CAPÍTULO 8 #3
—¿Y quién nos dice que no dominará a ese niño cuando menos nos lo esperemos? Debió quedarse en Aberrak. Azskar sabrá dónde estamos, gracias a su vínculo. Podría aparecer por aquí de un momento a otro.
—Estamos en la ciudad de los dragones. Nos rodea su magia, ¿crees que podría hacer algo así?
—No lo sé, mas no deberíamos de habernos arriesgado trayendo a Xelirian hasta aquí. Estás ciego de amor por él, y ni siquiera entiendo por qué.
—Ya lo he explicado cincuenta veces, pero te lo explicaré de nuevo. El niño no tiene la culpa de lo que hizo su padre.
—Pero tú tendrás la culpa de lo que haga, por dejar que se quede con nosotros.
—Leyla…, no puedo más. Te juro por los dioses que no puedo más. —Me froté la frente, resoplando—. Me estás poniendo al límite. ¿Qué es lo que quieres de mí?
—Que le digas a Alastus que se lleve al niño de vuelta a los túneles. Él mismo dijo que podía quedarse en ellos, que nada le pasaría.
—No quieras ir por ese camino. —Me froté la frente, resoplando.
Se hizo un silencio más grande que uno de los dragones que andaban cerca, a juzgar por cómo temblaba a veces la lámpara.
—Eres tan parecido a él a veces… —soltó de golpe—, que me siento como si estuviera hablando con la misma persona. Cuando Lúdric quería zanjar una discusión, también decía «no iremos por ese camino».
—¡Deja de compararme con él! —La rabia que sentí me agrió la saliva.
—Es la verdad. Me lo recuerdas a menudo, incluso cuando me besas. Eres igual de delicado, de apasionado a la vez.
Sentí ganas de vomitar y de arrancarme a tiras la piel. Igual así se me olvidaba la idea que sus palabras habían instalado en mi cabeza de que le había entregado mis labios mientras ella, quizá, se acordaba de cuando era él quien lo hacía.
—¿De verdad piensas lo que has dicho?
Se llevó la mano a la boca y apretó los párpados.
—Te arrepientes, pero ya ha dolido, Leyla. —Cerré los puños, quería largarme de allí.
—Málakor…, lo siento mucho. Es que no sé qué me pasa. Estoy perdiendo la cabeza —dijo angustiada—. No siento más que rabia, y esa rabia me ha hecho hacer… Es igual.
—Pues ponte a dispararle a las sombras de la pared y así la canalizas.
Te juro que estoy luchando para que gane la parte de mí que te prometió que se quedaría a tu lado a pesar de todo, pero mi amor propio me está gritando que no lo haga, no después de sentirse pisoteado —dije—.
Así que no me quedaré a ser tu muñeco de paja, ni a escuchar cómo me comparas con alguien que te apuñaló.
Puedo haber hecho muchas cosas mal con respecto a ti, pero jamás he intentado matarte.
Me miró como si fuera a corregir aquello, pero luego negó con la cabeza, al borde de las lágrimas.
—Y no creo que me parezca tanto a él —agregué—, pero sí que tú intentas verlo en todas partes, porque, a pesar de todo, sigues enamorada de él.
—No, yo… —musitó, con los ojos anclados a los míos, llenos de sorpresa.
—Sí, tú. El amor que uno siente por otro no se olvida tan fácilmente, aun cuando esa persona te ha hecho sufrir.
—Tú no sabes nada del amor, Málakor. Tú mismo lo dijiste. —Fue hasta una de las sillas y se dejó caer en ella. Luego apoyó los codos en las rodillas y escondió la cara entre las manos.
Intenté recordar cuál había sido el momento, y esa conversación con ella sobre nuestros amores pasados llegó a mi memoria.
—Dije que no sabía mucho del amor, en mis propias carnes.
Pero quienes me concibieron lo hicieron viviendo una historia de amor inmensa, también trágica y dolorosa.
Mi padre me dijo que hasta del amor más puro puede surgir el mayor de los desastres, que las desgracias no vienen solo del odio, de la envidia o de los malos pensamientos.
El amor a veces también las provoca. Si no te arrancas el amor que sientes por Lúdric, será tu desgracia.
Levantó la mirada hacia mí; sus mejillas eran un río de lágrimas.
—Arráncame el corazón, Málakor, quiero que deje de doler —sollozó—. Quiero dejar de hacer daño a las personas que me importan.
Me arrodillé frente a ella y le sequé las lágrimas con los pulgares.
—No, Leyla, yo no puedo arrancarte el corazón. Pero, si no luchas por salir de esta espiral, él sí lo hará, y no en un sentido figurado. Métete eso en la cabeza de una maldita vez.
—He hecho cosas terribles, Málakor, cosas que no sabes, pero que te harán odiarme más.
—No te odio, te lo he dicho cientos de veces.
—Algún día me odiarás. Lo sé. —Los nudillos se le pusieron blancos de tanto apretarlos—. Hasta que se día llegue: ¿me perdonas por todo lo que te he dicho? Era mi rabia hablando por mí. Siempre ha sido culpa de mi maldita rabia.
—Si te perdonase, no podría perdonarme a mí mismo, ni entenderías que no puedes dejar salir a tu rabia sin pensar en las consecuencias.
Puede que no me respetes lo más mínimo, que me sigas considerando la sombra de lo que fui, que veas en mí a esa bestia que solo sabe hacer el mal, a pesar de todo, pero yo sí me respeto, Leyla.
—Me puse en pie—. Te quiero, cuidaré de ti, pero he de quererme también. No vuelvas a hablarme así.
Fui hacia la puerta decidido a cruzarla y a no mirar atrás. No sé si dijo algo más, porque la cerré tras mi espalda. No di un portazo siquiera. Solo quería poner una barrera entre ella y yo para que dejasen de herir sus palabras. No funcionó. Llené los pulmones de aire, sintiendo que me asfixiaba.