Málakor 4 CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

De pollo mágico y del tiempo que da respuestas

Mientras me daba un baño en mi habitación, que era, como todo lo demás, propia de un lechuguino, tuve espacio para poner la mente en blanco por unos minutos, arrullado por los sonidos de la ciudad dracónica y del agua.

Metí la cabeza debajo tanto como aguantaron mis pulmones, siguiendo los consejos de Senris, a ver si así se llevaba mis preocupaciones.

Apenas salí del baño, ya vestido, llamaron a la puerta insistentemente.

—Se trata de llamar, no de tirar la puerta abajo —me quejé, mientras iba a abrirla.

—¡Es hora de cenar! —Oí decir a Hach, al otro lado—. Vamos, no podemos ser descorteses con nuestros invitados.

—Más bien no quiero ser descortés con la comida, bardo. —Mi estómago opinaba lo mismo, porque rugió descontrolado—. Me comería una vaca.

Cuando abrí, vi que llevaba un sombrero estudiadísimo, con plumas de varios colores.

—¿A qué clase de pollo has matado para eso? —Fruncí el ceño—. ¿Uno salido de la imaginación de un niño con sobredosis de azúcar?

—No sabes nada de moda.

—Mejor para mí.

Echó un vistazo hacia el interior de la estancia.

—¿Leyla está contigo?

—No, está en otra habitación. Probablemente llorando a mares a causa de lo que ha sabido de la Ciudad Maldita y del hecho de que Azskar esté mezclado en todo eso.

—Lo siento tanto por ella… —Los labios se le torcieron en una mueca triste—. Espero que algún día encuentre la manera de superarlo.

—Y yo.

Nos miramos, seguramente con idéntico pensamiento en la cabeza. Ese «algún día», aún quedaba a millones de segundos de distancia.

—¿Por qué me has preguntado si estaba conmigo? ¿Ha pasado algo?

—No, pero pensé que habíais estado juntos, ya sabes cómo.

Me rasqué el cogote.

—Mis sentimientos por ella no están en ese punto.

—No hacen falta sentimientos para estar en ese punto. No quiero que sufras ni que te dejes llevar por las llamas de un fuego que, si bien podría arder hasta arrasar una ciudad entera…

—Controla los símiles, bardo. Ese… no es el más adecuado.

—Perdón. —Carraspeó—. Lo que quiero decir es que las aguas están turbulentas entre vosotros. Sé que Leyla busca desesperadamente consuelo en ti. Lo he visto desde que salimos de Ardacia. Ceder a eso sería un error para los dos.

—Confía en mí. A veces me dejo llevar por los impulsos, pero, en lo que respecta a Leyla, estoy siendo juicioso.

La hija de Arbelina me leyó las runas y me dijo que mis dudas sobre alguien me oprimían la garganta.

Que debía resolverlas. Que tenía que atarla o desatarla para siempre, de una vez.

Cada vez estoy más convencido de que hablaba de Leyla.

Por más que duela, por más que una parte de mí muera por intentarlo, seríamos más felices si cada uno siguiera su camino. Tengo que desatarla de una vez.

Hach me atrajo hacia él y me abrazó. Me quedé inmóvil por unos segundos, pero luego me abandoné a su abrazo. El perfume a madera y vainilla del bardo me llenó la nariz.

—Hueles como un lechuguino de Ardacia —musité.

—Soy un lechuguino de Ardacia. Sir Háchpirey Tredembaun —soltó con mucha pompa, y se separó de mí—. Y tú eres otro.

—Cállate, cantamañanas. —Le ladeé el sombrero; una de las plumas le cayó sobre la nariz—. O mejor, lárgame todo lo que hayas averiguado en este rato.

Soltó un resoplido, grande como una torre, y vino tras de mí. Cuando se puso a mi paso, dijo:

—¿Cómo sabes que he averiguado cosas?

—El sol alumbra, bardo, y tú chismorreas por ahí con gente, dragones y farolas para averiguar cosas. Es lo obvio y natural. Venga, dímelas, lo estás deseando.

—La comunicación es una de mis virtudes, sí.

—Sonrió ampliamente mientras asentía—. He estado hablando con Hefaestus y me ha puesto al tanto de la situación.

Vamos de cabeza a una guerra, Málakor. La Ciudad del Mal extiende su oscuridad cada vez a más velocidad por Ítaro.

Lerok está preparándose para defenderse.

O atacar, cualquiera de las dos cosas. Y, como ella, todas las ciudades que no quieren caer en sus garras.

Cuando pongamos un pie en Ítaro, formaremos parte de un bando o de otro, ya sabes cuál para más detalle.

—Sé muy bien que vamos de cabeza a la boca del lobo. Pero le arrancaré los dientes, uno a uno, para que no pueda mordernos. Cogeré su lengua, la haré cachitos y se la daré de comer a los gusanos. Luego observaré cómo la devoran, mientras se pudre y…

Me puso la mano en la boca.

—Para, que se me ha revuelto el estómago. Creo que se me han quitado las ganas de comer…

Quince minutos después, sentados ya a la mesa, el bardo se puso a zampar como si no hubiera un mañana. Que nadie se preocupe por él, no había perdido el apetito.

La estancia en la que nos reunimos tenía igualmente un aire palaciego.

Bellas molduras, adornos, frescos en el techo y una lámpara de araña hecha de cristal que desprendía un fulgor cálido sin necesidad de velas.

Seguramente obra de la magia. La mesa, alargada, estaba montada como si fuera el paraíso de un lechuguino: cubertería y copas brillantes, jarrones con flores…

En ella, un festín digno de los comedores de Ardacia.

Más allá de esa pompa, lo asombroso era que las copas y las bandejas se rellenaban solas.

Como si una mano invisible te sirviese el vino o te trinchase el asado.

Eso me fascinó. Mientras los dragones hablaban con Háchpirey, miré al techo por si había unos hilos muy finos y alguien moviéndolos.

Pero no. Era magia. Como con todo lo demás.

Si algún día tenía mi propio hogar, haría lo posible por tener un invento así, pensé.

—Respondiendo a tu pregunta, Háchpirey, has observado bien —le dijo Alastus, sentado en la cabecera de la mesa.

No sé qué pregunta le había hecho el bardo, pero presté atención mientras hincaba el diente a un jugoso muslo de pollo.

De pollo de verdad. Nada de algo parecido.

Estaba comiéndolo con las manos, y Leyla, sentada a mi derecha, me regañó con la mirada.

Puse los ojos en blanco y cogí el tenedor.

Lo pinché de una, en la parte más carnosa, y me lo llevé así a la boca.

Mientras ella suspiraba, miré a Panceta.

Le habían puesto un buen plato de viandas junto a la mesa, al lado de un cuenco de agua.

—El color en las escamas de los dragones es significativo —dijo Alastus, tras darle un trago a su copa de vino—.

Los dragones como yo, que poseemos escamas de los colores de los metales, tenemos buenas intenciones.

Podemos ser crueles, desde luego, pero solo si nos vemos en peligro.

Sin embargo, nuestros hermanos, los dragones gema, tienen bajos instintos y malvados propósitos.

Los dragones rojos son muy peligrosos, aunque hay uno que lo es más, y cuyas escamas son negras como la obsidiana: Arkaidon.

Arkaidon. Ese nombre ya lo había escuchado. Miré a Xelirian. El chiquillo, a mi izquierda, se quedó con una cuchara llena de guisantes a medio camino de la boca. En su gesto se dibujó el espanto.

—Arkaidon no amigo —dijo Gris, sentado a su lado—.

Arkaidon enorme. —Extendió las manos a ambos lados sin preocuparse de que llevaba, torpemente cogidos, un tenedor en cada una.

Las patatas fritas que había en ellos salieron volando—.

¡Y ser malo! ¡Muy malo! ¡Solo querer matar gente que anda en el pantano!

Esquivé una patata, que acabó metiéndose en un jarrón. El chapoteo se escuchó en el silencio que se hizo a la mención de aquello, mientras que Airyne, sentada al otro lado de Gris, cazó la otra patata al vuelo.

—Lo siento —dijo resoplando—. No está acostumbrado a usar cubiertos.

—Yo tampoco. Te comprendo, Gris.

—Gris amigo. Gris preferir manos.

—Gris comer con cubiertos porque estar en mesa de anfitriones —le recordó Airyne.

El duende soltó un gruñido y pinchó la patata. La dragona simpática, los dioses se acordarán de su nombre, estaba sentada al lado de Hefaestus, frente a Gris, y se inclinó un poco para hablarle en tono cariñoso.

—Puedes comer sin cubiertos, no pasa nada.

De la dragona seria y del dragón verde no hubo señales de vida. Quizá no les interesaba asistir a una cena con humanos.

—¡Gris feliz! —Tiró los cubiertos, que volaron sobre nuestras cabezas. Uno se metió en la chimenea; otro, en el plato de Medora.

La maga fue a sacarlo con dos dedos, pero la magia le cambió el plato.

—Mejor.

—¿Puedo comer yo también sin cubiertos? —pregunté.

—No —contestaron Hach y Leyla al unísono.

—Qué suerte tengo de ser un perro y comer como me dé la gana —dijo Panceta, que bebió después, armando más escándalo con el agua que si hubiera veinte truchas chapoteando en ella.

Rezongué, di un bocado al pollo y dije:

—Estupendo, pues nada. Nos damos la vuelta, ¿eh? No pienso pisar ese pantano mientras esté ese tal Arkaidon.

—Opino lo mismo. Quiero ir a Rádamo, pero, sobre todo, quiero seguir viva. —Medora estiró las comisuras de los labios en una sonrisa incómoda.

—No te alarmes, maga. Arkaidon no nos hará nada. No nos atacará a no ser que lo molestemos. —La sonrisa de Alastus fue más relajada.

—Si por nada te refieres a machacaros entre los dientes… —dijo Hefaestus, con la boca pequeña, antes de dar un sorbo a su copa.

—Hefaestus, ese pantano es su hogar, y todos tenemos querencia por nuestro hogar, seamos dragones o humanos. —Alastus se dirigió luego a nosotros para anotar—: Arkaidon sobrevivió a la Purga de Ishim, el Cazador de Dragones, y se resiste a abandonar Rádamo.

—Moral cuestionable es robar en la canasta que pasan por los templos, eh, lo de ir matando gente, solo porque se mete en tu pantano, no es mucho de moral cuestionable —dije—. Es de ser un asesino.

—¿No matarías a cualquier extraño que entrase en tu casa sin permiso? —me preguntó el embajador.

—Sí, lo haría —dijo Háchpirey.

Abrí la boca para quejarme, pero hundí mi réplica en el muslo de pollo.