CAPÍTULO 9
De coser las heridas a puñaladas
Caminé pasillo arriba, desubicado; como si acabase de bajar de un barco y la tierra se moviera bajo mis pies.
Apoyé la palma de la mano en una pared y agaché la cabeza.
Sentí unas horribles ganas de vomitar, y tenía el cuello tan tenso que si una espada hubiera caído sobre él, no habría conseguido cortar nada.
Noté una mano sobre mi hombro, y vi a Háchpirey junto Azani.
Ambos me miraban con expresión preocupada.
—Málakor —dijo él—, estás pálido.
—¿Tú crees? —Me froté la cara, con brío, y me incorporé—. Será porque he discutido con Leyla, otra vez. A ver si aprendes a tener la boca cerrada, cantamañanas.
—Ha sido un desliz, pensé que estaba hablando para mí.
—¿Cuándo hablas tú para ti?
Hach abrió la boca para replicar, pero Azani intervino antes.
—No la emprendas con él —dijo, en un tono calmado pero determinante—.
Es normal que surjan discordancias en grupos tan dispares.
No está bien que haya secretos entre sus miembros, los amigos se cuentan la verdad sobre las cosas, pero, aunque deberías de habérselo contado a ella también, el secreto que guardabas es un asunto complejo.
Las personas a veces tardáis en encontrar el momento de hablar de esos menesteres.
—Conozco a Leyla lo suficiente como para saber que, de haber sabido antes de este secreto, me habría empujado hacia donde no quiero ir. Es demasiado recta y cumplidora del deber como para no hacerlo.
—Si alguien quiere empujarte hacia donde no quieres ir, siempre puedes ofrecer resistencia —dijo la diosa.
—¿Ah, sí? Pues igual empiezo a hacer eso con todos los líos en los que me metes —bufé—. En fin, no quiero discutir con vosotros. No quiero, de hecho, discutir con nadie más el resto de mi vida. Es agotador.
—Aclararás las cosas con ella, ya lo verás. Leyla es cabezota e impulsiva, pero no es mezquina.
—Pues para no ser mezquina, Hach, no quiere aceptar a Xelirian.
—Eso no tiene nada que ver —dijo Azani—.
No acepta al niño porque le recuerda al hombre que más la ha herido en esta vida.
Aunque no estoy en el corazón de la exploradora como para conocer las profundidades de sus sentimientos, cuanto más le digas que acepte al crío, menos lo hará.
Dale tiempo. El tiempo siempre es la respuesta, nieto.
A las heridas del alma y del cuerpo. En ocasiones, hasta a la mayoría de nuestras preguntas, porque incluso aquellas que parecen no tener respuesta, dentro de un tiempo, la tendrán. Los dos tenéis heridas que sanar.
—En vez de sanarlas, las estamos cosiendo a puñaladas. Me falta paciencia a veces, ya lo sabes.
—Pues, si no aprendes a tenerla, tus acciones te llevarán a lugares que no esperas, y no todos serán alegres, te lo puedo asegurar.
—¿Qué lugares, abuela?
—Lugares que no esperas, ya lo he dicho.
Solté una risa con los labios cerrados.
—Ya estás hablándome otra vez con enigmas.
—No puedo hablarte de otro modo. Damien está muy quisquilloso, y no debería importarme lo que diga, pero no quiero tenerlo todo el día zumbándome en la oreja como una mosca molesta.
—Es una mosca molesta —dijo el bardo, que resopló.
—En eso estamos todos de acuerdo —anoté—. ¿Qué haces aquí, abuela?
—Ven, querido nieto… —Azani me tomó de la mano, y su energía me recorrió, haciéndome sentir mejor—. Demos un paseo por los jardines, te sentará bien.
Dejé junto a ellos el palacio, para adentrarnos en los espléndidos jardines.
Aquellas falsas estrellas brillaban vivas y plateadas, tornasolando las hojas verdes de árboles, arbustos y parterres de flores.
Un camino de mosaicos discurría bajo unos arcos con enredaderas de jazmines y otras flores que no reconocí, pero que desprendían un dulce aroma.
—Huele como el verano en Driene —dijo Hach—. En las noches, todo huele a madreselva y jazmines.
Mi abuela lo miró con sumo cariño, enganchada de su brazo, como una pareja más.
—A mí me recuerdan a los de mi hogar.
—Driene… —musité para mí—. La isla en la que acabé después de lo sucedido en Ledaria. Cuando Drálagor voló un barco por los aires. Esa en la que me revelaste quién era —anoté mirando a mi abuela.
Ella asintió con una amplia sonrisa, y el bardo le preguntó por las flores del hogar divino de la diosa.
—En Thalos-Belias hay especies que aún no se conocen en la tierra —relató mi abuela—, pero que son más hermosas incluso que las que ya existen, y que desprenden aromas que embriagarían los sentidos hasta de aquellos que jamás han sabido apreciar el perfume de una flor.
—Ojalá pudieras llevarme a verlo. —La voz le vibró con la emoción.
—Sí, es una idea genial que aparezcáis juntos por allí, donde andan todos los dioses, para que os manden al Olvido, ¿eh? Venga, ¿a qué estáis esperando?
—Málakor…
—Perdón, me angustia esa idea.
—No debería —dijo Azani, con voz misteriosa—. ¿Recuerdas lo que te dijo tu padre?
—Mi padre me dijo muchas cosas, abuelita.
—«También sacarás a tu madre del Olvido junto a la mujer de cabellos rojos. Está escrito en las estrellas. En vuestro destino» —dijo, y me pareció que recitaba las palabras de Iarlath al dedillo.
—Espero que no estés diciéndolo porque, si os largan allí también, podré sacaros.
—Yo no he dicho eso. —Sonrió.
—Querida mía —el bardo besó su mano—, cuánto admiro tu inteligencia.
Solté un resoplido, a la par que Hach se reía. Abandonábamos ya aquel sendero cobijado por enredaderas, cuando dije:
—Yo no me río, bardo, pero al menos sacaré partido de esto. Ya que has mencionado a la pelirroja, Azani, ¿por qué no puedo hablar con ella? Necesito hablar con ella. No lo digo por decir. —Me llevé el puño al pecho—. Lo necesito, verdaderamente. La siento como una amiga, quiero saber cómo está.
—¿Para que te siga contando cosas que deberías averiguar por ti mismo?
—No. —Me crucé de brazos, disgustado—. Si no podíamos tratar ciertos temas, podrías habernos avisado.
—Avisé a Anamkha, pero su deseo de ayudarte ha sido más fuerte que mis advertencias.
—¿No le habrás hecho nada?
—No, nieto, ¿cómo iba a hacerle nada? —Rio—. Está bien. No te preocupes.
Más tranquilo, pregunté:
—¿Qué asuntos son esos que no podemos hablar?
—No podéis hablar de su pasado. Hay cosas en él que no comprenderías.
Ni tampoco de los padres de Medora. Ese camino ha de recorrerlo la maga sin que ninguno interfiráis.
Tampoco debería hablarte de lo que sucedió en Hérenthor.
Puede pedirte ayuda, conforme a los sueños de su familia, nada más.
Ayudarte a afrontar ciertos retos, como cuando te habló del Ynsheran y de la Sombra, pero no debe referir cómo lo sabe ni otro sinfín de cosas más.
—Muy bien. Quédate a escuchar si quieres, pero déjame hablar con ella, por favor. Solo quiero decirle «hola» y asegurarle que estoy bien. La echo de menos.
Azani sonrió de un modo peculiar.
—¿La echas de menos? —dijo el bardo, mirándome con gesto de guasa.
—Calla, bardo, o le doy de comer tu sombrero a un dragón.
— Sombreros de bardo yo no como, porque me sientan como un plomo —cantó, con el soniquete de Felipe el Dragón.
La diosa rio con ganas y lo besó en la mejilla.
—Sois tal para cual. —Di un paso más largo, para adelantarme un poco, casi huyendo de ellos, pero Azani tiró de mí hacia atrás, a la par que Hach y ella se detenían.
—¿Qué pasa?
La diosa señaló al suelo. Un escarabajo gordísimo, de brillantes colores, como nunca lo había visto, caminaba cerca de mis pies.
—Casi lo pisas, y es una especie de la que solo se conservan ejemplares aquí. Algún día los llevaré de vuelta al que fue su hogar.
—¿Y cuál fue su hogar?
—Rádamo, antes de que el pantano lo anegase todo.
—Me pregunto si llegaremos algún día.
—Estaremos aquí lo justo para descansar un poco —dijo el bardo—. Luego, Alastus nos llevará hasta Rádamo.
—Gracias a los dioses… —suspiré, con la mirada clavada en aquel cielo nocturno .
No lo miré mucho, porque un dragón pasó volando por encima de nuestras cabezas, tapándolo con su enormidad.
—Por todos los dioses, es enorme… —musitó Hach.
—Solo es una cría de dragón. Obstinada y revoltosa como todas las crías.
He venido a recordarle a los dragones que no sois sus enemigos.
Alastus y el resto de sus hermanos son amables, pero en esta ciudad hay muchos otros que no.
No quisiera que estuvierais en peligro. —Miró al que me había sobrevolado, que no era ya más que un punto en la lejanía—.
Mis palabras los han calmado, salvo a ese.
A ese no lo convencería de que los humanos no sois una amenaza, ni el mismísimo Tékim.
—Casi me ha cambiado de peinado volando tan cerca.
—Te haría falta un buen corte de pelo, todo sea dicho —señaló mi amigo—. Llevas unas greñas que ni en Ledaria.
Me pasé los dedos por la desordenada mata de pelo.
—Este es el menor de mis problemas. —Aspiré el aire, que llegaba preñado del aroma al agua de algún arroyo cercano—. Voy a dejar que sigáis solos con vuestro paseo, creo que la cena me ha sentado mal. Necesito acostarme.
—Está bien. —Azani apretó mis manos—. Pero antes de irte, déjame decirte otra cosa: Pronto sucederá algo que te costará creer. Que os costará creer. —Puso la mirada en Hach un momento, antes de volverla hacia mí—. Pero has de creer, ¿de acuerdo? Ten fe en quien eres.
—Tengo fe, no te preocupes. Gracias, abuela. —La besé en la mejilla—. ¿Te quedarás por aquí?
—No, me marcharé en un rato, he de atender asuntos en otra parte. Cuidaos mutuamente, por favor.
—Cuidaré de ahogarlo con la almohada.
—Siempre tan cariñoso —dijo Hach, que se echó a reír.
Me despedí de ellos, y apenas me había alejado unos pasos, escuché sus risas. Giré la cabeza y vi al bardo bailar con la diosa. No había música, pero él la tarareó con su melodiosa voz.
—Te amo tanto, Azani —le dijo entre tarareos, con mucha alegría—, que si tuviera que elegir entre ti o perder la voz para siempre, olvidar lo que es una canción, ignorar siquiera qué son las cuerdas de un laúd, siempre te elegiría a ti. Siempre. Porque te amo más que a la música.
Sentí una inmensa emoción, mezcla de lo hermoso de verlos juntos y de un pensamiento que me cercenó toda opción a ser racional con mis sentimientos.
Jamás tendría nada como lo que ellos tenían.
Nadie me amaría tanto como el bardo amaba a Azani, o como ella lo amaba a él.
Tanto como para reír y cantar en medio de la tormenta, sin reproches, callando al dolor con la alegría de estar juntos, sin permitir que nada ni nadie interfiriese en eso.
Ya vendrían las guerras, los problemas, los asuntos de dioses y mortales, la muerte incluso, que, ese momento, era solo para celebrar el amor que se sentían.
Yo, que solo podía experimentar las grietas de un corazón roto, de un desastre tras otro, no fui capaz de seguir escuchando más, porque eché a correr, preso de mi angustia.
Perdido en la maraña de árboles, me dejé caer a los pies de uno. Levanté la mirada a aquel cielo de falsas estrellas. Tenía el terrible presentmiento de que se apagarían todas de golpe, igual que se estaban apagando mis esperanzas con tantas cosas. Quebrado por aquella certeza, rompí a llorar.