Málakor 3 EPÍLOGO #4
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EPÍLOGO #4

Alastus asintió mientras sonreía. Medora pronto captó su atención y se pusieron a hablar de novelas mientras paseaban por la estancia.

Xelirian los escuchaba atentamente; yo no les quitaba ojo.

Igual que Panceta. Puede que la maga hubiera perdido el norte con él, pero yo no me fiaba.

Ya no solo por lo que el perro me había dicho, había algo en él netamente extraño.

Hach se unió a la conversación mientras que Leyla anduvo como yo, observándolos.

—¿A ti también te parece que hay algo en ese hombre que no es normal? —me susurró.

—Sí. Pero estamos en los túneles, ya sabes que la gente de por aquí no es muy normal. ¿Crees que su reino está aquí abajo? ¿O viene de la superficie?

—No lo sé.

Apenas había dicho aquello, la puerta secundaria se abrió.

Apareció por ella un enano rechoncho, de frondosa barba y cabello encrespado, vestido con prendas de brillantes colores.

Le pidió a Alastus que pasase, con mucha rimbombancia, informándole de que la reina lo vería. A los demás, nos rogó paciencia.

—Su Majestad está teniendo muchos asuntos que resolver hoy.

Después de que Háchpirey le diera las gracias, tanto él como el guaperas salieron de la estancia, no sin que el último le lanzase a Medora una sonrisa que la dejó con cara de tonta.

—Medora —Leyla la sacó de ese estado—, no deberías mostrarte tan confiada con un hombre al que acabas de conocer. Ni aun cuando los conoces desde hace años te muestran su verdadera cara.

Ahí estaba su amargura por Lúdric, otra vez.

—Ya lo sé —dijo la maga con cierto arrepentimiento—. Es que… hay algo en él, no sé qué es, que me atrae. Creo que es porque emana una magia muy poderosa.

—Un lameazufres, ya entiendo por qué me cae mal —bufé .

—¿Un mago? —Háchpirey frunció el ceño—. Viste armadura. Nunca he visto a magos con armadura de placas. Piezas de cuero, sí, pero nada de metal. Tengo entendido que podría interferir en la magia de los magos más inexpertos.

—Así es; no obstante, en él… —Medora miró hacia la puerta por la que se había marchado—. En él reside un caudal increíble. Como nunca lo había sentido.

—Ha sido como cosquillas en el estómago —dijo Xelirian.

Todas nuestras miradas, de golpe, fueron a parar a él.

—¿Cómo has dicho? —pregunté.

Agachó la cabeza y, con voz tímida, dijo:

—Que la presencia de Alastus me ha hecho cosquillas.

Llevé la mirada a Medora, ella la tenía puesta en el niño.

—¿Puedes sentir la magia, Xelirian? —le preguntó.

Él asintió.

—Pero… si puedes sentirla… ¿es que la tienes también? —quiso saber Háchpirey

Xel se encogió de hombros. Por la expresión de su rostro se veía que no tenía la menor idea.

—No es posible, yo lo habría notado —dijo la maga—. Habría sentido su magia igual que he sentido la de Alastus.

—Sea como sea, no es humano —dijo Panceta.

Cuando referí sus palabras al resto, Hach comentó:

—Quizá sea de alguna especie de los túneles.

Nos miramos entre nosotros, con gesto interrogante, pero la puerta principal se abrió y nuestras miradas se desviaron hacia ella.

—¡Gris amigo! —El duende irrumpió dando saltos y se fue directamente a por el chiquillo—. ¡Xely amigo!

Xely. Sonreí, y el niño también mientras el duende tiraba de él para hacerlo saltar. Panceta se les unió al momento.

—Gris, es muy pequeño. Lo vas a marear —regañó Airyne, tras él.

Ni el niño ni el perro ni el duende le hicieron caso.

—Hola, mataelfos —dije, resignado al escándalo de esos tres .

Me saludó con un gesto de cabeza.

—Qué bien que estés entero. —Se sentó en uno de los sillones, tal y como yo me habría sentado de no tener al bardo allí: una pierna subida en el brazo, de medio lado—. Qué, ¿habéis hablado ya con su majestad?

—No, estamos esperando.

Nos sentamos también. Ocupé un asiento a la izquierda de la mataelfos; Hach a la mía; luego Leyla y Medora.

—Pues espero que no mucho —dijo la rubia—.

Tenemos que salir de aquí en menos de cuatro horas.

Esos cabrones de los puntiagudos están provocando derrumbes en los túneles que conectan Aberrak con Ítaro.

A juzgar por el ritmo que llevan, pronto habrán llegado a los más cercanos a la ciudad.

Por eso la reina está teniendo tantas visitas hoy.

O salimos de aquí antes de que eso ocurra, o nos quedaremos atrapados una temporada.

—No, por favor, dioses. Nunca os pido nada, de verdad que no. —Bueno, alguna vez, pero fueron detalles sin importancia—. No me dejéis encerrado en esta ciudad más tiempo.

—Saldremos de ella, no te preocupes —dijo Hach.

Quise creer que así sería, y aunque ardía en dudas sobre nuestro encuentro con la reina; en el miedo de que nos dijera que no había más camino posible para nosotros en aquellos túneles, que teníamos que regresar a Luara con las manos vacías; en la rabia de pensar que podrían hacerle daño a Xelirian…

Mi cabeza y mi corazón estaban llenos de todo eso y de mucho más; también de esas dudas habituales en mí, sobre si estaba preparado para afrontar cuanto nos aguardaba.

Así que recé una plegaria a Azani, en silencio, acariciando el colgante con los dedos.

Entonces, todas las cosas sobre las que dudaba, todas esas que ardían, me parecieron más claras, más fáciles, más templadas.

La voz de mi querida benefactora resonó en mi cabeza:

«Estás aquí para construir un futuro hecho de luz sobre las tinieblas que nos acechan. Estás preparado para cualquier cosa».

Lo estaba. Y, pronto, la vida me pondría a prueba de nuevo para demostrarlo.

CONTINUARÁ….