Málakor 4 CAPÍTULO 1
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Málakor 4

Málakor 4

Por Zahara C. Ordonez

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CAPÍTULO 1

De la reina de Aberrak

La puerta de la taberna se abrió de forma brusca y sus viejos goznes chirriaron anunciando la llegada de otro asiduo a aquel antro.

Pese al espeso silencio que se hizo, no me giré para mirar, porque, obviamente no estaba allí, sea cual fuese esa taberna y sean quienes fueren los afortunados que estuvieran dando buena cuenta de una cerveza bien fría.

No estaba allí porque andaba esperando a que la reina de los enanos nos recibiese.

No es que me guste mucho lidiar con pulecoronas, ya lo sabéis, pero no quedaba más remedio que hacerlo.

Lo peor era que de ella dependía buena parte de nuestro destino, y eso me tenía los nervios crispados.

Haré un favor a los despistados y a ponerlos en contexto de la situación.

A grandes rasgos. Unos meses atrás estaba en Ardacia, después de que me nombrasen caballero honorífico de la ciudad tras los hechos ocurridos con la Sombra.

No sé cuál de las dos cosas me da más repelús, si lo de la Sombra o lo de ser caballero ardaciano.

La pelirroja me acababa de pedir que fuese a Hérenthor para recuperar Erisias con ella; por otro lado, los magos de Téramo querían llevarse a Medora a esa prisión de la quinta puñeta.

Lo primero no sabía ni cómo hacerlo, pero lo segundo lo evitó mi querida princesita nombrándola Segunda Electa.

Lo que suena tan rimbombante es un cargo de doncella que goza de ese invento de los lechuguinos llamado «inmunidad diplomática» para hacer lo que les salga de las narices sin tener consecuencias.

Pero, en esa ocasión, y sin que sirva de precedente, me situé muy a favor de los inventos de los burguesitos de turno.

Después de eso, con la intención de explorar los túneles a ver qué se cocía en ellos, y siguiendo los pasos de Lúdric, hicimos una parada en Knegara.

Allí casi mato a la mujer de Carena Dothir, descubrí que la embajadora pertenece a una orden llamada las Dos Rosas que busca al heredero perdido de la reina Meredia y, oh, sorpresa, ¿sabéis quién es?

YO. No fue una noticia que recibiese muy de buena gana, siendo que cualquier cosa que tenga que ver con la nobleza me levanta picores, ardores de estómago y unas ganas irremediables de quemar cosas.

Bueno, quizá…, quizá lo de hablar de quemar cosas es muy desafortunado, porque quemé Knegara.

No directamente, pero sí colateralmente.

Mi padre, que está encarnado en un zorro mágico, me llevó a hacer un ritual para que pudiera hablar con los animales.

Así que ahora, además de hablar con un bardo, puedo entender a otras criaturas si me lo propongo.

Ese ritual desactivó una magia ancestral druídica, hecho que sucedió cuando Pelnor, un mago que ya está muerto y del que no tenemos que preocuparnos en absoluto, conjuró para fastidiar a Medora.

Como con mi Conjuritos no se mete nadie delante de mí, pues su columna vertebral decidió romperse (le partí el cuello) y perdió la vida (lo que es natural cuando te quiebran esa parte del cuerpo).

Luego nos fuimos a los túneles, conocimos a una serpiente gigante, a un gigante sin serpiente, a los elfos oscuros y a mi sobrino Xelirian.

Hach y Leyla casi mueren, Panceta (el chucho que adopté en Ardacia y con el que me comunico) casi muere, yo casi muero y quien sí murió fue Arbelina, una enana de la ciudad de Aberrak, que nos había acogido a causa de la aparición de unos propagadores.

Elementos de los que ya hablaremos más adelante, así como de la Magia de Sangre.

Los asesinos andaban por allí y han hecho muy buenas migas con los elfos oscuros, y de ese asunto queda mucho por contar.

Asunto, por cierto, en el que tiene las narices metidas Azskar Ledarias, el lamevenenos infiltrado en los comepimientos que ha resultado ser mi maldito her-ma-no.

Ya, yo tengo la misma cara de asco que vosotros ahora mismo.

En Aberrak conocimos a otro montón de enanos bien simpáticos, al mandamás de las arañas, a Airyne Ordom (también conocida como «la rubia» o «la mataelfos»), al duende Gris (¡Gris amigo!) y al embajador de Irasis (el guaperas).

Esto nos lleva al punto que nos atañe: él ya había pasado a ver a la reina y aguardábamos a hacerlo nosotros.

Pronto, le dieron paso a Airyne, lo que me disgustó.

—Hemos llegado primero y tenemos mucha más prisa —bufé.

—En realidad, tenemos la misma. Además, lo mío es más corto. No te enfades. —La rubia me palmeó el antebrazo y se puso en pie—. Nos vemos a la salida, si hay suerte. ¡Vamos, Gris!

El duende abrazó a sus amigos, Panceta y Xelirian, y salió tras ella al punto.

Inspiré profundamente, armándome de esa cosa que tanto me hacía falta a menudo y que tan mal se me daba tener.

Por suerte, tras diez minutos, pudimos pasar.

Llegamos a otra sala cuadrada, muy grande, con arcos pegados a las paredes y un sinfín de figuras decorativas, geométricas, así como una inscripción en una lengua que parecía hecha con palitos puestos unos junto a otros y que no comprendí, como era de esperar.

Pero ya estaba Hach, que miraba asombrado a techos y paredes, para decirme qué era.

—Es el yer aberraki, la lengua más antigua de los enanos. Solo unos pocos la pueden emplear, pues es sagrada —susurró a mi oído.

Al fondo de la sala, tras un espacio de al menos cincuenta metros, una enana, la persona más anciana que hubiera visto jamás, se hallaba sentada en un trono.

Era una roca plana de cantos desiguales, con un respaldo y unos brazos hechos de piezas más pequeñas y trenzadas, como si los enanos tuvieran la potestad de trenzar la roca igual que si fuera cabello.

El de ella lo estaba, largo y blanco, en una corona hecha de sus trenzas y adornada con piedras preciosas.

Las arrugas de su rostro no eran muy distintas a los surcos que hace el agua en las torronteras.

—¿Cuántos años tendrá? —musité.

—Los enanos pueden vivir al menos doscientos, si no los quiebra la enfermedad o la espada —indicó Hach—. Ella los habrá vivido todos. ¿Has visto sus ropas, Málakor?

—Estoy más pendiente de las hachas que llevan los guardias que la escoltan. Son más letales que un trapito.

—¿Trapito? —replicó—. La tela de su vestido se fabrica de lapislázuli con una técnica que solo aquí conocen. Igual de única es la manufactura para el cinturón de escudos de oro, que se conoce como fálkura. Tiene un tamaño y una forma precisos y es el símbolo del poder real.

—Y todo eso seguro que te lo has estudiado bien antes de venir.

—Concienzudamente.

—Lo que te gusta saber cosas y contármelas, que es lo peor. Oye, Hach, tú que te mueves en ambientes diplomáticos a menudo, ¿podrías echarme una mano con algo?

—Claro —dijo con verdadera disposición.

Saqué el retrato de Dagmar Alba y se lo tendí de tapadillo. Él lo observó brevemente, con el mismo intríngulis, y luego fue a devolvérmelo.

—No, guárdalo tú, al menos hasta que estemos en un lugar seguro. Conociéndome, probablemente lo pierda o acabe lleno de sangre.

—¿Quién es? —preguntó mientras lo ponía a buen recaudo entre sus ropas.

—Un viejo amigo de Virna, ya te daré más detalles. Hay que encontrarlo, en Ítaro.

—Ah, sin problema —respondió animado—. Me encanta encontrar a gente, es como jugar a ese juego ardaciano de adivinar quién es quién. Es muy divertido, algún día…

Un enano, con la potencia de voz de un dragón, cortó el hilo de sus palabras, pues dijo:

—Extranjeros, estáis ante la reina de Aberrak, Qirsine II la Generosa, que os da la bienvenida, dispuesta a dedicaros unos minutos de su valioso tiempo. A cambio, os exige decoro y obediencia. Sabed que cualquier provocación o falta de respeto será castigada.

Asentimos, sin más remedio, y él nos fue anunciando. Con nombres, apellidos, títulos, profesiones y lugares de procedencia. Menos mal que la sala era grande o no habrían cabido todos los de Háchpirey. Cuando le tocó mencionar a Xelirian, solo dijo:

—Un chiquillo puntiagudo.

—Es Xelirian Arben —dije cuando pasé a su lado.

El enano me miró de arriba abajo y carraspeó.

—En realidad, soy Xelirian Ordom —anotó él—. Llevo el apellido de mi madre, porque es más importante.

—¿Ordom? ¿Como la mataelfos? No me ha dicho nada.

No la veía por ninguna parte, ni a ella ni a Gris ni al guaperas, y eso que escudriñé bien el lugar con la mirada, a medida que avanzábamos hacia el trono.

—Yo ya lo sabía —dijo Hach.

—Espera, que me hago el sorprendido. —Puse tal gesto, y él se echó a reír—. Entonces, ¿eres familia de Airyne, Xelirian?

—Familia —repitió, como dudando de esa palabra. Luego se encogió de hombros—. Ella sabe quién soy. Mi apellido se conoce en los túneles.

—No son familia cercana, por eso no es relevante que tengan el mismo apellido —indicó el bardo—.

Tendrán un ancestro común, desde luego, pues al parecer en Ítaro hay muchos Ordom.

En Luara también hay alguno que otro. Conocí a un viejo escriba de palacio.

Bien simpático. Era el más rápido transcribiendo actas de defunción.

—Yo conocí a un Ordom que criaba palomas mensajeras. Una vez cacé una… sin querer —comentó Panceta.

—Ya, sin querer.

El perro puso cara de inocente.

—¿Qué son actas de defunción? —preguntó Xelirian.

Yo hasta ahí al menos llegaba. Por una vez.

—Es un documento legal que indica cuándo murió una persona y las circunstancias en las que ocurrió su fallecimiento —explicó Hach.

—¿Y para qué quieren escribir eso en ninguna parte?

—Son de Ardacia, Xelirian, no te preguntes por qué hacen las cosas —dijo Medora, que caminaba al lado del bardo—. Las hacen, ya está.

El niño la miró confundido; yo me aguanté la risa. Leyla soltó un resoplido incómodo. Estaba seria como la muerte.

—Callaos, por favor, estamos a unos pasos de la reina —pidió.