Málakor 4 CAPÍTULO 5
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CAPÍTULO 5

De plata y azul

La forma humana de Alastus empezó a cambiar.

Su piel se fue tornando de un blanco plateado con tonos de azul.

El color de sus ojos se hizo más brillante.

Pequeñas escamas surgieron primero en su rostro y en su cuello, hasta que sustituyeron por completo cualquier parte de su piel y de sus ropas.

Se hizo más grande, más alto. Mucho más.

A medida que crecía, su forma iba pareciéndose cada vez más a la de un reptil.

Un reptil de al menos ocho metros de alto.

Uno como ese que había visto en el cuadro, como el de las leyendas de los bardos.

—Un dragón. El guaperas es… un dragón —dije boquiabierto.

Si hubiera sido una amenaza, si Alastus hubiera fingido en realidad que era nuestro aliado, si de repente se tornase en enemigo y quisiera habernos matado a todos allí mismo, habría podido.

Porque ninguno fue capaz de hacer nada. Ni de adoptar una posición de defensa.

Ni siquiera de llevarse las manos a las armas.

Absolutamente nada.

Éramos una panda de hormiguitas inmóviles delante de un zapato, aun sabiendo el riesgo de que nos aplastase.

Panceta temblaba, pegado a mis piernas, como si estas pudieran darle protección ante algo así.

Nunca, ninguno de nosotros, hasta donde yo sabía, había visto un dragón. O al menos no tan de cerca.

Cuando extendió las enormes alas, me dio la impresión de que su peso quebraría el puente, pero la piedra aguantó.

—Por Tékim… —musitó Medora.

Asentí, con la barbilla bien alta para tratar de observar plenamente esa pedazo de cabeza escamosa, con protuberancias sobre los ojos que parecían bien punzantes.

—¿Había algo de droga en la comida de los enanos? —dijo Airyne casi sin voz.

Leyla y Xel estaban sin palabras, mirándolo asombrados. Los ojos de ambos brillaban con la ilusión del descubrimiento de algo nuevo. Háchpirey fue el primero en acercarse.

—Es ciertamente asombroso —dijo asintiendo—. Tal y como lo imaginaba. Justo como relatan las viejas crónicas.

El bardo, como de costumbre, a lo suyo. Daba igual que tuviera delante a una criatura que para nosotros solo estaba en los libros, él se lo tomaba como algo normal. Normal. Un dragón.

—En efecto —intervino Medora, con voz temblorosa—. Es un Draconicos draconis , en esencia, tal y como lo describió el sabio Wyberno de Baservil.

—Justamente, querida maga. ¡Y es magnífico! —anotó el bardo—. ¿Es verdad que las escamas son cien veces más duras y resistentes que el acero? ¿Debería de seguir llamándote Alastus? ¿O posees, como dicen los antiguos escritos, un nombre más largo?

Me froté la frente, al borde del mareo. Quizá la mataelfos tenía razón y habíamos tomado bebida adulterada con algún tipo de seta alucinógena de las profundidades.

—Lo tengo, pero no se puede pronunciar ni escribir en lengua humana.

No poseéis ni las letras adecuadas ni la fonética apropiada.

Ni siquiera las cuerdas vocales necesarias.

Así que puedes seguir llamándome Alastus, y sí, nuestras escamas son una de las cosas más duras de la tierra.

—Su voz era similar a la que tenía en forma humana, solo que sonaba diez veces más fuerte, rasgada y profunda.

¿Ese estiramiento de boca que había revelado la enorme hilera de dientes robustos, afilados como agujas, había sido una sonrisa?

Gris corrió hacia él.

—¿Dragón amigo? —dijo plantándose delante.

Esperaba que sí, porque podría habérselo comido de un bocado y habérsele quedado entre dos dientes.

—Claro que sí. Los duendes no entran en mi dieta.

—¡Gris amigo! —El duende se sentó entre sus dos grandes garras delanteras. Era una cosa tan pequeña a su lado…

—Subid, vamos —dijo Alastus.

—¿Encima de ti? —Medora lo señaló de arriba abajo con el dedo.

—Por supuesto, maga. ¿En qué otro lugar os ibais a subir si no?

Podéis acomodaros en la parte más alta de mi espalda, entre las escamas salientes.

Son bastante cómodas y es seguro estar en ellas.

Llevar humanos, puntiagudos o perros no está dentro de lo que hago habitualmente, pero haré una excepción, porque tenemos prisa.

—Soltó un gruñido satisfecho—. Aunque no lo toméis por costumbre.

—¿Que no tomemos por costumbre subirnos a un dragón? ¿A un dragón? —dijo Medora—. Sí, claro, Alastus, sí, estaba pensando en tomar eso por costumbre.

—¡Venga! —dijo el dragón entre roncas risas—, coged las cosas y cargarlas también. Gris, déjame espacio, necesito tenderme un poco.

Alastus se giró para mostrarnos el lomo, con cuidado de no aplastarlo. El duende salió de debajo y subió a él apoyándose en las garras.

Me giré para mirar a los enanos, pensando que habrían fallecido por la impresión, pero no, allí estaban, tan tranquilos, igual que los bilmut.

No era la primera vez que veían un dragón, o al menos al Alastus dragón, de eso estuve seguro.

Se acercaron y empezaron a darnos cosas.

Cada uno cogió lo que pudo: un fardo, una caja, un hatillo, las armas…

Metimos todo en la bolsa de Sha, que estaba entonces en manos de Hach.

Tras despedirnos de ellos, que regresaron a su hogar, el bardo se dispuso a subir en Alastus.

—¡No pienso subir ahí! —renegó la maga—. Eso está muy alto. ¡Eres muy alto! Y esto es muy extraño. ¡Irreal! Tú…

—Medora —me acerqué a ella y la cogí de la muñeca con suavidad—, has leído sobre dragones cientos de veces. No son nada que desconozcas, vamos, iré contigo. Será como esa vez que estuvimos juntos en las alturas.

—Málakor —me susurró al oído—, ese tío me gusta. Por los dioses, que he pensado hasta en liarme con él, ¡y es un dragón! ¡Un dragón!

—Eso te pasa por dejarte llevar por la atracción a primera vista. A las personas hay que conocerlas antes, no sea que luego resulten ser… dragones. —Me entró la risa.

—No te rías. —Me hincó el codo en las costillas—. Es vergonzoso.

—Vergonzoso no, mujer, piensa en mí, que me gustó una comehierbas.

Leyla, que estaba pasando por nuestro lado en dirección al dragón, me dio un pellizco fuerte en el costado.

—Sois las dos unas violentas —me quejé frotándome ahí.

—Te lo mereces —dijo Medora con una sonrisa de oreja a oreja.

La exploradora siguió su camino. Para cuando llegó junto al dragón, Hach ya estaba subido en la zona pegada a su cabeza, asido a una línea algo elevada de escamas con pequeñas protuberancias.

Puso las piernas a cada lado, agarrado a las prominencias como si fueran las riendas.

Gris estaba tras él y Airyne se había colocado a la espalda del duende.

—Vamos, Medora, mira los demás lo valientes que son —animé—. Y tú también, Panceta.

—Esa cosa es enorme.

—Sí, pero al menos no es un gato gigante, míralo por ese lado.

El perro levantó las orejas y miró al dragón de arriba abajo.

—Tienes razón.

Sin decir más, y sin temblar un ápice, fue hacia él. En parte por lo que yo le había dicho, en parte porque Gris le hacía gestos desde arriba. Lo ayudó a subir, y el perro se acomodó en las piernas del duende.

Tiré de Medora, obligándola a caminar, y aproveché mi paso junto a Xelirian para cogerlo con la otra mano libre. El chiquillo seguía pasmado.

—Subid ahí, cerrad los ojos e imaginad que es una lagartija enorme. Una lagartija que ha comido demasiados mosquitos —dije.

—No es muy inteligente comparar a un dragón con una lagartija, podrías acabar en su estómago en menos de un pestañeo —soltó la enormidad con escamas.

—Yo soy bastante indigesto, Alastus, ¿no has oído la canción de Felipe el Dragón ? Soy guerrero, exasesino y exledarita, tres cosas que no le sentaron muy bien.

—¿Felipe el Dragón? Ese no es un nombre de dragón —dijo contrariado, retumbando su voz en las cavidades.

—Es una canción que compuse. ¡Te la cantaré!

Mientras yo ayudaba a una temblorosa Medora a subir al dragón, el bardo le cantó aquello a Alastus.

Algunas escamas, al sobresalir y no ser resbaladizas, nos hicieron fácil la subida al lomo.

Pensé que se sacudiría como un perro cuando sale del agua y nos tiraría a todos puente abajo, pero la canción, por fortuna, le hizo muchísima gracia.

Su risa sonó como escuchar reír a las entrañas de la tierra.

—¡Es muy ingeniosa! —dijo—. Y es cierto que hay cosas que no nos sientan bien.

—¿De verdad coméis personas? —preguntó Medora.

—Comemos magas, sobre todo. Magas hermosas de pelo blanco y ojos violetas, An karenise.

—Ah, por favor. —Resoplé—. Reserva tus piropos para cuando no tengas forma de dragón, que me da una grima… O, mejor, no le digas nada.

—Calla, Málakor —dijo la maga, risueña—. Que me diga lo que quiera.

—¿Tienes más canciones de dragones? —le preguntó a Hach.

—No, pero compondré unas cuantas después de esto.

Una vez dejé a la maga en lugar seguro, regresé a por Xelirian.

—No seré capaz de subir, está muy alto.

—Ven, sube a mi espalda. —Me acuclillé delante de él—. Te cargaré.

No dudó en hacerlo. Aunque al principio lo noté nervioso, a medida que subíamos empezó a soltar exclamaciones de asombro. Lo acomodé tras Medora y le pedí que se agarrase a ella.

—No hagas cosas raras, Alastus, por favor —le estaba diciendo Medora—. Como esos giros que hacen las golondrinas cuando vuelan.

—No soy una golondrina, Medora, aunque podría hacer esos mismos giros.

Sin embargo, llevo una carga bien preciada.

Sé de un dios que me cortaría las alas si os pasase algo.

He de llevaros sanos y salvos a Rádamo, y así lo haré.

Pero primero, rumbo a Irasis. Tengo que llegar antes que mi hermana.

Hemos hecho una apuesta a ver quién llega antes con la mejor ayuda.

—¿Tu hermana es otra dragona tan grande como tú? —preguntó con voz inocente Xelirian.

—Más aún.

El chiquillo y el duende soltaron una exclamación de asombro.

Conseguí acomodarme tras Xel, sujetándolo por si perdía el equilibrio en un movimiento brusco, y le pregunté a Panceta si estaba bien acomodado. Tras uno de sus «Gof», le dije a Alastus que estábamos listos.

—Seré suave como la brisa de la mañana cuando se cuela entre los campos de cebada de Lerok trayendo el aroma del mar —dijo el dragón.

—Esa es una buena frase, Alastus, muy hermosa —anotó el bardo.

La enormidad con escamas emitió un gruñido a modo de asentimiento y luego abrió las alas cuanto estas dieron de sí.

—Agarraos bien —dijo.

—No me he agarrado tan bien a nada en mi vida —musitó Medora.

Iba sujeta con una mano a Leyla, la cara pegada a su espalda, como una garrapata, aferrando una de las protuberancias de Alastus con la otra como si la vida se le fuera en ello.

—Venga, Conjuritos, piensa en cuando cuentes esto en Téramo.

—¡Alucinarán! —dijo con voz alegre.

Sonreí, pero la sonrisa se me fue de golpe porque noté que el dragón se movía.

Inició el vuelo tan suavemente como había prometido.

Sin embargo, por más suavidad que pusiese en su empeño, ir encima de él era como ir montado en un carro que estuviese atravesando un camino de piedras.

Elevó la cabeza con respecto a la cola para alzarse, y eso nos obligó a agarrarnos con fuerza si no queríamos escurrirnos y acabar en el fondo del abismo.

Las alas movían el aire con tal potencia, que sentí terminarían tirándome; una ventisca que cortaba la respiración y obligaba a cerrar los ojos.

Sin embargo, en cuanto Alastus alcanzó cierta altura, su vuelo se estabilizó y fue como flotar en aguas tranquilas.

Aguas en las que soplaba un viento del carajo, pero tranquilas al fin y al cabo.

Miré alrededor, fascinado, todo cuanto las luces del puente me dejaron ver, hasta que, poco a poco, la oscuridad nos fue engullendo. Cuando pensé que nos quedaríamos a oscuras, las alas del dragón empezaron a refulgir con sus tonos de plata y azul.

—Es tan hermoso —dijo Xelirian—. Me hace feliz estar aquí.

—Te dije que verías muchas cosas que te harían feliz.

Él giró la cabeza por un momento y me sonrió. Yo también fui feliz entonces.

Las paredes de la cavidad se estrecharon, poco a poco, cada vez más.

Alastus batió las alas muy rápido para luego pegarlas al cuerpo.

Pasó como una flecha entre una pequeña abertura.

Soltamos todos una exclamación de asombro, y otra más cuando dejamos la estrechez y llegamos a una cavidad enorme en cuyo fondo había cientos de cristales mágicos, que bordeaban un lago de aguas igual de brillantes y un bosque de altas setas.

Todo a nuestro alrededor era azul. De un azul infinito.

Medora, que parecía estar perdiendo el miedo, se asomó un poco para verlo, pero rápidamente volvió a poner la cabeza contra la espalda de Leyla.

—¿Sabes que el miedo no te está dejando ver las cosas hermosas que te rodean, maga?

—le dijo el dragón. Su voz sonó clara a pesar del ruido que hacían sus alas—.

Contempla la magia que te rodea. Tus ancestros estarán orgullosos de ti cuando llegues a donde ellos moran, dentro de largos años, y les digas lo que viste.

Sentí cosquillas en el estómago con aquella frase. «Ojalá los míos también estén orgullosos de mí», pensé.

—¡No es tan fácil! —dijo ella.

—Será tan fácil como tú quieras que sea. Vamos, ¡míralo! ¡Míralo, Medora! —gritó el bardo a viva voz, dándole ánimos.

—¡Míralo, maga! Es asombroso —dijo Panceta, aunque no pudiera oírlo. Él iba con las orejas bien altas y la boca semiabierta, deslumbrado por cuánto veía.

El resto la animamos también. La maga, muy despacio, logró asomarse al vacío. El aire le movió el pelo y su rostro se tiñó de azul. Aun de perfil, vi sus ojos abrirse con el mayor asombro que le había visto jamás.

—¡Es increíble! —Rio, a medio camino entre el nerviosismo y la fascinación—. ¡Lo más bonito que he visto jamás!

—¿No te miras al espejo, maga? —le dijo el dragón.

Ella soltó una risa tonta. Luego, no dejó de señalar cuanto veía en el resto de aquel asombroso viaje en el que nos colamos por breñas, desfiladeros, simas y cumbres abruptas de grandes formaciones de tierra que emergían de entre los más oscuros abismos.

Algunas vestidas del plata de las alas de Alastus, otras llenas del azul de los cristales y, unas pocas también, arañadas por el rojo del agua ferrosa de grandes manantiales, que corrían entre las rocas brunas.

Rojo sobre negro. Como la Luna de Sangre.

No sabía si estaba preparado para afrontar los misterios de aquella oscura magia.

Ni cuándo regresaría Azskar para conjurarla contra nosotros.

Ni en qué nos atañía esa profecía, ni sabía qué pasaría cuando llegásemos a la tierra de los dragones; o más allá, en busca de las ruinas de la gran ciudad de la magia. Eso me angustiaba.

Sin embargo, las cavidades se volvieron de plata y el brillo de Alastus las tiñó con su azul.

Olvidé el rojo y el negro, aunque fuese por unos instantes.

Pero jamás, en toda mi vida, olvidaría cuanto vi.

Aunque olvidase mi propio nombre, siempre recordaría haber visto toda aquella magnificencia a lomos de un dragón hecho de plata y azul.