CAPÍTULO 72 #3
Me puse más tenso que si tuviera la punta de una espada contra la garganta.
—¿Qué narices quieres que te responda a eso?
—Le aparté las manos y me alejé de ella.
A unos pasos, me detuve y la miré airado.
En su rostro hubo arrepentimiento—. ¿Te mando a la mierda por compararnos?
¿O me siento agasajado porque me hayas buscado en otro hombre?
Porque haya calado en ti, tan hondo, que extrañamente me vieras en él, aún sin saber que éramos hermanos.
¡No me parezco lo más mínimo a él! Y si hubo un resquicio de semejanza entre nosotros, fue por el papel que interpretó para llegar a tu corazón.
—No lo creo —musitó Leyla, con la mente de seguro perdida en los recuerdos—. Hay cosas que no se pueden fingir. Las sonrisas, las miradas, lo que se dice en los silencios. Eso no se puede fingir, Málakor.
Noté tanta tristeza en su voz, que supe que arrancaría a llorar.
No me equivoqué.
—Cada vez que lloras por su culpa es como si tus lágrimas tuvieran dientes y me mordieran el corazón. —A pesar de mi enfado, me acerqué a ella y le sequé el llanto—. No llores más por él, Leyla. No se lo merece.
—No sé no llorar por algo que aún duele.
Suspiré, desde lo más hondo, y la estreché. Se aferró a mi cuerpo con angustiosa desesperación.
—No volveré a verte más allá de esta vida —soltó de golpe.
—¿Por qué dices eso?
—Vincular las piedras exigía un pago. Y ese pago ha sido mi alma. Cuando muera, todo habrá acabado para mí.
El bardo diría que existen muchos tonos de blanco. No sabría decir cuál de ellos lo es más, pero ese tono adquirió mi rostro.
—Te juro por los dioses, que si no te quisiera un solo ápice, te estrangularía con mis propias manos, Leyla Aderwyn .
Otra vez me alejé de ella. Otra vez recorrí aquella habitación que empezaba a parecerme el peor lugar del mundo, arriba y abajo, con la rabia ardiéndome en las venas y la mente atropellada por el carro de mis malditas circunstancias.
Ella se quedó de pie, quieta, siguiéndome con la mirada.
Crucé la mía con la de ella varias veces.
Mis ojos ardían en fuego. Los suyos tenían cierto brillo curioso.
—¿Me quieres? —dijo entonces, y sonó feliz.
—No cambies de tema. De hecho, no me hables. No quiero hablar contigo.
Claro que quería hablar con ella, abrazarla incluso. Hasta besarla. Pero estaba enfadado.
—Entonces me voy. —Echó andar hacia la puerta.
—No, no te vas a ir. —Me puse en medio.
Se cruzó de brazos y levantó el mentón.
—No me mires con esa actitud chulesca, Flechas, porque el que está enfadado soy yo y la que ha hecho una estupidez eres tú.
—Por una vez. Las estupideces a menudo las haces tú. ¿Por qué no podría hacerlas yo?
Resoplé, sacudiendo la cabeza, y me salió una risa nerviosa.
No sé si quería estrangularla, como había dicho, o tirarla encima de la cama, hacerle el amor y acabar de una vez con los problemas.
O crear más. Pero al menos habríamos hecho algo más interesante que discutir.
Por desgracia, no resolvía las diferencias así, pero ganas me estaban dando.
—No, ninguna como esta. —Damien opinaría lo contrario, desde luego—. ¿Cómo se te ocurre pagar con tu alma? ¿Has perdido la sesera?
—No me arrepiento de lo que he hecho. —Dio un paso hacia mí, con toda su seguridad—.
Lo haría una y mil veces. Lo haría aunque te enfadases conmigo para toda la eternidad.
Aunque no me volvieses a hablar nunca más.
Y no me preguntes por qué, porque antes me trago la lengua que reconocerlo en voz alta.
Me salió una carcajada de lo más hondo.
—Eres terrible, Leyla. Aunque reconocieses en voz alta tus sentimientos, y pudieran servir para justificar tus acciones, eso no cambiaría que lo que has hecho es un despropósito .
Se encogió de hombros y miró al techo.
—Muy bien, entonces no tenemos nada más que hablar —zanjé—. Intentaré deshacer el hechizo y tú intentarás no morir hasta entonces. ¿De acuerdo?
—No vas a hacer nada parecido. Voy a morir por ti. Nada ni nadie podrá cambiar eso.
—No dejaré que mueras por mí, Leyla. Encontraré la manera de deshacer el vínculo y de que su magia oscura no nos afecte.
—No puedes. Si te mata, si él se sacrifica para matarte, gracias a la magia de sangre cobrará una fuerza contra la que no podremos luchar. Vivirá y tú morirás, y su poder será infinito y no tendríamos armas contra él. Tengo que evitarlo, sea como sea.
Su mirada era una mezcla entre la esperanza de conseguirlo y el dolor de intentarlo. Y yo ya no sabía qué decir o qué hacer para salir de aquello.
—¿Eso lo decían los malditos cuadernos?
Asintió con aplomo.
—Pues me da igual lo que digan. No morirás por mí. Aún tenemos tiempo, Azskar no ha completado el hechizo de sangre.
—Lo hará. Solo está buscando el momento oportuno, como siempre.
Me mordí los labios, con rabia. Con impotencia. Con todo a la vez.
—Vas a hacerte sangre. —Leyla me puso los dedos sobre la boca para frenarme—. Por favor, no hagas nada. Es justo que sea yo quien muera, porque no supe pararlo a tiempo. No me di cuenta de sus verdaderas intenciones. Soy la culpable de lo que está pasando. —Bajó la mano, con gesto derrotado.
—No eres la culpable de nada —dije con toda la seriedad que cabía en mí—. Él es quien nos engañó. Él es quien me odia. ¿En esos malditos cuadernos dice por qué?
—No.
—Voy a tener que pedirle unas cuantas explicaciones a Azani. ¿Me las dará? —Me encogí de hombros, ofuscado—. Seguramente no, pero se las pediré, y creo que me las debe.
—La diosa obrará de la forma más adecuada. Exista una deuda con la verdad o no .
—No la defiendas, porque si me hubiera dicho esto desde el principio…
—A veces, simplemente, no puede. Igual que nosotros no podemos decir siempre todo lo que queremos decir.
—Pues somos estúpidos, ambos.
—Sí… —Agachó la mirada y bajó un poco la barbilla—. Lo somos. Y tú más que nadie, Málakor. Siempre has sido el más estúpido de todos. Desde el principio de todo esto. Porque, si me hubieras escrito una sola maldita carta cuando te fuiste a Paltia, una sola, no me habría ido con él.
—¿Ahora tengo la culpa de que te fueras con él?
—Una pequeña parte, sí. Tu ausencia me empujó a sus brazos.
Pestañeé, sin saber qué responder, porque no tenía idea de si hacerlo por la vía de la paz o de la guerra.
Si era lógico que ella lo dijera, que lo pensase si quiera.
Si esa afirmación tenía sentido. En qué lugar me dejaba; en qué lugar nos dejaba.
Sin embargo, estaba demasiado confuso en mi propia maraña como para racionalizarlo, así que solo se me ocurrió decir:
—Siento no haberte escrito. Lo siento de verdad, pero no puedo cambiar el pasado. Solo afrontar las cosas a las que nos enfrentamos en el presente, para que el futuro sea un lugar mejor para todos.
—Yo tampoco puedo cambiar el pasado, así que no puedes quitarme el derecho a salvarte.
—¿Quieres salvarme? Muy bien, y yo quiero salvarte a ti. Aunque tal vez muramos los dos intentando salvar al otro. Así que entra en razón de una maldita vez.
—No voy a entrar en razón. No al menos en tu razón.
—¿Y qué hago entonces? ¿Te dejo inconsciente para que no hagas ninguna tontería?
—Eso sería muy propio de alguien de Ledaria —dijo con retintín.
—Me crie en esa maldita isla, claro que hago cosas propias de Ledaria. ¿Y sabes qué? Que me angustian la mayor parte del tiempo, pero también me ayudan a sobrevivir a tanta mierda. Si esperas que me enfade contigo por recordármelo, espera sentada. —Solté un bufido y me aparté de ella .
Apenas había dado unos pasos, cuando me retuvo tomándome por la muñeca. Me giré para mirarla. El arrepentimiento oscurecía sus pupilas.
—Estoy cansada de discutir, Málakor.
—Sabes que yo también estoy harto, pero tú y yo no somos capaces de hacer otra cosa.
—Eso no es cierto. —Llenó los pulmones de aire, hondamente—.
¿Sabes qué me gustaría? Estar en tus brazos y no pensar en nada más.
Ni en lo que fuimos ni en lo que somos. En lo que pasó o pasará.
Sobre todo en lo que pasará. Quisiera olvidarme hasta de mi nombre en ellos.
Tus brazos son el único lugar de este mundo que me parece seguro.
El corazón se me saltó una decena de latidos. No tenía la menor idea de qué decir, porque eso… me abrumó, así que bromeé. Fue lo único que me salió hacer.
—No digas cosas tan intensas, que no sé si estoy contigo o con el bardo.
—¿Cómo puedes hacer una broma después de lo que te he dicho? —resopló indignada—. Te odio.
—No me odias, Leyla, no digas más eso. Un día me dijiste incluso que no me odiabas a mí, sino aquello que yo representaba. ¿Quieres que te abrace hasta que te olvides de tu nombre? Te abrazaré. —La pegué a mi cuerpo, firme y cariñosamente—. ¿Su verde majestad necesita algo más?
—Sí —susurró—. Necesito que me beses.
—Eso sería un error del tamaño de tu orgullo.
Se rio suavemente y levantó la mirada para encontrarse con la mía.
—¿Y si morimos mañana? ¿No te arrepentirías de no haberme besado?
—No.
—Qué mal mientes, Málakor. —Sus labios se estiraron hasta formar una amplia sonrisa.
Solté un suspiro que sonó a súplica, porque quería luchar contra aquello, pero la fuerza que me empujó a besarla fue superior a mí mismo. Y cometí el error de hacerlo.