Málakor 3 CAPÍTULO 78
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CAPÍTULO 78

De dioses y mortales

Azani vino a verme largo rato después. Apareció a los pies de la cama, de sopetón, y casi me dio un infarto por el susto. Con la mano sobre el pecho, tras tomar aire, le dije:

—Abuela, de verdad, creo que voy a ponerte unos cascabeles.

Estaba tan sumamente seria, que ya podría haber contado el chiste del año que no se habría reído.

—¿Qué ha pasado? —preguntó.

—¿Que qué ha pasado? —Resoplé—. ¿Por qué no me dijiste que tenía un hermano?

—Hay cosas que tienes que averiguar por ti mismo, ya lo sabes. Así que quítate de la cabeza lo de preguntarle a Anamkha sobre la magia de sangre, es un asunto que has de desgranar por tus propios medios.

—¿Estás de broma?

Lo impertérrito de su expresión me dio la respuesta.

—Maldita sea —farfullé—. Te metes en lo que te da la gana, en lo que no, te callas. Y ahora me dices que tampoco puedo preguntarle a la pelirroja. Pues busca un término medio, Azani, porque me estoy cansando de tanto ir y venir.

—Ya no podré intervenir más, no mientras él esté aquí. Por más que me pese, Damien tiene razón. Tal vez haya sido yo, mi trato contigo, lo que le ha sugerido que puede hacer lo que le dé la gana.

—No sé de quién narices estás hablando.

—Alguien que ha puesto sus garras en Azskar.

Que transgrede de nuevo todas las leyes de los dioses.

Que le ha permitido, aunque solo sea por una vez, llegar hasta a ti de forma corpórea.

Un poder solo permitido a los dioses, que le ha dado el conocimiento del hechizo que ha realizado para atarte y para ejercer su dominio sobre Xelirian.

Lo ha protegido con la energía más oscura y solo permitirá que muera, para arrastrarte consigo, cuando él así lo considere.

—No me arrastrará a mí. Arrastrará a Leyla. Ella se ha vinculado a mí. La próxima vez que Azskar me hiera, será ella quien lo sufra.

Azani apretó los párpados tanto como si sintiera dolor.

—Dime quién es. Dime quién está ayudando a Azskar. —La miré esperando que dijera o hiciera algo, pero permaneció callada—. No me vas a decir quién es, ¿verdad?

—No. No te lo va a decir.

Damien se manifestó abruptamente a mi lado.

—Estoy convaleciente, por si no os habéis dado cuenta. —Cogí aire—. Y no quiero otra bonita reunión familiar. Nadie te ha invitado, Damien, esfúmate.

—¿Qué tal estás después de lo que has visto en el mundo entre los mundos? —Rondó la cama como un gato ronda a un ratón. Lo seguí con la mirada—. Kaely es hermosa, ¿verdad? Digna hija de sus padres.

—Ha sido una alucinación. Solo eso. He estado medio muerto otras veces y no he visto ningún mundo entre los mundos.

—No hace mucho dormía quien lo guardaba, y sus dones regresan poco a poco —dijo Azani.

—En realidad, sí que…

—Calla ya, Damien —regañó ella—. Estás hablando de más.

Él soltó un gruñido y acercó su rostro al mío. Demasiado.

Lo miré alzando una ceja.

—Apártate. No quiero verte la cara.

—Damien, déjalo. Eres como un chiquillo que no sabe más que jugar a molestar.

—Es que nunca hace preguntas divertidas, como por ejemplo: ¿Por qué ha visto a esa muchacha? ¿Por qué le ha llamado padre? ¿Por qué estaba ella allí, en el mundo entre mundos? Te contestaré a una sola, cuál quieres saber.

—No juegues con esas cosas. —Mi abuela volvió a regañarle.

—Déjalo, le haré una pregunta, a ver si me la contesta o se calla, como soléis hacer .

—Él, por desgracia, no se calla cuando tiene que callar.

—¿Y eso lo dices tú, palomita? —Damien le dirigió una sonrisa retadora.

Ella puso los ojos en blanco. Eran dioses, sí, pero también divorciados que se llevaban mal, al fin y al cabo.

—¿Qué se ve en el mundo entre los mundos? ¿Lo que viviremos tras nuestra muerte? ¿El futuro?

—Eso son tres preguntas.

—Pues contesta a la primera.

—En el mundo entre los mundos, querido nieto, uno puede ver cualquiera de esas cosas, pero también sus mayores deseos.

Estaba más perdido que al principio.

Azani lo cogió del brazo y lo echó hacia atrás. Él se retiró gruñendo.

—No le hagas caso. Ya lo conoces. Le gusta enredar. —Se sentó al filo de la cama y me acarició la frente como si no fuera más que un chiquillo.

Y quizá fue su gesto lo que sacó mi lado más vulnerable.

—Tengo miedo, Azani. Azskar podría aparecer en cualquier momento y acabar con todo. ¿Es verdad que quiere quedarse con mi poder? ¿Qué poder, abuela? Solo soy un simple mortal.

Damien y ella se miraron de forma enigmática. Él se acercó a mí por el otro lado de la cama.

—No eres mortal. Eres un semidios. —Me puso el dedo en la frente y presionó—. A ver cuando te metes eso en la cabeza.

Le cogí el dedo y lo aparté de forma brusca.

—Pues será en otro mundo, porque, en este, sangro como uno.

—Desde luego que a veces parece que tienes el mismo afecto por la sangre que tu tía Deidre. Y eso es encantador. —Damien sonrió.

—¿Qué poder? ¡¿Y quién está ayudando a Azskar?! —dije perdiendo la paciencia.

—Piensa un poco, Málakor —dijo ella—. Piensa en lo que te he dicho antes.

En lo que sabes de la magia. No de la magia corriente.

De aquella que tiene el poder de la muerte.

Piensa en el precio que se cobró en tu amiga Medora cuando te salvó del propagador.

Y no bajes la guardia. Sigue buscando. Sigue tu camino.

No te detengas. En Aberrak solo te queda una cosa por descubrir.

Luego no habrá nada más que puedas hallar aquí.

—Menos mal que no ibas a intervenir —dijo Damien, que silbó distraído.

—No estoy interviniendo. Solo estoy hablando con él.

¿Te crees que El Usurpador no hablará con Azskar?

Claro que lo hará. No voy a ponerme a su altura enviando a alguien para que le corte la cabeza mientras duerme.

No lo haré. Quiero seguir aquí para estar al lado de Málakor.

Pero solo callaré lo que no me quede más remedio que callar.

Aunque, cuando Tékim llegue, él seguro que no se calla nada.

—¿Tékim? La deidad a la que adoran los lameazufres, ¿no?

—Sí, es mi tío —dijo Azani.

Al unísono, Damien masculló con disgusto:

—Y mi hermano.

Fruncí el ceño cayendo en algo.

—¡Es tu sobrina!

—Doblemente, su padre también es mi hermano. Tíaro, aquí lo conocen como Orbeo —respondió Damien, tan tranquilo.

Contraje la cara a más no poder.

—Joder, pero qué asco. ¡Que sois familia!

—Los dioses no entendemos de esas cosas —gruñó él.

—Ah, suena a excusa para enmascarar que no tenéis moral, abuelito.

—Si me llamas otra vez abuelito, me como tu corazón y luego lo escupo en el plato de la exploradora. —En sus iris moró el fuego de la cólera.

—Damien… —regañó Azani.

La miró con una sonrisa ladina y dijo:

—No, mejor en el del bardo.

—Si te acercas a Háchpirey… —dijimos la diosa y yo a la vez.

Damien levantó ambas manos, deteniéndonos con un gesto.

—No hace falta que repitáis vuestras amenazas, me las sé de memoria .

—Pues te vas a saber de memoria la forma de tus divinas tripas como toques al bardo.

Damien fue a echarse sobre mí, con esos iris rojos suyos que tan mal rollo daban, pero Azani tiró de él hacia sí.

—Adiós, Málakor —dijo mi abuela—. Cuando llegues al mar de páginas, busca entre las olas, hijo del agua.

—¿Qué?

No hubo contestación. Se esfumaron de la misma manera que habían llegado.

—Necesito unas vacaciones de todo esto. O que todos se tomen unas vacaciones de mí. Cualquiera de las dos cosas.

Me tumbé y traté de descansar un poco. Sin embargo, mi cerebro era un hervidero de ideas.

Panceta, Azskar, Xelirian, la sangre, los dioses, el mundo entre los mundos, Kaely, Leyla.

Llamé a las sanadoras y, después de preguntarles por el perro y de que me dijeran que se estaba recuperando, supliqué para que me dieran alguna de sus hierbas somníferas.

Solo quería dejar la mente en blanco y no pensar en nada.

Un poco de tregua, como le había dicho a Leyla.

Algo de calma en medio de la maldita tormenta en la que estaba metido.