Málakor 3 CAPÍTULO 82
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CAPÍTULO 82

Del primer amor

L eyla no dijo una palabra más sobre Xelirian.

De hecho, fingía que no existía. Eso me angustiaba, pero al menos no hubo más enfrentamientos, lo que me permitió tener un poco más de paz.

Era demasiado pedir que se llevasen bien, dadas las circunstancias.

No me quedaba más remedio que armarme de paciencia y esperar que el tiempo curase las heridas.

Y que no sucediese ningún otro hecho que pudiese abrirlas más.

Mientras llegaba el día de la reunión con la reina, me mantuve lo más ocupado posible.

Estrené el nuevo equipo que Hach me había conseguido, idéntico al que llevaba cuando salí de Knegara.

Supuse que habría hecho algún tejemaneje a través de la bolsa de Sha.

A saber. Dado que me sentaba bien, no me quejé.

Me consiguió un escudo, que los enanos llaman scutuk , muy útil para compensar los ataques de los enemigos y así atacar con su hacha desde una posición más segura.

Alargado y ancho, como para cubrir a uno de ellos.

Su perfil tenía forma ovalada para ofrecer protección en los flancos.

Aunque, de momento, lo de aprender a manejarme con él tendría que esperar.

Antes necesitaba encontrar a un buen maestro.

A ratos, veía a las sanadoras para que revisasen mis heridas.

Me hacían unas curas, me daban unas palmaditas en la espalda y algo de comer, y me mandaban fuera, porque siempre estaban muy ocupadas.

Los elfos oscuros seguían hostigando las cercanías de Aberrak, y los enanos sufrían de sus ataques.

Vi a Quiri, el recién casado, con una venda en el brazo y otra en la frente.

Uno de los puntiagudos le había disparado unos virotes.

Suerte que solo le rozaron y que tenían el antídoto para ese veneno.

En alguno de mis paseos por Aberrak, me crucé con la mataelfos y con Gris.

Compartimos alguna bebida, un poco de pescado; cada vez que quería sacarle el asunto de la Ciudad Maldita o de Lerok, lo rehuía, así que no pude tratar con ella nada importante.

Eso, en cierto modo, también estuvo bien.

Solo fuimos dos almas perdidas en busca de un poco de descanso, compartiendo viejas historias sobre nuestras batallas en la vida.

Pasé muchas horas con Xelirian. Hach le cortó el pelo, y entre eso y unas ropas nuevas, tenía un aspecto menos…

de los túneles. El chiquillo iba descubriendo una realidad diferente, aprendiendo nuevos conceptos y disfrutando conmigo de las aventuras del ingenioso hidalgo ardaciano, que se metía en un lío detrás de otro por culpa de su imaginación y de su afán por vengar todas las injusticias del mundo.

A menudo, salíamos a caminar por la ciudad con Panceta.

El perro necesitaba ejercicio, darle trabajo a los músculos para fortalecerse, y yo también.

Encontramos un claro entre varias rocas, en la parte alta de Aberrak.

Las vistas eran hermosas y Panceta podía correr libremente, siempre con cuidado de no lastimarse ni abrir sus heridas.

Me sentaba sobre una roca, durante largo rato, a verlo jugar con Xelirian. El niño lanzaba piedras lejos, que él iba a recoger. Llenas de babas, las ponía en sus manos. A veces, me traía alguna. La lanzaba muy lejos, y los dos me miraban asombrados.

—¿Cómo haces para que llegue taaan lejos? —dijo Xel.

—Porque es un mozalbete bien fuerte.

—Hablas como Tirant, Panceta. —Reí—. No solo es cuestión de fuerza, también de técnica. Tráeme una piedra, Xelirian. Te enseñaré.

El niño corrió en busca de una, y con paciencia le enseñé a lanzarla lejos, cogiéndola adecuadamente, empleando todo el cuerpo, sirviéndose también del movimiento y el peso en los pies.

Después de varios intentos, consiguió lanzarla a muchos metros más allá.

Panceta corrió a por ella, mientras él daba saltos de alegría.

—¡Qué bien! ¡Podría darle en la cabeza a alguien!

—Vamos a dejar apartada esa idea de agredir a la gente, eh. —Le revolví el pelo con cariño.

—Vale, tío.

Aquel «tío», dicho con voz suave mientras él me miraba con ojos brillantes, me calentó el alma.

—Oye, Xel, ¿qué significa la palabra naerýeth ?

Frunció el ceño, sacó la punta de la lengua y la atrapó entre los labios. Así estuvo unos segundos, perdido en sus pensamientos, mientras yo aguardaba impaciente.

—No lo sé.

—¿No es élfica? —dije con sorpresa—. Hach supuso que lo era, y él pocas veces se equivoca.

—No está equivocado, la verdad, sí es élfica, pero es un conjunto de varias palabras, y no sé qué significan todas.

—¿Y cuáles sí sabes?

—Padre. Mío. Mi padre… no sé qué más.

—Está bien. Gracias, Xel.

Asintió.

—¿Dónde la has oído?

—En el mundo entre los mundos.

Él sonrió con gesto nostálgico. No dijo más, pues el perro regresó, soltó la piedra a mis pies, se lanzó sobre el niño y le lamió la cara.

El crío rio a carcajadas, quejándose. Fue un momento de felicidad digno de ser capturado para siempre en una burbuja.

Pensé que si la vida solo se reducía a aquello, a ver a un niño y a un perro jugar juntos, a escuchar sus risotadas alegres, bien valía la pena vivirla.

Cuando no estaba con ellos, compartía tiempo con Leyla.

El bardo estuvo disgustado con ella, sí, pero tal y como había previsto solo le duró unas horas, más aun siendo que Leyla le pidió disculpas desde el corazón.

Yo quería decirle que las disculpas se las debía también a Xel, pero eso haría arder de nuevo la hoguera de nuestras diferencias.

Entre nosotros tratábamos de no tocar temas complicados y conversábamos sobre las cosas que habíamos hecho antes de conocernos, o después, en ese largo periodo en el que volvimos a ser extraños.

Una tarde, en la que pasamos el rato en una taberna cerca del río, me habló de algunas de sus misiones.

Por costumbre o por inercia, dado que algunas las había compartido con Lúdric, lo mencionó.

Nada más decir su nombre, apretó los dientes y calló de golpe.

—No tienes por qué callar —le dije—. Es parte de tu pasado.

—No quiero hablar de él, pero siempre lo hago. Me guste o no .

—Es normal. Todos hablamos de lo que nos ha herido de lo que nos hiere. Incluso de lo que nos herirá.

Asintió, dio un trago a su cerveza enana, y cambió de tema. Me habló de cosas de su infancia, que fueron más gratas de escuchar. Hablaba entusiasmada de sus paseos por los bosques, y ese relato activó en mi cabeza un recuerdo. Una conversación que tenía pendiente con ella.

—Leyla, ¿conociste a alguien en Knegara llamado Bérenon?

—Bérenon —musitó ella, entre triste y contenta, una cosa muy rara—.

Claro que sí, era el sobrino de Iliana. Me crie con él.

Empezamos a servir juntos en el Cuarto Círculo, cuando apenas éramos unos niños.

Entrenábamos juntos. Salíamos de misiones.

Pero un día desapareció en uno de los agujeros del bosque, y no supimos más de él.

Iliana aún conserva su arco, por si algún día regresa.

O lo conservaba, antes del incendio. —Chasqueó la lengua—.

Supongo que Boric te habló de él cuando estuvisteis en el bosque.

—Él le habló a Hach de ese muchacho, aunque yo no sabía entonces su nombre, si te pregunto ahora por él, es porque Bruman llegó a conocerlo.

Abrió tanto los ojos que pensé se le despegarían los párpados.

—No lo dices en serio.

—No soy el bardo como para estar inventándome cosas…

—resoplé—. Llegó a Aberrak desorientado y perdido.

Fuera de sí. No paraba de repetir que mataría a Azskar con sus propias manos.

Porque había averiguado que era un traidor a Knegara y a él mismo.

Dijo que codiciaba a la chica que le gustaba, por eso lo empujó al agujero.

—Málakor, yo… —Leyla palideció, con las palabras suspendidas en los labios. Ojeó alrededor, sin mirar a ninguna parte en realidad.

Pensé que aquella noticia la dejaría por siempre en un estado ausente. Estiré la mano para coger la suya, que reposaba sobre aquella mesa de madera envejecida. Quizá comprada a Lerok tiempo atrás.

—¿Quieres que salgamos a tomar el aire? —le pregunté.

La exploradora asintió. Al punto, dejé sobre la mesa unas monedas, que Hach me había dado, y abandonamos la taberna.

La calle estaba atestada de gente. Habría sido imposible mantener una conversación con ella.

Miré a todas partes, hasta que, en un hueco entre dos casas, advertí el lecho del río.

Tiré de la mano de Leyla y la conduje hasta allí.

Ella se sentó de golpe en una de las rocas y escondió la cabeza entre las manos.

Me senté a su lado, le acaricié la espalda.

Un pensamiento que sonó a certeza me sobrevoló las sienes.

—Eres ella, ¿no? Esa chica.

—Sí. Bérenon fue mi primer amor. Viví con él tantas cosas bonitas…

—contestó, sin cambiar de postura—. Fui tan feliz…

Era atento, dulce. Yo era su prioridad. Sé que no hay sensación que pueda compararse a la que se experimenta con el primer amor, pero lo que Bérenon y yo tuvimos superaba a todo lo demás. Nunca amaré a nadie como lo amé a él.

Apreté los labios, un poco abrumado. Ella giró la cabeza, me miró a los ojos y agregó:

—Pero porque esa clase de amor es diferente, no por otra cosa.

—Lo sé, no te agobies. Todos tenemos un pasado, y eso no quiere decir que nuestro presente no signifique mucho también.

Asintió, irguiéndose. Clavó la mirada en el río, que bajaba a toda prisa colándose entre las piedras. Más allá había una cascada que se vertía en una zona más baja de la cueva.

—Lúdric Éberon…, maldito seas cien veces —masculló—. Diría algo así como «No me puedo creer que le hiciera eso a Bérenon», pero sí, sí que me lo creo. Es malvado por naturaleza.

—¿Cuándo sucedió?

—Antes de conocerte. —Suspiró con pesar.

—No puedo ni imaginar el dolor que sentiste cuando él desapareció.