Málakor 3 CAPÍTULO 77
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CAPÍTULO 77

De elegir

E n cuanto nos quedamos a solas, Leyla y yo nos miramos unos instantes, en silencio. Quizá porque ninguno de los dos sabía por dónde empezar. Me lancé a hablar primero, a soltar una pregunta cuya respuesta podría ser tan angustiosamente letal como una roca pesada sobre una cabeza.

—Leyla, Azskar… ¿ha ido al dormitorio?

—No, claro que no —respondió extrañada.

Debió de ver la angustia en mi mirada, porque la suya se volvió igual.

—¿Qué te ha dicho?

«Estaré dentro de ella, tomándola aunque ella no quiera».

—Es igual, solo dime que no ha estado allí.

—No. Ninguno lo hemos visto. Solo vosotros. —Por la forma en la que me miró, decía la verdad—. No sufras por eso.

Sentí un alivio inmenso. No habría podido soportar que Leyla pasase por algo así. Como todas esas mujeres de Ledaria a las que la crueldad de los hombres había reducido a objetos que poseer.

—Pero tu manera de preguntármelo tiene que significar algo. No has dicho algo así como «ha intentado matarte», has dicho «ha ido al dormitorio». ¿Por qué?

—Es horrible, Leyla, no quiero decírtelo. He convivido con eso muchos años y me cuesta decirlo en voz alta. Me duele haber mirado para otro lado mientras eso sucedía a mi alrededor.

Giré la cabeza hacia el lado contrario, para esquivar su inquisitiva mirada. De repente me pareció como si en la pared, igual que las sombras de las nubes en los prados, aparecieran las de las imágenes de las cosas que había sabido, visto u oído. Todas ellas atormentándome sin piedad.

—¿El qué?

—Lo que iban a hacerle a Faaranaz —dije finalmente, sin mirarla aún—. ¿Lo recuerdas?

—Claro que lo recuerdo —respondió pesarosa.

—Evitamos aquello, pero no puedo negar que también soy culpable del sufrimiento de todas esas mujeres de Ledaria que gritaban cada noche. Nunca les puse una mano encima, pero no las ayudé. Estaba…, no sé dónde estaba.

—Málakor… —Me cogió del mentón para que la mirase. Cuando sus ojos y los míos se encontraron, dijo con dulzura—: No eras tú. Solo estabas… perdido, ¿de acuerdo? Atrapado. Estabas sobreviviendo.

—Me odio a mí mismo por ello.

Me besó en los labios, suavemente. Su beso me trajo un poco de consuelo, así que me di a ella. Cometiendo otra vez el maldito mismo error, por necesidad o deseo, sin más posibilidad que la rendición.

—Dime, exactamente, qué ha dicho Lúdric —pidió, con sus labios aún tan cerca de los míos que sentía su cálido aliento sobre mi piel.

Incómodo, respondí:

—No ha sido grato, así que prefiero ahorrártelo.

—Quiero oírlo —ordenó.

Chasqueé la lengua, y me separé del todo de Leyla. Se lo diría, pero no reproduciría exactamente la frase de ese malnacido.

—Ha amenazado con hacértelo a ti, como una muestra más de su inmundicia y bestialidad. Eso es todo.

La exploradora soltó una risa corta, con los labios cerrados, y luego negó con la cabeza, pero vi en sus ojos una chispa de dolor.

—A pesar de todo, él no haría jamás nada así. Nunca lo ha hecho, al menos conmigo —dijo con aplomo—. Es maldad pura, pero eso no va con él. Es… incluso delicado, lo cual…

—No necesito saber cómo es Azskar en la cama, ¿vale? —interrumpí a toda prisa—. Puedes guardarlo para ti.

—Perdona. Solo… —Se aclaró la garganta, nerviosa—. Solo quiero que quede claro que lo ha dicho para alterarte, por todo lo que viviste en Ledaria. Quería que saltases, nada más.

Asentí y tomé aire, ese asunto me ponía muy nervioso y aún quedaba otro muy difícil que tratar.

—El niño…, ya sabes quién es.

—Sí, Háchpirey me lo ha dicho.

Apretó los labios, en un silencio que me pareció eterno, y se cruzó de brazos, tan tensa que los músculos se le marcaron en la blusa.

—He visto cómo lo miras —agregó—. La sonrisa que se te ha dibujado en la cara cuando él ha reído. ¿Tanto te importa?

Por su tono y su postura, no es que viniera tormenta, es que se avecinaban rayos, truenos y lluvias torrenciales. Por suerte, no llevaba el arco. Al menos estaba a salvo de morir ensartado.

—Claro que me importa. Y a ti te molesta que me importe, ¿verdad?

Traté de incorporarme, necesitaba dejar de sentirme atrapado en el lecho.

Al ir a moverme, a pesar de la magia sanadora de Medora, noté que mi cuerpo se resentía.

No había sido como aquella vez en Ardacia donde luego eché a correr, desde luego.

No había perdido tanta sangre, y fue más fácil la recuperación.

—¿Qué haces? Túmbate.

Leyla trató de obligarme, pero la aparté con suavidad.

—Contéstame.

—Yo… —Tensó la mandíbula—. Sí, me molesta. ¡Claro que me molesta! Me molesta que sientas nada por ese chiquillo, por el hijo del hombre que tanto daño me hizo, que me traicionó, que me ha sido infiel una y otra vez.

—Hach me dijo que en Knegara…

—¡Solo si es de mutuo acuerdo! Nosotros acordamos sernos fieles.

Quise apretarle la garganta a Azskar, porque, en esos días, cuando ese niño nació, él ya estaba con Leyla. Aparte de todas sus traiciones y vilezas, no solo había yacido con otras mujeres, también había concebido descendencia.

—Pero ese es el menor de los problemas —agregó—. ¡Intentó matarme! Y ahora acoges a su hijo, como si nada.

—Es mi sobrino. —Levanté las manos en son de paz .

—Solo hace unas horas que sabes que Azskar es tu hermano, así que no me vengas con eso.

Iba a soltarle algún exabrupto, pero tenía que entenderla.

Para ella debía de haber sido como un mazazo en la cabeza saber de la existencia de ese chiquillo, tenerlo delante.

Saber que llevaba la sangre de Azskar. Tomé aire y apoyé las palmas de las manos en las sábanas.

Empezaba a cogerle manía a todo lo que había allí. Estaba deseando largarme de Aberrak.

—Entiendo cómo te sientes, de verdad. Estás herida y lo ves en ese niño, y te comprendo, y te abrazaré mil veces para reconfortarte por ello, pero él no tiene la culpa.

—Es un elfo oscuro. Hijo de Lúdric Éberon. Hijo del traidor. ¿Seguro que no tiene la culpa?

—Uno no elige dónde nace, a no ser que me digas que los comehierbas elegís en qué coliflor nacer.

—No te pases.

—Leyla, te están volviendo a cegar tus prejuicios, como cuando me conociste. ¿Quieres cometer el mismo error?

—Y a ti te ciega la compasión —espetó—. Azskar volverá a usarlo para intentar matarte, y yo acabaré muerta, porque ese niño está poseído por una magia maligna.

—Tú elegiste lo de las piedras. Solo tú. Así que ahora tenemos que afrontarlo. Y, por favor, ¿por qué siempre estamos discutiendo? Estoy cansado, de verdad. —Resoplé—. Y tú también dijiste que lo estabas, pero peleas por todo.

—Peleo porque tengo motivos. No quiero a ese niño cerca de mí.

—Flechas, mi paciencia empieza a llamarse: «No tengo nada de eso y si la tuve se esfumó», ¿entiendes? Deja de enrocarte en ese asunto.

—Me importa un rábano que estés perdiendo la paciencia, quizá no la hayas tenido nunca y por eso tomas las decisiones que tomas. Quiero que Xelirian se vaya.

—Pues no irá a ninguna parte.

—Entonces tendrás que elegir, Málakor.

La mandíbula se me cayó al suelo.

—No hablas en serio .

—Más que en toda mi maldita vida. —Me señaló, furiosa—. Si quieres estar cerca de mí, no podrás estar cerca de él. No irá donde vayamos. Se quedará en Aberrak. A ver si con suerte su padre lo encuentra y… —Mordió el resto de la frase.

—¿Qué? Dilo. —Me puse tenso, todo lo incorporado que pude, como si de un momento a otro fuera a saltar hacia ella. De haber podido, lo habría hecho—. Si te tragas tus palabras te envenenas, exploradora. Solo es un niño. ¡Un maldito niño!

Dio un respingo, porque mi voz sonó fuerte. Más de lo que me habría gustado haberla alzado jamás delante de Leyla.

El enfado de su mirada se volvió fuego.

—¡El hijo de Azskar! —replicó entre dientes—. No puedo verle la cara sin acordarme de las cosas que me hizo su padre.

—¿Y sí puedes vérmela a mí, sabiendo que soy su hermano? Que, según tú, ¿nos parecemos?

Agachó la vista mientras apretaba los puños.

—Es distinto. —Volvió a mirarme, con los ojos húmedos—.

Por ti tengo sentimientos. Ese niño no significa nada para mí.

Bueno…, sí, significa odio. El más profundo que haya experimentado jamás.

La herida que me hizo su padre no es superficial.

—Se llevó el puño al pecho—. Es una daga clavada en el corazón, que cada vez que respiro se hiende más, que no podré sacarme hasta que lo mate.

Y, con tal de salvarte, quizá jamás lo haga, porque él me matará primero.

Sobre todo si ese niño anda cerca. Y tú me dices que he de conformarme… , que he de aceptarlo.

—Leyla, sé que tu herida es grande, sé que duele de un modo que no te deja respirar —dije con sinceridad, sabiendo que me había excedido, que habían sido injustas mis palabras—.

Pero no puedo elegir entre lo que siento por ti y lo que siento por ese niño.

Las dos cosas son fuertes, y en las dos tengo puestas idénticas esperanzas.

—No te creo… —musitó, y noté que su herida se hacía más grande—. No puedo creer que sean iguales tus afectos.

—No lo son mis afectos, yo no he dicho eso, pero lo son mis esperanzas.

Porque espero que algún día dejemos de pelear por todo, espero de verdad que podamos entendernos, igual que espero que ese niño encuentre la paz entre nosotros y un camino bueno que seguir.

Lo veo, Leyla, y me veo a mí mismo. Y, si no lo salvo, si no lo ayudo, será como si hubiera dejado al Málakor niño morir…

, viviendo para siempre en Ledaria. Como si nunca hubiera elegido salvar a Élinor.

¿Lo entiendes? Dime que lo entiendes, porque si no entiendes esto, difícilmente podrás entenderme nunca.

Cerró los ojos con pesadez y llenó los pulmones de aire. Apretó los labios, lo soltó y luego volvió a mirarme.

—Lo entiendo. Pero si fallas, si no sacas la oscuridad que queda en ese niño, una parte de ti se quebrará para siempre. Y no quiero…

—No fallaré.

—Málakor, tú…

—He dicho que no fallaré. Y fallaré aún menos si estás a mi lado. Si todos estáis a mi lado en esto.

—No me pidas eso. Podría tolerarlo, por ti, pero no me pidas eso.

—Por favor —musité, con los ojos en los suyos y toda la esperanza del mundo en ellos.

Apartó la mirada y la llevó al techo. Volvió a apretar los labios, movió inquieta la pierna.

—No. Lo siento. —Me miró de nuevo, con dureza—. No voy a ayudarte a salvar al hijo de la ponzoña. La sangre se me pondría negra siquiera por intentarlo. No podría perdonarme jamás el haberle servido a Azskar su victoria, cuidando a su hijo para que pueda usarlo en nuestra contra cuando le apetezca.

—Leyla, podemos buscar la manera de arreglar los asuntos de la magia de sangre.

—¿Podemos? ¿Tenemos acaso la menor idea de cómo? Medora no sabe nada, ni siquiera recuerda lo que pasó, y Arbelina, la única persona que te habló de ello, está muerta. Ninguna de las demás enanas sabe nada ni quiere oír hablar de eso.

Pensé en Anamkha. Ella, tal vez, podría decirme muchas cosas. Y quizá, en Rádamo, encontrásemos también respuestas.

—En Rádamo sabrán algo.

—Háchpirey me ha hablado de ella. Solo son ruinas.

—Quizá queden magos allí que conozcan esa magia .

—No me fiaría de ningún mago que conociera esa clase de conjuros ni por todo el oro del...

—¡Por todos los dioses, Leyla! — interrumpí, perdiendo del todo la poca calma que pudiera quedarme—. Dame un poco de tregua. Dátela a ti misma.

Pegó los labios; los párpados le vibraron.

—Perdóname, es que esto… —Me froté la frente—.

Esto va a acabar con nosotros. Siempre que me parece que te tengo conmigo, que he llegado a algún lugar de tu corazón, te escapas.

Eres arena entre mis dedos, y no quiero que seas arena.

Quiero sostenerte como si estuvieras hecha de roca. Dejar de sentir que te desvaneces.

—Has elegido, Málakor. Nada más.

No me dio opción a responder. Solo salió de allí, dejándome con la sensación de que, con ella, jamás encontraría la calma.

Que todo serían temporales que capear. Y no entendía por qué narices, a pesar de eso, seguía dándole una oportunidad.

Por qué demonios no podía arrancármela de cuajo del corazón.