CAPÍTULO 86 #2
Él reanudó la narración, dándole una voz distinta, imitando la de aquel viajero.
Cálida y profunda. Como una canción bien entonada al calor de un fuego en una noche de invierno.
Puso una entonación para cada cosa; ya fuera simple, entonaba de forma simple, ya fuera asombrosa, lo decía con asombro; ya fuera misteriosa, parecía que guardase todos los secretos del mundo.
—«Era yo apenas un niño cuando escuché esta historia.
Tenía las orejas pequeñas, pero las ganas de aprender bien grandes.
Cada vez que una caravana de viajeros venía a mi ciudad, me acercaba a conocerlos, a escuchar lo que contaban de este o de aquel lugar.
Y, una vez, un anciano, el hombre más viejo que había visto jamás, con una barba que le llegaba a los tobillos y tantas arrugas en el rostro como un papel que ha sido aplastado entre el puño, dijo que en otra aldea había conocido a una mujer que contaba la historia más extraña que podríais escuchar jamás».
La maga se le acercó, expectante. El agua formó pequeñas ondas.
—«Aquella mujer era sencilla. Más que un paño de tela blanca. Pero agradable a la vista. De piel cobriza y ojos del color de un atardecer violeta».
—Estás describiendo a Medora —dije en tanto que la maga abría la boca con sorpresa.
—Lo sé, pero es como el viajero la describió.
—Hach se encogió de hombros, otra vez, con gesto misterioso—.
La mujer decía venir más allá de la aldea.
Y aquello podría no haber sido sorprendente, si él no hubiera agregado después: «Más allá de la aldea quiere decir: más allá de Luara.
Y, aún más, aquello que me hizo abrir los ojos de puro asombro cuando la escuché, es que esa mujer dijo, con la calma de quien menciona un asunto baladí, que venía más allá del Tiempo. Así, con mayúsculas».
—¿Del Tiempo? —Medora guiñó los ojos como si se le hubiera metido jabón.
Me rasqué el cogote.
—Eso vas a tener que explicarlo, rasgalaúdes.
Hach nos pidió paciencia levantando ambas manos.
—Me quedé igual que vosotros cuando lo dijo.
Si hubiera estado bebiendo, me habría atragantado.
Suerte que nada servían allí para un chiquillo como yo.
La taberna entera empezó a murmurar, nadie entendía qué quería decir con aquello.
«¿Es que hay un lugar llamado Tiempo? ¿Es una aldea de por aquí?
El tiempo no es un sitio». Todas esas cosas decían, tratando de comprenderlo.
—¿Y qué contestó él? —indagó Medora.
—Contestó que el Tiempo es como un camino por el que se puede viajar.
Un camino que se va cerrando a tu espalda conforme lo transitas.
En el que los hechos pasados, pasados están, pero los futuros se encuentran delante de ti en cientos de miles de caminos en los que todo podría suceder.
Todo o nada. Solo lo que uno quiera. Solo lo que uno vaya descubriendo a su paso.
—Si es un camino, ¿por qué no puedes ir atrás, bardo? Todos los caminos se andan o se desandan.
—El del Tiempo no, Málakor, eso dijo él.
—Y esa mujer… ¿anduvo el camino hacia adelante hasta llegar a esa aldea? —preguntó Medora, insegura de sus palabras.
—No. Ella fue aún más allá. Dijo que no había andado nada en absoluto.
Que en un momento estaba en un sitio y que, al siguiente, estaba en la aldea.
Años después del momento anterior. Que fue como quedarse dormida y despertar de golpe en un sitio que no conocía, con gente que no conocía y con algunas costumbres que le eran extrañas.
—Es asombroso —dijo Medora—. Muy asombroso.
—El epítome de las cosas asombrosas.
Miré a uno y otro mientras decían aquello. Asombroso era, desde luego, aunque no tuviera ni idea de lo que significaba eso de epítome. Una de esas tantas palabrejas del bardo.
—¿Dijo cómo se llamaba ella? —preguntó la maga.
—No me pareció que fuera a decirlo, porque creo que, en una historia así, llena de tanto asombro, el nombre de las personas no era tan importante como los hechos. Sin embargo, alguien, tal y como tú has hecho, se lo preguntó.
—¿Y qué le dijo?
— Chiaranán .
—¿Ese era su nombre?
—Eso fue lo que dijo, Medora. A la gente le pareció que era un nombre bonito para alguien tan especial.
A mí me pareció que era mucho más que un nombre.
Ya no dijo más sobre ella, aunque le hicieron miles de preguntas, igual que se lanzaron miles de teorías sobre el asunto.
Obviamente, casi todo el mundo pensaba que era una diosa.
—¿Y tú? —le pregunté—. ¿Qué pensaste tú?
—Que se lo había inventado. —Rio travieso—.
Era una historia demasiado increíble para un niño que todo lo juzgaba y sopesaba.
Que todo se lo cuestionaba. Que necesitaba saber hasta la más pequeña respuesta de cada una de las cosas que veía.
A mi madre la tenía mortificada preguntándole el porqué de todo.
—¿Y ahora? —indagó Medora—. ¿Sigues pensando que se la inventó?
—No. Porque con el tiempo aprendí que hay cosas que no tienen explicación, por más que la busquemos.
Están en el orden divino y solo los dioses saben por qué suceden.
No pienso que fuera una diosa, pero sí alguien que estuvo cerca de los dioses.
—Clavó la mirada en los ojos de la maga.
Brillaron sinceros, algo iba a decir que le salía del corazón—.
Creo, Medora, que tu padre no solo vino allende de los mares, sino también allende del Tiempo. Como esa mujer.
—¿Por qué lo crees? —Casi no le salió la voz.
—Porque esa mujer dijo estar buscando a un hombre con marcas con forma de luna en el cuerpo, al que amaba y al que debía encontrar.
Medora se quedó como si le hubieran dado una bofetada. Asombrada, era poco. Hasta tembló. Me acerqué un poco a ella, porque me pareció que iba a escurrirse otra vez y a darse un cabezazo contra la bañera.
—No puede ser… —musitó.
—En este mundo, donde la magia y los dioses lo gobiernan todo, cualquier cosa es posible —dijo el bardo—. Eso bien lo sabes.
—Y si… ¿y si era mi madre? Yo…
Medora se quedó callada, procesando aquello. Yo también estaba en el empeño de sumar dos más dos y entender toda esa historia. El bardo nos miró a uno y a otro, sin abrir tampoco la boca. En medio de aquel silencio, sonó la voz de Leyla.
—Es ya la hora de la comida.
Giré la cabeza para mirarla. Estaba de pie junto a la puerta.
—Hach nos estaba contando una historia asombrosa —expliqué.
—Que os la siga contando luego. Venga, salid de ahí. No quiero sentarme a la mesa a solas con Xelirian —dijo, y dejó la habitación.
Me pregunté si algún día llegarían a entenderse.
—Salgamos del baño —suspiré—, no quiero sufrir la ira de Flechas.
—Ya, es que Medora… —Hach le pasó la mano por delante de la cara. Frunció los labios y me dijo—: Creo que se ha quedado catatónica.
Salí del agua, tal cual. Total, la maga estaba con la mirada perdida. Fui en busca de las toallas, me cubrí con una y le tendí otra a Hach.
—Póntela y luego toma esta. —Le ofrecí una más—. Vamos a sacar a Medora de la bañera. Cúbrela.
El bardo hizo lo que le pedía. Se enrolló la suya a la cintura y luego tapó a Medora con el mismo cuidado. La sacamos de la bañera, mientras ella seguía en aquel estado. Se vistió sola en aquel estado y comió la sopa en aquel estado.
—¿Qué le pasa a la maga? —preguntó Xelirian mirándola extrañado, después de que el bardo le regañase por sorber.
—El cantamañanas le ha contado una historia increíble.
—¿Sí? —Xel lo miró animado—. ¿Me la cuentas?
Panceta, tendido junto al fuego, ladró sumándose a la petición.
—Claro, te la cuento —dijo el bardo.
Negué con la cabeza. Pero entonces me hizo un gesto y supe que se iba a inventar otra.
El bardo le narró las hazañas de un gusano gigante al que le gustaba tocar el arpa y conquistar mariposas.
Era rara a más no poder, pero a Xel le gustó, y con eso bastó.
Yo estaba tan preocupado por Medora, que apenas probé bocado, y eso, en mí, era decir mucho.