Málakor 4 CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

De mirar las estrellas

Escuché unos pasos y levanté la mirada. En medio de la nube de lágrimas, vi a Anamkha, de pie ante mí. Pensé que estaba soñando, que me había quedado dormido mientras lloraba a los pies del árbol, pero parpadeé varias veces y ahí seguía. Lloré incluso más al verla, aunque de felicidad.

—Málakor —pronunció mi nombre entre la alegría de verme y la angustia por saberme mal.

—Anamkha, has venido —musité.

—Has llamado —dijo, y se arrodilló.

Me secó las lágrimas de las mejillas con las largas mangas de su chaquetilla negra, que vestía sobre ropas de montar.

—No, yo no…

—Tu corazón lo ha hecho.

Asentí, sin poner en duda aquello. Lo que nos unía hablaba incluso cuando nada se decía.

—¿Azani te ha dejado? No estarás haciendo trampas…

—No —rio suavemente—. Azani sabe que me necesitas. No llores más, anda, cuando los hombres lloráis, alteráis el equilibrio del universo. No está acostumbrado a que lo hagáis. Siempre tan rudos y presumidos.

—Muy graciosa. Yo no soy presumido.

Sonrió y me cogió las manos.

—Están frías. —Las llevó a sus labios para calentarlas. Luego las frotó con las suyas—. ¿Por qué lloras?

—Por nada.

—Ah, no, uno no llora por nada. Siempre hay algo dormido que despierta para llorar. Como la hormiga que queda en la despensa de la que nunca te puedes librar.

—A veces hablas como Háchpirey.

—¿Qué tal está tu amigo el bardo? —dijo tras sonreír.

—Igual de pelirrojo que antes, sin que me haya acordado de preguntarte por qué pusiste esa cara cuando te dije que lo era, pero claro, supongo que ya no me puedes decir por qué.

—Supones bien. Tú solo… cuida de él, como si fuera un tesoro. —Se puso en pie y tiró de mí, sin éxito—. Ven, pasearemos por los jardines. Hace una noche bonita en Irasis.

—No voy a darle vueltas al hecho de que hables como si realmente estuvieras aquí. Paso de pensar más. Es que me da igual. No lo sé y nadie me lo va a explicar.

—Levántate. —Volvió a tirar de mí—. Por todos los dioses, pesas muchísimo.

—O tú eres una endeble —dije poniéndome en pie.

Frente a frente, ella sonrió.

—Podría partirte la muñeca con una sola mano.

—Uh, qué miedo das. Yo me basto con cuatro dedos. —Levanté aquella en la que uno me faltaba, pero ahí estaba, como esa otra vez.

—¿Es que no te acuerdas de que aquí no hay dolor ni nada de eso? —dijo con gesto burlón.

—Si no hay dolor, ¿por qué siento esta presión en el pecho?

—Te sentirás mejor poco a poco. Vamos. —Me hizo un gesto con la cabeza—. Quiero que hagamos algo.

—Sabes que hay normas, ¿verdad? —dije cuando echamos a andar—. No podemos hablar de según qué cosas.

—No hablaremos de nada. Solo comeremos algo mientras miramos las estrellas de Irasis en silencio. El primero que diga algo, pierde.

—Me parece bien. Echo de menos el silencio.

—Y yo. Donde estoy ahora, no hay más que ruido a veces. —De debajo de la saya extrajo un saquito que abrió para mostrarme un buen racimo de uvas frescas y brillantes. Bien gordas—. También muy buenos cultivos de uva. Se fabrica un vino delicioso. Quizá lo traiga en otra ocasión.

—Nunca diría que no a un buen vino, ni a una uva. —Separé una del racimo haciendo pinza con los dedos y me la metí en la boca.

Anamkha me observó con una sonrisa mientras comía.

—Has pasado hambre, ¿verdad, Málakor? En algún momento de tu vida.

—Sí, he pasado hambre.

Tomó otra uva, la masticó con ganas y luego dijo:

—Cuéntame por qué llorabas. Hablar de ello te hará bien.

—Tengo el corazón roto, Anamkha, ¿alguna vez han roto el tuyo?

—¿Solo alguna vez? —A pesar de sus palabras, volvió a sonreír—. ¿Qué ha pasado?

—Problemas con Leyla. Ya no recuerdo si te he hablado de ella o no.

—Sé que es alguien que te importa mucho, por cómo te cambia el semblante cuando la mencionas.

—Me importa, sí. La quiero.

Anamkha asintió comprensiva.

—¿Estás mal porque os habéis separado?

—Nunca estuvimos juntos realmente, porque no hacemos otra cosa que discutir.

Cuando nos acercamos al otro, terminamos por empujarnos lejos, por las dudas, los rencores, la desconfianza y los cientos de cosas que pasan a nuestro alrededor —relaté con pesar—.

Es como si lo que sentimos no fuera más fuerte que todo lo demás, ni jamás pudiera llegar a serlo.

Ella estuvo con mi hermano y él la traicionó.

Le quebró el corazón en mil pedazos, y se culpa por no haberlo visto venir, porque él hizo estragos en las vidas de muchas personas, aún los hace.

Algunos dragones sobrevolaban nuestras cabezas; sin embargo, aquella fronda de árboles y flores estaba solitaria. Con luciérnagas colándose entre los arbustos, dándole un color mágico al lugar. Ella me escuchó atentamente. Palabra por palabra.

—Él quiere matarme —continué—, y Leyla ha hecho algo para salvarme.

—Sí. —Chasqueó la lengua—. ¿Por qué no estás de acuerdo con que ella te salve?

Iba a contestar, pero algo me saltó a la cabeza.

—¿Por qué no haces una sola mención al hecho de que mi hermano quiera matarme? No es que sea algo normal. A no ser que me digas que en Hérenthor es lo que se estila.

—No… —Se mordió el labio inferior—. No sé cuánto de esto puedo decirte, pero sé quién es tu hermano. Aunque aquí se le conoce como Nérgalak. Es el nombre que le dieron los elfos oscuros. Tiene mil nombres, como la muerte, y es igual de despiadado que ella.

Mi ceño cayó pesado tras aquella revelación.

—Hasta allí llega su fama…

—Su mala fama.

—Tengo mil preguntas que hacerte, Anamkha.

—Lo sé —dijo mientras asentía—, y yo a ti. Hablaré con Azani para ver si podemos tratar este asunto.

—Hace poco que me enteré de que era mi hermano, ella nunca me dijo nada, así que dudo que quiera que hablemos de él. ¿Cómo lo sabes tú?

—Digamos que he estado haciendo preguntas en este tiempo y he atado cabos, pero no puedo decirte mucho más, me temo.

Solté un resoplido de frustración, en tanto que ella preguntaba de nuevo:

—¿Por qué no estás de acuerdo con que Leyla te salve?

—Porque significaría su muerte. No quiero que muera para salvarme.

—No puedes decirle a los demás qué hacer o no por ti, Málakor. Si alguien elige, libremente, sacrificarse, debes entender que es su decisión, por más que te duela.

—¿Me estás diciendo que me quede de brazos cruzados?

—En absoluto. Que entiendas que es su decisión no significa que no puedas hacer nada por tu parte.

Imagina que yo eligiese arrojarme a la boca de ese dragón para salvarte.

—Señaló a uno de los que pasaban en vuelo rasante sobre las copas de los árboles cercanos.

Era una cría y, aun así, era increíblemente grande—. ¿No harías algo para detenerme?

—Por supuesto que sí. No quiero verte hecha pedazos entre los dientes de un dragón.

—Menos mal. —Soltó una risa con los labios cerrados, que secundé—. Mi sacrificio sería mi decisión; impedirlo, la tuya.

—Bien —suspiré—, pues he tomado mi decisión, y Leyla no lo sabe. Y, cuando se entere, se enfadará muchísimo. Me recordará esto o aquello, porque no deja de recordarme lo que fui.

—¿Lo que fuiste?

—Sé que tú no puedes hablarme de tu pasado, pero no sé si puedo hablarte del mío. Tampoco sé si estoy preparado para decírtelo, porque podría cambiar tu visión de mí.

Los ojos de Anamkha se clavaron en los míos hondamente, mientras me miraba pensativa.

—Ya lo harás, cuando te sientas preparado —dijo después.

—Gracias. —Sonreí aliviado, pero se me cayó la expresión al pensar de nuevo en el tema inicial de nuestra conversación—.

Leyla está hecha pedazos. Su dolor y su rabia hacen que se olvide de que me está haciendo pedazos también.

Me compara con mi hermano, me desprecia por haber elegido salvar a un niño inocente.

No tiene la culpa de ser hijo de quien es, y aunque se ha criado en un sitio horrible, hay esperanza para él. ¿Qué hago, maldita sea?

Ella suspiró profundamente, y se paró al cabo de uno de los puentes de piedra que salvaban el amplio río que discurría entre castaños.

—Es complicado —dijo.

—Eso ya lo sé yo, pelirroja —resoplé, moviéndome el flequillo.

Anamkha lo recolocó con suavidad, con la yema de los dedos.

—Cálmate, eso para empezar. Estando nervioso no hallarás la solución. Sí, ya sé que es algo obvio, no me gruñas —añadió entre risas.

—Yo no gruño.

—Eso lo dudo mucho —dijo—. Tienes cara de gruñir un montón.

Me reí con ella, y asentí.

—Está bien. Crucemos el puente. Igual la solución está al otro lado.

Avanzamos por él, y noté que ella no dejaba de mirar tras la balaustrada, con gesto inquieto.

—¿Por qué te pones nerviosa?

—Porque se me da fatal nadar. En aguas tranquilas podría defenderme. En estas… —silbó— el agua corre rápida hasta la cascada. Me arrastraría.

La tendí la mano.

—No te preocupes. Estoy aquí.

Me miró con gesto agradecido y la tomó. No me soltó hasta que puso los pies en el sendero.

—Voy a decirte algo que espero que te ayude —dijo cuando retomamos el paso entre los árboles—.

En primer lugar, tienes que aceptar que no puedes exigirle a algo que se ha roto que vuelva a lucir igual, aunque trates de arreglarlo.

Siempre se verán las grietas y cualquier pequeño golpe puede volver a abrirlas.

Sucede lo mismo con las personas, nos rompemos, creemos que nos arreglamos, pero solo somos un montón de grietas que un día creímos haber reparado y que el más mínimo roce volverá a quebrar.

Más aún cuando se golpea de nuevo sobre el lugar que se rompió.

Sus palabras fueron significativas para mí y sentí una inmensa paz al escucharlas.

—Es duro estar al lado de alguien que te empuja todo el rato lejos. Que se irrita cuando no lo tiene todo bajo control. Es muy duro, terriblemente duro, para ambas partes —agregó.

—Espero que no hables por tu propia experiencia, esto es difícil de sobrellevar.

Se selló los labios con dos dedos. Asentí, comprendiendo que no podía hablar más.

—Está bien…