EPÍLOGO
De una larga espera
M edora no pronunció una sola palabra sobre aquella historia, sobre su madre o sobre su padre desde que dijo la última en la bañera.
Salió de su estado, gracias a los dioses, pero no quiso hablar del tema.
Imaginé que intentaba creérselo o entenderlo.
Digerir aquello no le sería fácil. Y, cuando empezase a hablar, tendría un millón de preguntas.
Quise conversar sobre ello con Anamkha para tratar de saber algo al respecto; sin embargo, en vez de ella apareció Azani para decirme que era un tema vetado entre ambos. Por más que refunfuñé, no conseguí nada.
Y aunque no fui capaz de ayudar a la maga, al menos sí pude ayudar a Virna, pues Leyla aceptó copiar aquel retrato del padre de Trori.
—¿Para qué es? —preguntó con sana curiosidad, cuando la intercepté en medio del pasillo para pedírselo.
—Virna me ha pedido que dé con este patas largas en Ítaro.
Me miró esperando a que dijera algo más.
—Es un asunto privado de la sanadora, Leyla, no puedo contarte más.
Suspiró, mas no hizo otras preguntas. Me alegré, porque no quería mentirle, pero tampoco instalar en ella la amargura de otra historia de amor trágica.
—Haré varias copias entonces. Las tendré mañana por la mañana.
—Eres muy rápida dibujando, ¿no?
—No tengo otra maldita cosa que hacer aquí. —Llevó los ojos al techo, como si le estuviera suplicando a los dioses por algo—. Aunque antes tendré que hacerme con lo necesario. Si las enanas no lo tienen, iré al mercado.
—¿Quieres que te acompañe?
—Sí quieres …
—Claro que quiero. —La enganché del brazo y eché a andar con ella; por su expresión, estaba contenta—. Es nuestro último día en Aberrak, vamos a bebernos toda la cerveza enana que podamos.
—¿Nuestro último día? Yo ya no sé qué pensar. Mañana podría salir todo mal.
—Irá bien, ya lo verás. Tengo ganas de ver a la reina de una vez, y no porque tenga el menor interés de conversar con una pulecoronas, es que eso significa dar el siguiente paso en el viaje.
Continuaremos nuestro camino para tratar de llegar a Ítaro y, por ende, a Rádamo.
Tal vez sus ruinas guarden respuestas a nuestras preguntas.
—Me conformo con ver el sol, Málakor; con oler la resina de los árboles; con respirar aire que haya corrido libre por la inmensidad de la campiña. ¿Tú no?
—Yo lo que quiero es oler panceta asada y zampármela después, pero lo tuyo tampoco está mal.
Rio, antes de soltar un amargo suspiro, profundo como un pozo.
—A ratos me parece que no volveré a ver jamás el sol. Al menos no el de Knegara.
—No digas eso. —La apreté contra mí, en un gesto cariñoso—. Regresarás a tu hogar. Verás a tu madre, a tu padre, a tu hermano. Hasta tendrás en brazos a esa nueva vida que se abre camino.
Esbozó una sonrisa leve.
—Ojalá.
—¿Sabes una cosa, Flechas? Hasta yo mismo echo de menos Knegara a ratos.
Soltó una larga carcajada, que retumbó en el solitario pasillo.
—Jamás pensé que te oiría decir eso.
—Me gustó, después de todo. Pasé momentos buenos allí, con los muchachos. Me acuerdo de ese día en el que tu hermano encontró una araña escondida en un saco de arena…
—Se moriría del susto.
—Fue corriendo hasta el puerto .
Ella rio de nuevo, con ganas, y eso me hizo tremendamente feliz. Entre esa y otras historias knegaritas, fuimos al mercado, tomamos unas cervezas y vimos pasar las horas hasta la medianoche.
A mediodía, nos dirigimos al palacio. Medora y Leyla iban tras de mí, mientras seguíamos a Hach, Trori y Bruman por las callejas de Aberrak, bullentes de actividad.
Los enanos cargaban con sus compras diarias, barrían las puertas de sus casas, conversaban de sus asuntos en pequeños grupos o conducían carros cargados de grandes toneles o canastos, tirados por esa especie de vacas lanudas, los bilmut.
Al mirar a Trori, recordé a Virna. Leyla se había pasado la noche en vela, dibujando hasta poco antes de irnos, así que en manos de la sanadora quedó ya el retrato original y su copia; en la mía, otra más, para tratar de dar con ese tal Dagmar Alba.
Últimamente, estaba acumulando demasiadas promesas que cumplir.
—¿Y si no nos dejan continuar? —preguntó Medora.
—Claro que nos dejarán —le dijo Hach—. Negociaré con la reina para que así sea.
—Y si no, pues…
—Y si no, nada, Málakor —interrumpió Háchpirey—. No haremos nada por la fuerza. Se obrará con el poder de la negociación y el buen deseo de establecer uniones férreas entre los pueblos de Aberrak y Ardacia.
—Nuestra monarca es una mujer juiciosa —dijo Trori—. Seguro que os permite continuar. No me preocuparía por eso; aunque sí por el puntiagudo. No le gustará que queráis llevároslo con vosotros.
Xelirian caminaba a mi lado, con Panceta pegado a él. El niño miró al enano sin expresión alguna.
—Si no le gusta, tendrá más de un problema conmigo —dije.
—No está bien amenazar a una reina. —Trori soltó un gruñido—. Y menos si es una reina enana, muchacho, podrías acabar comiendo piedra el resto de la eternidad.
—Y ella comiéndose su corona.
—¡Málakor! —El bardo se detuvo para ponerse a mi altura—. ¿Sabes qué? Cuando crucemos las puertas del palacio, te quedarás calladito y no dirás una sola palabra. Dejarás que sea yo quien hable.
—Dejar que hables es fácil, lo difícil es hacer que te calles.
Entrecerró los ojos mirándome furibundo.
—Está bien. —Levanté las manos en son de rendición—. Me callaré. Aunque si se habla de tocar un pelo al chiquillo, no tendré la boca cerrada.
—No vas a provocar un incidente diplomático por ese niño —soltó Leyla—. Él no es la prioridad de nuestra misión.
—Ya decía yo que habíamos tenido demasiada tranquilidad. Era solo porque estabas macerando tu veneno.
—No es mi veneno, Málakor, es la realidad. Nuestras prioridades son otras y has de ser consciente de ellas.
Panceta gruñó, mirándola descontento. A él tampoco le gustaba que no se entendiese con el crío.
—Puedo irme —dijo entonces Xelirian—. Volver a los túneles. No me pasará nada. Sé sobrevivir en ellos.
—Si el niño se va a los túneles, me voy con él —soltó Panceta.
—Volverás a los túneles, orejas, claro que lo harás —dijo Trori—, pero después de que la reina dicte en qué lugar de ellos van a colgarte.
Solté tal bufido que no sé cómo no tiré una casa.
Igual que en el cuento que mi madre me narró sobre un lobo que soplaba en la casa de unos cerdos para levantarla y comérselos.
Pues yo estaba pensando en darle un bocado a la cabeza de Trori y tirar hasta arrancársela.
Panceta, que al fin y al cabo no era más que un animal, se lanzó a hacerlo.
Me agaché y lo sujeté a tiempo de evitar una desgracia.
—¡Nadie va a hacerle daño a Xel! — gritó mientras daba tirones y gruñía al enano.
—Trori… —comencé a decir, con tono de advertencia, al ver que él se llevaba la mano al hacha.
—¡Basta! —ordenó Bruman—. ¡Haya paz!
Aunque incómodos, recuperamos la posición, firmando una tregua con la mirada.
—Así mejor—dijo el enano .
—Panceta, cálmate. Y a ti, Xelirian —reclamé su atención—, no te pasará nada. No irás ninguna parte. Te lo prometo.
En sus ojos hubo cierto temor que ni mi promesa pudo borrar. Se encogió de hombros, como de costumbre, y miró al frente. El perro se pegó a él, vigilando alrededor como su guardián. Con los ojos más puestos en Trori que en ninguna otra parte.
Al fin llegamos ante las majestuosas puertas del palacio de Aberrak, custodiadas por enanos de la guardia, que dieron órdenes de darnos paso. Cuando las grandes hojas que guardaban el interior se abrieron, el bardo suspiró entusiasmado.
—Ah, qué esplendoroso ejemplo de arquitectura enana.
Puertas de piedra, estatuas de insignes enanos en hornacinas, dovelas decoradas con figuras geométricas, brillo de oro en los dinteles.
He leído que este palacio tiene más de quinientos años.
Lo construyó Prirtes El Gentil, uno de los reyes más queridos de Aberrak, antepasado de la reina.
El interior es casi un laberinto, así que no debemos separarnos de Trori y Bruman.
Hach se pegó un poco más a ellos y los demás hicimos lo mismo.
Nos adentramos en un gran corredor, con techos asombrosamente altos, trazados con bóvedas y arcos, decorados con más patrones geométricos pintados en oro y soportados por gordas columnas que habría sido difícil rodear con los brazos de diez personas.
Todo era gris y dorado. Piedras preciosas incrustadas en elementos decorativos.
Joyas adornando dinteles. Había enanos aquí y allá, en pequeños grupos, así como guardias, que nos prestaron atención mientras pasamos a su lado.
Nos miraron con curiosidad, salvo a Xelirian: entonces no hubo más que desprecio.
Tomé aire con el fin de no decirles cuatro cosas.
De recordarles que solo era un niño que necesitaba comprensión, que tenían la mente más corta que sus patas.
No obstante, se llevaron una mirada que pretendía asesinarlos.
Sin embargo, no duró mucho, porque noté el roce de algo en los dedos.
Miré hacia abajo. Xel me cogió de la mano, y ese gesto me quitó el enfado. Se la apreté con cariño.
De la mano, avanzamos por ese corredor, que dio a otro y a otro, tras un recodo, un giro, un descenso. Algunos eran más altos que otros, más anchos o menos. En cada intersección había carteles en aquella lengua que no conocía, pero que supuse indicaban el camino.
El fuego de grandes pebeteros y antorchas lo revestía todo de tonos rojizos.
Había puertas de metal o madera, que no supe adónde conducían.
No obstante, en ciertos casos, fue fácil adivinarlo por los sonidos o los olores.
Cubos de agua y ruido de telas: lavandería.
Trajín de cacharros y olor a caldo: cocina.
Plumas sobre un papel: cómo sea que se llame el sitio donde haya mucha gente escribiendo junta. Un criadero de cronistas, seguramente.