CAPÍTULO 85 #2
—Por eso siempre llevas los mitones, ¿no? —pregunté.
—Sí… —suspiró—. Antes tenía solo unas poquitas en las manos, pero en cosa de un año me han crecido bastante. Son blancas, la mayoría, y parezco una vaca. —Volvió a entristecérsele la voz.
Despacio, se quitó los mitones y me mostró las manos.
Había rodales blancos en su piel oscura.
Algunos eran manchas sin forma definida, pero otros formaban líneas geométricas; otros eran como telarañas, y en la parte superior de los dedos había pequeños puntos, muy precisos, como si se los hubieran pintado.
—¿Verdad que parezco una vaca ?
—No lo pareces, y en caso de que lo hicieras, las vacas son bonitas también. A mí me gustan mucho.
—Sí, pero para comértelas.
—Cierto. —Puse cara de culpable.
Extendí las manos y cogí las suyas entre las mías.
Las cobijé, como si fueran mi bien más preciado.
Y lo eran, en cierto modo, porque con la magia que expelía de ellas me había salvado muchas veces de morir; porque con una palmada en la espalda, un gesto de cariño, me había salvado también de mí mismo.
—Medora, tus manos son preciosas —dije mirándola a los ojos—. Toda tú lo eres. Y si alguien se atreve a decir lo contrario, le parto el cuello como a Pelnor.
Asintió, emocionada.
—No te emociones tanto, eso te incluye a ti —agregué—. No digas más cosas feas de ti misma.
Soltó una risa, con los ojos llenos de lágrimas.
—Te abrazaría tan fuerte que te estrujaría, Málakor.
—Estamos desnudos, te lo recuerdo.
—Esperaré a que salgamos del agua.
—Huiré entonces. —Le guiñé un ojo; ella rio—. Dime, ¿desde cuándo las tienes?
—Desde siempre, aunque se han hecho más grandes conforme he ido creciendo.
Tengo también en las piernas. —Sacó una del agua.
En el gemelo había dos marcas alargadas que parecían espadas cruzadas—.
Y en las axilas. —Las levantó y vi en ellas círculos concéntricos—.
Y en otras partes que no voy a enseñarte, desde luego.
—No, no hace falta. No te duelen ni nada, ¿no?
—No. —Se encogió de hombros—. Son como lunares.
Pero siempre están cambiando. La que tengo en la parte interior del muslo, después de lo que pasó con el propagador, ha tomado una forma extraña y se ha vuelto mucho más grande.
Parece un mar de llamas. En Ardacia, cuando estuvimos con la Sombra, me salió una aquí.
—Irguió el torso, cubriéndose los pechos con los brazos, para que pudiera verle el ombligo—.
Y tiene la misma forma que aquella cosa oscura.
Pestañeé tan fascinado como extrañado ante aquello.
Anamkha no me había descrito tantas cosas, pero la de las lunas era tan parecida a esa de la que me había hablado, que tenía el presentimiento de que no eran hechos aislados.
Medora me había contado que su padre había llegado a Luara allende del mar, de esas tierras que solo algunos mencionaban, que otros decían que no existían.
De las que solo unos pocos creían en su existencia.
Dijo que estaba segura de que era un mago; que aquel cabello lo había heredado de él.
—Medora…
Me miró con gesto interrogante mientras volvía a sentarse en la bañera.
—¿Sabes cómo se llamaba tu padre?
—Claro, ¿cómo no iba a saberlo? Se llamaba Andric. ¿Por qué lo preguntas? —dijo extrañada.
Me podría haber ahogado en aquellos palmos de agua por la impresión.
—Porque la pelirroja conoció a tu padre. Dice que él era un Méistari.
Medora también podría haberse ahogado. Literalmente, de no haber estado yo, porque se escurrió hacia abajo, atónita por la sorpresa. Tiré de ella hacia la superficie mientras me miraba con los ojos tan abiertos que pensé le saldrían rodando como canicas.
—Un… ¿Méistari? ¿Mi padre?
Asentí, sin atreverme a soltarla por si se escurría de nuevo y acababa ahogándose. No podría justificar ante nadie otra muerte en aquella casa estando yo presente, la verdad es que no.
—Eso creo, Medora. Anamkha me dijo que ellos se encargaban de los asuntos de la magia oscura. Y quizá, por eso, pudiste acabar con el propagador, aunque no sepas cómo. Salió de ti, porque lo llevas en la sangre. Tal vez lo has heredado de él, como el pelo blanco.
—Y las marcas —musitó melancólica—. Él también las tenía.
Soy un bicho raro, como él. Siempre lo he sido.
—Se apartó de mí y dejó caer la espalda en el lateral de la bañera, con gesto derrotado—.
Y ahora soy esa cosa que no comprendo y que me ha poseído.
Más vale que no vuelva a Téramo o me encerrarán en Átnika por más que sea la Segunda Electa .
—No digas eso. No dejaré que te encierren en ninguna parte.
—Si vuelve a venir un propagador, ni siquiera seré consciente de mí misma cuando me enfrente a él —dijo sin perder la tristeza—. Si al menos no me hubiera sucedido así, entendería qué me está pasando. Podría aprender. Podría…, no sé, hacer algo útil con esto.
—Cuando estaban pasando un montón de cosas raras en Ardacia, investigaste hasta obtener conclusiones útiles.
—Ya, pero es que no me estaban pasando a mí.
¿Sabes eso de que cuando haces cosas para los demás, las haces con más acierto?
¿O era al revés? —Se llevó la mano a la barbilla—.
Una vez tuve que hacer un bizcocho para la gente y me salió muy mal, cuando siempre que lo hacía para mí, me salía bien.
Sí, era al revés. —Suspiró—. ¿Ves? Si es que no pienso con claridad. Mírame el aura, no estoy bien.
Me aguanté la risa. Fijándome un poco, tenía ciertas turbulencias.
—¿Te quieres animar? —Le salpiqué agua con las dos manos.
Ella sacudió la cabeza y respondió salpicándome también.
Aparté la cara a tiempo—. Nadie te conoce mejor que tú misma, por lo que nadie mejor que tú podría averiguar qué es lo que has heredado de tu padre.
Además, eres una tía lista. Una cerebrito de Téramo.