Málakor 3 CAPÍTULO 83
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CAPÍTULO 83

De la Luna de Sangre

N o había vuelto a pisar ese salón desde el ataque del Propagador de Terrores.

Estaba como si no hubiera pasado nada en él.

Aquella butaca, las vidrieras arregladas, la mesa con el tapete…

Habían restaurado minuciosamente todo lo roto.

Bruman estaba de pie en el centro de la estancia, mirando hacia la chimenea como si en el fuego que ardía en ella morasen todos sus malos recuerdos.

—Bruman… —dije de pie, ante la puerta—, ¿cómo estás?

Llevó la mirada hacia mí, y, en contra de lo que me esperaba, esbozó una sonrisa tranquila. A pesar de su gesto, vi en sus ojos la tristeza y en su rostro los signos del calvario de la pérdida.

—Lo llevo lo mejor que puedo. Ven —me hizo un gesto con la mano—, sentémonos.

Ocupé con él aquella mesa en la que, tiempo atrás, me había sentado con Arbelina.

Se hizo un silencio entre nosotros, en el que nos miramos.

Temí que en algún momento dijera: «Sé que murió por tu culpa»; sin embargo, sin mediar palabra, sacó de su bolsillo una piedra plana, con una runa en forma de medialuna en el centro, y me la tendió.

—Mi mujer la guardaba con mucho celo. Si alguien la hubiera visto entre sus cosas…, habría tenido problemas. —La puso en la palma de mi mano y la cerró en torno a ella—. Deberías quedártela.

—¿Yo?, ¿por qué?

—Porque la necesitas. Sé lo que pasó, Málakor, Háchpirey me lo ha contado.

Fui a excusarme, pero él apretó mi mano, pidiéndome silencio.

—Ojalá lo hubieras hecho tú. Aunque entiendo que tuvieras miedo de hacerlo. Así que no te haré reproches .

—Te lo agradezco, y… lo siento. Lamento mucho lo de Arbelina, ya lo sabes. Ella era una mujer buena y no merecía morir así. Y tú eres un hombre excepcional.

—Lo sé, por eso, júrame que encontrarás a esos canallas que trajeron la magia de sangre a mi casa y se lo harás pagar. —Me apretó la muñeca con tanta fuerza como la rabia su corazón—. Júramelo.

—Te lo juro, Bruman —dije con toda la sinceridad del mundo—. La muerte de Arbelina no quedará impune.

Llenó los pulmones de aire y lo soltó de golpe. Me pareció que se sentía más tranquilo.

—Gracias —dijo.

—No tienes por qué darlas. Dime, ¿se lo habéis dicho a la reina?

—No. Aunque Trori está tan disgustado como para separarte la cabeza del cuello con sus propias manos, tu amigo el bardo tiene un poder disuasorio asombroso. Y Virna también. Dejaremos que seáis quienes le digáis la verdad a la reina. Nos lo debéis. Y será ella la que decida qué pasará con vosotros.

Los párpados me temblaron ante la idea de revelarle aquello a la mismísima reina de Aberrak. Ella tenía la llave para dejarnos seguir nuestro camino. Si se enfadaba, no podríamos llegar a Ítaro. No al menos por los senderos enanos. Y no conocíamos otros.

—Lo haremos —declaré con aplomo, y sentí un peso menos en los hombros porque, al menos, él conocía la verdad.

Asintió complacido. Luego apartó la mano de la mía y se retrepó un poco en la silla. Abrí el puño y observé la piedra. La runa era roja. La piedra, negra. Rojo sobre negro, otra vez.

—¿Qué es esta piedra?

—La Luna de Sangre. —Perdió la mirada en ella—. Mi cuñado, el viejo Erik, se la dio a mi mujer antes de irse a explorar los túneles.

—¿Erik el Rojo? —Casi me subí a la mesa de lo nervioso que me puse.

—Sí. —El enano me miró ceñudo—. ¿Por qué te inquietas así?

—Porque creemos que está en Luara, y que fue quien le dio a Leyla las piedras vinculantes. ¿Sabía él algo de los pactos de almas ?

—Eso son palabras mayores, muchacho —dijo con temor—. Él solo… aprendió cosas sobre la magia de sangre. Aunque jamás se le habría ocurrido hacerla sobre nadie.

—Pero quien le dio las piedras a Leyla, le pidió su alma a cambio del pacto. Quizá, con el tiempo, haya tocado asuntos más oscuros.

O, por el contrario, no era él, sino un dios quien tenía las narices metidas en el tema, como yo sospechaba, pensé.

—No lo sé. —Soltó un gruñido de disgusto—.

Ese enano loco era cien veces imprudente.

Tenía una mano en asuntos de los dioses; otra, en el mundo mortal.

Sabía de cosas que nadie más sabía, y eso lo empujaba a saber más.

A meterse en todos los rincones, por más oscuros que fuesen.

A tratar de desentrañar todos los misterios que aparecían ante sus ojos.

Un día bajó a una de las simas prohibidas, donde los Lagos de Sangre, algunos, por aquí, los llaman Fuentes de Deidre, la diosa de la Sangre y la Luna.

Fuentes de Deidre, como aquella cercana al viejo cementerio de Ardacia. Aquella en la que el agua devolvió a Brianna un reflejo triste. Eso, sin dudarlo, fue una premonición.

—El agua arrastra el hierro de las entrañas de la tierra hacia los manantiales subterráneos, dándoles un color más rojo que en ninguna otra parte —relató, y tuve la impresión de que los había visto con sus ojos, aunque estuviera prohibido ir—.

En esos manantiales se forman a veces estas piedras.

Dicen que quien las recoja de ellos estará maldito para siempre, porque son las preferidas de Deidre, y nadie robaría nada a una diosa, ¿verdad?

Asentí, a modo de respuesta, pensando a la par que seguro que el bardo tenía mil quinientas historias, para empezar, de gente robándole cosas a los dioses.

—Sin embargo, Erik no temía a nada, así que cogió una de ellas —continuó él—.

Había leído en un viejo libro que tienen el poder de evitar tres veces un conjuro de sangre.

Tres. Aunque la cuarta llegaría y sería infinitamente más dolorosa.

Pero quizá te ayude a ganar tiempo. Y, desde luego, enfadará a Azskar.

Por eso, y solo por eso, me expongo a dártela.

Tengo la impresión de que Arbelina lo habría hecho en algún momento, porque la he encontrado en la parte más alta de su cajón, aunque ella siempre la guardaba al fondo .

—Tu esposa murió poco después de encontrar las piedras que trajimos. Me las lanzó a la cama y me pidió que me marchase, furiosa, decía que no quería eso en su casa, así que no creo que estuviera dispuesta a dármela.

—Ella jamás os habría echado de Aberrak así, solo que estos asuntos la enfadaban muchísimo.

Según me ha contado Virna, ya tenía en su poder la piedra de Leyla, cuando llegamos con ella herida.

Luego, tuvo la tuya. Y entonces enfureció, ató cabos.

Aunque te regañase como un basitirco cuando alguien intenta robarle los huevos, estaba dispuesta a ayudaros.

A daros la Luna de Sangre después de hablar contigo, estoy convencido.

Llevé la mirada a la piedra, y sentí su peso más que antes, como si se hubiera vuelto de hierro y plomo.

—No sé cómo agradecerte esto —dije, y la guardé en el bolsillo.

—Cumpliendo tu juramento.

—Lo haré, Bruman. Por Arbelina.

—Por ella.

Nos miramos, con determinación y promesas en las pupilas.

Una voz dulce se coló en el silencio, diciendo algo en lengua enana. Miré hacia la puerta y vi a una versión mucho más joven de Arbelina.

— Kropasle —dijo su padre, con una sonrisa, y agregó dirigiéndose a mí—: Es mi hija, Elindre. Elindre, él es Málakor.

La muchacha y yo nos observamos con atención. No calculaba bien la edad de los enanos, pero debía de tener unos catorce años.

—Eres igual que tu madre —dije.

—Sí, eso me dicen todos —respondió ella.

—Ah, hablas mi lengua.

—Claro, papá y mamá me enseñaron. —Miró alrededor, con expresión nostálgica—. A mamá le gustaba mucho estar aquí. Y la abuela siempre se sentaba ahí. Igual que yo. —Señaló la butaca.

Debía de ser la hija mayor de la que Arbelina había hablado.

—¿Ya tienes lo que buscabas? —le preguntó su padre.

Ella alzó un abultado saquito .

—Sí. Mamá era muy ordenada con sus runas.

—Mi hija está aprendiendo a leerlas. Quiere ser sanadora y lectora de runas, como ella. Ven, Elindre, acércate.

La muchacha obedeció y llegó al cabo de la mesa.

—¿Por qué no practicas con Málakor? Seguro que le dices algo interesante. —Su voz sonó un poco misteriosa.

Abrí la boca para decirles que de runas y cosas extrañas ya había tenido bastante, pero ella me miró con mucha ilusión, y no pude negarme. El padre le cedió el asiento en la mesa.

—Voy a hablar con Virna. Te espero en la cocina, hija. —Tras besar su frente, me miró muy serio—. No olvides lo que hemos hablado.

—No lo olvido ni lo olvidaré jamás.

Bruman se marchó, no sin antes echar otra mirada nostálgica al salón.

—Bueno, patas largas, ¿quieres saber algo en concreto? —La enana abrió la boca del saquillo, anudada por un cordón.

—No, la verdad es que no.

—Entonces haremos un hoecatorn.

—¿Y eso qué es?

—Lo que fue, lo que es y lo que será.

—Lo que fue ya lo sé.

—No todo, habitante de la superficie. Hay cosas que, aunque las hayamos vivido, no las recordamos con claridad. Por el simple olvido o porque las percibimos con todos los sentidos.

«Olvido», dijo la voz de mi cabeza. «¿Acaso no has olvidado muchos años de tu vida?».

—Muy bien. —Repiqueteé nervioso con los dedos sobre la mesa—. Adelante.

Elindre ahuecó la palma de la otra mano y dejó caer un montón de cristales de muchos colores en ella. Eran de los túneles, pulidos. Pegó ambas palmas, las cerró y las agitó con ganas. Sus rizos lo hicieron a la par.

Sostuve el aire hasta que soltó los cristales sobre la mesa. Tres de ellos quedaron en pie. Rojo, blanco y dorado .

—Rojo: pasado. Blanco: presente. Y, enhorabuena, ha salido uno dorado, así que tienes futuro por delante. —Sonrió.

—Está bien saberlo —reí.

La muchacha tomó la roja y la miró al trasluz de la chimenea.

—Rojo. Como los cabellos de esa mujer.

—Sé de quien hablas, y ella está en mi presente.

—Sí, y también en tu pasado. Más allá de donde alcanzas a ver. —Dejó el cristal sobre la mesa, tumbado.

Abrí la boca para decir algo al respecto; sin embargo, la enana me frenó.

—La runa no dice nada más. No hagas preguntas, porque no tendrás respuestas. Presente. —Tomó la blanca—. Tus dudas te oprimen la garganta, igual que tus mentiras. Resuélvelas y toma una decisión.

—Mis dudas, ¿sobre qué concretamente? Porque tengo muchas.

—Sobre alguien que te importa. —Puso el cristal ante mis ojos—. Átala a ti o desátala para siempre, pero hazlo de una vez.

«Leyla», pensé.

Dejó el cristal junto al otro, de igual manera, y tomó el dorado. Lo observó seriamente, con una expresión muy madura para un rostro tan joven.

—Un acantilado —dijo—. Saltarás por él. Y será el principio de muchas cosas.

—¿Un acantilado? ¿Por qué iba a saltar de un acantilado?

—Eso no lo sé. —Encogió sus pequeños hombros y guardó las piedras en el saquillo—. Aunque no hace tanto que hago esto, quizá esté equivocada. Mamá podría haberte dicho muchas cosas más.

—Ah… —resoplé, echándome hacia atrás—, pues espero que estés equivocada, porque saltar de un acantilado no es de mis cosas favoritas.

—Qué gracioso eres. —Rio—. Mi madre me habló de ti, un día que vino a verme cuando enfermé de la urt skujdormur . Ella ya la había pasado tiempo atrás, y no había peligro de que se contagiara. Fue una de las últimas veces que la vi .

—Siento lo que le pasó.

—Y yo —suspiró—, esos puntiagudos son demonios de las profundidades. No estaremos a salvo de ellos jamás. Así que espero que la reina os deje pasar al otro lado, porque en la superficie formaréis un ejército que acabará con ellos de una vez.

—¿Y tú como sabes eso? —pregunté ceñudo.

—Mamá me lo dijo. Lo vio en las runas antes de que llegaseis. Por eso, mi padre y ella os han ayudado más que a ninguno de los patas largas que han pasado por aquí. Sabían que vendríais, desde hace mucho tiempo. Las runas incluso le dijeron tu nombre.

El momento en que conocí a Bruman llegó nítido a mi memoria. Cuando le conté cómo me llamaba, tuve la sensación de que ya lo había escuchado antes. Aunque él dijera que no, yo había estado acertado.

—¿Crees que las runas le dijeron también a tu madre que moriría cuando yo apareciese?

—No lo sé. Pero, si así hubiera sido, fue su decisión transitar esa línea del destino y recibiros en Aberrak. Siempre fue una mujer valiente.

—No lo pongo en duda.

Sonrió fugazmente. Ese gesto hizo más notable aún el parecido con Arbelina.

—También me contó que eras un semidios —soltó de golpe.

—No, yo… —negué a toda prisa.

Elindre se puso en pie y se llevó el dedo a los labios.

—No diré nada, te lo prometo.

—Gracias, en la forma que corresponda.

— Kisa —dijo—. Así se dan las gracias cuando alguien guarda un secreto por ti.

— Kisa .

Sacudió la mano, a modo de despedida, y dejó la estancia. Miré el lugar sobre la mesa que habían ocupado las runas, preguntándome cuántas de las cosas que me había dicho serían verdad.