Málakor 3 CAPÍTULO 79
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CAPÍTULO 79

De lo que unen los libros

C uando desperté, tras dormir no sé cuántas horas, me dolía cada parte del cuerpo. Sobre todo el vientre. Mucho decir que era semidiós… Semileches. Las cosas me dolían como al común de los mortales. Ni la magia de Medora había podido reponerme por completo aquella vez.

Fue la primera en pasar a verme en cuanto supo que estaba despierto.

Estaba zampándome una sopa de cosas verdes, sacadas de a saber de dónde en aquellos túneles.

Las sanadoras habían dicho que me aportaría cosas buenas para el cuerpo.

A ellas mismas les había pedido que trajeran a Panceta a mi habitación, y el perro dormitaba envuelto en una manta a los pies de la cama.

Cada vez que se movía, o hacía el mínimo gesto, me envaraba, atento.

Sin embargo, aún no había despertado. Empezaba a pensar que jamás lo haría.

—¿Qué comes, Málakor? —me preguntó Medora, acariciándole el lomo con suavidad—. Tiene buena pinta.

—¿Buena pinta? Esto es comida para gallinas.

Soltó una risa con los labios cerrados y se sentó al filo de la cama.

—Las gallinas comen gusanos, ¿sabes? Pican todo lo que encuentran en el suelo.

—Igual por eso están tan ricas.

—Lo tuyo con las verduras es una cosa… —dijo riéndose de nuevo—.

Es esencial comer verdura. Estudié mucho sobre ello en Téramo.

A los magos se nos obliga a comer al menos cinco raciones de frutas y verduras al día, para mantenernos sanos y con energía.

Libres de muchas enfermedades que vienen derivadas del consumo excesivo de carne.

—¿Te ha mandado Leyla para que me digas eso?

—No… —Me dio uno de sus pellizcos—. Es un hecho. Comer apio nunca te provocará gota.

—No, claro, pero sí una tristeza infinita. En fin, vamos a hablar de cosas importantes. —Dejé el cuenco sobre la mesita—. ¿Qué pasó con el propagador?

—No me acuerdo de nada —torció el gesto—, y…

Aunque calló, quizá por no preocuparme, adiviné por su expresión qué le sucedía.

—Te asusta, ¿no?

—Sí, mucho.

—Estaré a tu lado, Medora, pase lo que pase. Seguro que encontramos respuestas y una solución.

Más animada, dijo:

—Si llegamos a Ítaro, y conozco a alguno de esos grandes magos de los que hablan los enanos, buscaré esas respuestas. También sobre la magia de sangre.

—Llegaremos. Ya lo verás. —Le conté lo que Azani me había dicho, aquello sobre lo que tenía que pensar—. «Piensa, piensa», pero, por más que pienso, no tengo ni idea de lo que pasa.

—Esa magia desconocida que expelí me dejó en un estado maltrecho.

Creo que lo que Azani quiere decir es que, del mismo modo, el conjuro de Azskar se ha cobrado un precio en él y tardará en regresar.

Además, la diosa te ha dicho que ese tal «él» busca el momento preciso para que la magia de sangre se cobre su precio.

No enviará al asesino a matarte hasta que no… , pues no sé, ¿le interese?

—No me voy a quedar sentado viéndolos venir. Tengo que hacer algo.

—Esperar hasta que encontremos a alguien que nos ayude con la magia de sangre, en Rádamo o dónde sea, ya te lo he dicho.

Asentí, todas mis esperanzas estaban en ello.

—Leyla me dijo que había tenido que entregar su alma para poder realizar el vínculo.

—Lo sé. He hablado con ella. Y le he regañado como nunca he regañado a nadie.

—Eso no sirve con la exploradora. —Suspiré.

—Tampoco contigo —dijo con gesto burlón .

—No estamos hablando de mí… —Chasqueé la lengua—. Pero es igual, Medora, ¿qué clase de persona sería capaz de hacer algo así en Luara, sin que los magos de Téramo se dieran cuenta?

—Esa es una pregunta interesante para la que no tengo respuesta.

En cuanto podamos, enviaré un mensaje a Verne, para que investigue.

La exploradora me contó que había sido un enano el que había hecho la magia.

Cómo ha llegado hasta allí, es aún un misterio para mí.

Aunque he preguntado a las sanadoras y me han hablado de una vieja leyenda de Aberrak. Erik el Rojo, un explorador.

—¿Y el tal Erik sabía algo de la magia de sangre?

Se encogió de hombros.

—O de pactos con almas.

Cuando dijo aquello, recordé cuando hice uno terrible, con Damien, en aquel acantilado.

«Lo que quieras. Sálvala. Tendrás mi alma si es lo que deseas», le dije cuando le pedí que salvase a Griselda.

«No. No es tu alma la que codicio». Esperaba, por todos los dioses conocidos, por sus poderes y sus miserias, que ese maldito abuelo mío no tuviera nada que ver con lo de Leyla, porque, de lo contrario, eso de «una riña familiar» iba a quedarse corto. Muy corto.

—Una moneda por lo que sea que estés pensando. Tienes una mezcla en la cara de sospecha y asesinato.

—En ambas cosas, sí.

—¿Y a quién quieres asesinar ahora?

—A un dios.

Se echó a reír todo lo que le daba de sí el cuerpo.

—Estás fatal. Aunque quizá tú podrías. Eres mitad dios, ¿no? Si solo los dioses pueden acabar con otros dioses…

—Ni siquiera sé si eso es cierto. Por las historias que conozco, los mandan al Olvido y ya. No he escuchado que los destruyan físicamente —entrecomillé con los dedos—, ya me entiendes.

—Es lo que dicen las leyendas: solo un dios puede acabar con un dios. Por lo que quizá, un semidios, podrá acabar con la mitad de un dios. —Rio su propia teoría—. Opta por la cabeza. No se puede vivir sin esa parte del cuerpo .

—Algunos viven sin usarla nunca… —Acabé riendo también. Tras quedarme mirando a la nada unos segundos, pensando en tales asuntos, le lancé a Medora una pregunta—: Conjuritos, ¿qué crees que puede significar: Cuando llegues al mar de páginas, busca entre las olas?

—El mar de páginas… Eso suena a algo que diría el bardo.

—Me lo dijo Azani.

—Dos que duermen en el mismo colchón…

—¿Cómo que en el mismo colchón? —Estreché los párpados.

—Es un dicho de Las Lejanas. Aparte de eso, son mayorcitos los dos. Tendrán intimidad física.

—No metas esa clase de imágenes en mi cabeza. Son mi mejor amigo, casi mi hermano, y mi abuela. —La sacudí—. Y, contéstame, ¿qué puede significar?

Ella, tras unos instantes pensativa, dijo:

—Supongo que hablaba de un sitio con muchos libros.

—¿Una biblioteca? —Arrugué la nariz.

—No pongas esa cara, que parece que hablas de una letrina apestosa. Las bibliotecas son los mejores lugares del mundo.

—Lo único que valoro de las bibliotecas es el silencio.

—Pues te vendría bien leer más. Te abriría la mente. ¿Sabes qué? Te traeré un libro de la casa del bardo.

—¿Uno con las respuestas que necesito?

—No lo creo. Pero no todos los libros deben tener respuestas trascendentales, algunos solo existen para que nos divirtamos leyéndolos. ¡Voy a buscarlo!

Esperé su regreso. Cuando lo hizo, vino con un pequeño libro, lo que me alivió, porque al menos no me haría leer esos tochos del bardo.

—Al final te vas a salir con la tuya, Medora.

—¿Salir con la mía?

—Cuando nos conocimos, dijiste que tenía pinta de ser de esos que usan los libros para ajustar las patas de la mesa, que debería leer más. Igual que ahora.

—Ah, sí, qué tiempos aquellos —dijo con gesto nostálgico—, parece que fue ayer, ¿no? Y en realidad han pasado meses… Te n. —Puso el ejemplar en mis manos—. Verás como leer te hace bien, te mantendrá la mente ocupada.

—¿Qué clase de libro es? —Lo miré receloso.

—Una novela caballeresca. Tirant el Negro.

—¿Es el nombre de un bicho extraño de Las Lejanas?

Riendo, se sentó al borde de la cama.

—No, es el nombre del protagonista. Un muchacho al que instruye su mentor, que luego de grandes y singulares combates, es nombrado caballero. Como tú.

—No me lo recuerdes…

—A mí me parece fascinante. Caballero honorífico de Ardacia. No es poca cosa, que digamos. Y yo, la Segunda Electa. Somos privilegiados.

Hice una pedorreta poco digna de un hombre adulto.

—Sígueme contando del tal Tirant, anda, que prefiero oír eso.

—Vale —dijo negando con la cabeza, entre risas—. Pues vive un montón de aventuras. Batallas, conquistas, romance… Su historia está llena de emoción, reflexiones, amor, humor…

—Eso del humor me gusta. —Abrí el libro y lo ojeé. Parecía que lo hubiera escrito Háchpirey—. No me extraña que el bardo hable a veces como habla, aquí hay un montón de palabras que él dice, de esas raras. «Mi alma siente gran alegría de vos», ¿quién demonios dice eso cuando habla?

—Los bardos y los protagonistas de las novelas de caballería —respondió con gesto burlón—. Verás como te gusta. Te costará al principio, porque no estás acostumbrado a leer, pero merecerá la pena.

Seguí con la mirada perdida entre las páginas unos instantes.

—No se lo digas al bardo. Si lo haces, me traerá media biblioteca de su casa. Vamos poco a poco.

—Muy bien. —Medora se encogió de hombros.

Cerré el libro y lo dejé a un lado.

—Ya leeré después, cuéntame cómo va todo por ahí fuera. Habrán pasado muchas cosas.

—Muchas, te has pasado un día entero durmiendo. Siguen con los funerales de Arbelina y buscando al hechicero. Aunque creo que van a dejar de buscar. Piensan que ha conseguido salir de la ciudad, igual que entró, sin ser visto. ¿Cuándo les vamos a decir la verdad?

—No podemos. Nos colgarán. ¿Entiendes? Y si hay que decirles algo, ya lo hará el bardo. Él sabe hablar mejor que nosotros.

—Conversa mucho con Bruman y Trori. Los consuela.

El pobre viudo es un mar de lágrimas. —Suspiró apenada—.

Cuando se supo que estabas en cama, y las sanadoras hablaron de toda la sangre que había en la otra habitación, Háchpirey tuvo que contarles una historia.

Dijo que una de las heridas del ataque de los asesinos se había abierto, que por eso habías empeorado.

—¿Y le creyeron?

—Bruman creo que sí. Trori…, él lo miraba con desconfianza.

—Igual que cuando me hizo preguntas sobre el hechicero. Ese enano no está convencido del todo. Esto nos va a explotar en la cara en cualquier momento. Y si Bruman no se da cuenta, es porque está sumido en su duelo y no piensa con claridad.

—Ya… Debe de doler mucho perder a quien amas —dijo Medora—. Yo, por eso, no pienso amar a nadie. Solo a divertirme con quien me plazca.