Málakor 3 CAPÍTULO 74
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CAPÍTULO 74

De arrancar el dolor

S olo podía pensar en que Azskar había llevado a cabo su conjuro; en que Xelirian había sido su cebo.

No voluntariamente, desde luego. Con esas palabras oscuras, había dominado su voluntad y lo había forzado a herirme.

Tampoco me explicaba por qué él no había muerto.

Le había rajado la garganta. Cualquier otro lo habría hecho.

Me acordé de lo que Penny me había contado.

Aquello debía de ser un asunto de magia, de la más podrida de todas.

En cualquier caso, había caído en su maldita trampa.

Un sudor frío me recorrió la espalda. El desconcierto, la tensión, pronto darían paso al dolor.

Y, si no frenaba la hemorragia, quizá a la muerte.

Tenía que salir de allí, ir con Leyla. Si Azskar cumplía su amenaza…

Pero apenas podía dar unos pasos sin que las heridas me acribillasen.

Aunque traté de gritar para pedir ayuda, la voz me salió constreñida por el dolor.

Mi llamada de auxilio voló en el aire, sin que tuviera esperanza de que nadie la escuchase.

Miré a Xelirian. Estaba tendido en el suelo, como inerte. La daga al lado de su cuerpo; manchas de sangre en los dedos; las marcas de los de Azskar en su cuello. Me arrodillé a su lado y lo zarandeé.

—Xelirian, despierta. —Apreté los dientes, sobrellevando un calambre en el vientre—. Por favor, despierta.

El niño abrió los ojos, de golpe, y del mismo modo se incorporó. Me miró asustado; luego, hacia donde estaba mi herida. En un movimiento rápido, cogió la daga y se la llevó a la garganta. Por suerte fui más rápido que él y lo sujeté de la muñeca.

—Déjame morir —dijo, apenas sin voz. Su garganta estaba resentida por la fuerza bruta de ese villano—. ¡Déjame morir!

—No pasa nada. No ha sido tu culpa .

Nunca me había parecido que un niño pudiera tener tanta fuerza, pero él trataba de arrastrar la daga hacia su cuello con una asombrosa.

Quizá yo empezaba a estar débil. Llevó la otra mano para empujar, así que dejé de presionarme la herida para arrancarle el arma de una vez por todas y arrojarla lejos de él.

—Sí lo ha sido. No quiero ser más su instrumento. Por favor. —Rompió a llorar—. ¡Déjame morir!

Di un tirón tan fuerte que caímos los dos. Él de bruces y yo hacia atrás. Tuve la sensación de que la herida se había abierto más. Desesperado, corrió en busca de mis dagas. Agarró una sin que me diera tiempo a frenarlo. Tampoco a pararlo cuando llevó el filo a su cuello.

—No puedo vivir sabiendo lo que te he hecho. Has sido bueno conmigo y ahora morirás por mi culpa.

Levanté la palma de la mano para pedirle tiempo. Bajé el nudo de mi garganta tragando saliva. No hizo mucho, pero me permitió hablar con más fuerza.

—Por favor, Xelirian. Estoy vivo. No pasa nada. —Nunca había suplicado por nada con tanta ansia como aquella vez—. Sé que no has sido tú; que algo oscuro te ha dominado. Puedo ayudarte. Podemos cambiar esto.

Me miró con los ojos llenos de lágrimas, la punta de la daga en el cuello. La respiración a duras penas llenándole los pulmones.

—Allá donde vaya, solo llevaré dolor.

—Eso no es verdad. —Sentí la humedad en mis ojos a la par que la de la sangre crecía en mi vientre. Me arrastré hasta él, a duras penas, y me puse de rodillas, a un paso—. A mí me has dado esperanzas.

—¿Esperanzas? ¿De qué? —masculló desconfiado.

—De que incluso del corazón más sombrío salga la luz más pura.

—No hay luz en mí.

Mientras decía aquello, su imagen se desdibujó para mí. Un sudor frío me llenó el cuerpo entero. Mareado, me sacudí estremecido, y parpadeé varias veces, tratando de enfocar la vista.

—Sí la hay —musité—. Si no fuera así, no intentarías matarte por haberme herido.

No sentirías arrepentimiento, ni sufrirías por lo que has hecho.

Los corazones oscuros no se arrepienten de sus vilezas, ni mucho menos de aquellas cosas en las que no tuvieron intención.

Se regocijan de las miserias que han provocado y creen que con ellas sus vidas tienen un mayor sentido.

Dame la daga, Xel, cuidaré de ti, te lo prometo.

Ni siquiera supe por qué lo llamé así, me salió sin pensarlo.

La mano con la que sujetaba la daga le tembló, mientras él me miraba con una curiosidad que me dio esperanzas de haberle sacado de la cabeza, por un instante, la idea de acabar con su propia vida.

—Nadie me había llamado nunca así —musitó, con un río de lágrimas en sus mejillas.

—Pues te llamaré así, si te parece bien. Serás mi querido Xel, y cuidaremos del otro hasta que todas las sombras que anegan nuestros corazones sean luz. La más brillante que nadie haya visto jamás.

La voz de Azani resonó en mis recuerdos: «La luz de todas las luces, pues eres Luz, igual que lo fue tu madre». Y puse sus palabras en mis labios:

—La luz de todas las luces, porque eres Luz, igual que lo fue tu abuela.

—Yo no tengo abuela.

—Sí la tienes. Te contaré cosas sobre ella, todas las que quieras saber. Vamos. —Estiré la mano hacia él. Aquel mínimo esfuerzo me costó un pinchazo en el vientre—: Dame la daga. Iremos a comer pescado y pasearemos con Háchpirey y Panceta por Aberrak, ¿quieres?

Tragó saliva. Sin que fuera la mía, supe que era más densa que cualquier sustancia de la tierra, pues estaba hecha de sus angustias y sus miedos.

Miró la palma de mi mano, que esperaba el arma.

Luego, la sangre. La mía y la del suelo.

Sollozó de nuevo, con rabia. Con impotencia quizá.

Al final, soltó la daga de golpe, como si le quemase, y corrió hacia mí. Se echó a mis brazos entre llanto.

—Perdóname.

—No hay nada que perdonar. —Lo abracé mientras cerraba los ojos, apenas creyéndome que hubiera evitado su muerte después de todo—. Nada, en absoluto. Ahora busca ayuda, por favor. Leyla… Azskar…

Quizá porque lo peor había pasado, pero un dolor hondo y desgarrador me llegó de golpe, dejándome sin aliento, nublándome la vista.

Comencé a perder la consciencia y me escurrí en los brazos del niño como si no fuera más que una gota de agua en las paredes de un vaso.

Caí al suelo. Aunque toda mi voluntad estaba en mantener los ojos abiertos, la negrura empezó a apoderarse de ellos.

—Málakor, ¡no cierres los ojos! —Xelirian me tocó los hombros, desesperado. Sacando voz de donde no la tenía, gritó—: ¡Ayuda! ¡Ayuda, por favor! ¡Ayuda!

Me desvanecí antes de saber si alguien lo había escuchado.