CAPÍTULO 76
De volver a la luz
S entí un dolor intenso pero familiar. Había sentido aquello antes. Y no era malo. Sabía que no. Que dolía, pero que era bueno para mí. Escuché entonces la voz de Medora.
—En Téramo se van a poner de un contento… Pero me da exactamente igual cómo se pongan esos estirados burócratas, sentados en sus sillones, dictando qué se puede y qué no hacer con la magia. ¡Pues mirad lo que hago!
El dolor se hizo más fuerte. Me cortó la respiración. Atisbé algo entre las rendijas de los párpados. Una energía azul lo dominaba todo. Entraba en mí para sanarme y domeñaba cada fibra de mi ser.
—Odio que incluso medio muriéndote estés tan guapo, Espadita. Mírate. Despeinado y lleno de sangre, y, aun así, todo un portento de hombre. Si es que tú, todo lo que haces, lo haces siendo guapo. Al final, los hombres así, como con señales de batalla, están más atractivos.
En cuanto fuera capaz de hablar, se iba a enterar. Apreté los párpados, incapaz de abrirlos más, mientras una sensación placentera me invadía.
—Medora, por favor. No digas esas cosas. ¿Cómo va a estar guapo desangrándose?
Leyla. Tuve ganas de sonreír. Y me acordé de nuestro beso. Podría haber sido el último de mi vida. Quizá sí que sonreí, pero no me di cuenta de que lo hacía. No sentía más que aquel mar de calma colándose por cada rincón de mi cuerpo.
—No he dicho que esté guapo desangrándose. He dicho que, aún lleno de sangre y despeinado, está guapo. Son cosas diferentes. ¿Verdad, Háchpirey?
—No me metáis en eso.
El bardo. Seguro que volví a sonreír.
—La maga está loca. Nadie está guapo muriéndose .
Xelirian. Sonreí, esa vez sí que me di cuenta de que lo estaba haciendo.
—Oye, puntiagudo, no me llames loca si no quieres que te atice con mi libro de magia. Y pesa como para dejarte un buen chichón. Bastante es que tolero tu presencia, más aún después de haber apuñalado a mi amigo, no agotes mi paciencia.
—Ha sido sin querer, ya lo ha explicado —medió el bardo.
Separé los labios para decir que así era, pero la voz no me salió.
—Bueno, eso tendrá que decirlo Málakor cuando despierte —rezongó Medora.
—Ha… —logré musitar—. No ha sido su culpa.
—¿Málakor?
—Sí, Conjuritos, os estoy escuchando.
Soltó una exclamación de felicidad.
En un segundo, sentí los brazos de Leyla rodeándome.
Más cálidos incluso que la energía que me había sanado.
Abrí los ojos como pude y vi su rostro pegado al mío.
Las guedejas de su cabello me rozaban la piel, me hacían cosquillas en los carrillos.
Tomó mi rostro entre sus manos. La suavidad de su piel me devolvió un poco más a la vida.
No sabía si era consciente de que el hechizo de sangre se había consumado, pero sentí, más que nunca, la urgente necesidad de estrecharla para ver si así, guardándola en mis brazos, estaba lejos de todo mal.
Y la abracé con fuerza. Aunque solo me estuviera engañando a mí mismo.
No sabía cuándo él se cobraría mi sangre y, por ende, la suya.
Podría suceder en cualquier momento. Su vida pendía de un hilo.
—Creo que voy a escribir una canción sobre ellos —dijo el bardo.
—Ni se te ocurra, cantamañanas.
—¿Por qué no? Sería bonita.
—No, bonito sería que te callaras.
—Ah —soltó con voz risueña—. Creo que ya está del todo bien.
Leyla soltó un suspiro y se separó de mí. Miré alrededor, ubicándome. No estaba en esa habitación común, sino en una individual, parecida a la que el bardo había ocupado días antes .
—Medora ha podido salvarte de puro milagro —dijo Flechas—. La hemos sacado de la cama a rastras.
La maga estaba a su derecha, Háchpirey, al lado de esta. Xelirian, con gesto compungido, un poco más apartado. Le sonreí para hacerle saber que todo estaba bien.
—Sí. —Medora se acercó y me pasó la mano por la frente—. Me ha costado, no te creas. Aún estoy débil y tú estabas muy herido, pero no podía dejar que murieses. No ahora que nos queda tanto por vivir juntos.
—Tienes que seguir torturándome con tus cosas de lameazufres.
Sonreímos ambos.
—¿Tú estás bien? —le pregunté.
—Claro —dijo tras asentir—, pero no me habían dejado salir de la habitación, por mi salud, decían.
Aunque cuando Leyla ha venido a buscarme, me ha dado igual todo.
Mi salud o las imposiciones de todos los magos de Téramo.
Más aún cuando te he visto y había tanta sangre…
Siempre me he preguntado cuánta sangre puede haber en un cuerpo, bueno, pues mucha. Demasiada.
—Mucha, sí —anotó Xelirian.
—Vale… —Háchpirey le puso la mano en el brazo—. No hace falta que nos recordéis los detalles.
Se encogieron de hombros, a la par, lo que me hizo bastante gracia, pero solo me reí hacia adentro.
—Ese cabrón se desvaneció delante de mis narices como si nunca hubiera estado. Igual que en Knegara. ¿Cómo es posible que alguien haga eso? —Miré a Medora con un interrogante.
—Ynsheran, Málakor. Magia prohibida. No es que fuera una proyección de su imagen, que igualmente es un hechizo prohibido, es que se transportó hasta aquí. Eso es algo reservado a los dioses. Una de esas reglas de la magia que nadie en su sano juicio se atrevería a transgredir.
—No es mago, ¿cómo ha podido hacer eso? —quiso saber Leyla.
—Aunque lo fuera, aunque sucediera como con esa otra mujer… —chasqueó los dedos en el aire, pensativa—, me hablasteis de ella.
—Anna Delussia —anotó el bardo.
—Exacto. Aunque fuera como ella y tuviera el don de la magia…
—Mi padre no es hechicero —dijo Xelirian—. Alguien le ha otorgado el poder para que llegue hasta aquí.
—¿Un mago puede otorgar su poder a otras personas, Conjuritos? No me refiero a «Soy Mórqhanor y me quedo con lo de Drálagor», no, me refiero…
—Sé a lo que te refieres —interrumpió Medora, espantada—.
Y no, claro que no. Al menos no desde los preceptos de Téramo.
Puedes conjurar un hechizo para mejorar algo en una persona, para protegerla, pero no puedes darle tu poder para que esa persona lo haga.
Y, si fuera posible, escapa a mis conocimientos, a mi comprensión.
Esto… —Se rascó una ceja—. Aquí hay poderes mucho más grandes y oscuros que los que conozco.
Ynsheran; incluso podría atreverme a decir que energías divinas.
—¿Los dioses? —preguntó Leyla, con el ceño fruncido.
Todas las miradas se pusieron en mí.
—No tengo la menor idea de qué hacen los dioses, no me miréis así.
Hubo un silencio lleno de gestos dubitativos. Sin duda, todos estábamos pensando en el origen del poder de Azskar. Al fin y al cabo, siendo mi hermano, era también un semidios, pero aquello…, aquello era demasiado.
—La daga… ¿podría venir de ella ese poder? —pregunté.
—No al menos en eso de la transportación. He estado examinándola y, en sí, no es mágica. Es el ritual al que está ligada lo que le otorga poder. Tiene un significado cultural, ritualista. Xelirian así me lo ha confirmado. Ha dicho que se llama… —Miró al niño para que acabase la frase por ella.
—Narquanish. Es de los sacerdotes oscuros de Narqania —dijo el chiquillo—. La usan en los rituales de magia de sangre.
—¿Y qué hay de lo que ha hecho contigo? —Leyla se dirigió a él con un tono de voz hosco.
Entonces, solo entonces, caí en la cuenta de que ella no sabía que era hijo de Azskar. O quizá sí. Quizá el bardo se lo había contado. Esperaría para hablar con ella a solas acerca de tal cuestión, porque era un asunto complicado.
—Mis hermanos y yo estamos sometidos a un vínculo con mi padre.
—¿Tus hermanos? Azskar… ¿tiene más hijos?
Sí, Leyla lo sabía. Me fijé en su expresión. Era más de enfado que de dolor.
—Sí, mis seis hermanos.
—¿Cuántos años tienen? —preguntó ella, y la miré con extrañeza, hasta que caí en la cuenta de por qué lo hacía.
—Uno, el más pequeño.
—Uno… —Leyla apretó los labios.
—Leyla… —Estiré la mano para tratar de coger la suya, pero ella se apartó de la cama y se frotó la nuca con brío.
—¿Qué pasa? —preguntó Xelirian, mirándonos confuso.
Hubo un cruce de miradas incómodas entre los adultos.
—Nada. Vamos a dejar a Málakor descansar, eh. —El bardo se inclinó y me dio en la frente el beso cariñoso y lleno de amor de un padre a un hijo—. Los demás tenemos cosas que hacer. He de solucionar un montón de incidentes, ya lo sabéis.
—Sí, necesito hablar con Leyla, a solas.
La exploradora asintió, a la par que el bardo. Él se encaminó hacia la puerta, seguido de Medora. Hach la dejó pasar primero y extendió la mano hacia el niño.
—Xelirian, ¿vienes?
El chiquillo no se lo pensó dos veces. Estaba ya casi a su altura cuando se dio la vuelta y vino corriendo hacia mí.
De un salto, apoyó la rodilla en el lateral de la cama y se inclinó sobre mí para darme un beso en la frente.
Apenas me rozó, pero bastó para entender lo que pretendía.
Había visto ese gesto en Hach y le había parecido significativo.
Natural entre personas que se tienen cariño.
Nosotros, más aún tras lo vivido, empezábamos a tenerlo.
—¿Es verdad que eres mi tío? —dijo con voz tímida.
Inevitablemente, lo había escuchado todo cuando peleé con su padre. Se había enterado de aquello de la manera menos adecuada posible .
—Sí, lo soy.
Escudriñó mi mirada, pero no dijo nada.
—Xel, dile al bardo que te cante Felipe el Dragón . Te gustará.
—¡Excelente idea! —dijo Hach, que me lanzó un guiño—. Te la cantaré mientras vamos a buscar uno de esos bollos de marrón que te gustan.
Regresó con Hach y lo cogió de la mano. Salieron juntos de allí. La voz de Háchpirey se fue perdiendo a medida que se alejaban
— Felipe el Dragón dormía su siesta, mientras pensaba sobre su dieta. Comerse a un guerrero, no es muy sano, porque la armadura, luego no la cago.
Por primera vez, escuché una carcajada de Xelirian. Una risa pura e infantil que me hizo sonreír.