Málakor 4 CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

De Irasis

MONTABA A LOMOS DE UN DRAGÓN. Seguramente el bardo me regañaría por poner mayúsculas, porque, en una de sus peroratas de juntaletras, dijo que molesta muchísimo leerlas, que es como gritar.

PERO ES QUE YO TENÍA GANAS DE GRITAR. Solo puedo expresar las muchas ganas que tenía de gritar, de felicidad y asombro en ese momento, poniéndolo así.

Por lo que, Háchpirey, ignoraré tu opinión.

Como siempre. Pero centrémonos en lo importante: estaba a lomos de un dragón, y después de unas jornadas de vuelo y unas cuantas paradas, a punto de llegar a la ciudad de la que era embajador.

Vista desde las alturas, era impresionante.

Como yo nunca había visto una ciudad desde el aire, sentí que tenía el privilegio de los dioses y los pájaros al observar aquello.

Estaba enclavada en una enorme cueva, sobre un promontorio repleto de bosques, cuya base se perdía en las profundidades de la roca.

Tenía forma de cabeza de dragón, como si uno la viera tendida apaciblemente sobre la hierba.

Una zona más redondeada arriba y un hocico alargado en la parte inferior.

La luz allí era tan clara, y parecía tan natural, que aunque supiera de las explicaciones que Alastus había dado, miré al techo para ver si estaba el sol por alguna parte.

En el techo de la caverna brillaban destellos de diamantes.

Una gran cascada se vertía sobre el promontorio, desde un agujero en el techo, hasta caer en un lago, rodeado de cristales azules, del que surgían varios brazos de agua que se colaban entre los bosques de la superficie.

A pesar de eso, el ruido de la fuerza del agua, que en otro lugar de seguro habría sido ensordecedor, era un leve y acogedor murmullo.

En medio de aquellos bosques había unos pocos edificios de líneas redondeadas. Eran construcciones de blanco puro y vibrante azul. Cúpulas, edificios y torres circulares se concentraban alrededor de una plaza, flanqueados por excelsos jardines.

En el morro del dragón había un conjunto de mosaicos que dibujaban la forma de uno dorado, enmarcada en un gran círculo broncíneo.

Pronto comprendí que era una plataforma de descenso, pues un dragón, más grande que Alastus y de color plateado con reflejos de zafiro, nos adelantó a toda prisa por la derecha y se posó en ella.

—He aquí mi ciudad, Irasis —dijo el dragón con voz orgullosa.

—Vemos las cosas como los murciélagos, tío, desde arriba. —Xelirian miraba fascinado hacia abajo, con el cuerpo inclinado, tanto que lo sujeté con más fuerza por miedo a que se precipitara.

Él no estaba familiarizado con las aves de la superficie. Las conocía, tal vez por lo que otros decían, por los libros o por alguna ilustración, pero nunca las habría visto volar.

—Seguro que pronto ves algo más que murciélagos, Xel.

Pájaros. Te encantarán los gorriones, si es que los hay en Ítaro.

Cuando amanece son como niños escandalosos que anden contándose historias entre las ramas de los árboles.

Y los vencejos. Los vencejos son una de las aves más hermosas a las que admirar en su vuelo.

—Mi padre me llamaba pajarito —dijo con tristeza.

Eso me hizo torcer el gesto, recordar aquel momento en el que casi lo estrangula. Le apreté el hombro y traté de desviar su atención.

—Mira el agua, ¿no es asombroso que caiga desde tan alto?

—Cerca de Narqania hay una cascada de aguas negras. Estas son blancas y azules. Me gustan más. ¿Crees que podremos bañarnos en ellas?

—Habría que preguntarle a Alastus cuando lleguemos a tierra.

El dragón estaba ya cerca de la plataforma. Descendió hasta ella, con las alas extendidas y planas, suavemente.

—¿Qué es eso? —preguntó Xelirian señalando a un punto de las paredes de la cueva.

Dos cosas redondas y brillantes parecían formar parte de la pared rocosa.

—Creo que son los ojos de un dragón.

No me equivoqué. Pronto se abrieron más y un dragón levantó el vuelo desde un saliente.

Planeó sobre nosotros, mirándonos con curiosidad.

Era de un gris mate, con algunos reflejos verdes en las escamas, más notable con el cambio de luz.

No era tan grande como Alastus, pero no dejaba de ser un dragón, así que todo mi cuerpo se puso en tensión.

—Es mi hermano Hezarus —informó Alastus—. Me alegro de verte, hermano. ¿Todo bien por aquí?

—Todo bien, Alastus —respondió este, con voz reposada y profunda—. ¿Qué traes?

Pasó por encima de nuestras cabezas. Le vi la enorme panza, más clara que el resto del cuerpo, y la base de las garras. Fue como tener encima una nube enorme que tapase el sol, porque la luz que venía del techo menguó por unos momentos.

—Ayuda, y mucho mejor que la que habrá traído la dragona.

—Merenzis no ha traído a nadie. Así que ganas tú.

—Gano yo —dijo el otro con satisfacción.

—Qué lengua más hermosa la de los dragones —dijo Hach—, es más suave de lo que pensé que sería.

—Es bonita, la verdad. Desde luego mejor que la de los gatos.

Lo de Panceta con los gatos era ya como lo mío con los ledaritas. Al parecer, solo los estábamos entendiendo Panceta y yo. Los dragones, aunque mágicos, no dejaban de ser animales.

Hezarus hizo un giro que desafió toda gravedad y luego se lanzó hacia la plataforma. Alastus fue detrás, aunque a menor velocidad. El grisáceo posó sus grandes patas sobre los mosaicos y, al poco, lo hizo el plateado. Los dos cerca de aquel otro dragón de escamas de zafiro.

—Merenzis, hermanita —saludó Alastus—, al parecer llegas con las garras vacías.

—Y tú has cantado victoria, por una vez en tu vida —soltó con un deje burlón.

—¿Por una vez en mi vida? —Alastus rio—. No es la primera vez que te gano.

Ella caminó hacia nosotros y pegó su rostro al de Alastus.

—Pocas veces lo has hecho, y esta vez solo has tenido suerte.

—¿Le está diciendo que nos va a comer? —dijo Medora, con voz temblorosa.

—No, están picándose entre ellos —expliqué—. Se ve que, en eso, los dragones no son muy diferentes a los humanos. Oye, Alastus, ¿podemos bajar ya? Me duele el culo.

—Un cojín mullido no habría estado mal, sí —dijo Hach.

El dragón soltó un bufido y dos volutas de denso humo fueron a parar a la cara de la dragona. Ella hizo el mismo gesto y luego se alejó un poco. Mis compañeros bajaron con cuidado. Cuando Medora puso los pies en tierra se arrodilló y la besó.

—Gracias a los dioses, creí que moríamos.

—Ha sido muy considerado en su vuelo, no seas exagerada —le dijo el bardo—. Apenas he notado un movimiento brusco, ni he tenido la sensación de que fuera a morir.

—Yo tampoco —dijo Leyla.

—Es que vosotros no le tenéis miedo a las alturas —se quejó la maga.

—¡Gris no tener miedo a las alturas! —El duende dio saltos de aquí para allá.

Fue hacia la dragona, quizá para preguntarle si eran amigos, pero Alastus lo retuvo con una de sus garras y lo trajo de vuelta.

—Deja a Merenzis, no le gustan mucho los duendes.

—Oh —dijo Gris con voz triste—. Gris no amigo.

—No te pierdes nada —soltó Alastus.

La dragona bufó y entrecerró los ojos mientras miraba al duende.

—¿Y gran dragón de color como yo? ¿Amigo?

Hezarus soltó una risa amable.

—Nunca he sido amigo de un duende.

—Gris primer duende amigo.

Airyne le pidió a Gris que los dejase tranquilos. El duende regresó junto a ella, dando saltos. Miré a Panceta y me puse blanco del susto. Aquello podría derivar en un incidente diplomático de proporciones

—Panceta, no vayas a…

Tarde. El perro había levantado la pata y había orinado en aquellos bellos mosaicos.

—Por todos los dioses menos por Damien —dije llevándome las manos a la cabeza.

Mis amigos soltaron una exclamación de asombro. Los dragones gruñeron. De no ser por la intervención del guaperas, el asunto habría acabado en tragedia.

—Vas a tener que enseñar a tu perro a comportarse, Málakor —me dijo Alastus, severo.

—Eso es más fácil decirlo que hacerlo.

El dragón soltó un gruñido que sonó como arrojar una gran piedra desde lo alto de una montaña. Regañé a Panceta firmemente. El animal agachó las orejas y se refugió entre las piernas de Háchpirey.

—Ah, no, no vayas a esconderte detrás del bardo, que no te servirá.

— Gof.

Suspiré y me concentré en otras cosas. Le pregunté a Xel si quería bajar como había subido, en mi espalda, pero el chiquillo dijo que intentaría hacerlo solo.

Valientemente, aunque con cuidado, fue descendiendo mientras yo lo miraba con preocupación.

Estaba casi abajo cuando se escurrió. Habría dado con la espalda en el suelo de no ser porque Leyla lo cogió.

Miré a la exploradora, con el chiquillo en brazos, expectante, mientras ellos se miraban con sorpresa.

—Es…, ¿estás bien? —preguntó ella con voz confusa.

—Sí. Gracias, Leyla.

—De nada. —Lo puso en el suelo con cuidado.

Se observaron hasta que Gris tiró de Xelirian y ambos se pusieron a corretear alrededor de Alastus.

Noté que el aire se movía y levanté la cabeza. Se acercaba a la plataforma un dragón blanco con reflejos del dorado más brillante que hubiera visto jamás. Más grande que Alastus. Una enormidad. Tanto que, cuando se posó en la plataforma, esta tembló.

—¡Hefaestus! —Alastus lo saludó animadamente, lo que me tranquilizó un poco. Además, ya había mencionado ese nombre antes. Era el dragón que nadaba bien.

—Alastus, Merenzis, Hezarus, ¿cómo estáis?

El dragón soltó un gruñido que indicaba que estaba bien; la otra resopló molesta.

—La dragona está cabreada porque ha perdido la apuesta —dijo Alastus, mientras ella lo fulminaba con sus grandes y reptilianos ojos azules—. ¿Dónde estabas?

—Limpiando el camino para ti, primo. Esos puntiagudos molestos y sus ballestas. ¿A que no te has encontrado con ninguno? Bueno… —se llevó una de las garras a la panza—, están aquí.

Reí nervioso. Puede que fueran nuestros enemigos, pero eso de acabar en la tripa de un dragón no tendría la menor gracia.

—Sé quién eres —dijo Hach—. Hefaestus, el primo de Alastus. Encantado de conocerte, soy… —todo el rollo del bardo—. Encantado también de conoceros a vosotros, amigos dragones.

Merenzis lo miró de arriba abajo mientras que Hezarus lo saludaba amablemente.

—¡Oro! ¡Es de oro! Gris coger escamas para Airyne. —El duende corrió hacia Hefaestus.

Alastus volvió a retenerlo entre las garras y lo devolvió donde estaba. Su amiga soltó una risa incómoda mientras todos la mirábamos juzgándola. Verdaderamente, parecía hecho de oro. En otra época me habría lanzado a morderlo a ver si lo era o no.

Hefaestus rio y adoptó forma humana. El proceso de dragón a humano fue bastante más rápido que a la inversa.

Apenas duró unos segundos. Era otro guaperas, como su primo, algo mayor quizá, de cabello corto y rubio.

Llevaba una impresionante armadura dorada y una capa de color negro azabache.

El resto de los dragones tomó también forma humana, mientras los mirábamos atónitos.

Seguía sin creerme que estuviera viendo aquellas cosas.

Años atrás solo era un tipo perdido en la miseria de Ledaria y, de repente, estaba en un lugar lejos de allí, viendo dragones.

Dra-go-nes. Iba a necesitar muchas cervezas para asimilar eso.

Merenzis casi parecía una diosa, o al menos la diosa que yo había visto.

Su pelo era del color secundario de sus escamas, con algunos reflejos plata, y lo llevaba en una larga trenza que caía sobre su hombro izquierdo, anudada al final con un lazo plateado.

Igual que los dragones, llevaba armadura del color del zafiro y el diamante, así como una capa argéntea.

Se cruzó de brazos mientras miraba de reojo a Hezarus.

Él, como era de esperar, también era asombrosamente hermoso.

Pelo corto y oscuro, ojos de un verde musgo, capa verde y armadura plateada.

Tenía una sonrisa que me pareció sería perenne en su rostro.

Si los hubiera dejado a los cuatro en Ledaria, donde reinaba la fealdad en todos sus aspectos, habría sido como ponerle un bonito vestido de los de Griselda a un cerdo.

—Tenemos que descansar un poco antes de seguir el viaje —dijo Alastus, ya en nuestra lengua—. Mis amigos se quedarán en la ciudad.

—Y que no salgan de allí. —Merenzis nos miró muy seria—. A la mayoría de los dragones no les gusta mucho ver humanos por los bosques de Irasis. Podríais tener problemas.

—Tampoco te pongas tremendista —dijo Hezarus—. Sabemos que están aquí para ayudar.

—Los dragones sabemos muchas cosas, pero a veces se nos olvidan las más importantes —replicó ella—. Los llevaré a su hospedaje, vosotros tres, id con Alastus a informar a Zakarion.

Debía de ser el mandamás. No sabía si rey, príncipe u otro espécimen de lechuguino dracónico.

La dragona nos hizo un gesto con la cabeza y echó a andar.

—¿Seguro que podemos ir con ella? —le preguntó Medora a Alastus.

—Seguro, maga —dijo él—. Gruñe mucho, pero sigue siendo una cría de dragón.

Merenzis se giró y extendió la mano hacia Alastus. No sé qué hizo, pero él cayó de espaldas al suelo. Medora se acercó para ayudarlo a levantarse.

—No se te puede decir nada, eh —se quejó Alastus, mientras los otros dragones se reían—. Eso de haber llegado a la adolescencia, como lo llaman los humanos, te está sentando mal.

—¿Con cuántos años se llega a la adolescencia siendo un dragón? —preguntó el bardo.

—Con quinientos veinte —contestó ella, que siguió su camino—. Así que no soy precisamente una dragoncita.

El bardo la siguió al punto y le lanzó otras preguntas sobre los asuntos del crecimiento en dragones, pero Merenzis lo ignoró. El resto fuimos detrás, menos Medora, que se había quedado mirando a Alastus con cara de susto. Me paré un momento, por si me necesitaba, y los miré mientras hablaban.

—Pero ¿cuántos años tienes? —le preguntó mi amiga.

—Treinta y cinco —dijo él con media sonrisa.

—¿Cuánto tiempo hace que le dices a la gente que tienes treinta y cinco? —Medora se cruzó de brazos y levantó una ceja.

—Ochocientos veintinueve.

—Ay, por todos los dioses. —Se llevó una mano a la frente—. ¡Que nos llevamos más de ocho siglos!

—Yo tuve una novia que me llevaba cinco años, tampoco es para tanto —dijo Panceta, que caminó alegremente entre unos y otros.

Medora anduvo arriba y abajo mientras murmuraba algo. Quizá cálculos.

—Ya, Medora. —Fui a por ella y la cogí del brazo—. Como te pongas a calcular los segundos, te va a explotar la cabeza.

Alastus la miró comprensivo.

—Sé que es difícil de asimilar, pero los dragones vivimos muchos años. En realidad, soy joven entre los dragones. Míralo así.

Ella resopló y echó a andar junto a mí.

—Me gusta un dragón que tiene ochocientos años más que yo, Málakor, ¿entiendes la gravedad? —susurró—. ¡Ochocientos!

—No diré que no te lo dije.

—Ah, tú no sabías eso. No es lo mismo que llevarnos casi veinte. No es lo mismo.

Reí con ganas. Ella siguió rumiando aquello hasta que llegamos al núcleo de edificios, y entonces se quedó tan absorta en contemplar cuanto veíamos, que calló de golpe.