Málakor 4 CAPÍTULO 10 #3
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CAPÍTULO 10 #3

—Dicen que reinaba en el cielo la noche en que Tékim dio vida a los tres dragones primigenios. Por eso es la más preciada para ellos. Solo puede verse en cierto momento del año y con los ojos agudos de un dragón. Tenemos suerte de estar contemplándola ahora mismo, aunque solo esté hecha con magia.

Asentí, pensando que también tenía suerte de estar allí con ella, porque me había traído la paz que necesitaba.

Contemplé aquellas estrellas, ensimismado durante unos segundos, hasta que un pensamiento me cruzó la cabeza.

La giré, apoyando la mejilla en la hierba, para mirar a Anamkha.

Ella me miró con igual postura; las briznas de hierba más altas perfilándose en su mejilla.

Pensé, aunque acto seguido me arrepintiese de haberlo hecho, que ojalá con la exploradora las cosas fueran tan fáciles como con ella.

Habíamos vivido muchas cosas juntos, pero no recordaba haber sentido a su lado la paz que sentía junto a la pelirroja.

—Otra vez hay algo que te angustia —me dijo—, lo veo en tus ojos.

—He tenido un pensamiento extraño. He pensado que ojalá las cosas fueran tan fáciles con Leyla como contigo.

Sonrió comprensiva.

—No hemos vivido juntos la mitad de las cosas que has vivido con Leyla, así que es absurdo poner ambas relaciones en comparación. Siempre lo es, independientemente de las circunstancias. Además, ni siquiera tenemos el mismo tipo de relación. Somos… ¿amigos?

—Amigos, sí. —Asentí con ganas—. Y quizá ese sea el problema, que Leyla y yo nunca lo hemos sido.

Brianna y yo íbamos y veníamos, pero siempre regresábamos a un punto bueno, porque éramos amigos.

—No preguntó quién era, no hizo falta—. Tú también eres una amiga.

Una con la que siempre puedo contar. Pero Leyla y yo solo hemos sido compañeros arrastrados a las mismas circunstancias.

El vínculo que nos ha unido siempre ha sido el del deseo, la pasión, el fuego, la necesidad, la añoranza, los recuerdos…

e incluso el odio. Hay amor, pero no amistad.

Nunca la ha habido realmente. Ahora no sé cómo ponerle remedio a eso.

—¿Recuerdas algún momento en el que hayas sentido que eras el amigo que necesitaba?

Tristemente, no pude asentir.

—No. En realidad no. He querido ser su amigo, pero siempre hay algo más.

El desconocido de Ledaria, el tío que le gustó, el que le dio mil dolores de cabeza acusando a su novio de traidor, el que le reprochó la muerte de un ser querido, el que contribuyó a que ardiese su hogar, el que hace promesas que no sabe cumplir y ese sobre el que ella vierte toda su frustración.

—Pues quizá deberías empezar por ahí. Por ser su amigo, nada más.

—¿Y cómo se es solo amigo de alguien a quien has amado?

—Comprendiendo que su felicidad no está contigo. —En su mirada vibró el testigo de una vieja historia—. Pero deseando que sea feliz, allá donde vaya, y de la mano de quien sea.

—No le deseo otra cosa más que felicidad, y hace tiempo que empecé a entender que no la tendría plenamente conmigo. Ni yo con ella.

—Eso me ha parecido, porque has hablado de tus sentimientos en pasado. Has dicho «alguien a quien has amado», no «alguien a quien amas».

—Los tiempos verbales… —reí suavemente, sacudiendo la cabeza—. Otra vez. Saben más de nuestros sentimientos que uno mismo.

—Hay lenguas en Hérenthor que solo tienen un tiempo verbal: presente.

—¿Para despistar?

—No —dijo riendo—, porque es lo único que hay seguro.

—¿Y si quieres decir que estuviste en algún lugar hace años? —Arrugué la nariz.

—Dices: «Mi corazón está en Irasis», por ejemplo, o «mi tristeza». Así la gente sabe que estuviste allí y las cosas que ese lugar te hizo sentir.

—Qué curioso. Se lo contaré al bardo.

Reflexioné en silencio sobre aquello, sin dejar de mirarla. Perderme en sus iris castaños era fácil y me hacía sentir bien.

—¿Y qué se dice cuando amaste a alguien y ya no? —le pregunté después.

—Lo mismo. Mi corazón está en… esa persona. Porque, aunque dejemos de amarlos de esa manera, una parte de nuestro corazón se queda siempre con ellos.

—Eso es cierto. —Sonreí—. Has dicho antes que solo íbamos a ver las estrellas en silencio, pero no hemos dejado de hablar.

—Supongo que siempre tenemos algo que decirnos.

—O porque eres peor que el bardo y no te callas ni debajo del agua.

Anamkha se echó a reír y se acomodó de costado, con las manos recogidas bajo la mejilla.

—Muy bien —dijo—. Pues quedémonos en silencio.

Imité su gesto, cómodo frente a ella. Los ojos de la pelirroja eran ya un lugar seguro para mí, con ese brillo amable y curioso.

Me abstraje tanto en mirarla que perdí la noción del tiempo o del lugar en el que nos encontrábamos.

A veces, solo a veces, sentía una brizna de hierba rozándome la piel, una brisa fresca moviéndome el cabello, el fuerte aleteo de un dragón que nos sobrevolaba.

Pero, en realidad, solo la veía a ella. De una forma tan nítida que me pareció que estuviera viéndome a mí mismo.

Mi pecho se llenó aún más de paz. Me pregunté si el día en que nos viésemos, en carne y hueso, seguiría sintiendo lo mismo, o solo era cosa de la magia que imbuía nuestros encuentros.

Entonces recordé que éramos algo del destino y que siempre sentiríamos aquello. Siempre.

Inevitablemente, rompí el silencio para decir:

—Siento una curiosidad inmensa por saber más de ti. De ese pasado del que Azani no te deja hablar.

—Y yo del tuyo, Málakor, pero ya sabes que no podemos tratar ciertos asuntos.

—Lo que quiero saber de ti ya no tiene solo que ver con los grandes eventos de tu vida, con tus grandes logros y tus batallas, Anamkha. Me gustaría saber un montón de cosas… tontas.

—¿Cosas tontas? —preguntó con suavidad.

—Sí… —carraspeé—, como cuándo fue la última vez que paseaste bajo la luz de la luna; la última vez que reíste a carcajadas una broma; que te preguntaste si la vida merecía la pena, que te refugiaste en el pecho de alguien para olvidar todos tus miedos.

Cuándo fue la última vez que te sentiste sola en medio de la noche.

La última vez que… —tomé aire, sin entender muy bien por qué quería saber también eso—, que sentiste el amor de verdad llenar tu corazón.

Con la sonrisa más hermosa que había visto jamás en los labios de nadie, dijo:

—Eso no son cosas tontas, conforman la vida tanto o más que las demás y son las que nos hacen lo que somos. Ojalá saberlas también de ti.

—¿Y si las contestamos? ¿La diosa se enfadará?

—No lo sé. Probemos con una.

—Vale —dije entusiasmado—. ¿Cuál de ellas?

—Lo echamos a suertes.

Sacó un dado de entre las ropas. Pequeño, blanco y negro y de seis caras.

—¿Qué haces con un dado encima?

—Es de mi hermano. Una larga historia. ¿Te acuerdas de todas tus preguntas?

Tras hacer memoria, asentí.  Ella lanzó sobre la hierba y salió un cinco. Clavé de nuevo la mirada en sus ojos y, suavemente, pregunté:

—¿Cuándo fue la última vez que te sentiste sola en medio de la noche?

—Me siento sola a menudo, aunque esté rodeada de gente.

Sentí aquella soledad vibrar en sus ojos, y eso me dolió.

No quería que se sintiera así, no lo quería, por encima de todas las cosas.

Como si mi corazón rogase a los dioses para que me mandasen toda la soledad del mundo en vez de mandársela a ella.

Las palabras que salieron de mis labios fueron tan inesperadas como cálida la sensación que dejaron atrás:

—Querría llegar a dónde estás, de una vez, y hacer que nunca más volvieras a sentirte sola.

Volvió esa sonrisa hermosa a llenar sus labios.

—No sería una empresa fácil. Ninguna de las dos cosas lo es.

—No me subestimes, pelirroja.

Rio levemente.

—Gracias, Málakor —pronunció mi nombre con sumo cariño.

—De nada. —Sonreí también—. ¿Cómo se dice «gracias» en élfico?

—Para este caso, aruné, porque agradeces desde el corazón.

Eso me recordó a los cientos de formas enanas de decir gracias.

—Es mi turno —dijo contenta—. ¿Cuándo fue la última vez que te sentiste solo en medio de la noche?

—Hace nada, pero me siento menos solo desde que tú has llegado a mi vida.

— Aruné .

Asentí, mientras nos sonreíamos como dos tontos que no supieran hacer otra cosa. De la nada, rompimos a reír. Cuando volvió el silencio, mi corazón me pidió, una vez más, poner voz a esas cosas que sentía y que apenas comprendía, quizá con el propósito de entenderlas mejor.

—El bardo me dijo una vez, creo que en una de sus cartas, que las viejas historias cuentan que la luna fue una vez parte del mundo que habitamos. Que los dioses cogieron un trozo de él para crearla.

—Sí, eso también se cuenta aquí. Por eso la luna y la tierra siempre se necesitan. Por eso la luna mueve las mareas.

—Pues pienso que, quizá, tú y yo somos algo así.

Parte uno del otro. Por eso todo está bien cuando estamos juntos.

—Tragué saliva, antes de seguir hablando, pues lo que iba a decir tenía una dimensión tan profunda para mí, tan inesperada, que el corazón me latió más aprisa—.

Creo que hay una parte de mí que nunca estará completa si no te encuentro.

Anamkha no dijo nada, pero sus ojos lo hicieron por ella.

«Hay cosas que no se pueden fingir. Las sonrisas, las miradas, lo que se dice en los silencios».

Eso dijo Leyla cuando habló de Lúdric. El silencio de la pelirroja había hablado, más alto que cualquier palabra.

Pensaba lo mismo. Quizá pensaba mucho más.

Llevó la otra mano a mi mejilla para acariciarla. Suspiré y puse la mía sobre ella.

—Cierra los ojos, Málakor; respira tranquilo —me dijo—. Beril né veril. Todo irá bien.

—Todo irá bien. —Sonreí, e hice lo que me pedía.

Sintiendo el calor de su tacto y la calma que me transmitía, me quedé dormido.