EPÍLOGO #3
—Desde luego, estuviste mirando atentamente a mi amiga en la boda. Y luego vigilando la Casa de Sanación.
Hasta los ojos le sonrieron. Posó la vista en ella, brevemente, y luego la regresó a mí.
—Despertó mi curiosidad.
La maga se acercó, tan embobada en él, que pareció como si aquel hombre fuera luz y ella una polilla. Leyla llegó tras ella, con más desconfianza.
—Hacía mucho tiempo que no veía a un mago de Hérenthor en los túneles —dijo el guaperas.
—Yo… —Medora agachó la mirada, quizá perdida en esa historia de su padre—. No soy de Hérenthor.
—Pues la magia es inmensamente poderosa en ti, como si de allí fueras. Y tienes los ojos del color de la magia. Muy hermosos. No deberías agachar la mirada ante nadie, aún menos ante mí.
Medora se puso del color de una cerveza de ciruela.
—Oye, guaperas, deja de ligar con ella, ¿vale? —reprendí—. Debes de tener como veinte años más. Podrías ser su padre.
—Puedo mearle en las botas —gruñó Panceta.
Una sonrisa enigmática se dibujó en sus labios; miró al perro, como si lo hubiera escuchado también, y luego a mí.
—No intento seducirla, solo digo la verdad. Y el que parece su padre eres tú, ¿acaso ella no puede hablar por sí misma de lo que le parecen mis palabras?
—Sí que puedo —intervino Medora a toda prisa—. Y me parecen… ¡tan bonitas! «No deberías agachar la mirada ante nadie, aún menos ante mí». Es una gran frase. Seguro que la has leído en alguna novela.
El tipo se echó a reír. Chasqueé la lengua. Conjuritos había caído a sus pies con una sola frase. Ese hombre podía ser cualquiera, pero, allí estaba ella, más animada que en las últimas horas, mirándolo con suma curiosidad.
—Siendo una maga, asumo que te gusta leer, pero ¿novelas?
—Claro que sí. —Medora se colocó a su lado—. Me encantan.
—Ese tipo no es humano, Málakor . —Panceta aspiró el aire en todas direcciones—. No huele como uno. Aunque nunca he olido nada igual.
Aquello me puso tenso como la cuerda del arco de Leyla.
—¿Cuál es tu novela favorita, maga? —le preguntó el guaperas.
—Tengo muchísimas, me es imposible elegir, ¿a ti no te pasa?
Él sonrió. Si no hubiera llevado esa armadura, habría pensado que era un bardo. No le quité ojo de encima.
— Tirant el Negro —dijo Xelirian en voz baja.
—Es la única que has leído —susurró Hach—, quizá luego cambias de opinión.
—Me encantaría conversar contigo, hechicera —dijo el guaperas, mirándome, con cierto tono guasón—, pero quizá tu padre se enfade.
—Tarde; ya lo estoy. Medora, ni siquiera lo conocemos.
—Mi nombre es Alastus —dijo él—. Soy embajador de mi reino, al igual que vosotros.
—La última vez que anduve cerca de embajadores, más de uno acabó muerto.
Háchpirey suspiró con pesadez.
—¿Quieres ser diplomático? —me pidió.
—No —respondí secamente—, prefiero ser sincero. Además, saber el nombre de alguien no significa nada.
—Salvo que sea un demonio —dijeron Medora y él a la vez.
Se sonrieron, a la par que Háchpirey intervenía en tono amable:
—Alastus. Sin duda es un nombre que inspira nobleza. El mío es Háchpirey Tredembaun. —Todos sus títulos—. Venimos de Luara. Tenemos audiencia con la reina.
—Igual que yo. He de tratar asuntos de mi reino con ella.
—¿Y qué reino es ese, si puede saberse? —pregunté desconfiado.
—Uno del que jamás has oído o leído, Málakor Arben.
—¿Cómo sabes mi nombre? —Levanté una ceja.
—Todo el mundo en Aberrak sabe tu nombre.
No es que tus idas y venidas por la ciudad hayan sido discretas.
Veamos, llegas con un chiquillo de los túneles y dos de tus amigos afectados por el veneno del príncipe.
Tomas al puntiagudo bajo tu protección. Creas un conflicto diplomático con las arañas, a las cuales, misteriosamente, puedes entender.
Te hospedas en casa de Arbelina y ella muere en extrañas circunstancias.
Aunque te diré que, para mí, no tienen nada de extrañas.
Sé bien lo que pasó. —Su mirada fue franca, mas no acusadora—.
Luego matas a un mercader de Vingardia y a dos asesinos, tú solo, en un callejón.
Quedas al borde de la muerte, porque se te reabrió una herida, y, milagrosamente, estás aquí como si nada.
Supongo que por obra de la maga. Además, hablas con tu perro y él te contesta.
Y, más allá de todo esto, no pasarías desapercibido aunque quisieras en una ciudad llena de enanos siendo que mides casi dos metros.
Hach y Leyla carraspearon, en tanto que Medora soltaba un silbido de asombro. Panceta le gruñó.
—Vaya… —Aplaudí—. Tu vida ha de ser muy poco interesante como para estar tan atento a la mía.
—Uno debe prestar atención a los extranjeros que llegan a Aberrak. Teniendo en cuenta que han de pasar por los túneles para llegar hasta aquí, pueden guardar oscuros secretos. —Los ojos se le fueron a Leyla, como una flecha, penetrantes y certeros—. Muy oscuros, de hecho.
Apreté los puños. Si seguía mirándola así…
—Si estás pensando en darme un puñetazo, extranjero, no te lo aconsejo —dijo el embajador—. Tengo la piel muy dura. Y no es mi intención pelear con ninguno de vosotros.
—Pues, para no tener esa intención, no has empezado con muy buen pie —le dijo la exploradora.
—Has sido tu amigo el que me ha puesto la zancadilla por hablar con la maga. Yo solo estaba siendo amable.
Háchpirey y Medora suspiraron.
—Vamos a llevarnos bien, ¿eh? —dijo el bardo, en tono animado—. Somos invitados en el palacio de los enanos, hemos de comportarnos. Disculpad a mi amigo, embajador, él tiene… un carácter difícil.