Málakor 3 CAPÍTULO 72 #2
80%

CAPÍTULO 72 #2

—¿En qué sentido estás hablando? Por eso de… alejarnos.

—En el único que nos atañe ya a los dos. —Decirle eso me desgarró. Aún sentía cosas por ella que no podía controlar y gritaban por manifestarse.

—Vaya… —Soltó aire de golpe, con los labios entrecerrados—. Eso ha dolido.

—Lo siento. A mí también, pero ya sabes lo que pienso.

Asintió, con gesto desolado, y dijo:

—¿Recuerdas los cuadernos? No quisiste saber lo que ponía en ellos, pero debes saberlo de una vez. Eso y algo más.

—Flechas, no quiero más problemas.

—Málakor —su expresión y su tono adquirieron el aire de quien va a comunicar una muerte—, tienes que saberlo.

Me froté el rostro con brío, abrumado, y le hice un gesto para que hablase.

—El bardo estuvo a punto de darlos por perdidos, después de que se mojasen, pero le dije que mi madre conocía a alguien que tenía buena mano con las cosas viejas o estropeadas, ya fueran de papel, de madera o de cualquier cosa.

Un orfebre de Astis. Hach me dio los cuadernos con la esperanza de que pudiera arreglarlos.

—¿Y por eso fuiste a esa ciudad?

—En parte, pero también porque mi madre sospechaba que estaba embarazada.

Los médicos de Knegara, años atrás, le habían dicho que si quedaba encinta de nuevo su vida correría peligro.

Además, ya tiene una edad complicada para esas cosas.

No quise decirte dónde íbamos ni a qué, porque ella no quería que mi padre se enterase.

Aunque el bocazas de mi hermano…, en fin, no sabe estar callado .

—¿Y está embarazada?

—Sí. Lo está.

—¡Vas a tener un hermano! —le dije con alegría.

Ella me miró de un modo un tanto misterioso.

—Pues una hermana —repuse al momento, pensando que eso le agradaría más—. Enhorabuena. Aunque deberías de haberte quedado en Knegara.

—Gracias. Se lo dije a mi madre, pero me recordó que lo primero era el deber.

—Para ti siempre lo ha sido. —Esa frase era un arma de doble filo—. Perdón, no quería…

—Es igual. —Leyla tomó aire y lo soltó mientras se rascaba el cuello—.

Aproveché el viaje para llevar los cuadernos.

Y ahora que estamos en Aberrak, entiendo muchas cosas.

Ese hombre que arreglaba viejos objetos, el que me dio la piedra, siempre me resultó curiosamente pequeño. Debía de venir de esta ciudad.

Recordé a Arbelina negando conocer a nadie que estuviera relacionado con aquel asunto. Era solo una sospecha, pero empezaba a cobrar sentido que me hubiera parecido que mentía.

—De alguna manera, hace muchos años, llegó a Luara y se estableció en Astis —continuó Leyla—. Halló en los cuadernos una parte oculta, algo escrito con una tinta que el agua no había podido borrar.

Apenas pestañeé mientras atendía a sus palabras. Lo que dijo a continuación, me dejó sin respiración por unos segundos.

—Háchpirey y yo leímos en los cuadernos que la descendencia de Even, a quien llamaban Kaely en ellos, no habías sido solo tú. Que alguien más nació a tu par. Una hermana o un hermano. Mellizos.

—¿Qué? —musité atónito.

Una hermana. Un hermano. Alguien como yo en algún lugar del mundo.

Alguien que llevaba mi sangre. Había mirado a otros que tenían hermanos, creyéndolos afortunados y pensando en cómo sería tener uno.

Y lo tenía. Sonreí, a la par que cientos de incógnitas recorrían mi mente.

¿Dónde estaría? ¿Quién sería? ¿Podría abrazarlo algún día?

—Debatimos sobre si decírtelo o no, aún en contra de tu voluntad. Pero pensamos que cambiarías tus planes, que intentarías buscarlo en alguna parte de Luara —dijo Leyla—. Y había otras cosas de las que tenías que preocuparte.

—Habría cambiado mi rumbo, desde luego. No estaría ahora en los túneles de saberlo.

—No, Málakor, este es, precisamente, el sitio en el que estarías. Tu hermano… —Cogió aire y lo soltó mirando a todas partes menos a mí. Esa mirada esquiva, ese nerviosismo, no auguraban nada bueno.

—Leyla, ¿qué es lo que callas?

Pasaron los segundos más largos de mi vida hasta que habló, porque, mientras pensaba en si hacerlo o no, tenía una expresión en el rostro que no auguraba nada bueno.

—Tu hermano es Azskar Ledarias.

Debió de quedárseme cara de idiota. ¿Debió? No, se me quedó una cara de idiota, grande como una catedral.

—Eh…, no tiene gracia, Leyla —dije, aunque sabía que, en ningún caso ella iba a estar de broma con algo así, por más que yo hubiera deseado que lo estuviese. Que aquello fuese la broma más absurda que hubiera escuchado en toda mi vida.

—No estoy bromeando. Estaba en los cuadernos. Posiblemente el medio por el cual él supo quién era él y quién eras tú. Aunque habíais estado morando el mismo espacio, como el sol y la luna, al saber esto, imagino, ocurrió el eclipse.

—¿El eclipse? Más bien la desgracia.

Estuve tratando de procesar aquello… no sé cuánto. Un minuto, dos, diez… Lo único que sé es que, cuando reaccioné, cuando mi cerebro halló un recodo de cordura en medio de la locura que aquello me parecía, me negué a creerlo.

—Esos cuadernos estaban en Ledaria, quizá Derian los adulterase. Quizá él mismo lo escribió esperando que los encontrásemos para hacerme creer cosas que no son. Fábulas para confundirme.

Aunque, por más que quisiera convencerme a mí mismo de lo contrario, esa teoría no podía funcionar.

Hach había aseverado que esos cuadernos eran muy antiguos.

Me llevé las manos a la cabeza y me la froté como si eso fuera a darme la claridad mental que necesitaba.

No hice más que darme un par de tirones de pelo molestos. Bajé los brazos y resoplé.

Leyla trató de cogerme de las manos, pero me aparté.

—Málakor, tienes que tranquilizarte, por tu bien.

Vi en sus ojos un mar de calma; sin embargo, mi tormenta no estaba dispuesta aún a aplacarse.

—Dices que ese malnacido es mi hermano y tengo que quedarme como estaba. Si quieres le pido al bardo que nos cante unas canciones y nos ponemos a bailar. ¿Te parece?

—No me hables así. —Su dedo índice casi se clavó en mi cara.

—Y tú no me toques las narices, Flechas —le aparté el dedo—, diciéndome que me tranquilice.

—Reniega lo que quieras. —Puso los brazos en jarras—. Pero eso no cambiará la realidad.

—¿Y esto de Azskar lo sabías desde que salimos de Knegara? —Asintió, y repuse—. ¿Y el bardo sabía que él era mi hermano?

—No, él solo sabía que tenías un hermano o hermana, pero que no era él, concretamente. Esa parte no se la llegué a mencionar.

Solté un resoplido y volví a apartarme de ella.

—Debiste hacerlo, y, sobre todo, debiste decírmelo a mí.

Un hermano cualquiera es un asunto que puedas callarte durante días, meses o años; pero si ese hermano es mi peor enemigo, el hombre al que he jurado matar, me temo que no es algo que puedas guardar bajo llave hasta que te dé la gana.

¡Esto es demasiado grande, Leyla, como para que te lo hayas callado!

—Tienes razón. —Encogió los hombros—. Pero no sabía cómo decírtelo, tenía miedo del rumbo que tomarían las cosas. Miedo de que sufrieses, porque sufrirías al saberlo, y no quiero que sufras.

No sabía qué les pasaba a las mujeres de mi vida con eso de callarse las cosas, o de ocultar cartas, para que no sufriera, pero empezaba a estar soberanamente harto.

—Ahora entiendo por qué me dijiste en el barco que sabías que era hijo de Even. No fue por suposición alguna, ya habías leído los cuadernos.

Ella no dijo nada, solo asintió. Ofuscado, caminé por la habitación mientras apretaba los puños a punto de estamparlos en la cara imaginaria de Azskar, que había aparecido riéndose en mi mente .

—No puede ser él, Leyla. ¿Cómo voy a ser su hermano?

—Lo eres. Sangre de su sangre.

«Sangre de mi sangre. Que cada gota que yo derrame, deje tus venas también».

Sentí un escalofrío. Azskar me había soltado aquello en toda la cara y no lo había sabido ver. Quizá pensando que ese «sangre de mi sangre» era solo parte del hechizo.

Comprendí muchas cosas entonces. Algunos silencios de Azani.

Aquello que Darcy dijo: «No sé qué os une, pero hay algo, Málakor.

Algo que le hiciste en el pasado por lo cual te odia profundamente.

No parará hasta destruirte». El parecido que Háchpirey nos encontraba.

El color de sus ojos, tan azul como el mío, pero manchado de la oscuridad de su alma.

Sin embargo, éramos diferentes en todo lo demás y no comprendía cómo, siendo hermanos, habiendo vivido ambos en Ledaria, habíamos tomado caminos tan diferentes. Cómo no me había dado cuenta antes...

¿Qué había pasado con él cuando Azani nos dejó en manos de Debra?

¿Se había criado conmigo hasta que nos llevaron a Ledaria?

¿Habríamos sido dos niños compartiendo juegos sin augurar que, en el futuro, trataríamos de matarnos?

Aquella idea me sacudió con fuerza, quebrándome en pedazos todos los esquemas que me había hecho sobre mi infancia.

Quizá no solo estuve con Debra. Quizá también estuvo él, pero…

¿cuándo dejó de estar? ¿Cuándo empezó a ser la sombra que tapa toda luz?

O tal vez ni siquiera estuvo conmigo nunca. Tal vez ocurrió algo que nos separó.

Le di la espalda a Leyla y caminé hacia la ventana. Nada había fuera que me interesara ver, pero la abrí un poco para respirar el aire. El de la habitación me pareció opresivo.

De nuevo, me sentí mareado. Bajo la ventana había una mesa en la que apoyé las palmas de las manos. Agaché la cabeza tratando de respirar tranquilo. Notaba los músculos entumecidos, la garganta seca, los pensamientos aturullados.

—Creo que necesito una cerveza o una lobotomía, lo que tengamos más a mano.

Leyla chasqueó la lengua. Oí sus pasos. Pronto, sentí sus manos rodeándome el pecho, la proximidad de su cuerpo y la calidez de su mejilla en la espalda.

—Lo siento. Sé que es duro. Para mí también. Ahora pienso que si sentí algo por él era por lo que lo vinculaba a ti. Porque quizá, de un modo extraño, mi corazón sintió que estabas en él de alguna manera. Siento que enamorarme de él fue resultado de haber estado buscándote a ti.