CAPÍTULO 7 #3
—Estas son vuestras habitaciones, tenéis una para cada uno.
Podéis elegir si queréis compartirlas, por supuesto.
Todas tienen aseo propio, así que daos un baño si gustáis.
Si necesitáis algo, solo tenéis que tirar del cordón que está junto a los cabeceros de las camas.
La cena se sirve en dos horas. —Inclinó la cabeza a modo de despedida y se alejó de nosotros.
Apenas había dado unos pasos, se volvió para decirnos—: ¡Ah!
Y me llamo Yerzaenis. ¡Me ha gustado conoceros!
Sin decir más, giró sobre sus talones y se fue.
—Es una dragona bien simpática —dijo Háchpirey—. Me pido aquella habitación. Huele a libros desde aquí. —Señaló una de las últimas puertas—. Coged ropa limpia de la bolsa de Sha. Descansad un poco, nos veremos en la cena.
La bolsa pasó de mano en mano mientras todos tomábamos prendas limpias.
—¿Puedo compartir habitación con Gris? —me preguntó Xelirian cuando le di la suya.
—¿Y yo?
—Claro, pero procurad no correr por ella como locos. No sea que rompáis algo.
Xel esbozó una leve sonrisa. Panceta ladró de felicidad. Se fueron dando saltos en busca del duende, que cogía un trozo de tela de las manos de Airyne, refunfuñando.
—Gris querer ir desnudo. ¡Desnudo!
—No puedes ir desnudo. —Su amiga resopló—. Báñate y ponte esto. ¡Y frótate la espalda como te he enseñado!
—Gris odiar frotar la espalda. Gris feliz con mugre.
Ella entrecerró los ojos.
—Yo te ayudaré —le dijo Xelirian, que lo cogió de la mano.
El duende asintió. Fueron abriendo las puertas una por una, asomándose dentro, hasta que encontraron una habitación que les gustó. La maga y Airyne eligieron otra para compartirla y fueron hacia ella mientras Medora le frotaba la espalda con cariño.
—Ahora hablamos, ¿vale? Y te desahogas —iba diciéndole.
La vi asentir y luego desaparecieron tras la puerta, al igual que Hach tras la suya.
—Bueno, Flechas, parece que estamos solos.
—No, solos no. Yo estoy aquí.
Miré hacia mi hombro y vi a Aralda, al lado de otra araña que daba saltos mientras cantaba:
—La araña, la araña fue de viaje y no te engaña. La araña, la araña…
Leyla señaló mi hombro.
—Tienes… dos arañas.
Su hermano las habría aplastado sin preguntar, pero a ella, por fortuna, no le daban miedo.
—Sí. Una es Aralda, la del príncipe del veneno, y la otra es… simplemente araña, pero la voy a llamar Arapirey, porque se pasa el día cantando, como Hach.
—Arapirey me gusta.
—¡Y Hach canta muy bien! —dijo Aralda—. Lo hemos oído cantar mucho en estos días, desde que nos colamos en sus ropas para salir de la cueva de mi padre.
—Así que una fuga…
—Estábamos cansadas de estar allí; queremos ver el mar. ¿Esto es el mar? —Dio vueltas sobre sí misma mirando alrededor—. No lo parece.
—¿Qué te dicen? —preguntó Leyla, intrigada.
—Tonterías.
Aralda me miró con sus muchos ojos, ofendida.
—No son tonterías. Fue una promesa.
—Te prometo que te llevaré a verlo, pero no deberíais haberos escapado de casa. Eso está mal.
—No está mal si tu padre tiene malas pulgas.
—¿Las arañas tienen pulgas?
—Es una forma humana de hablar. Bueno, ¿adónde vamos ahora?
—Tu amigo y tú os vais a buscar una habitación en la que dormir. Tengo que descansar y no puedo andar escuchándoos parlotear todo el rato. Id a buscar algo de comer, si lo hay, pero no os alejéis mucho, esto está lleno de dragones.
—Ya los hemos visto. Son como lagartijas enormes —dijo Arapirey mientras bajaba hacia mi mano. Al pasar sobre ella, me hizo cosquillas. Tendió luego un largo hilo de seda y se descolgó en él hasta el suelo.
—¡Nos vemos luego! —dijo Aralda, que lo siguió.
Los vi perderse por el agujerito de las juntas de uno de los detalles de la pared.
—No sé qué decir —musitó Leyla, rascándose el cogote—. He asumido que seas hijo de una diosa, pero no termino de acostumbrarme a que hables con los animales.
—También hablo con las lechugas.
—No soy una lechuga.
—Bueno, dicen que uno es lo que come.
Puso los brazos en jarras.
—Entonces tú eres un cerdo.
Imité uno. Ella trató de no reírse, pero le estaba costando.
—Eres tonto, de verdad. —Rompió a reír al final—. ¿Qué habitación quieres?
—Me da igual, con que tenga una cama, me vale. Aunque espero que no tenga doseles ni cosas de esas. He dormido en cuchitriles la mayor parte de mi vida, y no termino de acostumbrarme a tantos lujos.
—Tampoco me gustan los lujos. Prefiero tenderme sobre la hierba fresca de los bosques de Knegara.
Le acaricié el brazo.
—Estarás de vuelta algún día. Además, tienes que ayudar a tu madre con tu futuro hermano. O hermana. Como tenga el mismo carácter que tú, tendrá mucho trabajo que hacer. Diría que sería mejor que saliera a Senris, pero, uf…, tampoco es que eso sea un alivio para ella.
—No, desde luego es mejor que salga a mí. —Rio, aunque luego soltó un suspiro angustiado que me preocupó.
—¿Estás bien?
—Sí, solo… es cansancio.
—No lo parece. ¿Es por lo de Airyne?
Asintió.
—Conozco la maldad de Azskar, pero que sea partícipe de algo así… me horroriza aún más. Solo necesito procesarlo. Ve a descansar un poco, Málakor. —Se esforzó por sonreír—. Nos vemos en la cena.
—Estaré cerca, avísame si necesitas algo.
—¿Seguro que puedo dejarte sola? No sé, tengo la sensación de que te derrumbarás.
—No voy a derrumbarme. Soy más fuerte de lo que crees. Lárgate de una vez, quiero darme un baño.
Chasqueé la lengua, pero le hice caso. No quería que me arrojase un jarrón a la cabeza.