Málakor 3 CAPÍTULO 75
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CAPÍTULO 75

Del mundo entre los mundos

N o había dolor en el lugar en el que abrí los ojos.

Dudaba incluso de que aquella palabra existiese allí; de que alguien la hubiera pronunciado jamás en aquel campo reverdecido en el que el sol se tendía sobre la tierra en un atardecer dorado.

Allá donde se extendía mi vista, había bosques de árboles rojos; más allá, el mar.

Sobre un promontorio, que coronaba una ciudad fortificada, vi un imponente castillo.

El más majestuoso que hubiera visto jamás.

Ondeaban en él pendones y banderas del color de aquellos árboles únicos.

Los había visto antes: en la tumba de mi padre.

Pero no estaba en Knegara, no, aquel lugar no era un sitio que hubiera visitado antes; sin embargo, no me sentí confuso, sabía dónde estaba.

Aquello era el mundo entre los mundos. Y eso significaba que, si no estaba muerto ya, estaba a punto de hacerlo.

En contra de lo que pudiera pensarse, no me sentí angustiado, sino envuelto en la sensación de calma más profunda que hubiera experimentado jamás.

Todo lo demás había dejado de importar. Las luchas, el dolor, el sufrimiento…

Solo éramos ese lugar hermoso y yo. Solo nosotros y la sensación de dicha más plena .

Los vencejos recortaban el aire con sus asombrosos giros.

Su inmensa libertad me llenó el corazón y fue como si volase con ellos.

El aire arrastraba la brisa fresca del mar, mezclada con un intenso olor a salitre y algas.

También a flores frescas, como si hubiera un mercado de ellas bien cerca.

Aunque quizá era cosa del bosque que me rodeaba.

Vi saltar a las ardillas de rama en rama, correr por los troncos; escuché el zumbido de las abejas; corrió ante mí un grupo de ciervos.

Un cervatillo, blanco y hermoso, se detuvo a mirarme hasta que su madre lo empujó con el hocico y desaparecieron ambos entre la espesura.

Nunca había sido hombre de bosques, pero pude jurar que me habría quedado allí en medio, a contemplar el ir y venir de la naturaleza, hasta el final de mis días, sin haber presentado queja alguna al respecto.

A unos metros de mí, entre varios árboles, vi un monolito, de esos que se colocan para conmemorar algo; aunque no tuviera la menor idea de por qué.

La piedra estaba tallada con hermosas formas: nudos, patrones geométricos…

Estaba a punto de acercarme a curiosear de qué se trataba cuando escuché el relincho de un caballo, así que me giré hacia el lugar del que procedía el sonido, de espaldas a mí.

Sobre una preciosa yegua blanca, vi a una muchacha de pelo largo y negro, con capa y vestido, ambos del color de los robles.

Giró primero la cabeza y después la montura para encararla hacia mí.

—¿Iarlath? —Arrugó su pequeña y respingona nariz.

Entonces sí me sentí confuso. ¿Acaso estaba viendo de nuevo imágenes del pasado de mi padre?

—¡Hermano!, ¿qué haces que no estás en casa? Estás castigado, ya lo sabes. Te caerá una buena, y eso que eres el niño mimado de papá y mamá.

Hasta donde yo sabía, mi padre no tenía hermanas. No obstante, su voz la había escuchado antes, o al menos una similar.

El sol estaba bajo e incidía en parte de su rostro, así que se cubrió la frente con una mano y se acercó despacio, casi recelosa.

Entretanto, la escudriñé con atención. Sus prendas, aunque de hermosa manufactura, eran ropas de montar, robustas y abrigadas.

La silla de la yegua, las riendas, las cinchas, las alforjas…

no eran de una clase cualquiera: estaban adornadas, repujadas; de esas que llevaría un lechuguino en su corcel.

Ella debía de tener la edad de Me dora. Sus facciones eran redondeadas; sus labios, finos; sus ojos grandes, de un castaño hermoso.

Con aquella luz, eran como brillante caramelo líquido.

Estaba seguro de que no la conocía, pero mi corazón me dijo que sí.

Los ojos se le abrieron de par en par al mirarme más de cerca.

—Ah, padre, ¡eres tú! Con este sol tan bajo, pensé que eras Iarlath. Os parecéis demasiado. Que sepas que estaba regañándole, no puede saltarse el castigo como le apetezca. Que no es que se lo haya saltado ya, o al menos no que yo sepa, pero… —se encogió de hombros graciosamente— ya me entiendes.

En el mundo entre mundos, alguien debía de estar haciendo una fogata con hierba de Terhacress y me llegaba todo el humo, porque aquello…

—Perdona, pero no soy tu padre.

—Ya sé que me estoy portando mal últimamente, pero de ahí a renegar de tu hija… —Chasqueó la lengua.

Aquello me hizo gracia, aunque estaba tan atónito que ni me reí.

—¿Qué haces aquí, naerýeth ? Pensé que estabas en esa reunión importante. Todos dicen que habrá guerra, pero yo confío en madre y en ti, sé que haréis lo posible para evitarla.

Me rasqué el cogote, absorto en observar sus rasgos. Esos ojos también los había visto en alguna parte. ¿Y qué demonios significaba esa palabra?

—¿Hola? —Agitó la mano, llamando mi atención, debía de haberme quedado embobado mirándola.

—Perdona, ¿cómo te llamas? —acerté a preguntar.

Levantó las finas y oscuras cejas.

—¿Que cómo me llamo? —Rio a carcajadas, echando hacia atrás la cabeza.

Su risa, su gesto, también me fueron familiares—.

Tú verás, el nombre me lo pusiste tú, papá.

Has estado bebiendo con el tío Hach, ¿no?

Cada vez que viene de visita, cerráis todas las tabernas.

Qué vergüenza. Ya tenéis una edad, ¿sabes?

En fin… —Oteó los alrededores—. ¿Dónde está Eydrin?

Cabalgaremos juntos de vuelta. Así le diré a madre que he llegado tarde a cenar por tu culpa.

—Quién… ¿quién es tu madre?

Se me quedó mirando extrañada. Bajó de la montura, ágilmente, y se acercó a mí. A un paso, se detuvo. Vista de cerca, era aún más hermosa, pero hubo algo en sus ojos que me turbó: estaban tristes, profundamente tristes.

—Papá… —musitó—, de verdad que me estás inquietando, ¿acaso te has dado un golpe? ¿Alguien te ha hecho daño?

Solo pude negar con la cabeza, a pesar de que sí estaba herido, pero no en ese extraño mundo.

—Entonces ¿por qué estás tan raro? Sigues enfadado, ¿no? Te hice daño, lo sé, pero yo también estaba dolida. Siento haberte hecho lo que te hice. Lo que os hice a todos.

—Qué… ¿qué me hiciste?

—¡Kaely! —Una voz femenina surgió desde los árboles—. ¡Kaely!, ¿dónde estás?

Al escuchar ese nombre, recordé una conversación amarga y reciente: «Leímos en los cuadernos que la descendencia de Even, a quien llamaban Kaely en ellos, no habías sido solo tú». Ese era también el nombre de mi madre, y, supuestamente, había sido yo quien se lo había puesto a esa muchacha.

Ella soltó una risa nerviosa.

—E-es mi doncella. Estábamos jugando al escondite, no te preocupes.

Supe que mentía, que más bien se estaba escondiendo o huyendo de ella.

—¿Qué me hiciste? —pregunté de nuevo.

Ella abrió los labios para decir algo, pero la luz del sol se tornó tan cegadora, que pareció que el astro caía sobre nosotros. De golpe, llegó de nuevo la negrura.