Málakor 3 CAPÍTULO 85
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CAPÍTULO 85

De sorpresas en el agua

C uando desperté, no vi a nadie en la habitación: debía de ser lo suficientemente tarde como para que hasta Panceta, el dormilón redomado, se hubiera levantado. Me senté sobre el lecho y solté una exhalación de agotamiento.

—Otro día más en Aberrak. Otro grismente esplendido día en la ciudad de los enanos —musité, mientras miraba la porción del exterior que se advertía por la ventana—. Empiezo a aborrecer este sitio.

Esa piedra gris; ese naranja de los faroles; ese verde apagado del liquen de las cavidades.

El aire llegaba más frío que en días anteriores.

El invierno de las profundidades estaba cerca, y, si no salíamos de una vez de allí, no podríamos abandonar la ciudad en meses.

Meses. Aquello me recordaba demasiado a la angustia que sentía en la temporada de tormentas en Ledaria.

Si en circunstancias normales la sensación de estar atrapado en aquella maldita isla ya era grande; cuando llegaban esos meses…

—No quiero ni acordarme.

—¿Quién anda ahí? —La voz de Medora salió del aseo.

—El lobo, Conjuritos. —Me tiré otra vez en la cama.

—Uy, si tú de lobo no tienes nada, eres más bien un corderito por más que aúlles —dijo entre risas.

Sacudí la cabeza mientras me reía.

—¿Quieres darte un baño? Acabo de meterme.

—No quiero salir de la cama. Estoy pensando en hacerme el muerto, así, cuando reviva, estaremos ya en la superficie.

—Si pudiera meterte en un bolsillo, te diría que sí, pero no eres precisamente pequeño como para que podamos cargar contigo.

—Eso es verdad… —Crucé las manos tras la nuca, con la mirada fija en el techo. La superficie era excepcionalmente lisa, un a señal más del buen hacer de los maestros artesanos de Aberrak.

Me perdí en pensamientos sobre técnicas de construcción unos instantes, con el sonido de fondo del agua al salpicar.

La maga debía de estar entretenida jugando con ella.

Recordé a Senris, a Boric, a los demás. Los buenos ratos con ellos echando masilla, cargando maderos, alineando vigas…

No tuve en cuenta los malos. De alguna manera, ya no existían; salvo por uno: el incendio de Knegara. Aún me dolía pensar en ello.

«Derian estaría orgulloso de ti», dijo una voz en mi cabeza. «Gracias a ti, se cumplió uno de sus sueños».

—Cállate —mascullé.

«Lúdric nunca habría quemado Knegara. Nunca habría reducido a cenizas el hogar de Leyla. Jamás podrás compararte a él».

Solté un gruñido rabioso, mientras me incorporaba de golpe.

—¿Málakor?, ¿qué pasa?

—No lo sé, estoy muy intranquilo. Las voces de mi cabeza no me dejan en paz. Acabo de recordar que Knegara se quemó por mi culpa, que nunca seré para Leyla el comelechugas perfecto que Lúdric fue.

—Si estuvieras aquí te ahogaría. Punto número uno: Knegara no se quemó por tu culpa, fue cosa de Pelnor y de la casualidad. Punto número dos: Lúdric apuñaló a Leyla. ¿Tú has apuñalado a Leyla?

—No. De momento, claro. Porque ganas no me faltan a veces.

—Qué exagerado eres. —Rio—. Jamás le harías daño.

—Sí, jamás —suspiré—. Antes me apuñalo a mí mismo que herirla.

—Pues ya está. Solo has pasado mala noche, supongo, estarás cansado.

—Bueno, diría que he pasado una noche de perros, pero si tenemos en cuenta que Panceta duerme a pata suelta, no sería el símil más adecuado. Al menos, al filo de la madrugada, Virna me ha dado unas hierbas que me han dejado inconsciente.

—¡Los remedios enanos son muy efectivos! Venga, Malakorito, ven a bañarte, te sentará bien .

Realmente, necesitaba un baño después de una noche de sudor y malos sueños.

Saqué fuerzas de flaqueza, salté de la cama y fui hacia el aseo.

Una nube de vaho lo llenaba todo, como si estuviéramos junto a un lago en un día frío.

Medora estaba en la bañera, relajada, con tres palmos de espuma casi cubriéndole la cara.

Activó la palanca para bajar el separador de madera y me fue diciendo adiós con la mano conforme bajaba.

Una vez abajo, me quité la ropa y me metí. El agua ardía.

—Por todos los dioses… —me quejé—. Me voy a escalfar.

—Ahora se enfriará.

—Para que esto se enfriase habría que traer un maldito glaciar a la habitación. Te bañas con el agua demasiado caliente. No es bueno para el cuerpo. Y echas demasiado jabón.

—Bañarse en agua caliente es uno de los mayores placeres de la vida.

—Bañarse sí, hervir como un cangrejo no. En fin, me resignaré a convertirme en un huevo cocido. Ya se me están cociendo los propios.

Rio, y acabó escupiendo y tosiendo. Debía de habérsele metido algo de espuma en la boca.

—Si tienes hambre, dilo, y traigo algo para comer.

—Qué gracioso.

—¿Sabes qué? Anoche vi al guaperas que te miró en la boda.

—¿Qué guaperas?

—Pensé que te lo había dicho. —Me rasqué la cabeza. El agua me cayó entre el cabello haciéndome cosquillas.

—No me informas de las cosas importantes.

—Claro, porque, que te mire un tío, es lo más importante que tenemos entre manos ahora mismo.

—Estoy en edad de merecer, claro que es importante.

—¿Edad de merecer? ¿Eso es una expresión de lameazufres?

—Sí, de merecer una noche de pasión. Podría ser contigo, pero no te dejas —bromeó, haciéndome reír—. Dime, ¿cómo era el tipo?

—Un patas largas. Con el pelo largo y castaño. Vestía armadura y capa blanca .

—Mi tipo de hombre. Y mi tipo de mujer, todo sea dicho. Yo veo a una mujer con armadura y ya no me acuerdo ni de los hechizos que he aprendido.

—Recemos porque nunca te enfrentes a una.

Rio con ganas; el agua volvió a agitarse.

—¿Quién será?

—No lo sé, pero debes de haber llamado su atención. Anoche estaba mirando hacia la casa.

—Ojalá hubiera escalado por la fachada para venir a verme.

—Dormimos en la planta baja, Medora, de un salto estaría en la habitación.

—Siempre quitándole el romanticismo a las cosas —resopló.

—No sabes quién es.

—Mejor, así es más emocionante.

—Ay, por todos los dioses… —suspiré, mientras ella reía.

Cuando regresó el silencio, la oí juguetear de nuevo con el agua.

—Por cierto, ayer estuve con Airyne —dijo.

—¿Te ha dicho algo de lo que le pasó en Lerok?

—No, pero me contó cosas sobre la Ciudad Maldita.

Me dijo que en ella viven espectros, vampiros, liches y Sombras.

Bueno…, no viven, tú me entiendes. Toda clase de muertos vivientes moran en ese lugar.

Como si lo que pasó en Ardacia fuera lo habitual.

Por lo cual, en caso de que tengamos que ir, ya tenemos la ventaja del conocimiento sobre ellos.

—Lo de los liches suena a fruta exótica.

—Ojalá fueran eso. Son muertos vivientes también.

—¿Más de esas cosas? Las odio.

—Pues a estos los odiarás más. Son poderosos magos que emplearon las artes necrománticas, un asunto del que he oído hablar antes con otro nombre, para prolongar su vida inmortal.

Imagina a un esqueleto lanzando hechizos.

Dice Airyne que son muy peligrosos, que someten la voluntad de sus huestes de cadáveres andantes para que hagan lo que ellos quieran.

Los levantan una y otra vez a su antojo.

—¿Como Mórqhanor ?

—Como Mórqhanor.

—Entonces ¿él era un liche?

—Supongo que podríamos llamarlo así.

—Lo que nos faltaba… ¡los lameazufres ya ni siquiera se mueren! Y, por todos los dioses, pon el agua más fría, o el que se quedará cadáver soy yo.

—Vaaale. —Chasqueó la lengua—. Esta maldita palanca está atascada.

—¿Te ayudo?

—No hace falta.

La oí trastear con algo. No debió de ser lo que ella quería tocar porque el panel de madera subió a toda prisa, dejándonos a la vista del otro.

Medora tenía medio cuerpo fuera, sacado por el filo de la bañera.

Estaba dándome la espalda y no veía más allá de su cintura, por fortuna, porque no tenía ningún interés en verle el culo.

Pero le vi la espalda, por completo. Algo en la parte superior saltó a mi ojo, haciéndome parpadear extrañado.

Unas cicatrices viejas que parecían la luna en todas sus fases.

—¿Puedes dejar de mirarme así, pervertido? —Se sentó en la bañera y metió el cuerpo hasta el cuello.

—No… —Sacudí la cabeza—. No te estaba mirando con ninguna intención, Medora, por todos los dioses, eres como una hermana para mí.

—Oye, ¿no reconoces mi atractivo?

—Eres de Téramo. No reconocería tu atractivo ni aunque lo llevases colgado con un cartel gigante lleno de faroles.

Soltó una carcajada.

—Te estaba mirando esas marcas que tienes en la espalda —dije.

Curvó los labios hacia abajo.

—Son feas, ¿verdad? En Téramo se reían de mí por ellas. Pelnor… Ya te lo conté. Él no se burlaba, pero era todo mentira.

Recordé sus palabras y asentí. Algo estaba martilleándome las sienes. ¿Quién más me había hablado de unas marcas? ¿Quién más?

—No son feas, Medora. ¿Me dejas verlas de nuevo ?

Ella se escurrió hasta situarse delante de mí y se puso de rodillas para que pudiera verle la espalda.

La espuma ocultaba lo demás, así que no era un problema para ninguno de los dos.

La humedad hacía brillar aquellas curiosas marcas.

De lejos me habían parecido como cicatrices curadas, pero de cerca…

Eran lunares. Lunares con diferentes formas.

Grandes, pequeños, más redondos, menos. No me había equivocado al aseverar que eran la luna en todas sus fases.

—Lunas rodeadas de estrellas —musité.

«Un cielo lleno de estrellas en el que la luna fuese el centro de todo. La luna en todas sus fases». Anamkha. Había sido ella quien me había hablado de aquello.

—No son lunas rodeadas de estrellas —dijo Medora—, son un montón de ovejas de muchos tamaños en un prado lleno de boñigas de vaca.

—Conjuritos… —Chasqueé la lengua, aguantándome la risa. Quería regañarla. Tenía que hacerlo. Que se sintiera avergonzada por sus marcas no me gustaba—. Son muy bonitas. Y son lunas. Una llena, otra en cuarto menguante…

Se sentó en la bañera y se giró para mirarme.

—¿De verdad? —Los ojos le brillaron por las dudas y los malos recuerdos.

—De verdad. —Asentí con una sonrisa.

Ella esbozó otra, muy pequeña, pero suficiente en aquel momento.