CAPÍTULO 7
De horrores vampíricos
Sumergido en el denso bosque, aquel complejo de edificios era una mezcla de Ardacia y Knegara.
Sus edificios, de piedra blanca y madera de varios tonos, estaban embellecidos con oro, plata, nácar, marfil, zafiros, diamantes y otro sinfín de piedras preciosas.
No se oía más ruido que el del agua y de nuestros pasos.
Era una ciudad sin habitantes, a mi parecer.
Quizá solo dispuesta para los escasos momentos que los dragones pasarían en su forma humana, o para los visitantes como nosotros.
El bardo lo miraba todo con los ojos de un niño, mientras apuntaba en una libreta esto o aquello y repetía en voz baja las cosas que más lo asombraban.
—Ah, esas volutas en los dinteles son de una distinción exquisita. Han debido de tallarlas los mejores maestros artesanos. Igual que esas ovas y esos dardos. No digamos ya las metopas y los triglifos de esa fachada. Cuánta belleza. Cuánto arte.
—¿Qué rumia vuestro amigo? —preguntó la dragona.
—Pues no tengo la menor idea. Algunas cosas me suenan, pero otras ni las he entendido —dije.
—Está hablando de la arquitectura. En Ardacia escuché a muchos bardos decir esas mismas cosas.
Apenas había mencionado eso Panceta, el bardo dijo:
—Son términos arquitectónicos, Málakor, harías bien en aprenderlos.
—¿Ves? —dijo el perro con voz orgullosa.
—Panceta ser listo —comentó Gris.
—Ya veo, sí, y claro que los aprenderé, ¡todos!, me resultarán muy útiles cuando le rebane las vértebras a un esqueleto de esos de la Ciudad Maldita. Ey, huesitos, ¿qué opinas de las metopas?, ah, no, que no puedes hablar.
Merenzis se rio por lo bajo. El bardo, tras ella, sacudió la cabeza.
—No tienes remedio —rezongó mi amigo—. Los conocimientos siempre son útiles, sean cuales sean.
No hace falta ser un experto en términos arquitectónicos, pero sí saber algo.
Igual que no hace falta ser un experto en etiqueta, pero es necesario conocerla.
Uno ha de saber moverse en todos los ambientes; conocer los códigos de conducta más apropiados en cada ocasión. Soy experto en ellos.
—Eres experto en tortura —le dije.
—Yo no torturo a nadie.
—Esa es tu opinión, cantamañanas.
El bardo bufó. Medora, que caminaba a mi lado, se echó a reír.
—Siempre estáis igual.
—Es… divertido —comentó Merenzis—. Con respecto a los esqueletos, no, ciertamente no hablan, por lo que no te serviría de nada hablarles de arquitectura ni de cualquier otra cosa, salvo que sean liches.
Esos hablan de más. Sobre todo uno de ellos.
Antes de que lo preguntéis, no sé su nombre, solo que forma parte de los Heraldos del Mal.
—¿Los Heraldos del Mal? —quiso saber Leyla.
El verde de sus ropas se mezcló con el de los jardines que empezamos a cruzar.
El aroma de las flores y la hierba lo llenó todo.
Aunque yo no fuese un comehierbas, me alegré de estar allí, después de tanto tiempo en Aberrak, donde lo verde brillaba por su ausencia.
A la exploradora se le notaba en la cara que se sentía como en casa.
Airyne chasqueó la lengua, molesta, seguramente ya había oído hablar de esos heraldos. O quizá, una de las muchas abejas que zumbaban en los jardines se le había cruzado por delante.
—Ah, Alastus no os lo ha dicho… —dijo la dragona con tono misterioso—. Ese dragón astuto se calla las mejores.
—Para empezar, ni nos dijo que era un dragón —se quejó Medora.
—No vamos diciéndolo por ahí cuando tomamos forma humana.
La gente nos miraría con recelo, y los que no, lo harían con la intención de matarnos —contó la dragona—.
Hay muchas cosas que se pueden hacer con las escamas de un dragón.
Por eso en el Continente Maldito nos codician tanto.
Sus magos podrían vestir nuestras escamas sin que interfieran en el poder de su magia.
—Es grotesco. Matar a un ser tan magnífico solo para despellejarlo —dijo el bardo, que giró sobre sí mismo para otear los alrededores—. ¿Esas columnas son de mármol?
—Lo son —respondió la dragona, que posó la mirada en uno de los edificios, cuyo porche estaba soportado por inmensas columnas.
El bardo soltó un suspiro de asombro.
—Las botas que llevas no salen de los árboles, Háchpirey —le dijo Leyla—. Son de piel de vaca, te lo recuerdo.
—Sí, claro, pero una vaca…
—Una vaca es un ser vivo, como un dragón. Igual que Panceta. Todos tienen el mismo derecho a vivir.
—Menos mal… —dijo el perro, que fue a husmear en el tronco de un árbol.
—Como te mees ahí… —advertí.
Se apartó del árbol, bufando.
—Sí, todos tienen derecho a vivir, salvo que yo tenga hambre —rio la dragona—. Además, también aprovechan otras cosas. Los huesos, los ojos, la cola, la carne. Los no muertos no comen, pero un dragón podría alimentar a sus thrarak-tul durante meses.
Airyne agachó la cabeza. Antes de que pudiéramos pedir más detalles sobre eso, ella dijo:
—Son engendradores de Vástagos. Rebaños de humanos que procrean a otros humanos para alimentar a los vampiros o para convertirse en no muertos.
Los de la Ciudad Maldita secuestran a mujeres y hombres jóvenes de todo Ítaro, casi cada día.
A algunos los emplean así, como procreadores, a otros los usan de alimento —explicó, con la repulsa que aquello le provocaba notándosele en la voz—.
Hay bosques de cuerpos humanos inmovilizados en largas estacas de madera, anclados a ellas con grilletes, alimentados a la fuerza para extraer su sangre.
Los dejan casi muertos, pero nunca lo bastante como para librarlos de su terrible destino.
Comprendí por qué Airyne había salido corriendo con aquel llanto desconsolado. Había estado atrapada allí. Me pregunté si había escapado a tiempo de no ser sometida a tal atrocidad.
—Airyne —Leyla puso una mano en su hombro—, ¿estás bien?
—Sí —masculló sacudiéndose.
Me pareció que Leyla sabía algo de aquello. Que habían hablado en algún momento de aquellos días. Apreté los labios, triste. Las dos compartían amargas historias y solo esperaba que encontrasen consuelo la una en la otra.
—Muchacha… —La dragona se paró en seco y se giró para hablarle a Airyne, haciendo que los demás nos parásemos también—. Has estado allí, ¿verdad?
Airyne negó con la cabeza y se giró para darle la espalda.
Vi en su cara la más absoluta desolación.
La dragona se puso a su lado, le cogió la muñeca y le levantó la manga de la blusa hasta el codo.
En la parte interna del antebrazo había una extraña marca.
Parecían unas costillas hechas de colmillos y unidas al esternón.
—Llevas el Tenebris, la marca que los vampiros del Continente Maldito ponen a los objetos que son de su posesión. —Sus ojos refulgieron en ira—. Dime, ¿has engendrado a alguno de sus vástagos?
—No.
—¿Estás segura?
—¡Claro que estoy segura! —gritó Airyne, haciendo que Gris, Panceta y Xelirian dieran un respingo—. Si me hubiera salido un crío de las entrañas, lo sabría.
—Oye, dragona, déjala, ¿vale? —La obligué a soltarla y me puse en medio de las dos—. ¿No ves que no está bien?
Merenzis clavó su mirada en la mía.
—Si ha engendrado a uno de sus vástagos, les pertenece, ¿comprendes? Tendrán poder mental sobre ella. Así que, si os encontráis un vampiro estando con ella, podría obligarla a mataros.
Como Azskar había hecho con Xelirian, pensé.
—No yací con nadie —dijo Airyne entonces. Todas nuestras miradas se pusieron en ella—. Estaban reservándome para algo. No sé para qué. O para quién. Me encerraron en una de sus torres, alejada de todos los demás. Me alimentaban bien. Él cuidaba de mí.
—¿Él? ¿Quién? —preguntó la dragona.
—Un vampiro, no sé su nombre, pero llevaba buenos ropajes. Rojos y negros. Como casi todos ellos. Pero los de él eran más elegantes. Debe de ser uno de sus príncipes.
Rojo sobre negro. Lo mismo que mi sangre sobre las cenizas. Igual que las ropas de mi hermano.
—Todos los vampiros me parecen iguales y saben igual de mal —masculló la dragona.
Gris corrió junto a su protectora y la cogió de la mano.
—Señor del Mal hace cosas terribles a Airyne —dijo el duende, apenado.
—El Señor del Mal está demasiado ocupado dirigiendo sus ejércitos.
Además, no es un vampiro. No creo que fuera él —comentó la dragona, tras soltar un resoplido lleno de incomodidad—.
En cualquier caso, le diré a Hezarus que compruebe que lo que dices es verdad, muchacha, de lo contrario, no quiero tenerte cerca.
Tras decir esto, se dio la vuelta y retomó el paso.
Leyla le echó el brazo por los hombros a Airyne, y Medora se les unió.
Juntas, comenzaron a andar, cabizbajas las tres.
Pronto escuché el llanto de la mataelfos.
Panceta fue tras ellas y restregó el lomo contra sus piernas.
La rubia, en medio de su llanto, lo miró con cariño y le acarició la cabeza.
—No pasa nada —le dijo.
Sin embargo, el perro no se separó de su lado.
Xelirian se quedó mirándolas con gesto triste.
—No me gusta que la mamá de Gris llore. Pero ellos siempre hacen llorar a la gente.
—Vamos, Xel. —Le tendí la mano—. No te preocupes. Algún día llorarán ellos. Lágrimas de sangre.
Él tomó mi mano, se encogió de hombros y seguimos a los demás. El bardo se situó junto a la dragona para preguntarle por el Señor del Mal.