CAPÍTULO 82 #3
—Pues todo empezó por culpa de un hambre que me agujereaba las entrañas.
Las tormentas de ese año fueron tan fuertes que arrasaron los pocos cultivos que había.
La isla se inundó y muchos de los animales murieron ahogados —relaté con pesar—.
Me acerqué a las rocas para ver si había caído algo del naufragio, algún barril con licor para beber y olvidarme de todo.
La encontré allí, temblando y herida. «Si son otros quienes la encuentran, le harán cosas terribles», pensé.
Así que intenté convencerla de que viniera conmigo, de que cuidaría de ella, aún no sabía cómo, pero la chica, tras mirarme como si llevase la muerte en la cara, se escurrió entre las rocas hasta desaparecer de mi vista.
La exploradora seguía atenta mi historia, con su mano tomando la mía, con sus ojos, curiosos y preocupados, clavados en los míos.
—Volví, un día tras otro. Le llevé un poco de jamón que encontré flotando entre los restos del naufragio. Lo comió, pero no quería hablar conmigo. Y así pasó una semana, hasta que dijo: «Si voy contigo, ¿me harás daño?».
—Le dijiste que no, imagino.
—Le dije que jamás haría daño a una sirena.
—Me rasqué el cogote, sonrojado; ella sonrió embobada—.
Mi madre me había contado una historia sobre sirenas unos días antes.
De verdad pensaba que ella lo era. El caso es que la llevé a un viejo cobertizo que conocía.
El mismo en el que me encontró Azani, no sé si lo sabes.
—Sí, lo sé, Azani se lo dijo a Iliana y ella me lo contó a mí. ¿Fue un refugio seguro para la chica?
—Sí, durante un tiempo. La oculté aun sabiendo que no podría hacerlo eternamente.
Tenía que sacarla de la isla, como fuese, pero hasta que la época de las tormentas no pasase, no podía siquiera idear la manera.
La alimenté como pude, quitándomelo de mí mismo, y pasaba cuantas horas podía allí con ella, para que no se sintiera sola.
Entre nosotros se formó un vínculo bonito.
Éramos jóvenes, estábamos muy perdidos. Soñaba con abrazarla.
Aunque no quería que se asustase, que pensase que me aprovechaba de su miseria y su soledad; sin embargo, cada día notaba que ella anhelaba algo más.
No la rocé siquiera con la yema de los dedos hasta que ella no me besó primero.
Tampoco pasó nada más hasta que ella no… , ya sabes.
—Todo un caballero.
—O un idiota por no haberlo hecho antes, quién sabe, porque después de ese día ya no pude volver a besarla más, ni a amarla más.
Se echó a la mar sobre unos tablones que encontró en la playa.
No me habló de sus intenciones, pero la vi desde las rocas.
Me dijo adiós con la mano. Luego, el horizonte se la tragó.
—¿Murió ahogada? —preguntó con miedo.
—Eso no puedo saberlo, solo sé que dejé de verla. Pero confío en que llegase sana y salva a algún lugar de alguna parte. Y que sea feliz, haciendo lo que más le guste.
—Eso espero.
—¿Quieres volver a casa? Tengo el culo helado.
—Sí, ya es tarde. Esta noche hay sopa de colcomino para cenar. Y las sanadoras dicen que la sopa de colcomino no se puede comer fría.
—¿Qué es eso? —pregunté arrugando la nariz—. Espero que no sea una planta.
—Es una planta. No te quejes.
—Quejarme es mi privilegio. Ni los dioses pueden quitarme eso, Flechas.
Se puso en pie y me ayudó a levantarme. Cara a cara, nos dirigimos una sonrisa que hablaba del cariño que sentíamos por el otro.
Tras degustar la sopa de colcomino, que no recomendaré a nadie jamás, tuve la lucidez, después de tantos días allí, de preguntarle a Virna por los Lotorrim.
Esa cosa de la que se sacaba el antídoto del Loto Negro.
Sin embargo, dijo que ni eso, ni nada que se le pareciese, existía en los túneles.
Me resigné a la idea de que solo lo encontraríamos en Hérenthor.
Salía de la cocina, de hablar con ella, cuando me topé con Hach, elegantemente vestido y caminando como si el mundo fuera suyo.
En cierto modo lo era, porque el bardo había estado arreglando todos mis desastres y se había centrado en establecer lazos con todos los enanos.
No había estado en la cena, porque se había ido con Trori y Bruman, a conocer a más gentes de allí y a empaparse de sus costumbres.
—¿Qué tal va tu plan para dominar Aberrak, Hach?
—A pedir de boca —dijo contento—. Bruman está en el salón. Quiere hablar contigo.
—¿¡Está aquí!? —exclamé con sorpresa.
—Sí, eso he dicho. No es que vaya a quedarse. Aún no se encuentra bien, pero… necesita verte de inmediato. Es menester, además, que entables conversación con él antes de la visita a la reina.
—¿Por algo en concreto? —Entrecerré los ojos. El bardo callaba algo importante—. ¿Qué has hecho, cantamañanas?
Me miró pensativo mientras se frotaba la nuca.
—No te enfades, por favor. Era necesario. No podía arriesgarme a la reunión con la reina sin aclarar esa parte con Bruman y Trori.
—¿Qué parte, Hach? —Un sudor frío me recorrió la espalda.
—Les he contado la verdad sobre la muerte de Arbelina.
Casi se me cayó la mandíbula al suelo.
—¿Y ahora viene a preguntarme si me gusta la soga tensa o más suelta, para cuando vayan a colgarme?
—Por Karis, no seas exagerado. —Me palmeó el brazo—. Te aseguro que no te pasará nada. Ve a verlo. Está en el salón, donde murió Arbelina.
—Y donde me matará, probablemente.
Cogí aire con ganas, con tal de no cogerlo a él del pescuezo, y me resigné a la idea de ver al hombre cuya mujer había muerto en mis brazos.