CAPÍTULO 84
De historias amargas y viajeros que no regresan
A quella noche, tuve un montón de sueños extraños en los que las piedras de colores de la enana se mezclaban con imágenes de los túneles, de elfos oscuros y de patíbulos en los que colgaban largas sogas.
Inquieto, salí de la cama en busca de un poco de aire fresco.
Todos dormían plácidamente, así que dejé la habitación de puntillas, para no despertarlos.
Ya en el salón, silencioso, iluminado solo por la luz de las ascuas de la chimenea, abrí una de las ventanas.
Cerré los ojos y aspiré el aire de la noche de Aberrak, cargado de olor a roca y humedad.
Al abrirlos, vi al otro lado de la calle a ese hombre que había estado mirando a Medora en la boda.
Tenía los ojos puestos en mí. Parpadeé, y ya no estaba.
Sacudí la cabeza, pensando que habían sido alucinaciones.
Sin embargo, escuché el sonido de unos pasos que se alejaban.
Corrí hacia la puerta, la abrí y salí al centro de la calle.
—¡Eh! —grité, cuando lo vi alejarse a toda prisa, mas no se detuvo.
Di dos pasos, dispuesto a perseguirlo, pero la voz de mi prudencia sonó con fuerza en mi cabeza y me dijo: «No vayas tras él, puede ser una trampa. No vas armado».
—Málakor, ¿qué haces aquí fuera, apenas vestido?
La voz de Virna me hizo mirar hacia atrás. La enana estaba bajo el marco de la puerta.
—Había un hombre, un patas largas. Lo vi en la boda de Quiri, mirando a mi amiga Medora.
—Sí, yo también lo he visto. Es un viajero como tú, nada más. —Señaló hacia dentro—. No te quedes ahí en medio, a estas horas pasan carros cargados de las minas para abastecer a los herreros.
Eché un último vistazo a la calle, donde no hallé rastro alguno de él, y entré. La enana lo hizo después de mí .
—¿Quieres algo para dormir? —me preguntó cuando cerró la puerta tras de sí—. Tienes cara de haber descansado poco.
—La verdad es que he dormido fatal.
Me palmeó el muslo y me hizo un gesto para que la acompañase a la cocina.
Allí, me dio una infusión de hierbas que sabía bastante bien.
En aquel ambiente cálido, empecé a experimentar cierto sopor.
La sanadora iba y venía preparando cosas sobre las encimeras, así que la seguí con la mirada, para entretenerme.
No es que yo sea muy dado al chisme, pero el silencio era tan hondo que dejaba salir a mi cabeza pensamientos que quería evitar, como esos que había tenido en mis pesadillas.
—¿Es verdad que te enamoraste de un viajero de la superficie?
Ella me miró por encima del hombro, brevemente, y asintió.
—Sí, un lerokiense. —Virna regresó la mirada a esa especie de lechuga que estaba cortando.
La separó en varios tajos, con ganas. El sonido del cuchillo contra la madera retumbó en el silencio de la noche—.
Una mañana se fue, sin más, igual que se va el invierno de las profundidades, de un día para otro.
Me dejó el corazón roto y un hijo que tiene sus mismos ojos, y al que he mentido diciéndole que su padre murió.
—Lo siento, aunque no sabía que los enanos y los humanos pudieran…, ya sabes, procrear.
—Podemos, pero muchos no sobreviven a cierta edad, por eso es un tabú que nos relacionemos en asuntos carnales, porque, generalmente, solo trae muerte.
Di un sorbo mientras pensaba en Anamkha y en ese asunto de los semielfos. Ella dijo que muchos no sobrevivían a… no sé qué cosa. Una palabreja élfica rara.
—Así que ni él mismo sabe que su padre es un patas largas —agregó ella—, tampoco los demás, solo Arbelina lo sabe.
—¿Y por qué me lo cuentas a mí entonces?
Se giró, cuchillo en mano. Por su expresión me pareció que fuera a lanzármelo de un momento a otro; sin embargo, solo era a causa del modo en que las llamas se reflejaban en su rostro.
—Porque irás a Ítaro pronto, y me gustaría pedirte que, si lo ves, le digas que tiene un hijo, que ha sobrevivido, que no sé por qué se fue, pero que, si decide regresar, estaría dispuesta a perdonárselo todo —declaró con amargura.
Elindre, la hija de Bruman, me había dicho que debía soltar o atar más fuerte, y pensé que Virna estaba también perdida en esa encrucijada.
—Creo que deberías rehacer tu vida, Virna, seguir adelante. Si él hubiera querido regresar, lo habría hecho.
«Igual que yo podría haber ido a buscar a Leyla a Knegara, mas no fui», pensé. Tragué saliva y esa amarga y dura certeza, antes de agregar:
—¿Cuántos años tiene ya tu hijo?
—Más de veinte.
—Eso es mucho tiempo, su padre podría estar muerto.
—Por favor. —Soltó el cuchillo en la mesa.
«Al menos no piensa cortarme el pescuezo si me niego».
—¿Cómo se llama ese hombre?
—Dagmar Alba —acarició su nombre con la voz.
—¿Y puedes decirme algo más de él, aparte del nombre? Cómo era, no sé…
De su blanco mandil, sacó un dibujo sucio y arrugado por el paso del tiempo. Esa mujer no se había despegado jamás de él. Los trazos difuminados del papel me mostraron la imagen de un hombre de rostro regio, con mirada seria pero un atisbo de amable sonrisa.
—Su padre es, o era, un mago de la Confederación de Las Islas y su madre trabaja, o trabajaba, como escriba del Alto Inquisidor.
—Eso de inquisidor suena prometedor —dije con gesto incómodo.
Aunque había una parte buena en todo eso. Airyne había vivido en Las Islas, quizá los conocía.
—Son gente de muy férreas convicciones —explicó—. Él tenía una hermana pequeña, o eso me contó. Si está viva, tendrá algún cargo importante en algún lugar, como todos los de su familia. Como él. Vino a los túneles por asuntos diplomáticos.
—¿Y en todos estos años nadie te ha dicho nada de ese hombre? ¿Ni ha mencionado el nombre siquiera?
—Sí, pero… hace tiempo que no sé nada de él. Años, diría. Seguía trabajando para la Confederación, es todo lo que sé.
Asentí, mirando el retrato.
—Quédatelo. —El dolor que desprenderse de él le provocaba llenó su voz—. Así te será más fácil encontrarlo.
—No, le pediremos a Leyla que haga uno nuevo, ella sabe dibujar, así podrás quedarte con este, ¿de acuerdo?
El rostro de Virna se iluminó.
—Gracias, espero que des con él.
—Y yo, pero no puedo prometerte nada. —Me puse en pie y di el último trago a la infusión, dispuesto a marcharme. Sin embargo, la curiosidad pudo conmigo—: ¿Quién es tu hijo, Virna?, si puedo preguntar. No lo conozco, ¿verdad?
—Oh, claro que lo conoces. —Sonrió—. Es Trori.
—¿Trori? —Arrugué la nariz.
—¿Es que no ves que es el enano más alto de estos túneles? —replicó, brazos en jarra.
—Lo dices como si su altura fuera determinante para que yo llegue a la conclusión de que es hijo de un humano, y no una mera cuestión hereditaria, porque su abuelo fuera, o sea, quizá, tres palmos más alto que el resto. Vamos, Virna, que estás hablando conmigo, no con el bardo.
—Eso es verdad —dijo con una leve risa.
—Ahora entiendo por qué Bruman dijo que habías mediado junto a Hach para que Trori no me separase la cabeza del cuello, después de saber de mi mentira.
—Sí. Los hijos no hacen siempre caso a las madres, así que has tenido suerte.
—Se acercó a mí y me palmeó el hombro—. De nada, patas largas.
Ahora, vete a dormir, tengo cosas que hacer, y esa infusión es fuerte.
O te metes ya en la cama o te quedarás a dormir en la cocina.
Y no quiero tener a un saco humano de casi diez rocas pequeñas tendido en el suelo.
Así medían los metros, por rocas. Un metro: cinco rocas pequeñas. Xelirian los medía en brazos. Un brazo: casi un metro. Al final iba a hacerme un experto en medidas de todas partes.
Me despedí de ella y puse rumbo al lecho. Más que dormido, caí inconsciente, la verdad.