Málakor 3 CAPÍTULO 79 #2
87%

CAPÍTULO 79 #2

—Nunca digas de esta agua no beberé ni ese asesino no es mi padre. Te enamorarás, Medora, algún día.

—¿Como tú de Leyla?

—Si esto es estar enamorado, no lo quiero. Siempre caigo en ella. Siempre. Aunque me haga daño. Podríamos morir mañana cualquiera de los dos y lo haríamos estando enfadados.

—Está disgustada contigo por lo del niño. Evita a Xelirian. Ni lo mira cuando está cerca.

—Tiene que entender que ese niño necesita comprensión, que cuiden de él. Y esto también lo digo por ti.

—No, si… Si cuanto más lo miro, más tristeza siento por lo que ha sufrido. Sin embargo, Leyla no lo ve del mismo modo. Y ella también necesita comprensión.

—Si la comprendo, solo que no estoy de acuerdo.

Le he dicho que él no tiene culpa por haber nacido dónde nació.

Pero como ella ha tenido el privilegio de nacer en un hogar estupendo, en una ciudad en medio del arcoíris, pues…

¿Pero sabes lo que sí fue una elección? Prometerse con Lúdric, eso fue una elección.

—No le habrás dicho eso, ¿no? —Echó la cabeza hacia atrás.

—No. ¿Cómo voy a decirle eso? Sería una puñalada trapera. Lo he dicho ahora porque estoy enfadado, nada más, pero la realidad es la que es. Hay cosas que se eligen y cosas que no.

—Más vale que no se lo digas nunca, o tendré que elegir túnica para tu funeral.

—Le haría daño. Y no quiero, aunque a veces pienso que se lo haré, diga lo que diga, me comporte como me comporte. Si doy un paso más allá de lo que ella espera de mí, siempre termina herida.

—No quiero decir esto en voz alta, pero… —La maga apretó los labios mientras me miraba como si callase una verdad universal.

—¿Qué? Conjuritos, desembucha.

—Alguno de los dos tiene que ceder.

—No pienso ceder en lo de Xelirian —declaré muy serio.

—Pues si no cede ella, esto irá de mal en peor…

—Desde luego. Ni siquiera ha venido a verme de nuevo. Y eso me duele más que todas las heridas, las dudas y los miedos.

—Lo sé —dijo comprensiva—. Si te sirve de consuelo, no está en la casa. Se ha ido con Háchpirey a solucionar «incidentes diplomáticos».

—Me siento aliviado entonces.

La maga me palmeó el hombro.

—Te traeré un poco de cerveza de liquen, que es buena para el corazón, dicen. —Salió de allí con andares enérgicos.

—Entonces necesitaré un río —dije, ya a solas.

Me trajo una buena jarra y ella tomó otra mientras me hablaba de Aberrak y los enanos, un lugar y unas gentes que la tenían fascinada.

Me contó que unos jóvenes habían perdido la vida en los túneles a causa de un enfrentamiento con puntiagudos, por lo que había más funerales en la ciudad, lo cual lo revestía todo de tristeza.

—Pero dejemos de hablar de cosas tristes. —Esbozó una sonrisa melancólica y miró a Panceta—. Este grandullón se pondrá bien, ¿a que sí? Ya respira más calmado.

Apenas se le oía. Ni roncar. Ni gruñir. Ni patalear, como otras veces cuando dormía, quizá soñando que perseguía a un gato o una rata.

—Sí, se pondrá bien.

Ella se estiró sobre la cama para volver a hacerle mimos.

—Tengo que irme ya, voy al mercado con una de las sanadoras a comprar unos ingredientes para unas pomadas.

—Por favor, ten cuidado con los mercaderes, sobre todo si son de Vingardia.

—Ah. —Rio amargamente—. Tendré cuidado, no te preocupes. Y, por cierto, vino la guardia a hablar contigo sobre el asunto del callejón. Dudaban de si eras o no un peligro para la seguridad de la ciudad, pero Háchpirey los convenció de que habías obrado violentamente por el bien de esta.

—¿Hay alguien a quien no pueda convencer el bardo?

—Sí, a ti. Nunca le haces caso.

Solté una carcajada. Ella me pellizcó el moflete con cariño.

—Cuando te ríes así, te sale un hoyuelo y estás monísimo. O igual es una arruga, te haces mayor. —Rio traviesa.

—Anda, vete ya, Conjuritos, y… gracias por traerme un libro pequeño.

—Es solo una de las partes.

—¿Cuántas partes son? —Casi hubo miedo en mi pregunta.

—Cinco más como esa. Solo son setecientas páginas, Málakor, no es para tanto. —Me sacó la lengua y luego se fue.

A cada tanto, miré de reojo el ejemplar, sobre las sábanas, largo rato.

Al final, dejé la jarra de cerveza y deslicé los dedos hacia él, como si fuera a morderme.

No era la primera vez que tocaba un libro.

Más allá de los cuentos de mi madre, había estado leyendo un poco de las Crónicas de Luara del bardo, sobre las que me quedé dormido, por cierto, pero leer algo por diversión…

Sin embargo, personas a las que quería disfrutaban haciéndolo.

Hach, Medora, Leyla. Algunas otras que ya no estaban, como mi padre o Brianna.

A ella le gustaban mucho las no velas de aventuras.

Se pasaba horas leyendo siempre que no teníamos ninguna misión o entrenamiento que atender.

A menudo me hablaba de esto o aquello que había leído. Siempre que lo hacía estaba feliz.

Me pregunté si ese tal Tirant podría hacerme feliz también. Hacerme olvidar, por unos momentos, todas mis preocupaciones, como le sucedía a la mercenaria. Así que tomé el libro, lo abrí por la primera página y empecé a leer.

Al principio se me juntaban las letras y no entendía bien la mitad de las cosas, porque estaba lleno de palabras que no conocía, pero, poco a poco, fue llenándoseme la cabeza de aquellos escenarios que, aunque ficticios, me parecía que estaban inspirados en algunos lugares que conocía.

Me vi viajando por ellos, como si hubiera cogido el mismo barco que Tirant y cruzado los mares.

Y de repente y por primera vez, me sorprendí hablándole a Tirant:

—Quizá tú sí podrías llegar a Hérenthor y encontrar a Anamkha.

Me quedé pasmado, rascándome el cogote con una mano, preguntándome si la gente que solía leer hacía eso: hablarle al protagonista como si pudiera escucharlos. Sea como fuere, seguí leyendo, y esa no fue la última vez que hablé con Tirant o con cualquiera de sus compañeros de aventuras.

Por la noche, cuando Medora volvió a verme, me encontró leyendo. Sonrió, dejó dos tomos más del libro y un vaso con leche caliente de bilmut en la mesita. Tras acariciar el lomo de Panceta, se marchó. Entre sorbo y sorbo, seguí viajando sin moverme de la cama. Apenas pensé en nada, ni sentí dolor.

—Esto de leer las aventuras de los demás es cosa de magia. Cuantos más problemas tienen ellos, menos te parece que tienes tú.

Sin embargo, pronto me di cuenta de que eso era un arma de doble filo, pues acabé sufriendo por sus vivencias tanto como si fueran las mías. Hasta estuve tentado de arrojar el libro a la chimenea, por el enfado.

Un rato después, a medio beber la leche de tan absorto como estaba leyendo, la puerta volvió a abrirse. Asomó la cabeza Xelirian, con el pelo mojado. Me llegó pronto un olor a jabón .

—Esta hora es la mejor para darse un baño. —Metí el dedo entre las páginas, para no perder por dónde iba—. Se duerme más a gusto.

El niño asintió, sin entrar en la habitación, y clavó la mirada en el libro.

—¿Qué lees?

—Una novela de caballería. —Lo levanté para mostrárselo—. Me la ha dado Medora.

—Medora me mira mal.

—Ya se le pasará.

Cual gato cauteloso, entró en la habitación. La escudriñó y, mientras lo hacía, se acercó a la cama. Posó un beso en la frente de Panceta. Aquel gesto dulce me hizo sonreír de oreja a oreja. El perro soltó un leve gruñido de satisfacción. Xelirian y yo nos miramos con sorpresa.

—¿Se va a despertar? —dijo el niño.

—Quizá si le das más besos en la frente, lo haga.

El crío se llevó los dedos de una mano a los labios, con una expresión de extrañeza.

—¿Es que los besos curan a la gente?

—Los besos de las personas que nos quieren sanan muchas de nuestras heridas. Aunque hay otras que ni todos los besos del mundo pueden sanar. Pero tampoco vayas besando a todo el mundo, eh, solo a la gente que tú quieras, siempre que ellos también quieran. Ni tampoco te dejes besar si no quieres.

—A la gente que yo quiera… —repitió—. ¿Panceta quiere?

—Seguro que sí.

Xel volvió a besar a Panceta, más largamente, aquella vez en la mejilla.

—¿Y tú, tío? —me preguntó entonces.

—Claro que quiero. —Puse la mejilla.

La besó, y sentí cosquillas por su cariño.

—Gracias —le dije.

Él se encogió de hombros, volviendo a mirar el libro.

—¿Qué es una novela de caballería ?

—Pues es la primera que leo, así que no sé mucho sobre ellas, pero es de un caballero que vive aventuras. Combates, riñas, batallas…

Su gesto se volvió más curioso aún.

—El protagonista se llama Tirant —le dije. Él levantó la mirada hacia mí, con expectación—. Y hay otros personajes más, por ejemplo, la chica que le gusta, Armesina.

—¿Es su novia? —Puso la mano sobre las sábanas.

—Pues digo yo que lo será, porque acaba de quedarse mirándola igual que si yo mirase a un bocadillo de panceta.

—¿Un bocadillo de… panceta? —Miró asustado al perro.

Le expliqué qué era aquello, y quedó convencido.

—Suena a algo rico.

—Muy rico.

—Y… —titubeó—. ¿Se darán besos? Pero no en la boca, eso es asqueroso. Puag.

—Sí, puag… —dije riéndome—. ¿Quieres echarle un vistazo? —Acerqué la novela a él.

Su rostro se entristeció.

—No… No sé leer. Solo conozco algunas palabras si las veo, pero no me han enseñado a leer.

—Pues te lo leo yo entonces. No es que sea el mejor leyendo en voz alta, pero… algo haré.

Miró hacia la puerta, dudando; sin embargo, al final se subió en la cama y gateó hasta sentarse a mi lado. Moví la almohada para acomodarnos a los dos, codo con codo, y abrí el libro.

—Bueno, ¿por dónde iba?

Xelirian señaló un punto de la página.

—Esa palabra la reconozco. Tierra. Como lo que hay bajo los pies.

—Exacto. —Lo miré sonriendo.

—Y en las tumbas —añadió.

Se me cayó la sonrisa.

—Sí, claro. —Carraspeé, con cara de circunstancias—. Bueno, vamos allá. «Nunca he creído que en esta tierra hubiese cosas tan admirables como las que veo», dijo Tirant. «Pero no hablaba de las cosas, hablaba de la belleza de Armesina».

—Es… ¿guapa? —Xelirian me miró intrigado.

—Para él sí. Y, al final, en eso de ser guapos o no, depende de quien nos mire.

—La maga te mira y piensa que eres guapo.