Málakor 3 EPÍLOGO #2
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EPÍLOGO #2

De haber sido agua, el entusiasmo de Hach al contemplar todo aquello habría inundado el salón al que llegamos.

Cuadrado, de paredes y techos rectos, había plata y zafiros incrustados por todas partes.

Tenía infinidad de alfombras coloridas en el suelo, tapices en las paredes, vitrinas de cristal y oro a rebosar de cosas de la superficie: relojes, estatuillas, copas, piezas de algún mecanismo…

En los cuadros había paisajes de sitios que no se parecían en nada a Aberrak.

En uno de ellos reconocí Ardacia, o al menos se le parecía.

Había sillas de piedra, de todos los tamaños, pegadas a las paredes, con cojines azules en el asiento y el respaldo.

En el centro de la estancia, ardía un fuego bailarín en un pebetero rodeado por columnas decorativas llenas de símbolos y cenefas.

En la pared contraria, había una puerta custodiada por dos guardias.

—Sentaos —pidió Trori—. La reina os atenderá enseguida. Nosotros no podemos pasar de aquí. Así que debemos despedirnos.

—Y ojalá no volvamos a vernos después —añadió Bruman—, al menos no hasta dentro de un tiempo, porque eso significaría que la habéis convencido para seguir vuestro viaje. Espero que tengáis suerte.

Extendí la mano hacia ellos.

—Gracias, por todas las cosas. Absolutamente todas —dije—. En la palabra enana que corresponda.

— Verken . Esa es la palabra. —Trori tomó mi mano con brío—. No hay otra más grande para expresar agradecimiento.

—Pues verken , amigos. Que los dioses os guarden.

El enano tiró de mí para que nos diéramos un abrazo. No soy mucho de eso, ya lo sabéis; pero les debía un montón. La vida incluso. Me abrazaron con ganas, para luego despedirse también de los demás.

Mientras Trori estrechaba a Hach, Bruman me dijo:

—Espero que tengas suerte y des con ese bicho inmundo. Ni los piedrojos son tan molestos.

—¿Piedras con ojos?

—Sí, son como guijarros muy pequeños con patas que viven en algunas criaturas peludas y saltan a tu cabeza y tu barba, se te meten ahí dándote un picor de mil hachas. —Se rascó. Eso sonaba a asquerosos piojos—. Bueno, ojalá volvamos a beber cerveza juntos.

En sus ojos vi de nuevo aquel mensaje que me dio: «Tenéis que decir la verdad». Metí la mano en el bolsillo y rocé la Luna de Sangre. Quizá aún podía salvar a Leyla.

—Lo haremos. De cebada, a ser posible. Sentados frente a un fuego en el que ardan las cabezas de ya sabes quiénes. No olvido mi promesa.

—Eso me gusta. —Me palmeó el muslo—. ¡Vámonos, Trori!

—Buen viaje, muchachos—El otro enano nos dijo adiós con la mano, en tanto que abandonaban la estancia—. Que Eressar os guarde y que volvamos a beber cerveza juntos.

—Esperad, por favor —Medora los llamó a viva voz, antes de correr hacia los enanos.

Se detuvieron al cabo de la puerta, mirándola extrañados.

—Sé que me dijiste, Bruman, que regalar cuerdas es algo malo aquí, pero de verdad que quiero que os quedéis esta, como muestra de buena voluntad.

—Sacó su cuerda mágica del bolsillo y se la tendió—.

Puede que los puntiagudos usen sus cuerdas para haceros daño, pero esta servirá para cuidar de vosotros.

Es una cuerda buena. Sacará a quienes se caigan en las trampas, cuando no haya patas largas para ayudaros.

Ellos se miraron entre sí, dudando, aunque con los ojos algo vidriosos por la emoción. Las palabras de la maga debieron enternecerlos, pues aceptaron su ofrecimiento.

— Verken , An karenise —dijo Trori, que guardó la cuerda bajo sus ropas.

— Verken es gracias, lo sé, pero ¿qué es lo otro?

—Mujer de ojos mágicos —respondió él.

Los enanos le guiñaron los suyos, dijeron adiós con la mano y se marcharon al fin.

—Ya tengo un nombre nuevo —dijo ella, regresando junto a nosotros, con la mirada llena de emoción—. Medora Drummond, hechicera de Téramo, Segunda Electa, An karenise .

—Lo que te faltaba —reí, pero fui a abrazarla con ganas—. Eso ha sido muy bonito, Medora.

—Sí —dijo feliz.

—Qué personas tan fascinantes —musitó Hach, cuando la puerta se cerró tras ellos.

—Lo son —dijo Medora.

El bardo asintió, y, lejos de ir a sentarse, se puso a curiosear la estancia, como los demás. Xelirian tiró de mí porque quería ver los cuadros de cerca.

—Rádamo. —Señaló uno en concreto.

Nos aproximamos a él, acompañados de Panceta. Al perro tendrían que habérselo llevado a la fuerza del lado del niño, porque ninguna otra cosa lo apartaría de él.

El lienzo medía unos cinco metros de alto por diez de ancho; el marco era bastante grueso, dorado.

Había una ciudad situada en una amplia explanada, rodeada por una muralla cuadrada, con torres almenadas.

Los edificios, de un color oscuro pero brillante, no eran muy altos, salvo dos.

Una torre, coronada por un tejado cónico, y lo que me pareció un palacio.

Bordeaba la ciudad un río y, al fondo, una cadena montañosa de piedra negra.

Más allá, algunos volcanes. Solo los había visto en ilustraciones de los libros de Hach, pero la lava estaba tan bien pintada que parecía real.

Sin embargo, lo más impresionante de aquel cuadro, no estaba en esa ciudad, ni siquiera en los volcanes o en el río, estaba en el enorme dragón negro que la sobrevolaba.

Con las alas y las fauces bien abiertas, un chorro verde saliendo de estas últimas.

Una ira líquida que iba a parar a un escudo invisible que unos magos proyectaban sobre sus cabezas.

Había uno, de cabellos rubios y túnica azul celeste, que expelía un caudal de energía hacia el dragón y que impactaba a la criatura en el vientre.

Su tamaño, en comparación con los magos, era abominable.

Una mole de escamas, garras y dientes afilados.

—Con semejante bicho amenazando la ciudad, no me extraña que sea ya solo ruinas.

—He oído muchas historias sobre Rádamo, tío, y… —Llevó el dedo hasta el dragón—. Y sobre él. Arkaidon el Negro. El Destructor.

—Arkaidon… —Me dio repelús solo de pronunciarlo; de pensar en ver aquella cosa delante de mis narices.

—¡Es enorme! —dijo Panceta.

—Es un dragón terrible y malo. Algunos amigos de mi padre se cruzaron con él. Fueron diez los que lo vieron y solo uno el que volvió. Perdió la cabeza tras haber visto a sus compañeros despedazados por el dragón, así que tuvieron que matarlo.

—Ah, que esa cosa sigue allí. —Una gota de sudor me recorrió la espalda.

—Pues no le tengo miedo. Podría morderle la panza. Ñom, ñom.

Sacudí la cabeza, mirándolo con ternura.

—Sí. Duerme cerca de la ciudad. —El niño me miró con ojos curiosos—. ¿Crees que lo veremos?

—Espero que no.

—A mí me gustaría. Quiero saber si es cierto que cada colmillo es alto como de las cuevas a la superficie. Eso dijo el superviviente.

—Me da que estaba exagerando, Xel. ¿No sería un bardo?

El niño se rio un poco.

—No. Era un explorador. Como Leyla.

La busqué con la mirada. Estaba delante de una vitrina repleta de relojes, junto a Medora.

La exploradora me miró de reojo, pero pronto siguió a lo suyo.

Solté un suspiro, preguntándome cuándo demonios habría calma entre nosotros.

Hach reclamó mi atención, plantado delante del cuadro de Ardacia, haciéndome señas.

—Vamos, Xel. —Apreté su mano—. Panceta. No os separéis de mí.

Avanzamos juntos hasta él.

—¿Qué has visto, bardo? ¿La valla de tu jardín abierta por culpa de Griselda? —le pregunté, ya a su lado.

—En la época de este cuadro no existía aún mi casa —respondió amablemente—.

Fíjate, Málakor. Es la Ardacia de hace doscientos años.

Algo más. De antes de la guerra civil y de la inundación.

Este cuadro es una reliquia. ¡No tenemos ninguno así en la ciudad!

, solo descripciones o algunas litografías. —Su emoción llenó la estancia.

Absorto, perdí la mirada en la ciudad que vio nacer a mi padre.

No era tan hermosa como la que yo conocía, pero lo era, aun con menos jardines, templos y palacios.

Sin embargo, los que había estaban más apiñados entre sí.

La mayoría de las grandes avenidas ardacianas se habían levantado después del incidente.

Inevitablemente, me imaginé a mi padre caminando por esa ciudad.

A mis antepasados luchando en la guerra civil que los enfrentó tras su desaparición.

A lomos de Eydrin, Iarlath habría recorrido mil veces los senderos circundantes a la muralla.

Los alrededores del lago donde conoció a mi madre.

Hasta que segaron su joven vida, y la ira de la mujer que lo amaba anegó Ardacia.

—El castillo sigue igual, así como las casas nobles. No obstante, toda esta parte de aquí ha cambiado —Señaló la zona que rodeaba el lago—. ¡Era verdad, Málakor! ¡La posada de Bred está justo encima de donde sucedió la historia! ¡No es una leyenda! Cuando se lo cuente al posadero…

Quizá recordéis ese día en el que contó la historia de mis padres.

Dijo entonces que había sucedido donde se encontraba la posada.

Yo había pensado que era una licencia narrativa, pero no.

En la historia del bardo había más verdades de las que cabría esperar, siendo un cuento de un cantamañanas.

Y aunque buena parte había sucedido de un modo distinto, atendiendo a lo que me había contado mi padre, otra no. Admirando la pintura, pregunté:

—¿Qué hacen los enanos con un cuadro de Ardacia?

—Lo trajeron los Néachan —dijo una voz joven y profunda—, igual que la lengua común.

Giré la cabeza y vi a nuestra espalda al guaperas. Vestía aquellos ropajes elegantes, capa blanca, armadura. Cabello bien peinado, barba de varios días, recortada al detalle. La expresión de sus ojos fue amable cuando se encontraron con los míos .

—¿Cuándo demonios has entrado aquí? —pregunté.

—Hace un rato, pero estabais embobados mirando la pintura. La maga y la exploradora me han saludado incluso. —Llevó la mirada hacia ellas, que le sonrieron educadamente—. No es común ver a humanos por aquí, aunque ya os he visto con anterioridad.

Hach fue a hablar, pero me adelanté.