Málakor 3 CAPÍTULO 85 #3
95%

CAPÍTULO 85 #3

—Ya, bueno… —Volvió a suspirar—. ¿Podrías preguntarle a Anamkha algo más sobre mi padre? Sobre los Méistari.

—Podría, claro.

—Pues hazlo, vamos. —Se acercó un poco más a mí.

—Estoy un poco extrañado de que no haya venido a verme después de que casi muero. Ella suele venir cuando eso pasa. ¿Y si no volvemos a hablar? ¿Y si está en peligro? ¿Y si ha…?

—La única que puede ser derrotista en estos momentos soy yo, no quieras quitarme protagonismo —dijo con una sonrisa para animarme—. Seguro que no es nada. Seguro que tiene explicación. Si quieres, podemos intentarlo juntos. Como cuando lo hicimos en Ardacia.

—Sí. Cuando salgamos de aquí. Aunque no creo que pueda decirme nada más, porque mi abuela parece enfadada porque haya estado revelándome ciertas cosas.

De la magia de sangre, por ejemplo, me ha dicho que no puede decirme nada.

Ya veremos. —Encogí los hombros—. Pon el agua fría de una maldita vez, por favor

Con cara de disgusto, se fue a trastear con las palancas. El agua menguó un poco y luego se atemperó. Le pedí el jabón a Medora y me lavé la cabeza mientras ella me hablaba de su padre.

—Era muy joven, Málakor, creo que no tenía ni tu edad cuando murió.

Era fuerte y ágil. Sabía saltar por los tejados, como tú, y en la playa recorría varios metros haciendo volteretas.

Apoyaba las manos, los pies, las manos otra vez.

Me mareaba mirándolo. Era fascinante. —Las pupilas se le iluminaron con la belleza de sus recuerdos—.

Y le gustaban mucho las armas. Tenía las dagas más bonitas que he visto jamás.

Asentí, observándola. No había tristeza cuando hablaba de él. Y eso era bueno. Me pregunté si, algún día, yo podría hablar así de mi padre, de cuanto conocía de él, sin sentirme terriblemente triste por no haberlo tenido del mismo modo que ella. Por haber compartido con él solo unas horas.

—Siempre me he sentido muy ligada a él. Y a mi madre, aunque no la conociera.

Eso me hizo salir de mis pensamientos y arrugar el rostro con extrañeza.

—Si no me falla la memoria, me dijiste que él quería regresar al lugar del que vino, pero que se enamoró de tu madre y se quedó. ¿Es que ella murió?

—No. Siempre la llamé madre, pero no fue la mujer que me engendró. Mi padre apenas hablaba de ella, pero, cuando lo hacía, se notaba que la amaba profundamente.

—Entonces…

—Entonces, creo que nací allende del mar, Málakor, si es eso lo que vas a preguntarme.

No sé dónde, pero cuando mi padre apareció en una playa de Las Lejanas, arrastrado por el agua, yo estaba envuelta en una manta, entre sus brazos.

Dicen que me aferraba con fuerza, a pesar de estar medio muerto.

Calada hasta los huesos, como él. Casi ahogada.

Por eso me enseñó a nadar, por si volvía a caer al agua, para que pudiera sobrevivir si él no estaba.

—Esbozó una sonrisa nostálgica—. Les dijo a todos que caímos al mar por un naufragio.

—Eso me dijiste.

—Te mentí, lo siento. Teniendo en cuenta lo que la magia significaba para ti cuando nos conocimos, era más fácil decirte eso que contarte que, en realidad, fue la magia lo que lo trajo a las islas. La magia y los dioses.

Estaba tan absorto escuchando a Medora, que tardé en advertir los pasos que se aproximaban al aseo. Cuando giré la cabeza, vi a Hach apoyado en el marco de la puerta.

—¿Qué hacéis ahí metidos los dos?

—Bardo, ven aquí, tienes que escuchar esto. —Miré a Medora al momento—. Si ella quiere contártelo, claro.

La maga asintió, jugando nerviosa con la superficie del agua.

—Me daré un baño entonces.

Medora y yo nos dimos la vuelta para que se desnudara.

—Me he recorrido medio Aberrak buscando un regalo para la reina. No puedo presentarme con las manos vacías. En absoluto. Eso sería descortés —dijo Hach.

Escuché el rozar de sus ropas. Sabía que no las tiraría al suelo sin más. Las doblaría y las dejaría en alguna parte, bien acomodadas, aunque estuvieran usadas.

—Al final, después de mucho buscar —continuó—, he pensado que lo mejor será que escriba a Palas para que consigan algo adecuado y lo dejen en mi casa. Algo digno y representativo de Ardacia.

—¿Se puede sacar un bardo de esa bolsa? Porque más representativo que eso, no sé si lo hay. Ya lo de digno…

Me dio un pescozón y entró en el agua. Mientras lo hacía, tuve las musicales posaderas del bardo delante de mi cara.

—Cantamañanas, quítame el culo de la cara.

Lo meneó y luego se metió en el agua, riéndose.

—Tengo un trasero estupendo. Siempre lo he tenido. A Azani…

Le metí la cabeza debajo del agua. Salió de ella, con el pelo delante de la cara, soltando un chorro de agua entre los labios .

Medora casi se ahogó de la risa.

—No quiero saber lo que mi abuela piensa de tu culo.

Hach soltó un gruñido disconforme mientras se colocaba el cabello. Por supuesto, y aunque solo con los dedos, fue como si se lo hubiese peinado el mejor barbero de todo Ardacia. Se acomodó en la bañera frente a mí y giró la cabeza hacia Medora.

—¿Qué es lo que Málakor quiere que escuche? —le preguntó.

Ella me miró nerviosa, y le dediqué una mirada decidida para infundirle valor.