Málakor 4 CAPÍTULO 8 #2
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CAPÍTULO 8 #2

—En cualquier caso, debéis temer más a los dragones de hueso y a los dragones rojos —anotó Hefaestus. Su cabello dorado brillaba resplandeciente a la luz cálida de la estancia.

—¿Dragones de hueso? —dije ceñudo.

—Yo los he visto —dijo Airyne—. La sangre se te congela en las venas con su sola presencia. Son grotescos. Son… puro espanto.

—Gris no gustar dragones huesudos.

— Pues a mí me gustan los huesos. Están sabrosos —dijo Panceta.

—Los magos oscuros los están levantando de sus tumbas de siglos —anotó Alastus.

Solté una risa nerviosa.

—Estamos jodidos.

Hach me regañó con la mirada a causa de mi mala lengua. Me encogí de hombros.

—Es que lo estamos, bardo. ¿Qué quieres que te diga? ¿Te lo adorno para que suene más bonito? Dragones de hueso. Dragones rojos. Estoy a falta de que me digan que hay un dragón bardo para que me dé un infarto.

Hubo unas risas contenidas. Mi amigo me miró con gesto comprensivo mientras asentía.

—Estamos fastidiados, sí —suspiró el guaperas—, por eso os necesitamos en Ítaro.

Esos dragones no tienen miedo a nada, igual que los dragones rojos, y poseen un hambre voraz.

Ya sea de maldad o de sangre. Difícilmente se dejan montar, pero, si lo hicieran, solo accederían si su jinete fuese tan malvado como ellos, y siempre con objetivos deshonestos.

—Cierto es que Wyberno de Baservil, en sus Crónicas de la Dragonancia , menciona la mala fama de los dragones rojos, achacándoles incluso la destrucción de ciudades enteras en la antigüedad —comentó Medora.

—Y no se equivocaba —dijo Alastus—. Ellos son nuestro verdadero problema. Arkaidon, en realidad, no es intrínsecamente malvado, más bien… le gusta hacer el caos.

—Es primo de Damien entonces —bufé

—Realmente, Damien es su tío —dijo la dragona—. Arkaidon es uno de los dragones primigenios creados por Tékim. Son sus hijos, por así decirlo, y como Tékim y Damien son hermanos, eso convierte a Arkaidon en el sobrino del dios —explicó risueña.

—Qué feliz me hace corroborar que es así —dijo Conjuritos—. Que Tékim, nuestra ilustre divinidad, es quien puso en nuestras tierras a criaturas tan asombrosas.

La maga soltó una doble ración de peloteo hacia nuestros anfitriones, y los tres brindaron en su honor. Alastus, con los ojos puestos en los de ella y las ganas de llevársela a solas a alguna parte. Esa mirada suya, más que revelarlo, lo gritaba.

—Si mi querida amiga ha dejado de pelotearos, tengo una cuestión relevante. —Alcé el muslo, ya en los huesos—. ¿Hay más pollo?

Salvo Leyla y Hach, todos los demás rieron. Apareció una bandeja a rebosar delante de mis narices. En tanto que daba cuenta de otro muslo, lancé una pregunta más, aquella vez seria:

—¿Los Heraldos del Mal cuentan con ayuda de dragones?

—Probablemente sí —informó Alastus—. Más aún cuando sepan que vosotros contáis con nuestra ayuda.

—Y habéis de estar preparados para enfrentaros a ellos —dijo su dorado primo—. Todos los dragones tienen debilidades. Igual que las personas. No os las contaremos nosotros, eso sería atentar contra las leyes sagradas de nuestro pueblo, pero en la biblioteca de Rádamo encontraréis respuestas.

—Pero… si son ruinas —dijo Medora.

Alastus miró a su primo con un regaño mientras chasqueaba la lengua.

—Si ya sabía yo que ibas a beber vino de más y a hablar de más.

—Siempre habla de más —dijo la dragona.

—No he dicho nada. —Hefaestus levantó las manos en señal de rendición—. Olvidadlo.

—Como para olvidar una cosa semejante —murmuró Hach, cortando con finura una patata. Yo me la habría metido entera en la boca.

—¡Qué ganas tengo de llegar a Rádamo! —dijo entonces la maga.

—Acabas de decir que no quieres ir por culpa de Arkaidon —le recordé.

—¿Qué es un dragón de nada cuando hay una biblioteca? Un detallito irrelevante. Minucias sin importancia.

—Una minucia ya es una cosa sin importancia —corrigió Hach.

—Ini minicia… —Medora puso los ojos en blanco.

Me aguanté la risa. Xelirian y Gris, no, y al final acabé riendo.

—Sois muy divertidos —dijo la dragona, mirándonos con su sonrisa perenne—. Ojalá mi hermana Merenzis estuviera aquí. Quizá la haríais reír, que falta le hace.

—La dragona arisca que nos ha traído a palacio, supongo. ¿Qué le ocurre?

—No es arisca por naturaleza, solo sufre de mal de amores. Algo que le pasa a todas las adolescentes, sean dragonas o humanas.

—¿Alguien le ha hecho daño? —La Ordom se puso violenta aun cuando no se había declarado la guerra—. Dónde está ese cabronazo, le daré su merecido.

—Probablemente sea un dragón de ocho metros, querida Airyne, igual quieres pensártelo antes —le dijo Hach.

—En realidad, no. Es un enano de Aberrak —indicó su hermana—. Papá dice que eso no es posible. Que los dragones han de estar con dragones, y no se hable más.

—A todos los padres se les lleva la contraria alguna vez, ¿no? —dije—. Es una cosa normal.

—No cuando es el rey de Irasis. Las reglas son distintas cuando eres una princesa.

—No soy una princesa, pero…

—Pero eres un príncipe. —Hach abrió mucho los ojos al darse cuenta de su metedura de pata.

Casi escondí la cabeza en un plato.

—¿Un príncipe? —dijo la dragona, entusiasmada—. ¡Como mis hermanos Alastus y Hezarus!

—¿Eres un príncipe? —Medora miró boquiabierta al dragón.

Leyla dijo lo mismo, pero con los ojos puestos en mí. La miré con el muslo de pollo entre diente y diente, sin saber qué decir.

—Uno de los príncipes de Irasis, sí —respondió el dragón con tranquilidad.

—¿Málakor? —insistió Leyla.

—El bardo, que delira y…

Frenó mis palabras con un gesto, en tanto que se ponía en pie.

—No, más vale que me digas la verdad.

Tragué saliva, abrumado por su mirada. Parecía hecha de fuego y, si decía algo que no le gustase, ardería en ella.

—Verás… —comencé a decir, inseguro de mis palabras, mirando a unos y otros—. No es un tema para tratar en una mesa con dragones a los que ni les va ni les viene.

—Es un tema complicado, sí —comentó Medora.

—Ah, ¿que tú también lo sabes? ¿Soy la única idiota que no está al tanto? —Aquello pareció herirla más incluso que no conocer la verdad.

Entre los demás corrieron miradas incómodas.

—No digas eso. No eres ninguna idiota —dije—. Es solo que…

—Que no querías decírmelo, porque no confías en mí.

—Estás sacando las cosas de quicio, Leyla. Luego te lo cuento. En un sitio donde no haya cuchillos con los que puedas asesinarme. Siéntate, por favor.

—No, ¿por qué ha dicho Hach que eres un príncipe?

Alastus se puso en pie. Con calmada seriedad, dijo:

—Mejor os dejamos a solas.

—No hace falta… —dije; sin embargo, guiados por los gestos de los dragones, fueron dejando la sala. Ni siquiera Panceta, Gris o Xelirian rechistaron, y los siguieron obedientes.

Cuando la puerta se cerró tras Medora, que me dirigió una mirada de ánimo antes de salir, Leyla soltó entre dientes:

—Dímelo, Málakor.

—Por todos los dioses. —Apreté el mentón, tenía ganas de tirarme por la ventana.

Estaba a ras de suelo, lo que habría sido inútil.

Aunque igual si me arrojaba de cabeza… La sacudí y me centré en contestarle—.

Soy el hijo del hijo perdido de la reina Meredia.

Mi padre, Iarlath, es el niño que desapareció.

—¿Eres un Tríanor? —dijo ceñuda.

—Soy un Tríanor, sí.

—Eso te convierte en el heredero al trono de Ardacia. Ya sé por qué no me lo has dicho —musitó con rencor—. Sabías que te obligaría a regresar para reclamarlo y evitar la guerra civil que se desatará.

Me puse en pie, para mirarla de frente.

—No haré nada que no deseo por culpa de unos pelagatos con falta de miras. Élinor será una gran reina. Si no quieren verlo, se lo meteremos por los ojos a punta de espada. Estaré a su lado, pero no reclamaré nada.

—¿Y el derramamiento de sangre?

—La gente muere constantemente.

Se cruzó de brazos y me evaluó con la mirada.

—Nunca has vivido una guerra —soltó—. Jamás.

—Ninguno de los dos ha vivido una, pero, en términos de crueldad y derramamiento de sangre, yo soy el que más lo ha visto de los dos.

—¿De verdad crees que no la he vivido? —Apretó el mentón, aplastando aquella frase, y caminó arriba y abajo de la estancia—.

¿Qué crees que había entre Knegara y Ledaria?

¿Un concurso de a ver quién fastidiaba más al otro?

Estábamos en guerra, Málakor, quizá no como esas que se libran en campos de batalla con grandes ejércitos.

La nuestra era diferente, pero una guerra al fin y al cabo.

—¿Se te olvida que yo estaba en el otro bando?

—A veces sí, y quizá ese sea el problema. Que nunca tenía que haberlo olvidado.

Levanté ambas cejas.

—Estás pagando tu enfado conmigo, una vez más.

—No estoy enfadada, ¡estoy furiosa! Y me siento traicionada por ti.

—¿Traicionada? —musité, anonadado—. ¿En qué demonios te he traicionado? No te he contado lo de mi linaje, de acuerdo, pero de ahí a llamarlo traición… Te lo habría dicho en el momento adecuado.

—No es por eso. Es porque dijiste que te quedarías a mi lado, Málakor.

Di unos pasos y me planté delante de ella. La rabia llenó también mis palabras:

—¿Y acaso no estoy a tu maldito lado?

—No, porque has elegido a ese niño. —En su expresión hubo un profundo dolor; igual que si la hubiera abandonado en el mismísimo desierto—. Cada vez que lo miro, recuerdo lo que me dijiste: «Mátalo si quieres, pero habrás muerto para mí». ¿Por qué te importa más que yo?

¿Tiempo? No, Leyla necesitaría tres malditas vidas para aceptar al niño.

—Leyla, no se trata de que me importe más que tú, los dos me importáis. Entiendo lo que él significa para ti, lo que él te recuerda, pero no tiene la culpa de la crueldad de su padre.

—Lleva su veneno. Igual que tú llevarás el veneno de Ledaria contigo, allá dónde vayas.

Siempre estará dentro de ti, por más que cambies; lo que cargas dentro por haberte criado allí, salta como un ascua de vez en cuando.

¿Crees que no sé que machacaste el cráneo de un asesino contra tu rodilla?

Las sanadoras me lo dijeron. Te dominó la sed de sangre.

Fruncí los labios. Estaba en un callejón sin salida, negar aquello era absurdo.

—Me dominó, sí.