Málakor 4 CAPÍTULO 10 #2
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CAPÍTULO 10 #2

—Tienes que ayudarla, sí; pero no has de olvidar que, si tú también te rompes, no podrás hacerlo.

Así que cuida de ella y también de ti. Cuando encuentres el modo y las fuerzas, habla con Leyla.

Quizá deberías pedir ayuda a las dragonas, para que la ayuden a procesar lo que le está pasando.

Aunque las criaturas dracónicas tardan un poco más en comprender los entresijos de las emociones humanas, cuando los entienden, son muy hábiles ayudándonos.

—¿Por qué sabes tanto de dragones?

—Mi hermano lee mucho sobre ellos.

Sabía que había mucho más tras esa frase, pero no pregunté; seguramente no podría responder.

Llegamos al fin al lago al que caía la cascada del techo.

El agua reflejaba las estrellas y el color de los cristales que, de todo tamaño, bordeaban las orillas.

Todo brillaba en tonos de plata y azul. Robaba el aliento.

Anamkha se sentó en el suelo, cerca de la orilla.

Me acomodé a su lado. Fuimos a coger la misma uva y acabamos riendo por el choque de nuestras manos.

—Te la dejo a ti —le dije, cortándola y ofreciéndosela.

La cogió con dos dedos, me dio las gracias y luego la levantó por encima de su cabeza.

—Dicen que hay gente que quiere tapar el sol con un dedo, pero ¿alguna vez has escuchado lo de tapar las estrellas con una uva?

—No. —Reí—. Te lo estás inventando.

—No lo hago. Es un dicho de los elfos. «No se puede cubrir la luna con un pañuelo ni tapar las estrellas con una uva».

—¿Y qué quiere decir?

—Que no puedes ocultar algo de gran importancia con cosas pequeñas.

Hasta pienso que podrías echarle montañas de arena a tu problema, y al final algún grano dejaría ver lo que hay debajo.

Por eso los problemas hay que afrontarlos, sin intentar taparlos para no verlos, luego se hacen más grandes. Siempre se hacen más grandes.

Se metió la uva en la boca y la masticó con ganas. Entrecerró un poco los ojos, contrayendo el rostro. Su gesto me hizo reír.

—A mi hermano le gustan estas, las que saben ácidas.

—A Xelirian también le gustan las cosas ácidas.

—Xelirian —repitió meditabunda—. Su nombre me es familiar. Ha de ser un elfo.

—¿Cómo sabes eso?

—Por su nombre, es arathí. De la lengua de Arath, la lengua de los elfos.

—Ah, pues sí. Es semielfo, ¿sabes? Tal y como me explicaste. Pero aunque fuera hijo de un caracol y una paloma, me daría igual, es importante para mí.

—Ahora siento curiosidad por saber cómo sería el hijo entre un caracol y una paloma. —Se quedó pensativa unos segundos, mientras yo me zampaba otra uva—. ¿Caparazón y alas? ¿O cuerpo baboso con pico?

—Caparazón y alas, seguramente.

—Sí, creo que sí. La naturaleza es sabia, así que escogería las dos cosas más útiles para la especie. —Cogió otra uva. La masticó en silencio y luego, en un tono algo preocupado, dijo—: Dime una cosa, Málakor, ese niño, has dicho que es importante para ti. ¿Por qué?

—Lo he mencionado antes cuando te he contado lo de Leyla. Es… mi sobrino, hijo de Azskar. Mi hermano ha hecho buenas migas con los elfos oscuros, tanto como para llevarse a una la cama. Y no a una cualquiera, a la reina de esa oscuridad.

—¿Es uno de los chiquillos de la reina Thalera? —Anamkha dio un respingo, y hasta la respiración se le aceleró—. ¿Uno de los néreldar? Oh, por todos los dioses, ¿está contigo uno de los príncipes de Quolarth?

Hablaba tan rápido que apenas pude seguirla.

Esa última palabra en élfico se me quedó atascada entre oreja y oreja, sin llegar del todo a ese lugar donde se procesan y se comprenden las cosas que oímos.

Sin embargo, antes de que fuese a preguntar por ella, me llegó una vieja conversación de labios de Xely.

«Soy uno de los príncipes menores. Néreldar , así nos llaman en Narqania».

—Sí, aunque vivía en Narqania, creo.

Ella asintió pesadamente.

—Darleoth y Thalera se intercambian a sus hijos como muestra de buena voluntad, aunque todos sabemos que acabarán matándose y que esos niños les importan bien poco.

«Dos reinos hermanos con dos reyes hermanos: Darleoth y Thalera. Algún día se matarán entre ellos y solo quedará uno. Pero ahora se necesitan y fingen que no quieren acuchillar al otro», había dicho Xel.

—Me alegro de que lo hayas encontrado, de que él tenga la fortuna de haber salido de ese lugar inmundo. A tu lado será feliz.

—Lo será, jamás permitiré que nada malo le suceda.

En ese momento, no supe leer lo que escondía su mirada.

De haberlo hecho, me habría dado cuenta de que había un dolor profundo y una pregunta que, aunque calló, ardía en la punta de su lengua.

Entonces pensé que su expresión solo estaba ligada al dolor que Narqania había provocado a los suyos, al recuerdo de ese Darleoth.

En cierto modo, no me equivocaba, pero había mucho más.

Le apreté el hombro y le ofrecí una uva poniéndosela delante de la cara.

—Cómetela, estoy seguro de que es la más rica de todas.

—¿Por qué?

—Porque te la doy yo. Venga, no pongas más esa cara. Voy a patearle el culo a esos elfos oscuros, ya lo sabes, y luego comeremos uvas sentados sobre sus cadáveres.

—Qué asco —se echó a reír mientras cogía la uva—, prefiero comérmelas aquí. ¿No es esto bonito? —Miró alrededor hasta que detuvo la vista en un punto.

Yo tenía los ojos puestos en ella y pensé que sí, que era hermosa, pero pronto los desvié siguiendo el curso de su mirada y encontré que se había parado a observar un punto en la copa de unos árboles.

—Se llama Jahirys. El dragón que nos observa.

Había dos grandes ojos ambarinos, en una cabeza enorme, puestos en nosotros desde la espesura arbórea.

—En edad humana, tendría unos diecisiete años. Está preocupado porque es más pequeño de lo que debería a su edad. ¿Sabes qué le ha dicho Azani?

Negué con la cabeza.

—Que aunque fuese el más pequeño de los dragones siempre sería más grande que cualquier humano.

Me reí suavemente.

—No sé si eso le soluciona algo. —Cogí una uva y jugué con ella entre los dedos.

—Pues se ha quedado bastante contento. El color secundario de sus escamas es precioso, por cierto.

Escuché un gruñido de satisfacción procedente de donde él estaba y las hojas de los árboles se movieron.

—¿Cuál es? Desde aquí solo me parece plateado. Tan oscuro que es casi negro, la verdad.

—Carmesí.

Me asusté tanto que la uva se me cayó de las manos.

—¿Qué te pasa?

—Rojo sobre negro.

Anamkha me miró sin entender.

—Todas las cosas que veo con esos colores juntos traen malos augurios. —Mis ojos, sin quererlo, fueron a parar a las puntas de su cabello que se derramaban sobre la chaquetilla oscura. Llevé los dedos a ellas y cogí un mechón—. Bueno, todo no.

Ella sonrió, y sacó de alguna parte de entre las ropas una pequeña daga.

Yo, que vivía siempre al borde del infarto, me asusté por un momento y me cruzó el terrible pensamiento de si esa Anamkha no sería en realidad una visión provocada por alguien y me atacaría. Asustado, solté su cabello y me arrastré lejos de ella.

—¿Málakor? —dijo mirándome preocupada—. ¿Qué pasa?

—¿Por qué has sacado tu daga?

—Porque voy a cortar una cosa con ella, y no eres tú, así que respira tranquilo —rio nerviosa—.

La uso a menudo. Corto flores, ramas, racimos de bayas…

El otro día, Málakor, mi caballo, se enredó con una cuerda en los establos y se puso tan nervioso que acabó más enredado.

Me vino muy bien tenerla. ¿No llevas una encima?

—Más grandes, habitualmente. —Volví a acercarme a ella, despacio.

Anamkha estiró un pequeño mechón y empezó a trenzarlo.

—En mi pueblo se cree en el poder del cabello para alejar los malos augurios.

Las gentes regalan mechones de pelo a sus seres queridos para que los protejan de las serpientes en los campos de cosecha.

Y, cuando quieres proteger los sueños de alguien que te importa, también le entregas un mechón de tu cabello para que lo ponga debajo de su almohada.

Escucharla hablar de eso fue como formar parte de algo ancestral, más poderoso incluso que la magia.

Hecha la trenza, la separó del resto del cabello con la daga, desde arriba. Luego, cortó un trozo de la tela de su manga, se quitó una horquilla que sujetaba un mechón tras su oreja, y unió ambas cosas.

—Rojo sobre negro. —Me lo entregó—. Pero símbolo de buenos augurios y de mis mayores deseos de victoria y felicidad para ti. Míralo cuando sientas que la sangre y la oscuridad te abruman. Te ayudará.

Lo recibí, con los ojos clavados en aquel regalo, sintiendo al hacerlo que verdaderamente tenía el poder que ella le había dado.

—Gracias, Anamkha.

Se metió una uva en la boca y dijo:

—De nada.

Me hizo reír verla hablar con la boca llena. Se encogió de hombros y rio también. Guardé su talismán en mi bolsillo, lejos de la piedra. Luego, ella se tumbó en la hierba y señaló al cielo.

—¿Sabes que estas estrellas tienen sus propias constelaciones? Tal y como ven el cielo los dragones.

—¿Ven constelaciones diferentes a las nuestras? —pregunté girando la cabeza para mirarla.

El plateado azul incidía en su rostro con mayor fuerza en aquella postura, y su piel brillaba como si estuviera hecha de diamantes.

—La verdad es que ni siquiera sé si tú y yo vemos las mismas, ¿sabes?

Quizá tengamos cielos distintos sobre nuestras cabezas.

Sea como sea, los ojos de los dragones son más agudos; además ven a través de la magia, así que perciben las que están más alejadas incluso.

Mira —señaló arriba—, ¿ves ese cúmulo de ahí?

Me tumbé a su lado y traté de hallar el punto al que señalaba.

—¿El que tiene forma de salchicha?

—¿Qué? —Rio a carcajadas mientras me miraba—. No es una salchicha, es un lago con nenúfares.

—Es una salchicha bien gorda, con salsa de tomate y cebolla seca.

Anamkha bajó el dedo y volvió a fijarse en las estrellas.

—Pues es verdad, pero no se lo digas a los dragones, por los dioses.

Reí.

—Dime, ¿qué tiene de especial esa salchicha con tomate?