Málakor 4 CAPÍTULO 1 #2
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CAPÍTULO 1 #2

Llevé la mirada hacia delante. La enana, que tenía entre todas sus arrugas dos ojos pequeños y muy azules, nos miraba curiosa. Sus labios apenas estaban ya dibujados en su anciana piel, pero se estiraron hasta formar una sonrisa cuando nos saludó.

—Bienvenidos, embajadores.

Los guardias que custodiaban el trono, con sus grandes hachas, tenían la expresión de querer partirnos la cabeza. Otra hacha, más grande si cabe, estaba apoyada junto al trono, al lado de la reina. Verla empuñada en sus ajadas manos habría sido digno de presenciar.

—Su Majestad. —Háchpirey hizo una acusada reverencia.

Cuando se incorporó, me dio un codazo para que lo imitase. Todos seguimos su gesto. Panceta ladró a modo de saludo.

—Los perros de la superficie siempre me han parecido muy simpáticos. —Qirsine sonrió—. Espero que hayas hecho amigos aquí, grandullón.

—Alguno —contestó él—. Perseguimos juntos catartijas.

Ella solo lo escuchó ladrar felizmente, supuse. Tras estirar la sonrisa, Qirsine le dijo a Hach:

—Años ha que no escuchaba vuestro acento, maestro bardo. Ya ni recuerdo el tiempo que ha pasado, pero siempre es grato volver a recibir a viajeros de ese lado de la superficie.

—¿Habéis recibido a otras gentes de Luara? —preguntó él.

—A pocas, la mayoría hace largos años. Ya sabéis por experiencia que el camino desde allí no es fácil. Hay misterios que moran en las profundidades de la tierra que devoran lo que intenta cruzar sus abismos.

—Si os referís a Cécrope y a sus reptilianos amigos, ya no serán un problema en aquella parte. Llegamos a un acuerdo con ella y ahora morarán en las cuevas de Knegara —indicó Leyla.

—Knegara. —Clavó la mirada en ella—. He oído cuentos sobre exploradores de ropajes verdes desde que era una niña. Dicen que podríais meteros en la boca del lobo solo para examinar y catalogar su dentadura.

Yo también había escuchado esa frase.

—Uno de los tuyos llegó aquí hace unos años —agregó—. No recuerdo su nombre, he conocido a muchos viajeros en mi vida. Estaba perdido, solo y herido. Lo acogimos, lo sanamos, y luego continuó su camino hacia Ítaro.

—¿Sabéis si ha conseguido llegar? —preguntó ansiosa la exploradora.

—Eso es todo un misterio para esta anciana. —Su mirada se posó entonces en mí, a la par que apretaba las terminaciones de los brazos del trono—. Tú eres el que causó tantos desperfectos en el mercado, si no me equivoco. El que presenció la muerte de nuestra querida Arbelina. El que…

—Ahórrate el resto, que a todo es que sí —interrumpí.

Hach me dio un codazo que casi me hunde las costillas.

—Au —me quejé en voz baja, frotándome.

—Tendría que matarte. Es la reina —dijo entre dientes.

—Como si no me conocieras ya —respondí del mismo modo.

La anciana soltó una risa con los labios cerrados.

—Muy bien, me ahorraré enumerarlas, pero hemos de hablar de ellas.

Aunque las explicaciones que el señor secretario nos dio suenan convincentes, es extraño que nadie viese entrar o salir de esta ciudad a ese hechicero.

E igual de extraño que persiguieses a un mercader que conocía de sobra la ciudad y acabaseis los dos en un callejón por el que nunca pasa nadie.

Esa vocecilla de abuelita guardaba un cuchillo bajo la lengua e iba a sobrevolar nuestras cabezas… o a pasarnos rozando el pescuezo.

—No puedo colgaros por vuestras mentiras, porque venís en calidad de diplomáticos y respeto las sagradas leyes que mantienen la concordia entre los pueblos y sus emisarios, incluso entre aquellos con los que no tenemos acuerdos directos, pero si no me cuentas la verdad, muchacho, no os dejaré continuar.

Ni tampoco atenderé a posibilidades de negociación ni a puentes comerciales con Ardacia.

Aquí abajo hemos estado bien sin tener nada que ver con Luara.

No abriré mis puertas sin ningún motivo de peso.

Más aún, y sobre todo, sin confiar en las personas que me traen ese ofrecimiento.

Si no me convences, daréis media vuelta y regresaréis a vuestro continente.

Nos miramos entre nosotros. Todos con la misma expresión de «estamos con el agua al cuello».

Incluso Hach. Ni él mismo, con todos sus ardites de bardo, había conseguido sacarnos de esa.

Trató de hacerlo de nuevo, armar sus explicaciones delante de ella; sin embargo, la reina lo detuvo con un gesto de mano.

—Quiero que sea él quien lo diga. Él es, al fin y al cabo, quien ha estado implicado en todos esos dudosos asuntos.

El agua ya no nos llegaba hasta el cuello. Estábamos al fondo del pozo.

Una gota de sudor, gorda como una pera, me recorrió la espalda.

No era el mejor dando explicaciones ni contando la verdad de la manera menos peliaguda posible, pero ya no había vuelta atrás.

Además, se lo había prometido a Bruman. Tenía que hacerlo.

A no ser que de repente llegasen los elfos oscuros, surgidos de la pared cual champiñones, se diera la voz de alarma y pudiésemos huir en medio de la confusión.

Cosa que, para mi desgracia, no tenía visos de suceder.

Con todos los ojos puestos en mí, y también las esperanzas, di un paso adelante.

—Muy bien. —Tenía que soltar aquello como Hach soltaba a veces algún dato importante de sus historias. De una vez y con fuerza—. La culpa de todo la tiene Azskar Ledarias.

La reina se removió incómoda y miró a sus guardias de reojo. Ellos apretaron las manos en torno a las empuñaduras. Mis amigos…, pues no sé qué hicieron, porque tenía la vista puesta en el frente, atento a los movimientos de la pulecoronas y sus protectores.

—Ya me han dicho que habéis llegado hasta aquí con la esperanza de encontrarlo.

—Y hemos de continuar para hacerlo. Sabemos dónde está.

El mercader me lo dijo. Ese que le vendió a Arbelina una miel con un gusano maligno del que salió la magia oscura del propagador que mató a la sanadora.

Así que, en realidad, no estábamos mintiendo con lo del hechicero oscuro, solo era… una verdad a medias.

—Magia de sangre… —masculló la reina, sus arrugas contraídas por la rabia—. Uiquer akse!

Los guardias se envararon más. Eso sonó a maldición.

—Sé que no queréis oír hablar de eso aquí.

Que colgáis a los que tienen que ver con ella.

Por eso no pude deciros toda la verdad, porque, si lo hacía, habría represalias que pondrían en peligro nuestra misión.

Tenemos que llegar a Ítaro para borrar de la faz de la tierra a ese malnacido, para que no siga mancillando todo lo que toca.

—¿Y los asesinos? —Ladeó la cabeza, mientras alzaba sus delgadas y blancas cejas.

—Los mandó él también.

—¿Y tu recaída? Trori dijo que estuviste a las puertas de la muerte, que una de tus heridas, después de haber luchado con los asesinos, se reabrió. Supongo que eso también es mentira.

—Lo es. Fue Azskar. Se… —Pensé en qué palabra emplear.

—Conjuró magia prohibida —intervino Medora—. Ynsheran. Se presentó físicamente en la casa de la sanadora, cuando en realidad está bien lejos de aquí, en la Ciudad Maldita.

—Ese horrible lugar y ese maldito hombre.

Dos enfermedades que se han juntado para propagarse de forma voraz.

Que los dioses castiguen con fuerza a quien emplee artes tan oscuras en esta ciudad —masculló la reina.

Los ojos se le hicieron aún más pequeños cuando los entrecerró con expresión furiosa—.

No obstante, sé, porque he vivido mucho y escuchado mucho, que un cuerpo que está en otro lugar solo puede trasladarse a través de la magia si existe un vínculo que le permita llegar. ¿Qué vínculo hay entre Azskar y tú?

La respuesta a eso iba a ser una explosión incontrolada.

Pero la solté, igual que si hubiera soltado un ascua sobre la hierba seca de un bosque esperando verlo arder.

Un símil desafortunado, dadas mis circunstancias, que la exploradora me perdone.

La miré de reojo antes de hacerlo. Estaba rígida como una estaca.

—Azskar Ledarias es mi hermano.

El más absoluto silencio dominó la sala durante unos segundos, al igual que la tensión más densa lo hizo en el rostro de la reina.

—¿Tu hermano? —repitió incrédula.

—Mi hermano. Lo llevo mal, antes de que preguntes. —Encogí los hombros—. No querría ser el hermano de esa cosa ni por todo el oro del mundo, y mira que me gusta mucho el oro.

Estiró un poco la comisura de los labios, brevemente. Sus ojos pasaron de mí a Xelirian.

—¿Por eso quieres quedarte con el puntiagudo? ¿Es tu sobrino?

—Sangre de mi sangre, pero la parte buena de la sangre.

El chiquillo se pegó más a mí, casi hasta desaparecer tras mis piernas, y se agarró a la tela de mi capa. Le dirigí un gesto tranquilizador, aunque dudaba de que fuera suficiente.

—No sé si puedo dejar que te lo lleves —dijo ella, tras evaluarlo con la mirada—. ¿Y si resulta ser como su padre? No ha traído más que sufrimiento desde que apareció por aquí.

Miré al niño, por encima del hombro, y él clavó sus ojos en los míos, con un gesto de temor como nunca le había visto. Quedaban lejanas ya sus ganas de morir, porque había encontrado motivos para seguir vivo: nuestro cariño, la ilusión de una nueva vida, sus queridos amigos.

—No será igual que su padre, porque será igual que su tío —declaré con firmeza.

—No hace mucho, su tío machacó el cráneo de un hombre hasta licuarle los huesos y el cerebro —señaló ella fríamente.