CAPÍTULO 3
De las setas gigantes
Hach apareció, librándonos de tan incómoda situación, y llenó con su alegre voz y su entusiasmo todos los rincones de la sala.
Fue como ver un rayo de luz después de la negra nube de mi conversación con Leyla.
La exploradora y yo nos alejamos el uno del otro, como si el abismo que se hubiera abierto entre nosotros fuera también físico.
—¡Señor embajador!, ¡qué alegría verle! ¡Tengo grandes noticias para nuestra futura relación!
—Alastus y él se dieron la mano enérgicamente—.
La reina ha dado orden de iniciar un protocolo de limpieza en la zona siete, para empezar a dejar libres los caminos hacia Ardacia.
Ya he escrito a mi rey para pedirle que envíe partidas desde Ardacia y Knegara con el fin de que ambos reinos se hallen en algún punto.
Será una tarea ardua, pero es un comienzo.
Además, el invierno de las profundidades está a la vuelta de los túneles.
¡Ah!, y la reina ha referido la importancia de los cristales azules para nuestro empeño.
Alastus no le preguntó cómo se comunicaba con el pulecoronas ardaciano, porque quizá lo sospechaba dado que tanto parecía formar parte de la magia.
—Sí, son fuentes de energía mágica. Con ellos pueden hacerse grandes cosas, orientadas a la creación. Los elfos oscuros los codician, los buscan en todos los rincones de los túneles, con la intención de tornar el poder de su energía en oscuridad para destruir en vez de crear.
Miró compasiva y brevemente a Xelirian; yo también lo hice.
El niño seguía con sus juegos. Corría con Panceta y Gris alrededor de la mesa.
Los tres se metían bajo ella, reían con ganas.
Pensé en Leyla, en lo que había dicho. Me revolvía el estómago que alguien a quien yo quería pensase siquiera en hacerle daño.
—La mayoría de ellos están en los dominios de mi reino y los protegemos con nuestra vida, pero en el camino a Ardacia, como ya habéis visto, hay algunos jardines de cristales —continuó el embajador—.
Krudbrodos y sus semejantes los guardan, así que es menester que escribas a tu rey para decirle que los gigantes no deben ser molestados, que tendrá que excavar en la roca con ayuda enana para buscar un desvío y proteger esos cristales con todas sus fuerzas.
Además, son alimento de las setas, y las setas alimentan a muchas criaturas de las profundidades.
Extraerlos de forma desmedida podría tener graves consecuencias para el ciclo de la vida en los túneles.
Una cadena de hambre y muerte. Si caen en manos equivocadas, estaríamos perdidos.
Hach miró a Medora. Yo también lo hice. Supe que teníamos el mismo pensamiento: había guardado algunos de esos cristales en la bolsa de Sha.
—¿Qué pasa? —preguntó la rubia, que debió de darse cuenta.
—Alastus… —dijo Medora, compungida—. Hemos cogido de esos cristales. Poco, pero lo hemos hecho. Te los devolveremos ahora mismo.
El embajador lo detuvo con un gesto.
—No será necesario. Necesitaréis esos cristales en Rádamo. Para algo digno e increíble. Un acto de creación que tal vez nos salve a todos.
—¿De qué estás hablando? —preguntó Leyla.
—Pronto lo sabréis.
Ella soltó un corto suspiro, y dijo:
—Si mal no he entendido, Alastus, las setas son comestibles, o al menos se alimentan de ellas algunas criaturas de las profundidades. ¿Podrían comerlas los humanos?
—Los enanos las comen. Están en el guiso de chiro. Creo que su aparato digestivo es similar al vuestro.
La boca se me hizo agua al recordar ese plato. Era de las pocas cosas de Aberrak que echaría de menos.
—Pues son enormes, una sola alimentaría a cientos de personas —comentó Leyla—.
No tenemos alimentos tan grandes en la superficie.
Si pudiéramos aprender a cultivarlas, con permiso de los habitantes de los túneles, podríamos dar de comer a mucha gente.
En tiempos de guerra, la gente del pueblo pasa más hambre, casi todo se destina al ejército.
Y vienen tiempos de guerra si queremos frenar a los elfos oscuros y a la Ciudad Maldita.
Esas setas podrían ser la clave de nuestra supervivencia.
El embajador esbozó un gesto pensativo y asintió despacio, varias veces.
—Es una gran idea, exploradora. Cuando lleguemos a Irasis, nos reuniremos los tres para hablar de ello —dijo, incluyendo también a Hach—. Ahora, vayámonos de una vez. Nos queda un largo viaje por delante.