CAPÍTULO 80
De incidentes resueltos
D os días más tarde, y muchas horas tendido en la cama leyéndole a Xelirian y a Panceta, Hach apareció en la habitación, vestido con colores llamativos.
—¿Quieres acabar con mis retinas, tocaflautas?
Panceta, tirado panza arriba en la cama, a mi lado, se incorporó de un salto y casi voló hacia él.
—¡Pancetita! —Hach, alegre, le acarició bajo el mentón.
El perro lo rodeó dando saltos.
—Este perro es una pulga… —reí.
—Mientras que no sea él quien las tenga…
—¡Estoy completamente limpio! —dijo orgulloso, y luego olisqueó el aire—. ¿Eso que huelo son caracoles de las rocas guisados? —Salió de la habitación a toda prisa, sin mirar atrás.
—¿Adónde va con tanta prisa? —preguntó Hach.
—Alguien está cocinando caracoles de las rocas.
Le encantan. Los aplasta entre los dientes con mucha fruición, relamiéndose a cada tanto.
Xelirian y él se pasan el día zampando. Todas las comidas enanas les gustan.
Hasta la sopa de broquis, que sabe a rayos.
El niño ha descubierto que si le echa limón, le gusta más. Ahora no quiere otra cosa.
—Pobre Xel, ha debido de pasar mucha hambre en Narqania como para que le guste esa sopa. —Chasqueó la lengua—. Bueno…, ¿y tú cómo estás?
—Estaba bien hasta que has llegado.
El bardo abrió los brazos mientras venía hacia mí. Me encogí, sabía lo que venía. Él me estrujó, riéndose.
—Tengo buenas noticias.
—¿Vas a dejar de abrazarme?
—No, buenas noticias de verdad.
—Seguro que son malas en algún punto.
—¿Por qué dices eso? —preguntó separándose de mí.
—No sé, durante los años que pasé en Paltia, lo más grave que me pasó fue un corte en el brazo. Pero desde que me llamaste para ir a Ardacia, voy de desgracia en desgracia.
—Vaya, has hecho una rima —dijo con los ojos brillantes—. Qué orgulloso estoy de ti.
—¿Ves? Otra desgracia, me estoy convirtiendo en bardo. Y la culpa es tuya. Tú eres el factor común en todos mis problemas, cantamañanas. Estaba en Paltia sin ti: me iba bien. Estoy contigo: me va mal.
—Igual es que cuando estabas sin mí no hacías nada relevante, ¿sabes? —Puso los brazos en jarras—. Y ahora sirves a propósitos más grandes que llenarte los bolsillos con las cuitas de unos pocos.
—Lo que tú digas. A ver, qué vas a contarme.
Miró el libro, que reposaba sobre la mesita.
—Ah, es una novela estupenda. La escribió uno de mis alumnos.
—Pues le dices a tu alumno que estoy enfadadísimo con el final. Indignado, de una manera sobrehumana.
—Obviamente, eres un semidios, algo sobrehumano tienes.
—Ja, ja. Es que no puedo parar de reírme, de verdad. —Puse los ojos en blanco.
Rio travieso y dijo:
—¿Ya has llegado al final? Me ha dicho Medora que te la dio hace unos días solo. Para no leer nunca, lees bastante rápido.
—En primer lugar, le dije a la maga que no te dijera nada. No quiero que te pongas pesado y me eches encima ahora una montaña de libros.
—No te preocupes, no quiero que mis preciados libros se estropeen al darte en esa cabezota que tienes. —Levantó las cejas, con gesto guasón, y yo solté una risa—. ¿Y en segundo lugar?
—Pues que si estoy leyendo tanto es porque a Xelirian y a Panceta les está gustando y no puedo parar, claro.
—Claro, claro —dijo con retintín—. Solo a ellos les está gustando.
—A mí también —musité con la boca chica.
Sonrió de oreja a oreja e hizo bailar de nuevo a sus cejas.
—No me mires así —le dije ceñudo—. Solo es una cosa puntual. No voy a ser un devorador de libros, como tú.
—No, nadie está diciendo eso —soltó con una risilla—. ¿Qué te pasa con el final?
—Que él muere. Enferma y muere —informé, molesto—. ¡Después de todo lo que ha pasado! ¡De todas las cosas que ha hecho! ¿Dónde está la recompensa? Y su amada muere también, claro. Los dos muertos.
—«El amor cruel que los unió en vida, con gran dolor la vida les ha hecho perder» —recitó el bardo con solemnidad.
—No me lo recuerdes. Panceta, Xelirian y yo hemos llorado en esa parte. A moco tendido.
El bardo me palmeó el hombro.
—Mueren, sí, pero quedan atrás todas sus hazañas y esas son las que los hacen inmortales. Con existencias plenas y gloriosas, junto al amor de sus vidas. Creo que uno puede morirse tranquilo habiendo conocido la gloria y el amor.
—No me parece bien. Murió por una enfermedad. No en la batalla.
—No entraremos en un debate sobre cuál de las dos es una muerte mejor.
—Por supuesto que no, no hay debate posible. Para un caballero como él, lo ideal es morir en batalla. En combate singular. —Levanté el puño, emocionado, con una mirada soñadora—. ¡En un enfrentamiento épico! ¡Después de haber abatido al enemigo!
—Vale… —Hach se aguantó la risa y me bajó la mano—. Creo que has leído demasiado por el momento. Lo próximo que te daremos para leer será algo menos épico. Un libro de recetas o algo así.
Entrecerré los ojos y lo miré con disgusto.
—Quiero otra novela de caballerías. Para leérsela a Xelirian y Panceta, claro.
—Muy bien, pues te daré El Ingenioso Hidalgo de Ardacia , para que se la leas. Tú… no le prestes mucha atención.
—Es que tengo que prestarle atención. —Carraspeé con disimulo—.
Xel hace reflexiones de lo más profundas sobre por qué los personajes han actuado de esta o de aquella manera, me lanza preguntas que me dejan patitieso.
A veces me tengo que saltar algunas partes, o cambiarlas, porque los asuntos amorosos entre Tirant y Armesina se han puesto…
interesantes, y eso es demasiado para un niño.
Entonces, hasta se da cuenta de que he cambiado algo.
Me dice, muy serio: «Málakor, eso no concuerda con la trama».
Siento una mezcla de orgullo y deseos de tirarlo de la cama cuando dice eso.
Hach se echó a reír.
—Es bueno que esté tan atento. Los libros podrían ser el refugio que necesita.
En la Universidad de Ardacia, algunos maestros emplean la literatura para ayudar a alumnos que han vivido situaciones traumáticas.
Hasta se recomienda a guardias y soldados que hayan sufrido episodios cruentos.
Por ejemplo, las ingeniosas y bellas novelas de esa autora de Brightestin que tanto me gusta, y de la que ya te he hablado antes, son prescritas incluso por los galenos.
Asentí concienzudamente.
—Es verdad que está encontrando un refugio en ella.
Los tres lo estamos haciendo. —Sonreí con cariño, aunque el semblante se me ensombreció al recordar algo—.
Xel tuvo una pesadilla terrible anoche. Despertó entre gritos, pronunciando el nombre de su padre, con las manos en el cuello.
Lo abracé y lo consolé, y logró dormirse de nuevo, pero su sueño fue intranquilo.
Y eso no es todo, Hach, siempre habla en sueños.
Es como si viera a personas en ellos y tuviera largas conversaciones.
—¿Qué les dice?
—«No tengas miedo, estás en un lugar seguro».
Eso, de muchas maneras distintas. Incluso habla en lenguas que no sé ni cuáles son; que dudo que él mismo conozca en la realidad.
Luego les explica por dónde han de ir, en lugares que estoy seguro de que no ha visto jamás en persona, porque no se parecen en nada a estos túneles.
El bardo frunció el ceño.
—Quizá tenga que ver con que lo vi en el mundo entre mundos. Investigaré sobre ello. En cuanto a las pesadillas, son normales después de tanto como ha sufrido. Solo quédate a su lado.
—Sí…, espero no fallarle, como a Leyla. Le prometí que sería la llama de la vela cuando la oscuridad se cerniese sobre ella, para nada, porque no lo estoy siendo.
—Sé que os habéis vuelto a pelear. —Suspiró—. Ella me lo ha contado. No me parece bien que te haya dado a elegir entre Xel y ella, pero comprendo sus sentimientos. Ten paciencia, se le pasará.
—Eso espero, porque no dejaré a ese niño atrás. Irá donde yo vaya. —Me crucé de brazos—. ¿Y bien? ¿Qué noticias traes?
—He solucionado el asunto con el príncipe de los venenos.
Es asombroso. Físicamente asombroso. Pero qué carácter.
—Resoplando, tomó asiento al filo de la cama—.
He acordado con él que Medora mejorará la barrera mágica para que vuelvan a tener aire fresco.
Y, por supuesto, los enanos deben llevarles cargamentos de gusanos, ya que las arañas no pueden moverse cuanto quisieran por culpa de los puntiagudos.
—Eso suena a muchas cosas que hacer por nuestra parte y ni una sola por la de Arañín.
—Así dijo que lo llamaba su abuela. —Rio—.
Él, a cambio, tendrá más cuidado para que los elfos no cojan su veneno, pero que, por si sucede, proveerá de bella mujer —informó animado—.
En definitiva, las cosas han salido bien.
Esa araña simpática, Aralda, ha mandado recuerdos para ti.
Ha dicho que le gustó hablar contigo, que no te olvides de que has prometido llevarla a ver el mar.
—Eso es cierto. —Me rasqué el cogote—. Pero el mar está a cientos de kilómetros. Ahora que lo pienso… ¿cómo os habéis entendido con ellos? No habláis araño.
—No, pero Gris sí. Y él y Airyne vinieron con nosotros. Muy hábil esa chica. Nos cruzamos con una partida de elfos oscuros y pasó a todos por el filo de la espada como quien se pone los zapatos.
—Nunca he visto a la mataelfos hacer lo suyo, pero tiene cara de que es mejor no meterse con ella. ¿Te ha contado algo de su pasado ?
Háchpirey negó con la cabeza. Asentí disgustado. El bardo podría haberle sacado mucha información.
—Tengo una conversación pendiente con ella —dije—, espero poder verla pronto.
—Si no pasa antes por aquí, la verás en unos días. La reina de Aberrak nos recibirá la semana que viene. Y aunque tengo grandes esperanzas puestas en la reunión, porque dicen que ella es noble y amable, no deja de ser una reina, y ya sabes lo que eso significa.
—Sí, otro pulecoronas al que lamerle las botas para que las cosas salgan bien.
—Dicho así… —Calló una risa—. Trori y Bruman estarán en la recepción de la reina. Imagino que nos ayudarán.