Málakor 3 CAPÍTULO 73
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CAPÍTULO 73

Del conjuro

A quel beso fue bonito, mejor que todos los demás. Al menos no estaba lleno de culpa o de apremio; sin embargo, las preocupaciones y la sensación de que estaba cometiendo un error no me dejaron concentrarme en disfrutarlo. Y ella lo notó.

—¿Qué te pasa? —preguntó tras separarse de mí—. Aparte de todo esto.

—Todo, Leyla. Pero no te preocupes por mí. Ahora deberías descansar, tengo que buscar a Háchpirey, a ver si hay alguna novedad.

—Ha ido a hablar con los guardias sobre… lo que sea que te ha pasado. Una de las sanadoras se lo ha contado. —Pasó los dedos suavemente sobre la venda de mi brazo—. Dime, ¿qué ha pasado?

—Dos asesinos. En un callejón.

—¿Los has matado?

—Sí, pero no quiero hablar de ello.

«No quiero hablar de mi brutalidad. De esa parte tan oscura de mí que emana cuando se trata de ellos. Y menos contigo», pensé.

—Me atacaron, y ahora están muertos —repuse—. No tiene más misterio.

Leyla asintió, soltando un largo suspiro.

—Estoy mareada —dijo después—, no debería de haber salido de la cama tan pronto. Creo que descansaré un poco más.

La acompañé al lecho y allí la tendí, con suavidad. Ella se rindió a la presión de mis manos.

—Quédate un rato —dijo—. Hasta que me duerma. Por favor.

—No hace falta que lo pidas por favor, Flechas, que no es una tortura .

—¿Seguro?

—Más que seguro. —Me acomodé a su lado.

Ella se cobijó en mis brazos y, poco a poco, se quedó dormida.

Fue bonito sentir calma junto a ella, cuando, a menudo, las cosas entre nosotros eran tempestad.

Y también fue hermoso verla dormir. No obstante, necesitaba saber cómo estaba Panceta, hablar con Háchpirey de lo pasado…

Y ninguna de esas cosas me dejaba tranquilo.

Así que la besé en la frente, con cariño, y la dejé a solas.

Ya fuera, en mi camino hacia el salón, escuché unas voces en el corredor.

Pensé que la gente había regresado con el cuerpo de Arbelina, que su momento en las Fuentes de Piedra había durado poco, o mucho, porque junto a Leyla había perdido la noción del tiempo.

Pronto me di cuenta de que una de las voces era de Xelirian; la otra, de Azskar.

El estómago se me encogió.

No alcancé a escuchar qué decían, pero noté que había calma en la voz del niño.

La del asesino era más autoritaria. Tal vez había sido demasiado estúpido al confiar en ese pequeño; quizá el reflejo de mí mismo que había visto en él había sido solo un espejismo.

Quizá todo en él había sido fingido. Me había engañado, igual que su padre, y ahora todos pagaríamos las consecuencias por pecar de confiado.

Las voces procedían de la habitación en la que Xelirian se había quedado viendo sus nubes particulares, así que me acerqué con todo el sigilo del que fui capaz.

— Te he dicho que no sé nada —escuché decir al niño.

—Mientes.

—No miento. No lo hago.

La puerta estaba entreabierta. Vi a Xelirian, de espaldas, encarado hacia la pared.

En ella, como si alguien estuviera proyectando su figura al contraluz de una llama, a Azskar.

Era como una aparición, intangible seguramente, sí, pero todos sus rasgos eran nítidos.

Sus ropas rojas y negras. Su sonrisa mezquina.

Sus ojos fieros. ¿Cómo podíamos ser hermanos?

Lo miré, más atentamente que nunca, buscando algo en lo que pudiéramos parecernos.

Sin embargo, en él, todo se me antojaba podrido.

Me resistí a la idea de que la línea de sus labios seguía el mismo curso que la mía; de que la curva de sus orejas era similar a la de las mías; de que su cabello nacía en sus sienes con la misma forma que el mío.

Aunque su negro no era tan oscuro, se parecía.

Y habría podido pensar que había semblanza en su mirada, si no hubiera estado mirando a aquel niño con desprecio. Más aún cuando él dijo:

—Y, si fuera mentira, estaría encantado de mentirte porque me das asco. Y quiero que me dejes en paz. Málakor y Hach cuidarán de mí ahora. Y tú ya no podrás hacerme nada.

Si hubiera podido hacer ruido, habría suspirado aliviado.

No. Xelirian no estaba fingiendo. Lo que sentía hacia él, lo que creía que moraba en él, era verdad.

Ya no solo por la crueldad que habíamos vivido en la infancia, y que nos unía, es que era mi sobrino.

Sangre de mi sangre. Sentí que me deshacía de un peso que, aunque solo me hubiera abrumado unos instantes, había sido grande.

La mirada de Azskar se tornó aún más desdeñosa.

—Eres un traidor.

—No se puede traicionar aquello hacia lo que uno nunca sintió lealtad. Y yo nunca te fui leal realmente, solo estaba sobreviviendo en medio de tu veneno. Para no ahogarme en él. Matando, porque si no me matabas, pero muriendo realmente. Igual que todos mis hermanos.

—Derian… —masculló furioso.

—Ya no me llames más así. He sabido quién era ese hombre. Lo que hizo. Háchpirey me lo ha dicho. Y no quiero tener nada que lo recuerde. Y ahora vete, y no vengas a hacerme más preguntas, porque nada te diré.

Quería salir de mi escondite y a la par pensaba en lo imprudente de hacerlo. Porque, quizá, Azskar aprovecharía para acabar lo que había empezado con el hechizo de sangre.

Dio un paso hacia el niño, estiró la mano para agarrarlo. El crío fue rápido y se echó hacia atrás, pero él lo cogió del brazo.

—Te mataré si no me obedeces.

Desenvainé las dagas y aparté la hoja con un golpe de codo para entrar en la habitación. Estúpido de mí, el brazo se quejó. Se había quejado incluso al empuñar la daga. No iba a servirme de mucho .

—Suéltalo —ordené con determinación, a unos pasos de él.

Azskar me miró. A sus labios asomó una mueca de desprecio.

—No te metas entre mi hijo y yo, Málakor.

Sentí que me faltaba el aire, que las paredes estaban cerrándose a mi alrededor.

—Vete —dijo Xelirian—. Vete, por favor. Sus trucos son sucios. Te hará daño.

Azskar esbozó una sonrisa pérfida y puso la mano en el cuello de su hijo. Cuando lo tocó, la carne del asesino lució como si se volviera tangible, extendiéndose hasta su antebrazo. El niño se quedó inmóvil, mirándolo asustado.

—Solo tengo que apretar y estarás muerto. Podría quebrar tu cuello de pajarito en un pestañeo.

—¡He dicho que lo sueltes! —bramé.

—Azskar, ¡es tu hijo! —gritó la voz de Azani, surgida de alguna parte—. Si lo matas, te arrepentirás.

Miré alrededor y la vi, en una esquina de la habitación.

La bondad de su presencia contrastaba con la opresiva atmósfera.

Fue a dar un paso hacia él, pero una sombra se manifestó delante de ella, hasta volverse corpórea.

El mismísimo Damien. Le puso la mano en el centro del pecho a la diosa, con el fin de pararla.

—Déjame —ordenó ella, con la voz llena de una ira que nunca le había escuchado.

—No puedes intervenir más. Deja que resuelvan sus asuntos solos.

Miraba alternadamente a los dioses y a Azskar, pendiente de que no hiriera al niño, queriendo acercarme, pero con miedo a que, si lo hacía, lo matase.

—Los dejaría, pero él no lo está haciendo. Transgrede los límites otra vez, y ¡tú sabes por qué! No consentiré que siga utilizándolos, que engendre más odio a partir del odio. Así que, déjame pasar, Damien. O te apartaré yo. Y sabes que lo haré.

—Mi querida esposa —su mano subió por el cuello de ella hasta posarse en la mejilla—, ¿es que no te das cuenta?

Azani fue a apartársela de un manotazo, pero el dios la agarró con la otra. Ella lo miró con una inmensa ira .

—Si das un paso, Yssal, si vuelves a intervenir, nadie podrá decirle a él que no lo haga. ¿Con qué derecho vas a decírselo, si tú quieres hacer lo mismo?

—Yo solo quiero frenar las consecuencias de sus actos —se defendió ella—. Las de su falta de respeto por las leyes más sagradas. No es lo mismo.

—No será lo mismo, pero eso da igual.

—Estoy harto de las charlas de dioses —gruñó Azskar—. Callaos de una vez, me dais dolor de cabeza con vuestras tonterías. Y tú, pajarito, di adiós. Vas a dejar de cantar.

Azani quiso ir hacia él, pero Damien tiró de ella y los dos desaparecieron.

Los músculos del brazo de Azskar se tensaron, sus dedos garrudos se cernieron alrededor del cuello del niño.

Lo alzó, delante de él, hasta ponerle el rostro a su altura.

Con todas sus ganas, apretó el pequeño cuello de Xelirian.

El crío soltó un quejido, trató de patearlo.

Le agarró la muñeca con las manos, con fuerza.

Y ya me dio igual todo. Lo que Azskar hiciese o dijese.

No dejaría que le hiciera daño. Tenía que frenarlo, aunque no lo matase.

Quería matarlo, lo deseaba fervientemente, pero lo necesitaba vivo, porque tenía muchas cosas a las que responder y deseaba que fuera Leyla la que le quitase la vida. Tenía que ser ella.

Cargué contra él, con todas mis fuerzas.

El impacto de mi cuerpo hizo que soltara al niño, que cayó abruptamente.

Se arrastró, tratando de recuperar el aliento.

Mi fuerza llevó a Azskar contra la pared.

Se golpeó con la espalda en ella. Quedó un segundo aturdido, en el que quise llevar las dagas a su cuello, pero reaccionó rápido, contundentemente, alejándome de un empellón.

Aunque casi trastabillé, pude mantener el equilibrio y ponerme en guardia, mirándolo con gesto amenazador.

Azskar se llevó la mano a la espalda y me preparé, pensando que lanzaría algo, pero sacó una daga, de corta y adornada empuñadura, con la hoja sinuosa.

La había visto antes, en Knegara, y sospeché lo que sucedería a continuación.

Se cortaría, iniciaría el ritual. Sin embargo, no hizo nada de eso.

La dejó en el suelo, a sus pies, y sonrió de esa manera suya tan siniestra.

—Aléjate de él. Sal de aquí —suplicó Xelirian, entre toses, poniéndose en pie a duras penas.

Su padre lo miró de tal forma, que pensé lo devoraría.

—Ni se te ocurra volver a tocarlo —mascullé—. Porque será lo último que hagas. Xelirian, vete, ¡ve y pide ayuda!