Málakor 3 CAPÍTULO 86
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CAPÍTULO 86

Del viajero de las extrañas historias

L a maga cogió aire, lo soltó despacio y luego empezó a hablar.

Al pobre casi le da un patatús, entre lo de las marcas, lo de los Méistari y lo de su padre.

Yo lo llamaría: «sobreexposición a datos asombrosos para alguien que los absorbe como si fuera una esponja».

Estaba emocionado, fascinado. En fin, que es Hach, ya sabéis lo que le gustan todas las historias.

—Un viajero de la magia… —dijo con entusiasmo—. Eso es increíble. Solo las más antiguas leyendas hablan de ellos. Recuerdo una vieja historia…

Me puse cómodo, aquello iba para largo. Se me arrugarían los dedos y el agua se enfriaría del todo, pero me quedé a escucharlo.

—Recuerdo una vieja historia…, muy vieja, casi tanto como el propio mundo, que escuché una vez en los arrabales de Endaris, siendo yo un chiquillo.

Por aquel entonces, sujeto como estaba a las estrictas normas del ambiente de las grandes casas de la ciudad, me gustaba escabullirme y pasear por las zonas más pobres, allá donde se concentran algunas de las historias más tristes y, a la vez, más apasionantes.

—¿Y por qué las más apasionantes, Hach? —preguntó Medora.

—Porque la gente que vive en la miseria tiene que emprender luchas sobrehumanas cada día para vencer al hambre, a la enfermedad, a las dudas, al dolor.

Y en aquellas oscuras y sucias tabernas, llenas de mugre y de perros que iban de mesa en mesa buscando un mendrugo duro que roer, vi un día a un hombre.

No era ni alto ni bajo, ni gordo ni flaco, ni viejo ni joven.

No había en él nada reseñable. Salvo una cosa.

Levantó el dedo índice.

—¿Qué cosa? —Medora se abrazó las rodillas y apoyó la barbilla en ellas, mirándolo intrigada.

Aquel gesto me recordó a Anamkha y me hizo sonreír.

—Su voz. Poseía la voz más hermosa que yo hubiera escuchado jamás.

Era como el canto de los gorriones en las primeras horas del día; como el arrullo del agua cuando cae de las fuentes más cristalinas; como los pasos de uno cuando recorre un sendero al que no tiene miedo, en el que pisa con firmeza y esperanza, sabiendo que le llevará a un lugar hermoso.

Así era su voz. Toda la belleza de este mundo estaba contenida en ella.

Y también la de mundos que no conocemos.

El bardo hizo una breve pausa, nos miró a uno, luego a otro. Las gotas de agua que se deslizaban por los mechones de su pelo rojo eran como luciérnagas transparentes que cruzasen un amanecer. Vale, me he puesto un poco intenso, pero es que… era así. Eso parecían.

Esbozó una cálida sonrisa y siguió hablando:

—Ese hombre estaba sentado en una mesa, al fondo de la taberna.

Encorvado, como el árbol al que ha castigado por demasiado tiempo la gravedad y la sed.

Una capucha ensombrecía parte de su rostro.

Envejecida, pero de buena calidad cuando se compró nueva.

Una sola vela, en el centro de la mesa, iluminaba las líneas de su rostro afilado, hacía refulgir sus ojos, de un color que me pareció imposible.

No eran azules ni verdes, ni dorados ni grises.

No eran siquiera negros o castaños. Eran de un tono que no alcanzo a describir aún con palabras. Pero hermoso, muy hermoso.

Medora soltó un suspiro de asombro. Yo ni siquiera pestañeé. Podría haber hecho mil bromas sobre aquello del color imposible, pero me quedé callado, porque la voz de Hach, quizá no era como la de ese hombre, pero también era hermosa.

—Aquel hombre no bebía ni comía. Solo contaba historias.

La gente se arremolinaba para escucharlo como lo hacen las hojas de los árboles cuando las mueve el viento juguetón.

Llevaba dos anillos. Uno en cada mano. —Se señaló los dedos índice de ambas manos—.

Los tocaba a menudo mientras hablaba, como si fueran ellos los que guardasen las historias y se las susurrasen al oído antes de llegar a sus labios.

Pregunté por él a un chico que, como yo, había entrado en aquella taberna donde los niños no estaban permitidos.

Pero éramos pequeños, y los mayores estaban ocupados en comer y en beber, en escuchar aquellas historias, como para importarles que nuestras insignificantes orejas, o nuestros inocentes ojos, fueran testigos allí de la perdición del mundo.

Yo había visto lugares así. Mugrientos, hediondos. Llenos de vicios. Aunque todos tenían buena cerveza. Casi podía oler el que Hach describió, de tan real como me pareció. Pasar los dedos por una de sus jarras mugrientas, limpiadas con la saliva del tabernero.

—¿Qué te dijo? —quiso saber Medora, sin quitar ojo del bardo.

—Me dijo que era «El viajero de las extrañas historias». Y que contaba las más absolutamente asombrosas que se hubieran escuchado jamás allí o en cualquier otra parte. «Pero ¿de dónde viene?», pregunté intrigado. Tanto o más que vosotros ahora mismo.

Medora y yo reímos. El bardo esbozó otra de sus sonrisas. Y siguió hablando:

—«No se sabe», me susurró aquel chiquillo.

«Nadie lo sabe. Por su altura se diría que es de Paltia, donde los hombres son más altos.

Por el color de su piel, se diría que es de Terhacress, donde son más cobrizos.

Por sus ropas, aunque viejas, diría que viene de Ardacia.

Y por sus ricos anillos, como los de un acaudalado comerciante, tal vez venga de Tradesios.

Y sus ojos… Sus ojos no sé de dónde son».

—Mágicos, seguro —dijo Medora.

Hach puso cara misteriosa.

—Volví a mirar al hombre. Y vi todas aquellas cosas que él había dicho y que yo no había percibido.

Sí, en realidad era alto. Y sí, tenía la piel oscura.

Y sus dientes estaban teñidos de ocre, como le sucede a los que son de Izenia al masticar su hierba para aguantar el frío.

Percibí muchas otras cosas que me hicieron entender que, ese viajero de las extrañas historias, era de todas partes y de ninguna.

Que había estado en todos lados, que todo lo había visto u oído, como el sol y la luna.

—Como el sol y la luna —repitió Medora.

—Así es —dijo Hach—. Le di las gracias a ese niño, porque siempre he sido muy educado. —Levantó las cejas con gesto orgulloso.

Me lo imaginé, en sus años de salteador de caminos, diciendo cosas como: «Perdone, señor, ¿le importaría darme su dinero?». Casi me reí a carcajadas. Así era Hach, muchas vidas en una sola. Un sinfín de matices, a cada cual más curioso.

—Me acerqué un poco más, colándome bajo las sillas y las mesas, entre las botas mugrosas y los pies apestosos, cuidando de no poner la mano encima de ningún escupitajo —continuó—.

Allí abajo olía mal, pero yo necesitaba saber.

Y, cuando uno quiere saber algo, se mete hasta en la boca del lobo si es preciso.

La maga y yo asentimos.

—¿Conseguiste llegar hasta él? —pregunté.

—Casi al lado. Su voz me llegó más nítida que antes.

Y ya no solo me pareció hermosa. Es que era muy musical.

Como una canción en sí misma. La más bonita que hubiera escuchado jamás.

Y me di cuenta de que ese hombre tenía a su lado, sobre el decrépito banco de madera, un laúd.

Como el de esos bardos de Ardacia que andaban por Paltia buscando fortuna con sus canciones sobre aguerridos y heroicos paladines.

—Era un bardo. —Enarqué una ceja—. Si ya decía yo que ibas a barrer para casa.

—No. —Rio agitando las manos, salpicando agua—. De verdad que lo era. Te lo prometo. Por aquel entonces, no sabía que sería como él, un bardo, a pesar de que siempre había encontrado fascinante la música. Ya componía mis canciones, aunque solo se las cantase a mi madre cuando nadie más nos oía.

Suspiró alegre, contagiándonos el gesto.

—Y allí estaba yo —prosiguió—, cerca del bardo.

Cerca de sus historias. Tanto que podía tocarlas si alargaba un poco la mano.

Porque las historias también se pueden tocar.

No solo se oyen y se escuchan. Se tocan, se huelen, se ven.

Con las manos, los oídos y la nariz del alma, pero nadie puede negar que no ha olido algo cuando en la historia hay olores.

Que no ha visto algo cuando en la historia hay algo que ver; ni tocado con los dedos el tacto de la seda si en la historia se describe.

—Eso es cierto —dijo la maga.

No tuve más remedio que asentir. Me estaba pasando con aquella historia. El agua se estaba quedando fría, pero no importó. Podríamos haber estado metidos en un cubo de hielo que estaríamos escuchando al cantamañanas como si no hubiera nada más que hacer.

Él se mojó un poco la cara y se echó el pelo hacia atrás. Se acomodó y siguió con su historia.

—Miré el laúd, miré los ojos del viajero, y me pareció que ambos estuvieran hechos de la misma materia.

—¿De madera? —Medora arrugó la nariz.

—No. —Negó también con la cabeza—. De la materia de la música.

El gesto de Medora se hizo más notable.

—¿Y de qué está hecha la música?

—De lo mismo que la magia. De la gracia divina.

—¿Era un dios entonces? —quiso saber ella, más asombrada que antes.

—No lo sé. —El bardo se encogió de hombros—.

Nunca lo sabré. Pero, por Azani, es lo que pensé en ese momento, lo que sigo pensando.

El viajero de las extrañas historias era un dios.

¿Cuál de ellos? ¿Quién sabe? Quizá la mismísima Karis, a la que todos imaginamos como una mujer, pero que, como todos también sabemos, los dioses pueden tener cualquier apariencia, cualquier sexo incluso, aunque a menudo se presenten como los hemos imaginado.

—¿Quieres decir que mi abuela podría tener mañana otro cuerpo?

—Podría. Son dioses, Málakor. Sus formas cambian. Igual que sus intenciones.

El cerebro se me quedó un poco colapsado con aquello, pero no interrumpí más al bardo, porque empezó a narrar de nuevo:

—«Era yo apenas un niño cuando escuché esta historia…».

—Eso creo que ya lo has dicho —interrumpió Medora.

—Estoy narrando ya lo que dijo el viajero.

—Ah, vale. —La maga se llevó los dedos a los labios e hizo como si los cosiera.