CAPÍTULO 82 #2
—Sí, si puedes —dijo con franqueza—. Tú perdiste a Brianna. Y ahora resulta que fue a manos de la misma persona. Siempre pensé que era imposible que él se hubiera caído sin más. Era un gran explorador; sin embargo, todos dijeron que hasta los más grandes sufren accidentes.
—¿Sabías que le gustabas entonces? A mi hermano.
—Sí, y él a mí, aunque no en un sentido romántico.
No entonces. Verlo, estar con él, era como contemplar una obra de arte nacida de las mismas entrañas de Knegara.
Era la máxima expresión del Gremio. Un ejemplo para todos.
Qué engañados nos tenía… —Sus manos se crisparon—.
Cuando Bérenon faltó, él estuvo ahí para consolarme.
¿Cómo puedes abrazar a alguien, sabiendo que has sido tú quien le ha arrebatado a la persona que quiere?
Es de una falsedad y crueldad infinitas.
—Lo es.
—Lo odio, profundamente. Y lo peor de todo es que a veces me molesta odiarlo. Es como si yo…, como si siguiera enamorada de él. No sé qué me pasa, Málakor. —Llenó los pulmones de aire y se frotó la frente.
—El amor no se olvida de un día para otro. Aunque sea una mierda de amor, porque uno, cuando está viviéndolo, no cree que sea una mierda. No sé si me explico; a veces… quisiera ser el bardo para explicarme mejor.
—Te has explicado bien —dijo con cariño—. Para mí era amor, y no el espejismo que resultó ser, y eso no se puede dejar atrás de un día para otro. Como cuando uno se acostumbra a tomar siempre el mismo camino y sus pasos lo llevan hacia él, aún sin querer.
—Exactamente.
—Dime, ¿qué más te ha contado Bruman sobre Bérenon?
—Que siguió su camino hacia a Ítaro. Quería encontrar recursos y una partida de exploradores para buscar a ese traidor, recorrer los túneles y tratar de regresar a casa.
La expresión de Leyla se vistió de cierta esperanza.
—Seguro que está allí. Seguro. Cuando se proponía algo, lo cumplía, por difícil que fuera. Oh, Málakor —rompió a llorar y se arrojó a mis brazos—, quizá vuelva a verlo algún día.
—Espero que sí —dije, estrechándola contra mí—. Preguntaremos por él allá donde vayamos. Tal vez, alguien pueda darnos pistas de su paradero.
Asintió decidida.
Así estuvimos un rato, en silencio, cobijados por el rumor del agua y del lejano bullicio de la ciudad.
—¿Quién fue tu primer amor, Málakor? —soltó de golpe .
—Eh… —carraspeé—, ¿a qué viene esa pregunta?
—Tengo curiosidad.
—Fue un huevo frito.
Se separó de mí, ceñuda.
—Te estoy preguntando en serio.
—Y yo te estoy contestando en serio. Cuando te crías en Ledaria y tienes por primera vez un huevo frito para ti solo, mojas pan en su yema, sedosa y salada, y te comes la clara con un poquito de vinagre… —Puse cara de placer.
—Eres tonto, de verdad que lo eres —dijo enfadada—. No me puedes comparar el amor de juventud con comerte un huevo frito, por más rico que digas que esté.
—Es que nunca te has comido un huevo frito.
—Por los dioses… —masculló, y se puso en pie.
Tiré de ella para que volviera a sentarse.
—Está bien. Te diré quién fue mi primer amor.
—No fue el huevo —dijo sin perder la expresión seria.
—Sí, fue mi primer amor culinario, pero te hablaré del otro.
—¿Brianna? —preguntó Leyla.
Su pregunta me hizo reflexionar sobre el hecho de que las mujeres que habían significado algo para mí estaban muertas. Brianna, Debra… Griselda de no haber hecho aquel pacto. Miré a Leyla con un miedo infinitamente profundo a perderla quemándome el cuerpo y el alma.
—¿Por qué me miras así? Siento si mencionarla…
—No, no es por eso. Es solo que… no podría perderte a ti también. No sé si lo superaría. Así que no mueras, hagas lo que hagas, no mueras.
—Todos moriremos algún día, Málakor. El cuándo y el cómo no están en mis manos. Esa decisión pertenece a los dioses. —Me acarició la mejilla y posó un beso en mis labios que pretendía darme calma.
Cuando aquel bello gesto pasó, dejándome una sensación contradictoria pero dulce, le dije muy serio:
—A ratos somos como extraños, a ratos, como amigos, y, ahora, de repente, me besas. Tienes que dejar de hacer eso.
—Lo he hecho porque quiero y porque lo necesitas .
—¿Quién te ha dicho que lo necesite? —refunfuñé.
—Te dije que hay cosas que solo se dicen en los silencios. Cuando sientes algo fuerte por alguien, aprendes a escucharlas.
Suspiré profundamente, con una mano sobre el pecho.
Había días en los que me faltaba el aire; ya no sabía si por los restos del incendio, por lo cerrado de aquellos túneles o porque las preocupaciones me lo oprimían.
Sin embargo, me había prometido tener esperanza y fe. Y eso me ayudaba a estar mejor.
—¿Te encuentras bien? —me preguntó ella.
—Sí, solo es este aire, que no lo soporto.
—Yo tampoco, necesito aire fresco. Me cuesta respirar aquí abajo, aún tengo los pulmones resentidos. Y eso que las enanas tienen remedios buenísimos, así que mejoraré del todo.
—Eso es bueno. —Sonreí.
Ella, tras unos instantes de silencio, preguntó:
—Dime, ¿fue Brianna tu primer amor?
—Brianna siempre tendrá un lugar especial en mi corazón, pero no fue ella.
—¿Y quién entonces?
—Creo que fuiste tú, Leyla.
—¿Crees?
—Sí, porque pensándolo fríamente no sé si lo nuestro puede llamarse amor, o compararse al que tuviste con Bérenon. Yo del amor no sé mucho. No en mis propias carnes. Así que no tengo con qué compararlo.
Me miró con un gesto compasivo.
—No pongas esa cara, que no es tan grave —le dije.
—Es que sé que no solo hablas del amor romántico. Que hablas de toda clase de amor. Por tu infancia y esas cosas.
—Es igual. Lo importante es que siempre significarás mucho para mí.
—Y tú para mí.
Su sonrisa fue tan hermosa, que me hizo olvidar todo lo malo.
—Aunque tus besos no sepan tan bien como un huevo frito —agregué—, porque, obviamente, saben a lechuga .
Negó con la cabeza, riéndose.
—Te ahogaría en el río.
—Inténtalo. No sería el primer baño que te das conmigo.
Me golpeó con suavidad en el brazo.
—Es bonito saber el lugar que ocupo en tu vida; pero ¿es que no estuviste con nadie antes de conocerme?
—Claro que sí. —Inspiré y espiré perdido en mis recuerdos—.
Siendo muy joven conocí a una chica que llegó a la isla por culpa de un naufragio.
Era la única mujer que viajaba en el barco, la hija del capitán.
A los supervivientes, tras saquear las pocas posesiones que llevaban, los pasaron a cuchillo. A algunos… se los comieron.
—Qué horrible, por todos los dioses.
—Pasó en Ledaria, Flechas, allí todas las historias son horribles y crueles. Solo cambian los protagonistas.
—Ya estás lejos de Ledaria. —Me apretó la mano—. Eso no volverá a pasar.
—Eso pasará todos los días en algún lugar.
Está pasando en este momento, solo que no lo vemos.
Las personas matan, roban, abusan y destruyen a cada vuelta de reloj más veces que segundos tiene un minuto.
Vemos a los elfos oscuros y sus ansias de destrucción, y nos horrorizamos, pero hay humanos en Luara que no son muy distintos.
En los días más oscuros de mi alma, cuando tenía que apagar mi conciencia para no analizar lo que estaba sucediendo a mi alrededor, lo que estaba haciendo, formé parte de eso.
Quizá no de forma tan cruel ni sanguinaria, pero miré hacia otro lado, ya lo sabes.
—Lo sé, aunque eso pertenece al pasado. Me dijiste que siempre estarías a mi lado para recordarme que era algo más que el resultado de las acciones de Lúdric.
Pues yo estaré a tu lado para recordarte que eres más que lo que Ledaria dejó en ti.
Un día te llamé asesino, te tuve por uno, pero ese día no volverá. Te lo prometo.
Algo en mi corazón me dijo que, en cualquier momento, esa promesa de Leyla sería un castillo de arena barrido por las olas. Ella siempre sería Knegara, y yo, para ella, aunque fuera en un leve resquicio latente en su orgullo y en sus prejuicios, siempre sería Ledaria .
—¿No? Qué pena. Es una adicción insana eso de que me mires como si quisieras matarme —bromeé.
Ella rio suavemente.
—¿Qué pasó entonces? Con esa historia y esa chica.