Málakor 3 CAPÍTULO 79 #3
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CAPÍTULO 79 #3

—Pero ya sabes que la maga está un poco mal de lo suyo.

Se rio por lo bajo y señaló la página. Seguí leyendo largo rato, saltándome algunas cosas que no estaban hechas para sus oídos, como que el pobre de Tirant estaba «herido de pasión». No sabía cómo explicarle eso a un niño de siete años, por más listo que fuese. Y semielfo, como me explicó Anamkha.

Pensé en ella. No había aparecido cuando estuve al borde de la muerte. Quizá es que mi abuela no la había dejado venir, por eso que me había dicho.

Presté atención a la novela, lo que me abstrajo de mis problemas.

Al cabo de unas horas, noté un peso en mi brazo.

Xelirian se había quedado dormido y la cabeza se le había escurrido hasta apoyarse en mí.

Admiré la dulzura de su rostro mientras dormía.

¿Cómo podía alguien querer destruir algo tan pequeño?

¿Tan frágil? La crueldad de Azskar no conocía límites, pero yo iba a ponérselos.

No volvería a tocar a ese niño. Era, como él había dicho, sangre de mi sangre.

Aunque la nuestra no estaba corrompida como la de él.

Acomodé bien al chiquillo, para que no le doliera el cuello, dejé el libro en la mesita y apagué la vela.

La cama era grande para los dos, así que me tumbé dejándole espacio.

No quería abrumarlo con mi cercanía, aún le costaba recibir abrazos o gestos de cariño.

Sin embargo, cuando me estaba quedando dormido, vino a acurrucarse en mis brazos.

Me sentí el elegido de algo hermoso.

—Sueña con las cosas que sueñan los niños que son felices. —Para mí, en voz muy baja, agregué—: Sean cuales sean.

—No sé qué sueñan los niños felices —susurró.

Lo miré con sorpresa. Él parecía profundamente dormido.

—Lo sabrás, Xel. Ya lo verás. Algún día, solo soñarás cosas bonitas y quedarán atrás las que no lo son.

No respondió; en cambio, sí resonó en la estancia otra voz que me aceleró el corazón por la alegría.

—¿Sabes una cosa muy bonita, Málakor? Despertar y que estéis aquí.

—¡Panceta! —Iba a dar un salto hacia él, pero si lo hacía, despertaría al niño—. ¿Estás bien? —agregué en un susurro.

—Con más hambre que otra cosa. No te muevas, deja a Xelirian dormir.

No lo veía, pero lo noté moverse torpemente sobre las sábanas. Sentí la humedad de su hocico en la mejilla. Me dio un lametón en la cara, tan grande, que hasta me peinó el flequillo hacia atrás.

—La madre que te parió —refunfuñé, frotándome las babas y acomodándome el pelo.

—Era una perra bien guapa. La más bella y rápida de toda Ardacia.

Tras reírse, lo oí saltar de la cama. La puerta se entreabrió un poco, dejando entrar luz del corredor. Pude verlo mientras la cruzaba. Movía el rabo, feliz, mientras dejaba mi campo de visión, pensando en comida.

Dejé caer los párpados, tranquilo, lleno de esperanza.

Aunque fuera pequeñita, como esos rayos de sol tímidos y cálidos que se colaban por la ventana de mi habitación de Ledaria, cuando el cielo se abría después de la época de las tormentas.

Mi madre solía decir que eran los dedos de los dioses que venían a tocarnos para ver si estábamos bien, y los miraba con anhelo.

Se dejaba bañar por ellos. Cerraba los ojos, echaba la cabeza hacia atrás y guardaba silencio largo rato, a pesar de que el mundo a nuestro alrededor estuviera envuelto en hórridos sonidos.

En aquel entonces, yo aún no sabía que ella misma era parte del plan de esos dioses de los que hablaba con tanto cariño, que había sido una de sus sacerdotisas.

Los detestaba por haberme dado aquella vida llena de miseria, por hacerla sufrir tanto.

Por más que ella quisiera que tuviera fe, no era capaz, me sentía abandonado.

No comprendía por qué mi madre, después de todo, seguía teniendo fe en los dioses.

Por qué las personas, incluso en sus peores momentos, cuando la vida las pone de rodillas y las hace dudar de todo, mantienen la fe.

El niño que fui, el muchacho que fui, no tenía respuesta a esa pregunta.

O, al menos, no de forma determinante. Pero en ese momento, en ese lecho en medio de unos hondos túneles, en compañía de un ser inocente al que protegería con mi vida si fuera preciso, comprendí dos cosas.

La fe en los dioses, en el amor, en los demás o en uno mismo, la fe en cualquier asunto que a uno le ataña, es timón firme para un barco a riesgo de encallar.

Y en la vida, a cada segundo, nos azota una tempestad.

La fe que Debra tenía, incólume a pesar de todo, era como los libros para Brianna: una forma de olvidar lo malo y agarrarse a la esperanza.

Porque, si la esperanza se te escurre de los dedos, si la fe en cualquier cosa no arde como llama fiera, los candados que cierran tu alma a la oscuridad y el desánimo se abren, y esta tiene espacio para entrar y arrasarte. Como un ejército devastador.

Decidí que tendría esperanza; se pusieran las cosas como se pusieran, la tendría. Y también fe, aunque fuera, en esos momentos, como esos rayos pequeñitos que se colaban en los rincones de aquel cuarto, donde estuve, como Xelirian estaba ahora conmigo, en brazos de alguien querido.

Si él era la mitad de feliz de lo que yo lo fui en esos instantes, me daba por satisfecho.