Málakor 4 CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

Del embajador de Irasis

Pasamos a una sala en cuyo centro había una mesa con comida y bebidas.

Dos enanos, con gesto amable, nos dijeron que podíamos tomar cuanto quisiéramos.

Airyne le pidió a Gris que no se lo comiese todo, en vano.

Él, Panceta y Xelirian miraron tal banquete con ojos brillantes.

Acto seguido, empezaron a llenarse los carrillos, dándole de comer al perro también.

—Alastus, ¿me puedes explicar por qué vienes con nosotros? —Me hice con una jarra de cerveza—. Sé para qué quiere llegar a Ítaro la mataelfos, pero no tú.

Él estaba a unos pasos, tomándose otra.

—Mi reino también tiene interés en librarse de la amenaza que se extiende por los túneles.

Nos afecta, como es natural. Estábamos mucho más tranquilos hasta que los elfos oscuros han llegado.

También comerciamos con la superficie, y sus incursiones y saqueos afectan a nuestras reservas.

Eso sin contar lo que está sucediendo en Ítaro por culpa de la Ciudad Maldita.

Su indiferencia hacia las leyes de la magia, sus horribles crímenes…

Todo eso está perturbándola de un modo que pronto será irreversible.

Eso consterna e inquieta a mi pueblo. Quiero firmar un acuerdo formal con el secretario, para unir nuestros esfuerzos a los vuestros. Además, conozco un atajo para llegar.

Lo escuché atentamente, asintiendo interesado. Medora se le acercó más y escudriñó su rostro con la mirada.

—¿Qué eres, embajador? ¿Todos en tu reino cargan con una energía mágica tan grande?

—Depende de la edad que tengan.

Medora, tras dar un sorbo a su cerveza, dijo:

—Entonces, si todos tienen magia en mayor o menor medida, inequívocamente, tu pueblo podría plantar cara a los elfos oscuros y hacerles bastante daño.

—Y se lo hemos hecho, pero son como ratas. Se cuelan por todas partes. Matas a unos cuantos aquí y aparecen allí.

—Cucarachas —dijo Airyne con la boca llena.

Alastus asintió. Levanté la cerveza para brindar en honor de tan acertada definición. La rubia respondió a mi gesto y bebió también. No cerveza, como es obvio.

—Podríamos hacer arder estos túneles y moriríamos todos menos ellos —dijo el embajador—.

Cuantos más seamos en su contra, mucho mejor.

La solución es abrir nuevas rutas comerciales y buscar aliados que nos ayuden a librarnos del problema.

Y, por supuesto, cortar uno de sus brazos en la superficie.

De lo contrario, esos malditos no muertos acabarán llegando aquí también.

—¿Cómo se llama tu reino, embajador? —preguntó Leyla.

—Irasis. Está enclavado entre simas, en las cuevas, rodeado de bosques y corrientes de agua. Es el lugar más hermoso que hay en los túneles.

—¿Bosques? ¿En los túneles? —dijo ceñuda.

—Nos asentamos en una cueva y la agrandamos hasta que fue lo suficientemente amplia para todos nosotros —explicó el guaperas—.

Imbuimos con magia piedras preciosas para que den luz durante el día y parezcan estrellas durante la noche.

Es fascinante ver el techo de nuestra cueva.

Casi parece que uno esté observando la cúpula nocturna, viendo los ojos de todos sus ancestros puestos en él.

—Eso suena tan hermoso… —Medora suspiró.

—Sí, y muy útil, pues esa luz posee las propiedades del sol y nos permite cultivar plantas que solo se conocen en la superficie. También criamos animales que solo sobrevivirían arriba.

—Anda, Leyla, podrás comerte una ensalada en condiciones. —Le di un suave codazo.

—Ojalá. Estoy cansada de esa col extraña.

—¿Criais cerdos, embajador? —pregunté.

—A montones. Digamos que… nos gusta comer. Aunque no solo nos alimentamos de lo mismo que vosotros, también nos alimenta la magia.

La intriga que mi amiga sentía por él se volvió grande como un templo.

—Qué hambre me está dando. —Me froté la barriga.

—Acabas de comer —dijo Medora.

—Y tú sigues comiendo. Más concretamente al embajador, con los ojos.

—Shhh. —Rio como una tonta y volvió a mirarlo—. Pero ¿de dónde venís? ¿Dónde estabais antes de llegar a los túneles?

—De aquí y de allí. Hace mucho tiempo hubo una gran guerra. Los supervivientes de nuestro pueblo se refugiaron en el mundo subterráneo y fundamos Irasis. Aunque parte de nuestros antepasados era de Ítaro.

—¿Y no queda nadie de tu pueblo allí? —pregunté.

—Por desgracia, sí. —Torció el gesto—. Pero nadie a quien queráis conocer.

—Dime la verdad, Alastus —Medora se acercó tanto a él que podría haberle visto hasta el último pelo de la nariz—, ¿tu pueblo y tú sois humanos como nosotros? ¿O algún otro linaje como los elfos? Sigo pensando que hay algo distinto en ti.

—Eres muy observadora. No, no somos humanos como vosotros.

—¿Y qué sois?

—No humanos, pero podemos variar nuestra apariencia.

—Y eliges la de un guaperas —dije riéndome.

Él me dedicó una sonrisa divertida.

—¿Y cuál es tu apariencia original? —preguntó Leyla.

—Un poco más grande que esta.

Medora se rio otra vez. La edad del pavo, ya sabéis.

—¿Puedo hacerte otra pregunta? —dijo después.

—Interrógame cuanto quieras, maga, aunque podríamos intercambiar cuestiones. Eso sería más divertido.

—Muy bien —dijo animada—. Empieza tú.

—¿Qué hacía una Méistari en Luara? Siempre han llegado de Hérenthor, y no me digas que no sabes de qué hablo, ni tengas miedo de contármelo. ¿O acaso eres un dios que se ha hecho pasar por un Méistari? Mas no hueles como un dios. Él… —Me miró brevemente—. Él sí.

Alcé una ceja. Ese tío sabía demasiado.

—¿Cómo lo sabes? —Medora frunció el ceño—. Yo ni siquiera lo sabía hasta hace unos días. Lo de que soy una Méistari.

—Conozco las señales. El caudal mágico que posees no es el de un mago corriente. Ni siquiera el de uno poderoso que practique magia común. Eres una Méistari. Os he olido antes.

—¿Olido? —dijo Airyne.

—Los magos tienen olores para todo, mataelfos —dije, tras dar un trago a la cerveza, e hice memoria para enumerarlos—: Dulce: deidades poderosas y de bajos instintos.

Agua, bosque o algodón: deidades amables.

Flores: un espíritu bueno cerca. Pescado podrido: un espíritu maligno.

Huevo podrido: magia oscura. Eso lo sé bien, pero no a qué huele un Méistari.

—Al linaje de Méistar —dijo Alastus—. Quienes llevan su sangre huelen de un modo particular. Es el olor que deja una estrella fugaz al cruzar el firmamento.

Medora se quedó tan perpleja como todos nosotros.

—¿Y cuándo has olido algo así? Es más, ¿a qué huele eso? —preguntó atropellada.

—Tengo muy buen olfato. —Alastus sonrió—. Huele bien, a algo primigenio, de gran poder, y a la vez a una tarta de almendras con frambuesas.

Me dio la risa. Una larga y sonora risa.

—Anda, Conjuritos, te has convertido en una tarta de repente.

—Una tarta de gran poder. Una tarta primigenia —dijo con gesto orgulloso.

Rompimos todos a reír; algo maravilloso teniendo en cuenta la tensión que habíamos pasado.

—Gris gustar la tarta de almendras con frambuesas. ¡Ser mi cosa favorita!

El perro babeó pensando en zamparse tres kilos de tarta.

—¿Qué son las frambuesas? —preguntó Xelirian.

Mientras el duende se lo explicaba, la maga le lanzó otra pregunta a Alastus:

—¿Podrías contarme cosas de los Méistari?

—Lo haré cuando estemos en un lugar más adecuado, aunque no conozco tantas como podría conocer un mago que hubiera estudiado conforme a los preceptos de Rádamo o de Hérenthor.

Además, la última vez que vi uno fue hace tiempo ya, y no estaba en ninguno de esos dos lugares.

Fue en el mar. Por Las Islas, en un barco.

—¿Ibas en otro barco, guaperas?

Negó con la cabeza.

—¿Nadando?

—No se me da bien nadar. Mi primo Hefaestus es mucho mejor nadando. Ya lo conoceréis. Tiene problemas con la bebida, pero es simpático. Si le regaláis algo de oro, será vuestro amigo para siempre.

—¡Gris coger mucho oro! —dijo el duende, entusiasmado.

—Lo recuperó. Nos lo habían robado a nosotros —se excusó Airyne a toda prisa.

—Sí, sí, rubia, ya me sé el cuento.

Ella puso los ojos en blanco y volvió a mirar al frente.

—Tengo muchas ganas de ver Irasis y sus bosques mágicos —musitó Leyla, fascinada, como si su mente hubiera regresado a aquella parte de la conversación—. En realidad, tengo unas ganas enormes de ver todas las ciudades de los túneles. De explorarlas de arriba abajo.

—Sería difícil, algunas están demasiado escondidas, llenas de criaturas que pocos han visto.

—¿Qué criaturas? —La exploradora se acercó más a él.

—Criaturas fascinantes, en muchas ocasiones, difíciles de describir en lengua humana. En mi ciudad hay unos cuantos libros que las describen. Como está de paso, le preguntaré a mi hermana si te deja consultarlos.

—Pues como el cantamañanas no salga ya, me temo que no llegaremos a ninguna parte.

—Ah, no os preocupéis —dijo alegremente el guaperas—. Mis hermanos están ocupándose ya de ese asunto de los derrumbes intencionados. Podemos comer y beber tranquilos, nadie cortará el paso al embajador de Irasis y a sus nuevos amigos.

—¿Amigo? —Gris tiró del borde de su capa mientras lo miraba con ojillos brillantes.

—Claro —respondió el otro—. Siempre he tenido gran simpatía por los duendes. Cuando era joven, me gustaba llevarlos conmigo a ver las simas más profundas. Tienen un gusto exquisito a la hora de recolectar los mejores hongos mágicos.

—Hongos mágicos gustar a Gris. Hongos blancos no. Esos ser malos. Esos quitar la magia. —Sacó la lengua con cara de asco. Parecía un gato a punto de soltar una bola de pelo.

—A mí tampoco me gustan los hongos blancos, me ralentizan.

—Gris de acuerdo. ¿Alastus amigo?

—Alastus amigo. —Le tendió la mano y el duende la olió, para luego salir corriendo en busca de Xelirian y Panceta otra vez.

Airyne se rio en tanto que Medora miraba a Alastus como si estuviera tratando de ver qué tenía bajo la piel. Daba un trago. Lo observaba de arriba abajo. Bebía otra vez…

—No me mires tan atenta, maga, que ya sabes que me gusta el color de tus ojos. Tal vez te lo robe para quedármelo para siempre.

Ella soltó una carcajada y bebió mientras se sonrojaba.

—Esos dos… —musitó Leyla, tras soltar una risa comedida.

Dejé de prestarles atención, para ponerla en la exploradora, aunque oía sus voces de fondo. Hablaban con Airyne sobre hongos y otras especies de los túneles.

—Es muy mayor para ella —le dije al oído.

—¿Igual que Lúdric lo era para mí? —Levantó una ceja—. ¿O tú? Tenéis más de dos siglos de edad.

—No es lo mismo.

—Es igual. No te metas, Málakor. Se han gustado nada más verse, así que deja que se sigan gustando. Eso no significa que sea el amor de su vida, solo una forma de entretenerse.

—Está bien —resoplé—, no me meteré más.

—¿De verdad me vas a hacer caso? —Los ojos se le fueron hacia Xelirian, que jugaba con sus amigos—. Nunca me haces caso.

—Es que quieres que te haga caso en cosas en las que no tienes razón.

Soltó aire de golpe por la boca, negando con la cabeza.

—Al final te has salido con la tuya y el niño viene con nosotros.

Dime, ¿qué piensas hacer con él cuando lleguemos a Rádamo?

—Clavó la mirada en la mía, llena de un resentimiento que pensé jamás dejaría atrás—.

¿O cuando tengamos que volver a Ardacia?

¿También lo llevarás contigo a la capital?

Jamás han visto a alguien como él. Los nobles lo exhibirán como si fuera un bicho raro.

—Para empezar, me dijiste que intentarías no hacerme más daño con el asunto de Xelirian, y es mi deber señalarte que estás fallando estrepitosamente. Para terminar, si los lechuguinos osan hacer nada parecido, les cortaré las piernas a la altura del cuello.

—Solo dices tonterías, Málakor. Nada podrás hacer para evitar que la gente lo mire con recelo, jamás. Por más piernas que cortes a la altura del cuello, como tú dices, él siempre será un elfo oscuro. Siempre será hijo de quien es.

En los ojos de Leyla brilló de nuevo ese resplandor terrible que hablaba de sus ganas de matarlo, igual que aquel día entre las sábanas. Apreté la empuñadura de las dagas, a la par que inspiraba aire profundamente.

—Vuelve a cercarte el pensamiento algo oscuro, Flechas, si no lo reduces a cenizas, acabará contigo.

—Entonces tendría que reducir a cenizas todo el linaje de Azskar.

—Eso me incluye, somos hermanos.

Hubo en sus labios una sonrisa perturbadora. Movió el cuerpo para mirarme de frente y puso las manos sobre las mías, que aún estaban en las armas.

—Si ese niño nos pone en peligro otra vez, no titubearé a la hora de disparar una flecha.

—Como ya te dije, tendrás que clavármela a mí primero.

El labio inferior le tembló, como si estuviera a punto de echarse a llorar. Moví las manos, para apartar las suyas, mirándola con determinación.

—No quiero empezar otra guerra contigo, Leyla, sabes que te quiero, pero si sigues por este camino, la empezaré.

—No te tengo miedo, y lo sabes.

—Pues yo a ti sí.

—No te burles de mí, Málakor, ¿por qué ibas a temerme?

—No temo a las heridas que puedan provocarme tus flechas, sino a la oscuridad que se está apoderando de ti. Recuerda que eres mucho más que el odio que sientes hacia Lúdric.

Pero ese odio estaba allí, en sus ojos, y había algo más: me miraba de nuevo como si fuéramos desconocidos. La punzada que sentí en el corazón fue apenas soportable.