CAPÍTULO 4
De regresar a los túneles
Poco a poco, dejamos atrás el amplio sendero que conectaba la parte trasera del palacio de la reina con una de las salidas a los túneles.
Tras nosotros, iban dos enanos que guiaban un carro tirado por un bilmut, con parte de nuestro equipaje.
Habíamos llegado casi sin nada a Aberrak, pero el bardo había estado «de compras» y ahora parecía que nos llevásemos media ciudad.
La puerta que daba a los túneles se abrió ante nosotros, y admiré la inmensidad cavernosa más allá de ella.
—Otra vez los túneles… —mascullé con disgusto—. ¿Cuándo saldremos de ellos?
—Pronto, pero ahora tenemos por delante una semana de caminata hasta llegar a Puente de Piedra, así que ten paciencia, Málakor. —Tras dirigirme un gesto animado, Alastus dio el primer paso.
Resignado, fui tras él.
El camino estaba iluminado por antorchas, ya que los enanos se ocupaban de aquella zona de túneles y la mantenían limpia y segura. Apenas habíamos caminado unos pasos, de alguna parte llegó un fuerte estruendo. La tierra tembló.
—Esos picudos —gruñó Airyne—. Siguen haciendo de las suyas.
—Estarán en el estómago de mis hermanos más pronto de lo que imaginan —respondió Alastus—. Vamos, no os demoréis.
—¿Ha dicho «el estómago de mis hermanos»? —le dije a Hach al oído.
—La dieta de Alastus empieza a resultarme un tanto curiosa. —Se frotó la barbilla—. Cerdos, magia, elfos oscuros…
—Una pena que no incluya bardos.
Soltó una risa y me sacó la lengua. Un gesto poco apropiado para un señor secretario con decenas de títulos, pero que le pintó la infancia en el rostro y me hizo sonreír.
—Anda, patas largas —señaló con la cabeza al frente—, haz gala de ellas y démonos brío. Ardo en deseos de descubrir qué nos depara el camino.
A pesar de que no dejaba de ser una caminata por los túneles, fue mucho más llevadera que las que hicimos a solas y con destino incierto.
No solo por la nueva compañía, por la ilusión de dejar pronto aquella oscuridad, también porque esa parte no se parecía en nada a la que habíamos transitado hasta llegar a Aberrak, más abrupta.
Esta era, en su mayor parte llana y cómoda, ancha como para que pasase el carro aunque achaparrada en algunos puntos, lo que nos obligó a agacharnos.
O al menos a mí la mayoría de las veces, pues era el más alto.
Se hallaba señalizada, con senderos bien marcados y, en algunos tramos, empedrados.
Había puentes para salvar los desniveles, los saltos al vacío y los arroyos, así como puestos de guardia y tabernas en las que pasar la noche .
Eran construcciones rudimentarias, pues según contó Alastus no siempre duraban mucho a causa de los ataques de los elfos o de los derrumbes, pero fueron suficientes como para descansar en paz y llenar el buche.
Durante todo el camino nos cruzamos con partidas de enanos que patrullaban en parejas o se apostaban en guarniciones, y eso me reportó una sensación de calma y normalidad que agradecí.
Durante la marcha, Medora trató de averiguar más sobre Alastus; sin embargo, él rehusó contestar, aunque siempre mirándola de buena gana.
Yo miraba a Leyla a cada tanto, angustiado aún por nuestra conversación, pero ella no me miró una sola vez, enfrascada en charlar con Airyne y Hach sobre el asunto de las setas u otros cientos que se les ocurrieran.
Xelirian y Gris, entretanto, siguieron con su parloteo sobre cosas raras de los túneles o del exterior.
No había visto al chiquillo hablar tanto con nadie como con Gris.
Perdí de vista a Panceta por unos instantes, hasta que pasó trotando a mi lado, contentísimo.
— ¡Estos túneles ya son míos! —Iba dejando su perruna impronta en todas partes—. No pasarán gatos por aquí.
Alastus sacudió la cabeza y soltó una leve risa. El embajador, sea como fuere, podía entenderlo.
—Pero si gatos ser simpáticos. ¡Gatos ser amigos de Gris!
—Los gatos están… ricos —respondió Xel.
El que sacudió la cabeza entonces, fui yo.
Finalmente, al séptimo día, el túnel se ensanchó hasta llegar a una caverna enorme.
El camino que pisábamos terminaba al borde de esta y daba a una sima oscura y profunda, salvada por un puente de piedra, robusto como las entrañas de la tierra.
Los pilares de sus arcos se hundían en la negrura. La idea de cruzarlo daba escalofríos.
—Bienvenidos a Puente de Piedra —dijo el embajador.
—No pienso cruzar por ahí —dijo Medora—. Me dan miedo las alturas.
—No tendrás que cruzar por ahí. Eso lleva al Largo Camino. Nosotros tomaremos un atajo —informó Alastus.
—No veo atajo posible por ninguna parte, guaperas.
Él esbozó una de sus sonrisas misteriosas, nos hizo un gesto para que esperásemos y caminó hasta el centro del puente. Juro, por todos los dioses, que si alguien me hubiera contado lo que sucedió a continuación, no lo habría creído.