CAPÍTULO 1 #3
—Esa cosa no era un hombre, era peor que un monstruo.
Solo hice con él lo que él ha hecho con cientos de personas.
Lo que él habría hecho contigo de tener ocasión.
Le gustaba torturar a la gente, así que hice lo necesario, nada más.
Te aseguro que este niño no será como su padre.
Cuidaré de él y arrastraré lejos de su alma cualquier sombra que Azskar haya podido dejar en ella.
Y, si algún día veo que esa sombra lo domina, juro por los dioses que yo mismo pondré fin a su vida.
Luego a la mía, por tal crimen, pero lo haré.
Panceta soltó un gruñido en desacuerdo. Los demás suspiraron largamente y con pesar.
—No tendrás que hacerlo, tío. —Xelirian se colocó delante de mí y se dirigió a la reina—.
Yo mismo me mataré si atisbo algo de mi padre en mí mismo.
Me cortaré las venas y me dejaré morir, o me tiraré de lo más alto de la más alta torre.
Me echaré al bosque más oscuro a que me coman los lobos, como dicen los cuentos de Hach, o me clavaré un puñal en el vientre.
—Vale, vale. —Apoyé las manos en sus hombros y los apreté con cariño—. Ya está, ¿eh? Ya lo hemos entendido todos.
—Vale —dijo él, muy serio.
—¿Y bien, Ilustre Majestad, nos dejarás continuar nuestro camino? —dije con voz decidida—. ¿O te recordarán como la reina que tuvo en sus manos la oportunidad de beneficiar a los que acabarían de una vez con el monstruo, y la dejó pasar?
—Esa ha sido muy buena frase —susurró el bardo con voz orgullosa.
—He aprendido de ti.
Seguro que se hinchó como un pavo.
El tiempo que la reina tardó en hablar se me hizo eterno.
—Reconozco tu valor al revelarme tantas cosas con tamaña sinceridad, Málakor.
—Estaba tan seria que pensé acabaríamos hechos puré por sus guardias.
Sin embargo, al poco, su expresión cambió, y dijo—: Os revelaré una, en retribución a las vuestras.
Hace tiempo que sabía que vendríais. Arbelina lo leyó en las runas y me lo contó.
Aquello no me cogió por sorpresa; pero a mis amigos sí, por lo que murmullaron asombrados. La reina pidió silencio con un gesto.
—Antes que ella, alguien más lo hizo. Una viajera de tierras muy lejanas, con el don de la magia. Una mujer que se parecía a ti. —Puso la mirada en Medora—. Ella dijo que debíais llegar a Rádamo. Sea como fuere.
Miré a mi amiga; su pecho subió y bajó aprisa, signo de una respiración agitada.
—Mi madre. ¿Sabéis dónde está?
—No —contestó la reina—. Lo siento, muchacha, aunque le hice prometer que os dejaría pasar. Podría haberme reunido con vosotros cuando llegasteis, pero debía asegurarme de que erais esos viajeros de los que me habló.
Apreté la mano de Medora, para reconfortarla. Ella aspiró profundamente, con los ojos tristes.
—¿Cómo supo mi madre que vendríamos? —inquirió.
—Una profecía que trajo de tierras lejanas.
El bardo, con toda seguridad dispuesto a hacerle mil preguntas, abrió los labios; sin embargo, la enana lo detuvo con un gesto.
—Es todo cuanto puedo deciros. —Chasqueó los dedos; a su orden, se abrieron unas puertas enormes emplazadas a su diestra—. Os dejaré marchar, aunque no lo haréis solos. Ellos irán con vosotros.
Airyne, el duende y el guaperas las cruzaron, y sentí una mezcla de alivio y confusión al verlos. Me parecía bien que vinieran Airyne y el duende, pero ¿él? ¿Qué pintaba él?
—¡Gris amigo! ¿Reina amiga? —El duende se puso delante del trono.
—Sí, Gris —le dijo con una sonrisa—. Reina amiga.
—¡Reina amiga!
Luego fue hacia Xelirian, tiró de él y corrieron juntos por la sala. Panceta jugó a perseguirlos, y Xel rio como han de reír los niños: con la felicidad en cada risa. Aunque los guardias los miraron recelosos, pronto se les dibujó una sonrisa enternecida.
Mientras ellos celebraban, expuse en voz alta mis reticencias:
—No me importa que vengan la mataelfos y Gris, pero ¿qué pinta el guaperas con nosotros?
—Tenemos intereses en común —dijo, situado a unos pasos.
—Ya sé cuál es tu interés. —Miré a Medora.
—No es solo por ella. Aunque no negaré que despierta mi curiosidad.
A ella se le escapó una risa boba.
Iba a inquirirle más sobre el asunto, pero la reina cortó nuestra conversación:
—Marchaos ya, debo conversar a solas con Háchpirey de los asuntos que nos atañen.
—No tardes, Hach, tenemos prisa —dijo Leyla.
—Seré breve, exploradora, todo lo breve posible.
—A otro con ese cuento, bardo, tú no eres breve ni a soñar que te eches —dije—. Nos vemos fuera.
Le dirigí una mirada amable a la reina antes de irme, agradecido por la oportunidad que nos había dado, a pesar de que su revelación hubiera abierto más incógnitas y a que suene raro que yo diga que le estoy agradecido por algo a un pulecoronas.
En tanto que abandonábamos la estancia, Hach, con voz estudiada, dijo:
—Su Majestad, mi rey está dispuesto a establecer un tratado comercial ventajoso para ambos reinos.
Ardacia le ofrece salazones, fácilmente transportables y conservables, y cebada.
Sé que es muy preciada en Aberrak. En Ardacia a menudo hay excedente.
Tanto es así que las fiestas de la cebada son muy comunes.
En algunas aldeas, para conmemorar el fin de año, beben doce cervezas de cebada.
Además, podríamos abrir una escuela de bardos en la que enseñar a mis queridos amigos enanos a tocar algunos instrumentos de su agrado, como la flauta travesera.
Siguió soltándole cosas, probablemente, pero ya no oí más, pues la puerta se cerró a mi espalda.