CAPÍTULO 72
De reencuentros y mentiras
A lguien tocó un cuerno, que sonó como un lamento fantasmal.
La señal que iniciaba la procesión. Había una ventana en la cocina y, al escuchar murmullar afuera lo que me parecieron oraciones, me asomé.
Una comitiva fúnebre escoltaba el cuerpo de Arbelina.
Reposaba sobre un lecho de tela blanca, musgo y madera, alzado por una plataforma que cargaban Trori, Bruman, Quiri y tres enanos más que no conocía.
Los chiquillos de Arbelina lo seguían, en silencio, con los ojos llorosos.
Tras ellos, amigos, familiares y vecinos.
Me pareció que la mitad de Aberrak estaba allí y que, si la otra mitad no había asistido, era porque asuntos vitales los retenían.
—Debería estar acompañándola a las Fuentes de Piedra.
—A los patas largas no se les permite acompañar el cuerpo de otro enano en el funeral —dijo Virna—. El difunto ha de ser lo que esté más alto de entre todos los que asistan, para que sea el primero al que Eressar vea. Así bendecirá la llegada a su reino.
No iba a cuestionar las tradiciones de Aberrak, siempre y cuando no fueran crueles con nadie.
—¿Puedo salir ya? —pregunté mirando a la puerta.
—Puedes, pero vístete antes. Sigues sin camisa.
Ni en eso había caído, tan absorto en mis pensamientos y en el asunto de Airyne.
Virna señaló con la cabeza las ropas limpias y dobladas que había traído para mí.
Blusa y pantalones blancos y holgados, como era costumbre en la casa de los sanadores.
Los vestí a toda prisa. Cuando fui a coger las dagas, me di cuenta de que las sanadoras las habían limpiado.
Las guardé con sus vainas, entre la cintura y los pantalones, y les dije:
—¿Cómo se dice gracias en aberraki?
—Hay un gracias distinto para según qué. En este caso, deberías decirnos: takfyrr .
— Takfyrr entonces .
Respondieron con una amplia sonrisa.
—Es nuestro trabajo —dijo Virna.
Me agaché junto a Panceta y le revolví el pelo de la cabeza. Aquellas marañas grises, en las que se habían colado pulgas antes de conocernos, estaban ya tan limpias que brillaban.
—Tendrás una vida larga, amigo, ya lo verás. Comeremos juntos kilos de panceta y te llevaré a ver qué hay más allá de los túneles, para que puedas correr de nuevo bajo la luz del sol.
Una vez más, no hubo respuesta.
Cuando dejé la cocina, encontré el salón desierto, así que me dirigí hacia nuestra habitación. En el pasillo, vi a Xelirian. Salía de una de las habitaciones contiguas a la nuestra, frotándose los ojos, como si hubiera dormido una eternidad. Al verme, sonrió fugazmente.
—¿Por qué no estás en nuestro dormitorio? —le pregunté, frente a él.
—En esa habitación hay mejores vistas a la cueva.
Ahora está vacía, así que Virna me deja pasar algún rato en ella.
Me he quedado dormido cuando miraba embobado el humo de una chimenea, imaginando formas en él.
Hach me ha contado que, en la superficie, la gente imagina cosas mirando las nubes.
¡Vuelan por el cielo y son tan blancas como mi pelo!
, eso ha dicho él —comentó entusiasmado—. Quisiera verlas algún día.
—Lo harás —dije con una sonrisa.
—Voy a buscar a Panceta, para comer juntos bocadillos de marrón.
¿Cómo iba a decirle que estaba herido, sin romperle el corazón?
Me agaché para estar a su altura y lo tomé por los hombros.
—Xelirian, Panceta está malito, las sanadoras lo están cuidando.
—¿Por qué? —musitó desolado—. ¿Se ha hecho daño?
«No, le han hecho daño. Los amigos de tu padre».
—Eso da igual. Ahora es mejor que lo dejes descansar. Le diré a las sanadoras que te traigan la merienda, quédate un rato más a ver el humo de las chimeneas. Te prometo que, más tarde, iremos a verlo juntos, así nos cuentas a los dos qué formas tenían las nubes de Aberrak .
Vi la duda en los ojos del chiquillo, pero asintió.
—Gracias por ser tan comprensivo. —Lo besé en la frente y me puse en pie.
Él se llevó la mano allí y luego se miró la palma, como si pudiera ver ahí ese beso. Tras encogerse de hombros, se metió de nuevo en aquella estancia.
Tras asegurarme de que le llevarían la merienda, me dirigí a nuestro dormitorio.
Apenas abrí la puerta, vi a Leyla sentada junto a la chimenea.
Por unos instantes, nos miramos en silencio.
Hasta que ella pronunció mi nombre y echó a correr hacia mí.
Yo también corrí hacia ella, corrí como nunca había corrido en pos de nada que me importase tanto.
En el centro de la habitación, nos encontramos en un intenso abrazo.
—Málakor —musitó, apretándome con todas sus fuerzas—. Creí que no volvería a abrazarte jamás.
—Si sigues apretándome así, no volverás a hacerlo. Me acaban de dar puntos.
—Lo siento. —Apurada, se apartó de mí—. ¿Estás bien? Cuando te he visto entrar, ensangrentado, me he asustado muchísimo.
—No te preocupes, estoy bien. —Tomé su rostro entre las manos. La miré a los ojos; los suyos, aunque vidriosos, estaban felices—. No me perderás de vista tan fácilmente, aunque es lo que te gustaría a veces.
Sonrió. Cuánto había echado de menos su sonrisa.
—Eso es verdad, pero en otros momentos querría mirarte para siempre. Aunque son muy pocos, no te hagas ilusiones.
Reí y volví a estrecharla. Leyla fue más suave aquella vez.
—¿Y Panceta? ¿Cómo está? Estaba lleno de sangre…
—Se pondrá bien. Así lo espero, con todas mis fuerzas. Igual que esperé con todas mis fuerzas que lo hicieras tú, y aquí estás. He querido verte en estos días, pero no me han dejado entrar a tu habitación.
—Lo sé. Arbelina le dijo a las chicas que estaba pensando en poner un candado en la puerta, por si te saltabas las normas, pues parecías muy ansioso por verme. ¿De verdad los estabas? —Levantó la cabeza hacia mí y nuestros ojos volvieron a encontrarse .
—Claro que sí. ¿Tú también las oías? ¿También has estado en ese mundo entre los mundos del que Hach me habló?
—Sí, y fue increíble, Málakor. Estuve en Knegara.
Tan frondosa como antes del incendio. Caminé por sus bosques inmensos, llenos de hermosa vida; me bañé en sus ríos, cascadas y lagos de aguas cristalinas.
Recorrí el sotobosque en otoño, sus rincones llenos de setas que pronto serían recolectadas.
Comí las bayas de invierno, los frutos de la primavera, y me tendí al brillante sol del verano que deja su estela entre las hojas e ilumina los suelos como si fuera un candil.
Lo que le brillaron los ojos a Leyla en aquellos momentos fue algo indescriptible. Nunca había visto un brillo igual en la mirada de nadie.
—Corrí bajo la lluvia cuando las gotas golpeaban con fuerza los helechos, bajo las estrellas y la mirada de los búhos reales que me observaban desde las ramas.
Acaricié el lomo de un precioso cervatillo.
Me tumbé en un claro a descansar entre las flores por las que iban y venían las abejas.
—Suspiró con emoción—. Ojalá me hubiera quedado allí para siempre.
Háchpirey había dicho eso mismo. Y los comprendía. Aquel mundo entre los mundos tenía todo cuanto amaban.
—Pero no estabas tú —dijo tras un silencio. Levantó una mano y acarició mi mejilla suavemente con los dedos—. Y yo quería volver a verte.
Mi sonrisa se estiró. Su mirada recorrió mi rostro como si llevara siglos sin verlo; sus dedos, milenios sin tocarlo y quisieran grabarlo en su piel. En su memoria. En los ojos de Leyla vi sus ganas de besarme, y, por un instante, deseé entregarme también a sus deseos.
—Málakor… —susurró con cierto matiz nervioso—, hay algo importante que debería haberte dicho.
—Ya sé lo de las piedras, Flechas.
Agachó la mirada, compungida.
—Lo siento.
Tomé su barbilla entre los dedos y la hice mirarme. El castaño de sus ojos estaba empañado.
—¿Qué sientes exactamente? ¿Haberlo hecho o no habérmelo dicho ?
—Ninguna de las dos cosas.
Me dio por reír.
—Entonces, ¿por qué dices que lo sientes?
—Porque siento que estés disgustado conmigo, pero volvería a hacerlo otra vez, por más que te disgustases. Lo he hecho por ti, porque me entregaría a la muerte para evitar que tú murieses. Y lo haría sin pensarlo.
—Eso ya lo sé, aunque jamás te pediría que hicieras algo así.
—Pero harías lo mismo.
—Claro que lo haría. Me interpondría entre tú y el filo de la espada más mortífera. Entre tú y la punta de una flecha de fuego. Igual entre tú y un mago, me lo pensaría más, claro… —bromeé para hacerla reír, porque estaba mirándome demasiado seria.
—Lo entendería —dijo entre risas.
Estuvimos callados unos segundos, solo mirándonos, hasta que dije:
—Vamos a resolverlo. No sé cómo, pero lo resolveremos. Encontraremos a alguien que pueda deshacer el vínculo y protegernos de la magia de sangre.
—No quiero que el vínculo se deshaga —dijo separándose de mí, abruptamente—. No. Yo debo morir, no tú.
—No digas tonterías.
Se alejó unos pasos y estiré la mano para tratar de retenerla, en vano.
—No son tonterías. No desharás el vínculo. No puedo dejar que Azskar te mate.
—Leyla… —resoplé—, eso ya lo sé, que no puedes ni quieres, pero es que yo tampoco quiero que te mate a ti.
—No lo entiendes, Málakor.
—Pues explícamelo. —Avancé hacia ella y la cogí de las manos—.
Explícamelo para que pueda entenderlo. No quiero pelear contigo, de verdad que no.
Estoy harto de que nuestra cordialidad se rompa por cosas que no podemos controlar, pero más harto aún de que pueda hacerlo por cosas que sí está en nuestro poder manejar.
Y más harto estoy, todavía, muchísimo más, infinitamente más, de que nos alejemos por cualquiera de ellas.
No pienso alejarme más de ti. Ni por tus prejuicios ni por mi orgullo.
Ni por cartas que no llegan. Ni por tu compromiso con un comehierbas mayor que resultó ser un asesino.
Ni siquiera porque pongas en peligro tu vida vinculándonos a unas piedras que, sin lugar a duda, proceden de un lugar turbio.
Así que, por favor, arreglémoslo como personas civilizadas.
Su rostro se relajó, pero volvió a turbarse cuando preguntó: