CAPÍTULO 7 #2
—No sabemos qué es. Solo que no es humano ni vampiro o enano, tampoco un dragón, obviamente.
Posee la maldad más absoluta en su ser; es el dedo que señala dónde y cómo atacar.
Ha elegido a otros como él para ser los abanderados de su destrucción, se llaman a sí mismos Heraldos del Mal.
No sé si habéis oído hablar del Equilibrio alguna vez, pero este reclama que sean erigidos otros para hacerles frente.
Los Heraldos del Bien. Por eso Alastus os lleva a Ítaro.
—Se detuvo delante de un edificio y subió las escalinatas que accedían a un gran portón.
Cada uno de sus pasos repiqueteó sobre el mármol a la vez que el corazón se me aceleraba con sus palabras—.
El destino os ha elegido Heraldos del Bien.
A vosotros y a otros que aún no conocéis.
Tocó la aldaba, que tenía forma de dragón, y el sonido retumbó en el silencio.
—¿Qué? —musité incrédulo, con el vello alzado como si fueran banderas en un campo de batalla—. ¿Heraldos del Bien? ¿Nosotros?
Nos miramos unos a otros, con gesto confuso.
—¿Gris Heraldo? —dijo el duende con sorpresa.
—Sí, tú incluido. Por extraño que me parezca.
—Arrugó la nariz—. No me preguntéis más, porque no puedo deciros más, ya que no sé más.
Alastus ha sido muy hermético con todo este asunto y no sé leer la mente como alguno de mis hermanos.
Pero cuando lleguéis a Rádamo, imagino que tendréis más respuestas.
La puerta se abrió y apareció en el hueco una muchacha de piel broncínea, cabello violeta y expresión alegre. Otra dragona, a juzgar por su apariencia casi divina.
—Hola, hermana —saludó feliz, y luego los miró uno a uno—. Ah, ya están aquí los Heraldos. Qué bien. He preparado una cena exquisita y camas con sábanas limpias. Lo mejor para quienes van a patearle el culo al Señor del Mal. —Se hizo a un lado, sujetando la hoja de la puerta—. Pasad, pasad.
Con cara de no estar entendiendo un pimiento, le hicimos caso. Merenzis se fue sin decir adiós, ni siquiera a su hermana, que pronto cerró la puerta tras nosotros.
—Un placer saludarte —dijo Hach extendiendo la mano hacia ella—. Soy…
Todo el rollo del bardo.
—Ah, el maestro Háchpirey en persona. —Le estrechó la mano con energía—. He podido leer tus Crónicas.
—¿Mis Crónicas han llegado hasta aquí?
—Las trajo Azani. —Se echó hacia atrás un mechón de su largo cabello—.
Ella sabe que me gusta mucho leer, y tengo un montón de preguntas que hacerte.
—La dragona se enganchó del brazo del bardo y echó a andar con él—.
¿Es verdad eso de que Palansis el Magnífico venció con la única fuerza de su mano derecha a toda la armada del ejército invasor que se apostaba frente a sus costas?
¿Que solo tuvo que mover los espejos que reflejaban los haces de luz solar que impactaron en las velas de sus barcos para hacerlos arder a todos?
—Por supuesto que sí.
Solté un suspiro, mientras ellos seguían hablando.
Me quedé parado en aquel largo corredor mirando a un lado y a otro.
No había cuadros, pero todo estaba tallado con cosas de esas que había señalado Hach y con otro montón que no sabía el nombre.
Cuadros… Alastus aún nos debía una explicación: ¿Quiénes eran los Néachan y por qué habían llevado aquel cuadro de Ardacia a tierras enanas?
Xelirian se soltó de mi mano y fue con Gris, pues Airyne, Leyla, Panceta y él seguían ya a la dragona y al cantamañanas. Medora se quedó a mi lado.
—Málakor, ¿estás seguro de que no hemos muerto en algún punto de los túneles? ¿Que Cécrope no nos mató y, a partir de ahí, todo son visiones extrañas mientras nos descomponemos en su estómago?
—Qué asco, ya podrías haber dicho que nos despeñamos por alguno de esos abismos.
—Es lo primero que se me ha ocurrido. —Se encogió de hombros—. Pero ¿no lo piensas?
—Sinceramente, a ratos me parece que estoy soñando.
—Y yo, y no creo que podamos ser los Heraldos del Bien. Ninguno hemos llevado una vida completamente recta, siguiendo los preceptos del bien más absoluto. No somos paladines.
—Ni los paladines son siempre seres de luz.
—Recordé la historia de Hach y el tal sir Arys, ser mezquino donde los hubiera —.
No soy muy de cosas filosóficas, eso se lo dejo al bardo, pero creo que el concepto del Bien es difuso.
Igual que el del Mal. Es decir, si matases a un hombre perverso para salvar a un niño de su perversión, igualmente estarías cometiendo un asesinato, solo que tus motivaciones son buenas.
Aunque ese niño, el día de mañana, destruyese el mundo, la naturaleza de lo que hiciste no cambiaría.
Ella miró pensativa al techo por unos segundos y luego asintió.
—Supongo que sí.
—A mí lo único que me importa es que le partiremos la cara a Azskar, el nombrecito de marras que nos quieran poner, me da exactamente igual. Como si nos quieren llamar los heraldos del bocadillo de pollo.
Medora rio a carcajadas.
—Yo serviría a esos heraldos.
—Pues claro. Es un bocadillo de pollo. Anda, vamos, o los perderemos de vista.
Estaban casi al final del largo corredor, cerca de una encrucijada de pasillos. Emprendimos la marcha y los alcanzamos pronto, pues se habían detenido en la intersección para esperarnos.
—¿Y es verdad que Sartorius el Prodigioso logró convertir el agua de las fuentes en vino cuando este se acabó en la boda de su hija, la princesa Sibila la del Gran Intelecto? —le preguntaba la dragona a Hach, con sus vivos ojos de iris morados bien abiertos.
—Eso puede que sea más bien ficción. El relato boca a boca de unas lenguas beodas. —Le guiñó un ojo, lo que la hizo sonreír—. No se conoce que Sartorius tuviese los dones de la magia.
—¿Crees que se pasarán así todo el día? —me preguntó la maga en voz baja.
—Y hasta que nos vayamos de aquí. Luego se mandarán cartas vía dragón para seguir siendo amigos y hablar de gente muerta que hizo cosas raras, por toda la eternidad.
La maga soltó una risilla y tomamos el pasillo de la derecha siguiendo a los demás. Corredor tras corredor, llegamos a uno repleto de puertas. Una cada varios metros.