados! —se quejó ella.

—Y mis ganas de mear también. —El gusto más intenso me invadió—. Soy el nieto de la diosa de los bosques y puedo mear en todos los árboles que me dé la gana.

Ella soltó un resoplido de resignación.

Terminadas mis tareas con la naturaleza, me acomodé bien los pantalones y me lavé la cara y las manos en un arroyo que discurría a unos metros.

El agua estaba helada y me espabiló de golpe.

Cuando me giré hacia la dragona, estaba de rodillas en el suelo, dándole de sus manos un trozo de pastel al dragón, que lo engullía con ganas, relamiéndose a cada tanto.

—Deberías ir a desayunar —me dijo ella.

—Está bien. —Caminé hacia ella y me paré al lado de ambos—. Oye, hojitas, la próxima vez busca otro sitio para dormir.

—Me gustas tú. —Su voz sonaba como si el silbido del aire pasase entre los árboles—. Me recuerdas a mi mamá y a mi abuelo.

—Dos dragones arbóreos que deben de ser enormes, seguro.

—Mamá es muy grande —dijo hojitas—. Cuando se acuesta a dormir, parece que el bosque haya crecido, pero mi abuelo es pequeñito. Como tú.

—Se refiere a Tékim. El Padre de los Dragones.

Nuestro abuelo —aclaró ella, que acarició el lomo de hojas del pequeño dragón—.

Él creó también a los dragones arbóreos para regalárselos a su querida sobrina Azani.

La diosa les dio los últimos retoques, como quien dice.

Pocos dioses sienten mayor devoción los unos por los otros como ellos dos.

Cuando se unen, hacen cosas asombrosas. Las más hermosas criaturas vienen de la mano de ambos.

—Entonces os debieron crear entre los dos —les dije—. Eres muy amable, dragona, has sido de gran ayuda.

Ambos sonrieron.

—Yerzaenis, así me llamo, y gracias. ¡Me gusta ayudar! Es mi cosa favorita. Como sé que la tuya es la panceta, te diré que te espera una buena ración. No te demores más.

Se me hizo la boca agua.

—Sí, ya voy. Adiós, hojitas. Adiós, dragona.

La muchacha asintió y el otro vino a frotarse en mi pierna.

Como si realmente fuera un gato. Más valía que Panceta no se cruzase con él.

Me agaché para acariciarle la cabeza, que fue como tocar un arbusto sedoso.

Soltó un gruñido y volvió junto a ella para seguir comiendo.

Dejándolos en su burbuja de felicidad, abandoné los jardines.