CAPÍTULO 71 #3
—Solo Eressar lo sabe, pero ya está más cerca de la vida que de la muerte.
Solté un suspiro de alivio y me acerqué a acariciar al perro.
—Oye, pulgoso, como te mueras, ¿quién perseguirá a los gatos?
No hubo respuesta.
Una de las sanadoras lo envolvió en una manta y lo colocó en una canasta, cerca del fuego.
—Ella cuidará de él —dijo Virna—. No te preocupes más, patas largas.
—Gracias.
Airyne llenó un par de vasos, uno con licor sin alcohol y otro de cerveza, el cual me pasó.
Tomé asiento de nuevo y bebimos en silencio, observando a las enanas que, afanosas, siguieron con sus quehaceres.
Estaba a gusto allí, al calor de la cocina, como si me arropase una gran manta hecha de olor a comida y un ambiente que, aunque lleno de trabajo, era tranquilo.
Mientras bebía, miré hacia la puerta, al otro lado no estaban tan bien.
Encogidos sus corazones por la pérdida. Fríos sus alientos por la cercanía de la muerte.
Sacudí la cabeza, no quería pensar en ello.
—Airyne —llamé.
Ella, apoyada de nuevo a mi lado, me miró con gesto interrogante.
—¿Por qué tanta prisa para volver a Lerok? ¿Es que han amenazado a tus padres por lo que hiciste?
—Sí, lo hicieron. Aunque conocen a gente importante, así que eso quedó en agua de borrajas.
—¿Agua de borrajas?
—Es una manera de decir que quedó en nada.
—¿Y por qué es entonces?
—Porque la sombra de la Ciudad Maldita se extiende. Sus largos y oscuros dedos pronto llegarán a Lerok, donde vive mi familia. Tengo que sacarlos de allí. Ponerlos a salvo .
La Ciudad Maldita. El mercader la había mencionado.
—¿Qué sabes de ese lugar?
Clavó la mirada en la pared frente a nosotros y la dejó allí mientras hablaba.
—Que en él suceden las cosas más grotescas que nadie haya visto jamás.
Por eso, muchos de los que moran allí no tienen ojos, ni párpados, ni siquiera piel sobre sus calaveras.
Hordas de esqueletos caminan con sus pies descarnados por senderos de roca viva, apenas transitables, para servir a su señor en la ciudad de las sombras.
Un lugar tenebroso, erigido en el vientre de un acantilado de altas y sombrías paredes.
En su tono percibí el matiz con el que uno cuenta las cosas que ha vivido.
—¿Por qué me parece que la has visto con tus propios ojos?
Eché el cuerpo hacia delante para verle la cara. Estaba bañada por una profunda inquietud.
—La has visto —afirmé.
Giró la cabeza con rapidez para mirarme. Apretó el vaso de licor con tanta fuerza, que se le pusieron blancos los nudillos.
—Sí. La he visto. —Su voz sonó fría. En su mirada también había hielo—. Estuve allí atrapada durante meses, pero logré escapar.
Virna dejó sus quehaceres y la miró con espanto.
—¿Atrapada? —musitó, con la voz entrecortada—. ¿En la Ciudad Maldita?
Una de las sanadoras preguntó qué sucedía. Virna le dijo algo en su lengua.
— Thrarak-tul —dijo una de ellas, con los ojos llenos de horror.
—¿Qué significa eso? —pregunté sorprendido.
Las sanadoras se miraron unas a otras. Airyne no contestó. Se levantó y fue a servirse otra bebida.
—Airyne, ¿qué significa eso? —insistí.
Bebió todo de un trago y luego apretó los dientes. Me miró por un instante, como si quisiera decir algo, pero un vendaval hecho de lágrimas arrasó su mirada. Llorando, salió de la cocina a toda prisa. Quise ir tras ella; sin embargo, Virna me detuvo .
—Déjala sola. Solo conseguirás turbarla más.
Miré a la enana, contrariado.
—Quiero ayudarla.
—No, quieres saber por qué llora. Son cosas distintas.
—Desde luego que quiero saberlo.
—Vuelve a sentarte. El caldo ya está listo.
Miré al resto de las enanas. Ellas agacharon la mirada a toda prisa y siguieron con sus tareas.
Virna me sirvió un tazón humeante de caldo.
Olía a pollo, vino y hierbabuena, aunque quizá no llevaba ninguna de las tres cosas y solo algo que se le parecía y que criaban, fermentaban o crecía en los túneles.
Le di un par de sorbos y empecé a sentirme mejor.
—¿Qué es esa palabra, Virna? Dímelo.
La sanadora, que guardaba una especie de bolas de pimienta en un pequeño frasco, me miró pensativa.
—Creo que es algo que debería decirte la chica. No yo.
—¿Por qué?
—Porque se trata del horror que ella ha vivido. No del mío —dijo muy seria.
No esperaba que fuese nada agradable, a tenor del lugar en el que Airyne había estado y de la expresión de ellas cuando había mencionado que estuvo atrapada allí. Empero, por la forma en la que Virna dijo «horror», hablaba de algo cruel y destructivo.
—Habla con ella más tarde —continuó la sanadora—. Ahora, bébete el caldo. Casi va a ser la hora de la procesión.
Sentí que el estómago me daba un vuelco.
Pronto estaría con Leyla. Pronto tendría que hablar con ella sobre por qué había hecho lo de las piedras.
Aunque de sobra conocía la respuesta. Se avecinaba tormenta con la exploradora.
Una más que sumar a la ristra de fenómenos meteorológicos de nuestro largo historial de desacuerdos.
El suspiro nervioso que solté debió de oírse hasta en Paltia.