CAPÍTULO 73 #2
El chico fue a moverse, pero Azskar le dedicó una mirada fría.
Solo con ese gesto, él retrocedió hasta pegarse contra la pared, como un gato asustado al que acorralasen.
Su padre sonrió gratamente, dio un paso sobre la daga y caminó hacia mí.
Me aseguré de que agarraba bien las mías, porque iba a tener que usarlas.
—¿Por qué te importa tanto? Es mi hijo.
—Y mi sobrino. Aunque me repugne la idea de llevar tu misma sangre. Aunque solo sienta ganas de vomitar cuando pienso en que somos hermanos. En que mancillas el nombre de nuestros padres con tu sola existencia.
Que conociera la verdad pareció pillarlo por sorpresa, pero pronto hubo en su rostro satisfacción.
—Ahora ya lo sabes… —Se quedó a un paso de mí, mirándome con media sonrisa grotesca—. Sangre de mi sangre.
De un solo y rápido movimiento me eché hacia adelante y le golpeé con el pomo de la daga en la cara. Habría querido clavarle la punta. Clavársela hasta atravesarle el cerebro. Él se rio a pesar de la dureza del golpe.
—¡Cállate! —grité.
Su risa indolente fue peor que una puñalada.
—¿Un puñetazo? Esperaba más de ti. ¿No vas a matarme?
—Créeme, nada me gustaría más, pero quiero dejarle el placer a Leyla.
—Leyla… —dijo su nombre como si fuera a empujarlo desde la cumbre más alta del mundo para ver cómo se despeñaba—.
Placer, sí. Hubo placer con ella, ya lo sabes.
Y también amor. Aunque tú pienses que no.
Que ella solo estaba conmigo por los efectos del loto.
Que todo era confusión en sus sentimientos.
Pero te equivocas. Eso solo pasó al final de todo, en Ardacia.
El resto del tiempo, estuvo conmigo voluntariamente.
Todo lo hizo de forma voluntaria. Leyla se enamoró de mí, por más que eso te haga rabiar de ira y de celos.
Si no hubiera sentido nada por mí, el veneno no le habría hecho el mismo efecto .
Tragué saliva, procesando aquello. Esa información me había instalado un nudo en la garganta. Y odié que la hubiera soltado con tanta prepotencia. Pero también me reveló algo que no sabía del loto, con respecto a usarlo para manejar voluntades.
—No dices nada, pero veo dolor en tus ojos, y eso me complace enormemente —escupió Azskar—. Leyla fue mía, igual que Brianna. Incluso yací con la puta de tu madre en el burdel. Era buena en la cama, una pena que muriera por tu culpa.
Apreté los dientes y lo golpeé. Con más fuerza.
Con más rabia. Cerca del ojo. Un segundo golpe, en la nariz.
Y aunque me sentí bien, porque se tambaleó, fue demasiado fácil.
Tuve la sensación de que se había dejado.
La sangre le brotó de la nariz y se llevó una mano a ella, mientras se reía.
Tenía el pómulo enrojecido, guiñaba los ojos.
Su iris se llenó de pequeñas venas rojas a causa de un derrame.
Volví a cargar contra él, tanto que, después de tres golpes, acabé con la mano dolorida.
Él, doblado sobre sí mismo, tosiendo. El niño nos miraba asustado, con el cuerpo pegado contra la pared, como si no se atreviera a moverse.
—¿Te has acostado ya con Leyla, hermano?
—No la menciones más, no tienes derecho —mascullé.
—Eso es que no —dijo, y se rio—. Espero que lo hagas pronto, así al menos te será de utilidad en algo.
Podría ir a verla ahora mismo, mientras duerme, y, para cuando despierte, ya estaré dentro de ella, tomándola aunque ella no quiera.
Gozando de su cuerpo hasta caer exhausto.
Cuando acabe contigo, Málakor, lo haré. Debe echarme de menos.
Nadie, jamás, le hará el amor como se lo hacía yo.
—Tú no sabes lo que es el amor —espeté—. Si le pones una mano encima a Leyla, te arrancaré la vida como se arrancan las malas hierbas. Es más, si vuelves a hablar de ella, de Brianna o de mi madre, te cortaré la lengua y te la haré tragar después.
Escupió a sus pies sangre de sus labios partidos, la de la nariz ya manchaba los suelos, y murmuró:
—Ikeru aj quatul.
Aquello sonaba como la voz matutina de un fumador de hierba. Y sonaba, también, como las palabras que Medora pronunció en presencia del propagador .
—Qué narices estás diciendo, imbécil.
Soltó una risa burlesca mientras sacudía la cabeza. Luego, se incorporó y su gesto se volvió serio de forma abrupta.
—Ikeru aj quatul
Lo miré confundido, y noté un tirón de la blusa. Xelirian la tenía entre las manos y tiraba de mí hacia atrás.
—Sal de aquí —gritó desesperado, con la voz entrecortada—, ¡sal de aquí! ¡Corre! ¡Aléjate de mí!
—Ikeru aj quatul.
—No… —escuché decir a Xelirian, horrorizado.
Azskar aprovechó que tenía la atención sobre el crío y vino hacia mí.
No pude prever su acción. Antes de darme cuenta, tenía su puño en la cara.
Un golpe, en la derecha. Un segundo, en la izquierda, cerca de la sien.
Aturdido, sentí que la mandíbula se me desencajaba.
Podría haberme dado un tercero y no haberlo previsto tampoco; sin embargo, solo se quedó ante mí, con esa sonrisa suya tan cruel.
Me froté el mentón, sin dejar de mirarlo.
Pensando en matarlo, aunque Leyla se enfadase por no tener tal privilegio.
Aunque no pudiera sacarle las respuestas que necesitaba.
Al menos, aquella vez, sí pude prever su próximo movimiento.
Su mano fue directa a agarrarme del cuello, pero la desvié hacia abajo con un golpe de la mía.
En un parpadeo, buscó atraparme con la otra; del mismo modo, la aparté.
Repitió su primer ataque, su segundo. Tuve la impresión de que solo estaba haciéndome perder el tiempo.
Algo tramaba ese maldito. Algo que tenía que ver con aquella daga.
Las mías se cruzaron en su garganta. La rajé con todas mis fuerzas.
La sangre del asesino salpicó de la herida.
Se llevó las manos al cuello. Pensé que lo vería agonizar, como a tantos otros, pugnando por respirar mientras la sangre lo ahogaba hasta que perdía la consciencia y moría.
Sin embargo, como si nada, repitió sus grotescas palabras, a la par que sus ojos se volvían rojos por completo.
Y ese rojo no era por mis golpes. Era algo más.
Sentí quemazón en la parte baja de la espalda.
Al momento, reconocí la sensación: ya me habían acuchillado antes.
Giré la cabeza, confuso, y vi al niño con esos ojos rojos también.
En sus manos, la daga; en su rostro, una expresión de agudo dolor.
La sorpresa me dejó atónito. Lo vi acuchillarme una segunda vez, en el vientre, antes de poder racionalizar lo que estaba pasando.
Azskar rio a sucias carcajadas.
—Sangre de mi sangre. Que cada gota que yo derrame, deje tus venas también. Que cada gota de mi sangre drene la tuya —dijo, con la mismísima voz de la muerte—. Sangre de mi sangre.
Su figura, delante de mis narices, se desvaneció a la par que Xelirian se desplomaba.
Sobre la mancha de sangre que las heridas de Azskar habían dejado, cayeron unas gotas de la mía.
De la mezcla emergió una energía densa y oscura.
Soltó una llamarada de intenso carmesí que tiñó de tal color todos los rincones de la habitación.
A los pocos segundos, se extinguió. Solté las dagas y me llevé las manos a las heridas.
La de la espalda sangraba menos, parecía más leve, pero la del vientre…
Se me estaba derramando la vida por ella.